Reflexiones sobre del doce de octubre (2020)

Lo que trajo Cristóbal Colón y no se enseña en los colegios
Lo que trajo Cristóbal Colón y no se enseña en los colegios

Creo que si ha habido una conquista occidental que se ha analizado desde una perspectiva crítica, esa es la española.

El genocidio indígena que perpetraron los conquistadores desde el siglo XVI hasta el XIX ha sido mirado por lupa por historiadores españoles o extranjeros (sobre todo ingleses, que tenían razones para extender una “leyenda negra” que suavizara los crímenes que ellos mismos cometían).

Ya Bartolomé de las Casas denunció los abusos cometidos sobre los indígenas. Mucho más contemporáneo, también está perfectamente estudiado, y reprobado el genocidio Selknam (aunque dudo que sea considerado como crimen español, podría englobarse dentro del ámbito de la “conquista occidental de Sudamérica”).

Es cierto que esta crítica de la conquista española de América es incompleta. Por ejemplo, queda, tal vez, analizar desde una perspectiva histórica el tráfico de esclavos por parte del imperio español, que ha permanecido oculto detrás de las barbaridades cometidas por portugueses, ingleses y franceses. Pero que existió, y fue brutal. Como que el mismo Bartolomé de las Casas, tan benefactor de los indígenas, impulsó el esclavismo africano.

En mi opinión, el problema no radica en la invisibilización de unos crímenes de lesa humanidad, cometidos en nombre de Dios o del progreso. No son los españoles los genocidios más censurados (acordémonos de los intentos de ocultación por parte de los británicos de la hambruna sistemática de Bengala de 1943, autorizada y dirigida por Sir Winston Churchill). Están ahí, en los libros de historia que manejan los niños de primaria y secundaria.

El verdadero problema se sitúa en la mitificación y mistificación del “Descubrimiento de América”, como evento histórico positivo; algo que se sigue realizando desde muchas instituciones políticas españolas. Es cierto que el primer viaje de Colón alteró, para siempre, las estructuras sociopolíticas y económicas del viejo continente, pero esta revolución no debería ser analizada exclusivamente como un avance de la Humanidad.

No necesitamos ni “leyendas negras” ni “historias nacionales”, ambas ellas manipulaciones históricas con las que ciertas movimientos políticos tratan de justificar su animadversión o su amor hacia una patria, una supuesta raza o una ideología política. Necesitamos una historia explicativa, lo más aséptica posible, que explique, mas no interprete, por qué somos como somos y por qué hemos llegado a donde hemos llegado.

Como alguna vez ya he escrito, llega un momento en el que los hechos históricos dejan de pertenecer a una comunidad concreta, y pasan a ser patrimonio de toda la Humanidad: las pirámides de Egipto, pero también las masacres de Gengis Khan. El Quijote, pero también los crímenes de la Conquista de América. La teoría de la relatividad, pero también los campos de concentración nazis. Humanos fueron los que crearon esas obras maravillosas, pero también humanos fueron los que cometieron esas barbaridades.

Sobre la esperanza

Se podría decir que la esperanza tiene algo de irrenunciablemente humano. Los animales no tienen esperanza. No la necesitan. Obedecen únicamente a las leyes naturales, tanto a aquellas que están inscritas en su genoma, como a las que fijan el devenir del ambiente que les rodea. Los animales no esperan nada porque no tienen herramientas para modificar su presente y su futuro. No visualizan un estado de vida ulterior al que están viviendo; ni siquiera se preguntan acerca de su muerte, o de la muerte en general. Sin embargo las personas sí contamos con herramientas que afectan a nuestra calidad de vida, a nuestro modo de vida, a nuestro presente y nuestro futuro. Podemos cambiar nuestro destino: aunque la genética no nos sea halagüeña, esperamos vivir durante más años gracias a los avances científicos y a la modificación de nuestros hábitos de vida. Aunque estemos encerrados en una cárcel de por vida, puede que soñemos con el día en el que un juez nos declare inocentes. Hasta que el suelo del cadalso se venga abajo, el ahorcado esperará la gracia del poderoso.

Sin embargo, tal vez esa esperanza de la que nos hemos apropiado y convertido en santo y seña de la Humanidad, no sea tan humana como creemos. O, dicho de otra manera, tal vez la esperanza sea una propiedad innata de las personas en tanto como seres vivos, y no en tanto como humanos. No poseemos la esperanza. La esperanza nos posee a nosotros. Porque puede que esa esperanza sea simplemente un instrumento tan genético, tan químico, tan predecible como lo son los comportamientos de los animales que solo se guían por sus instintos. Porque la esperanza también es un instinto, pero no un instinto de supervivencia perteneciente a la persona humana, sino a aquellos componentes básicos que conforman la vida tanto de esos animales como de estas personas: los genes.

Según la teoría del “gen egoísta” de Richard Dawkins, los organismos vivos no seríamos más que simples máquinas de replicación y conservación de genes, que a la postre son meras moléculas químicas más o menos complejas con capacidad autorreplicativa. Esta capacidad autorreplicativa es el quid de la cuestión, tanto de la vida, como de la misma teoría de la evolución. Porque una molécula química autorreplicativa tenderá a a) permanecer estable el mayor tiempo que le sea posible y b) crear copias de sí misma de manera sincrónica (en un momento histórico concreto) como metacrónico (a lo largo del tiempo). Hay genes dentro del núcleo de nuestras células que forman parte del archivo genético de la mayor parte de seres vivos que habitan este planeta: aquellos que regulan las membranas celulares, o los que permiten la síntesis de enzimas relacionados con la obtención de energía a partir de la glucosa, aparecieron, muy probablemente, en las primeras manifestaciones de vida de los océanos primitivos, hace decenas de miles de años. Su éxito es tal que hoy se han expandido por toda la biota y así permanecerán por los siglos de los siglos, hasta que la última forma de vida desaparezca de la faz de la Tierra.

Hay algo químico, inerte, en la esperanza. Sabemos que somos mortales; que nuestros años de vida están limitados a unas pocas decenas de ellos: tarde o temprano, cada uno de nosotros desaparecerá. Pero, incluso aquellos que no creen en ninguna forma superior de vida y consideran el mundo y el universo una sucesión de eventos físicos, quieren seguir, quieren aprender, quieren aumentar su patrimonio… en fin… quieren vivir aunque al final su experiencia de lo vivido no sea más que un espejismo en la eternidad de lo material. Más aún, sabemos que el mundo que vivimos tiene sus milenios contados: dentro de cien millones de años la Tierra tal vez sea arrasada por un meteorito gigante. Y si no sucede así, y la Humanidad ha descubierto la tecnología para proteger nuestro planeta de amenazas extraterrestres, esta perecerá en el momento en el que el Sol se expanda, se contraiga, explote o se apague. Puede que para entonces hayamos descubierto el modo de viajar a otros sistemas solares a través del espacio-tiempo. Sin embargo, llegará un momento en el que el Universo dejará de expandirse, y se vuelva a acumular toda su masa en un solo punto, en el que no exista ni el espacio ni el tiempo. Todas las creaciones humanas desaparecerán para siempre, y no quedarán entonces ni vestigios arqueológicos que la recuerden, ni ser vivo que las aprecie. La vida, mientras siga anclada a una dimensión temporal, tendrá que aceptar que así como ha tenido un principio, irremediablemente tendrá un final.

La esperanzada Humanidad tiene que negar esta realidad: la realidad de que somos mortales, que nuestro planeta tiene los milenios contados, que nuestro sol tiene programada su obsolescencia, que el universo no es eterno. Lo niega porque, si aceptara la realidad tal como es, posiblemente dejaría de luchar por avanzar. Y, tal vez, desde los núcleos de nuestras células, hay ciertos genes que estimulan la secreción de cierta hormona o de cierto neurotransmisor, que obliga a nuestro cuerpo a seguir funcionando para lo que ha sido creado, esto es, como mero receptáculo de moléculas químicas autorreplicativas.

Tal vez lo verdaderamente humano es la desesperanza, ese sentimiento de no-salida o, mejor aún, de pronta salida hacia un destino que no es el que nosotros deseamos. La desesperanza es humana porque niega el dictado de nuestros genes, porque no acepta el seguir ejecutando las órdenes que nos imponen esas moléculas autorreplicativas. La desesperanza se arranca de la química que modela cada uno de los actos, de los pensamientos, y aparece como un sentimiento emancipado y auténtico, que tan solo pertenece a la persona, y solo a una persona. Es la manifestación más humana de nuestra humanidad, a la vez que la más triste, pues junto a la desesperanza acude la visión de los límites de nuestro cuerpo, nuestra sociedad, nuestro planeta, nuestra galaxia, de la física cuántica y de la teoría de la relatividad, y con esos límites se atisba una finitud inmensa, inabarcable y eterna.

Intolerantes: microrracismos, micromachismos, microhomofobias

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La esposa (The beloved). Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)

Desde hace varios años vivimos en una especie de esquizofrenia hard, en la cual existe una clara discrepancia entre nuestros modos de pensar y los modos de expresar nuestros pensamientos. Así, todavía cogitamos según las estructuras adquiridas por las sociedades alfabetizadas mediante textos impresos, de manera que todo aquello que leemos en un libro, un panfleto o, mismamente, en este blog, lo asimilamos como si el contenido fuera estable (que lo es, en mucha medida, sobre todo en el papel impreso), unidireccional (del autor hacia el lector, sin que haya lugar a feed-back) y canónico (en el texto se reconoce indudablemente la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito). Sin embargo, la revoluciones tecnológicas en el ámbito de la cultura han ido demoliendo, desde los años 70, ese modelo de pensamiento “a lo Gutenberg” en el cual hemos sido educados, y en el cual todavía aún educamos a las futuras generaciones. Y es que el texto ya no es estable. Cualquiera puede apropiarse de una pieza de cultura para transformarla según sus deseos y necesidades, como podemos observar todos los días en los miles de memes que recibimos por mensajería instantánea y redes sociales. Además, sobre todo desde la aparición de la web 2.0, el lector puede interactuar, no ya solamente con el mismo el autor, sino también con miles de otros lectores, editores, supervisores de foros… Toda estas reinterpretaciones, recontextualizaciones y publicaciones de opiniones destruyen todo atisbo de canonicidad del texto impreso: este ya nunca más expresará la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito, sino de todos aquellos que lo leen.

Y es en este ecosistema cultural ciertamente esquizofrénico en el cual todos nosotros expresamos de manera más o menos libre nuestras opiniones e ideas. Creemos que estas dan forma y contenido a nuestros pensamientos más íntimos y verdaderos y que son recibidos por los demás de este modo. Sin embargo, no es así: en el momento en el que publicamos algo en un blog o una red social estamos corriendo el riesgo de que nuestro texto sea interpretado y contextualizado en modos muy lejanos de aquel que dio origen a nuestro primer impulso creador. Y, así, de una inocente (o no tan inocente) opinión política pueden extraerse una serie de interpretaciones racistas, machistas y homófobas que, en ningún momento, habían ni siquiera rondado por la mente dela autor.

Hay intolerantes. Estos se expresan clara y abiertamente, sobre todo en los actuales tiempos del populismo, donde un establishment analfabeto e inculto justifica, alienta e incita la cizaña. Ahora los intolerantes, libres de censuras, pueden expresar libremente su odio al moro o al negro; su convencimiento de que las mujeres son más débiles e intelectualmente inferiores a los hombres; o la idea mezquina de que el colectivo LGTB+ está enfermo. Los intolerantes siempre han existido, pero el discurso imperante en la sociedad coartaba la manifestación de sus opiniones. Ahora, desde los altavoces de la política, la ciencia y la cultura se les arenga a que escupan todo ese odio y esa rabia que han contenido durante décadas de “represión”, perpetrada a mano de hierro por los “buenistas”, las “feminazis”, y los “depravados sexuales”.

Pero hay que diferenciar la macrointolerancia que acabo de describir de esas microintolerancias que trufan la expresión pública de nuestras ideas y opiniones. Aunque no seamos, ideológica o emocionalmente, racistas, machistas o homófobos, hemos de comprender, aceptar y tolerar que parte de la estructura de nuestro pensamiento y, sobre todo, la expresión oral y escrita del mismo, viene condicionada por automatismos sociales que aprendemos desde nuestra infancia y que recuperamos un día tras otro en nuestra comunicación cotidiana con el otro. Y, dentro de esos automatismos sociales, hay algunos que, sin duda alguna, están influenciados por tendencias racistas, machistas u homófobas. No es que seamos intolerantes, ni siquiera que la misma sociedad sea intolerante, pero el Discurso que manejamos, aunque trata (o trataba hasta no hace mucho) de censurar la expresión de ciertos contenidos no tolerados, acepta ciertas formas de expresión de esas intolerancias. Hasta no hace mucho, muchas personas que hoy se escandalizan, reían con el sketch de Martes y Trece de “mi marido me pega”. No es que antes fueran unos apologistas del feminicidio y hoy unos activistas radicales contra la violencia machista. Es que el Discurso de época en la que se concibió ese sketch no había integrado este tipo de violencia dentro de su repertorio de censuras. No es que en 1991 fuéramos más machistas que en 2020, sino que en 1991 el marco epistémico en el que nos movíamos no imponía un tabú a los chistes de mujeres maltratadas. Y aún en 2020 existen ciertas expresiones toleradas que contienen, o se puede interpretar que contienen, microrracismos, micromachismos o microhomofobias. Las cuales se expresan libremente porque, como sucedía a Martes y Trece hace casi 30 años, no existe un tabú o censura que los elimine.

Nadie está libre, pues, de expresar o publicar una microintolerancia. Muchas veces no nos daremos ni cuenta, y tan solo cuando la reinterpretación y recontextualización de un receptor que sí haya descifrado esa microintolerancia llegue a nuestros oídos, entonces será cuando podremos analizarla y juzgarla. La respuesta que demos a nuestra microintolerancia no es única. Puede que aquel que la haya detectado sea un ofendidito que afee nuestra opinión hasta el punto de juzgar todo nuestro sistema de pensamiento a partir de esa minúscula pieza de información. Probablemente nuestra postura ante tal escarnio sea el de defensa y ataque; puede incluso que el sentimiento de indignación que nos provoque el ofendidito nos lleve a justificar a aquellos que defienden la expresión de macrointolerancias. No éramos machistas, pero el hecho de que una asociación antipatriarcado nos acuse de genocidas de mujeres por expresar ciertas dudas acerca de su ideario, puede llevarnos a abrazar el machismo más recalcitrante. Pero también puede suceder que aquel que ha decodificado la microintolerancia, lo exprese de modo tranquilo, justificado y nada hiriente. “¡Eh tú, cuidado! Fíjate lo que has dicho. Puede ser malinterpretado por alguien”. Es entonces cuando podemos asimilarlo y, así, aprender de nuestros errores.

Lo malo no son los microrracismos, los micromachismos o las microhomofobias. Que el que esté libre de culpa tire la primera piedra. Lo malo es interpretar esas microintolerancias como macrointolerancias que invaden todo nuestro sistema de pensamiento. Lo malo es no aceptar que, a veces, nos “pasamos de frenada” en nuestras conversaciones y publicaciones en redes sociales. Lo malo es, tanto el exceso (la macrointolerancia), como el defecto (la censura).

Pocos somos racistas, machistas y homófobos. Pero todos somos microrracistas, micromachistas y microhomófobos. No tenemos que rasgarnos las vestiduras, ni flagelarnos por ello. Pero tampoco aceptar esas debilidades como “inherentes de la naturaleza humana”, para así no corregirlas. Simplemente , comprenderlas, aceptarlas y, a través de ellas, mejorar como personas.

Ciencia postnormal en tiempos del Covid19 (y II)

El Covid19 se trata de una patología que abre muchos interrogantes, y sobre los cuales ni siquiera los científicos más reputados tienen una respuesta. El problema, o problemas, que plantea la crisis del Covid19 no pueden resolverse desde una óptica puramente científica o desde el saber y la experiencia acumulado por expertos en epidemiología, virología y salud pública. Muchos de ellos han errado en sus predicciones. Hasta no hace muchos meses, la morbimortalidad del coronavirus se relacionaba con la de la gripe, lo cual se ha demostrado falso. También hay información, tal vez aún poco contrastada, que indica que el Covid19 juega al escondite con el sistema inmunológico; esto siembra muchas dudas acerca de a) si nuestro organismo es capaz de generar inmunidad natural contra este virus y b) si una hipotética vacuna podría ser exitosa contra la pandemia. También, a pesar de los modelos complejos creados para predecir su comportamiento futuro, como el “flatten the curve”, nadie puede asegurar si tendremos uno, dos o más rebrotes de la enfermedad. Entre tanto, los datos acerca de los tratamientos son más que contradictorios: hidroxicloroquina, corticoides, tratamientos inmunológicos, antivirales…

El Covid19 es una crisis multisistémica, donde un gran número de factores se interrelacionan entre sí, de modo que no existe ninguna medida mágica que pueda ayudar a resolver el problema: se exige un abordaje multisistémico. Pero, además, un abordaje multisistémico en unas condiciones donde ni se cuenta con información veraz de la ciencia, ni experiencia de los expertos. Y donde, cualquier error en la toma de decisiones en cualquiera de los factores implicados (salud pública, economía, cohesión social, solidez democrática, relaciones internacionales…) puede ser desastroso y fatal. Es, por lo tanto, en estos momentos donde es más necesaria que nunca la ciencia, y donde hay que rechazar, expulsar, alienar cualquier comportamiento cientifista de las esferas de poder. Porque el cientifismo puede ser igual de perjudicial, sino más, que las teorías conspiranóicas y negacionistas de los populistas antidemocráticos. Porque atribuir a la ciencia unos roles de los que, realmente, carece, es situar a la ciencia en una posición de fuerza y de poder político que, además de inmerecido, puede resultar catastrófico. La ciencia ofrece respuestas precisas a preguntas precisas. La ciencia centra sus esfuerzos en una sola cuestión, de modo que el resto de dudas las transforma en constantes a las que no puede, ni debe hacer caso. Pero la crisis del coronavirus no solo precisa de resolver este tipo de preguntas precisas; no puede aislarse el problema médico (saturación de hospitales, UCIs…) de otros problemas. Si solo nos centramos en el problema médico, y abandonamos a su suerte la economía, la asistencia a los más pobres y los valores democráticos, tal vez, en un corto espacio de tiempo, nos encontraremos con un colapso económico irreversible, una sociedad empobrecida y hambrienta y unos gobernantes populistas que aprovechan el caos para destrozar los cimientos de nuestras democracias. Y, a cambio, en el mejor de los casos, habremos salvado algunas decenas de miles de vidas. En el peor de los casos, habremos fracasado, no habremos sido capaces de entender al virus, y las UCIs y las morgues seguirán igual de llenas.

Post-normal_Science_diagram
Cuanto mayor importancia tenga lo que se pone en juego en una decisión, y esta decisión tenga que tomarse en una situación de mayor incertidumbre, hay que buscar nuevas estrategias apra resolver los problemas.  Imagen de un diagrama de Funtowicz, S. and Ravetz, J. (1993) “Science for the post-normal age” Futures 25:735–55.https://dx.doi.org/10.1016/0016-3287(93)90022-L

Es necesario desarrollar un enfoque postnormal de la ciencia del Covid19, esto es, que los científicos, expertos y políticos puedan dialogar, dar su opinión y tratar de dibujar el complejo lienzo de la crisis que nos afecta. Un diálogo entre pares, donde cada cual acepte las limitaciones de sus conocimientos y capacidades ejecutivas. Un diálogo co-rresponsable, en el cual cada actor sea consciente de la importancia que tiene su papel, y se esfuerce en aportar su mayor valía: en el caso del científico, datos cada vez más exactos, más veraces, entorno al Covid19. El experto, tratará de adaptar esos conocimientos a experiencias previas que él pueda haberse encontrado en su práctica habitual. Y el político deberá recoger todo esos saberes y opiniones, interrelacionarlos entre sí, y ofrecer soluciones a todos y cada uno de los problemas, aun sabiendo que cualquier decisión es tomada en base a una gran incertidumbre y, por lo tanto, no existe programa informático, o programa algorítmico, que sea capaz de predecir el resultado de tales medidas.

Indignación y victimismo

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Ariadna abandonada por Teseo. Angelica Kauffmann (1741-1807).

La indignación y el victimismo comparten algunas características que los hacen casi indistinguibles sin un análisis más o menos concienzudo. Por ejemplo, ambos concentran toda su atención en un sentimiento de enfado ante una negación o ausencia de justicia social. El core tanto del estado “indignado” como del estado “victimista”, se sitúa en la presencia de una condición social desfavorable que provoca una merma (de calidad de vida o, incluso, de la vida misma) a una persona o un colectivo. La razón de este sentimiento negativo no porque tiene por qué ser real, comprobable y bien determinada: tanto en la indignación como en el victimismo juega un rol muy importante la desobjetivación de su objeto. La subjetivización de la realidad, que convierte en causa general algo que es absolutamente particular, se trata de una conditio sine quanon para que, indignado o victimista, lleven sus reivindicaciones a buen puerto. Es por ello que los indignados y los victimistas utilizan los mismos medios para alcanzar sus metas: twitter, facebook, change.org… Y suelen aportar su punto de vista en entrevistas de aquellos medios de comunicación cuya línea editorial se justifica y apuntala con las opiniones de indignados y victimistas.

Hasta ahí llegan las similitudes entre indignados y victimistas. Las diferencias, aunque menos evidentes, tal vez son más definitorias. Porque el indignado es aquel que reconoce, analiza y critica una situación de injusticia de la cual se puede encontrar una solución que la resuelva de una manera más o menos universal. Esto es, que sea plausible aplicar esa solución de manera generalizada a todos aquellos que la sufren. Puede que el indignado sea incapaz de ofrecer una solución coherente con el ideario que le ha impulsado a exigir cambios. O, incluso, que las medidas que propone tomar sean, a la postre, contraproducentes. Pero, a fin de cuentas, lo que mueve al indignado es su deseo de resolver sistémicamente un problema que afecta de manera sistémica a muchos seres humanos.

El victimista, por su parte, solo tiene ojos para sí mismo. Y exige que los ojos de los que le rodean se posen sobre sus males y desdichas. Aprovecha las redes sociales, no para movilizar a la sociedad en pos de un ideal, sino para recibir muestras de simpatía y afecto. El objetivo de la publicidad social del victimista es la movilización de la ciudadanía en pos de una resolución de sus problemas. Poco importa al victimista todos los que, como él, sufren algún tipo de injusticia. El victimista exige soluciones individualizadas para sus asuntos, independientemente de que esas soluciones puedan resultar harto negativas si son aplicadas de manera sistemática sobre todos aquellos que sufren su propio mal.

El indignado lucha por una sociedad mejor. El victimista exige que se le ofrezca, a él y solo a él, una mejor vida.

El indignado se trata de una fuerza activa de cambio, dispuesto a actuar allá donde sea necesario. El victimista es un elemento pasivo, vacío de operatividad, en espera de que otros actúen a su favor.

La indignación es una herramienta positiva que favorece el avance de la sociedad hacia espacios de mayor justicia y entendimiento. El victimismo, al contrario, fragmenta la sociedad en “unidades dolientes”, cada una de las cuales se mueve en una dirección contraria a la de los demás. Contraria, porque cada victimista se mueve hacia sí mismo, en una rotación victimocéntrica, a espaldas de los otros miembros de la sociedad.

Por lo tanto, aunque sea tarea poco fácil, sería muy útil diferenciar en nuestras redes sociales y en los medios de comunicación entre indignados y victimistas. Y, a los primeros, otorgarles nuestra comprensión, aunque no compartamos, o incluso rechacemos, todas aquellas  soluciones que puedan proponer. De este modo, tolerando el hartazgo del indignado, se puede iniciar un fructífero diálogo que lleve a la resolución de un problema.  Gracias a esta labor movilizadora, la sociedad al completo, que está formada por los indignados, los no indignados y los muy dignos, puede formular compromisos que se ajusten a la verdadera naturaleza del problema planteado.

Por otra parte, y al mismo tiempo, sería tarea no menos sana silenciar al victimista o, por lo menos, no ofrecer nuestras redes sociales como eco de sus reivindicaciones egocéntricas y egoístas, las cuales no tendrán, nunca, un efecto positivo, ni en nosotros, ni en otra persona que no sea la del propio victimista.

Ciencia postnormal en tiempos del Covid19 (I)

Si hay algo que, desde el principio, ha dejado en evidencia la crisis del Covid19, esa es la fragilidad innata de la ciencia a la hora de predecir y resolver uno de los problemas de salud más graves de las últimas décadas. Con el inestimable freno que ha supuesto la ocultación, por parte de los dirigentes chinos, de la magnitud de su “Chernóbil” particular, los científicos han sido incapaces de predecir en tiempo y forma tanto la extensión como la gravedad de la epidemia de coronavirus. Esto ha imposibilitado la implementación de barreras tempranas contra la pandemia. Segundo, la comunidad científica se encuentra “noqueada” ante el comportamiento de un virus que se aleja de los modelos clásicos de evolución de las pandemias, y ante el cual, incluso el sacrosanto paradigma de la inmunización natural, se pone en tela de juicio.

Es cierto que gran parte de los masivos datos acumulados en revistas científicas acerca de este virus son, técnicamente, “fakes” o “basura”, por lo que el científico que trata de documentarse acerca del Covid19 tiene que navegar en unas procelosas y contaminadas aguas, donde nada es consistente. De ahí que se hablara de la relación entre el ibuprofeno y la agravación de síntomas debidos al coronavirus. De ahí que se elevara la hidrocloroquina a rango de medicamento milagro en la lucha contra la pandemia. De ahí que, hasta que el virus empezó a hacer estragos, una gran parte de científicos, médicos, políticos y personas de a pie (entre las que yo me incluyo), consideraran al Covid19 como una “mera gripecita”. Y eso, dejando a parte las barbaridades que algunos no-científicos y negacionistas, como Trump y Bolsonaro, tratan de extender a lo largo y ancho de la opinión pública.

También hay casos, generalmente ensalzados ad hoc por los medios de comunicación, de científicos que “predijeron” el caos en el que se iba a instalar el mundo a causa del Covid19. Pero, a fin de cuentas, nadie hizo caso a sus predicciones. Nadie. Ni una comunidad científica avezada. Ni tampoco los políticos. Independientemente de estos casos aislados de científicos proféticos que, desgraciadamente, no tuvieron la repercusión necesaria para hacer cambiar las cosas, la mayor parte de científicos erraron en sus predicciones.

La gran diferencia entre el político y el científico es que, mientras el primero debe saber trabajar en la incertidumbre, al segundo tan solo se le puede exigir saber manejarse en la certidumbre. Mientras al primero se le encomienda la labor de ejecutar soluciones efectivas a problemas generales, el segundo debe ofrecer respuestas precisas a preguntas específicas. El segundo puede (y debe) asesorar al primero a la hora de la toma de decisiones. Pero el político cometería un flagrante y tremendo error si apoyara y basara toda su acción gubernamental en las opiniones fragmentarias de los científicos. Para la acción política se necesita de una visión global, tan amplia como alcance todo el rango de implicaciones que tienen todas y cada una de las decisiones políticas. Demasiado vacuo, generalista e impreciso para un científico que se dedica, en cuerpo y alma, a desenredar los arcanos misterios de una pequeña porción del saber del Universo.

En tiempos de Covid19 los políticos se echan en los brazos de los científicos. Uno, para que estos les den digan qué tienen que hacer para resolver los problemas advenidos de la pandemia, en base a criterios científicos. Y dos, para que, en caso de fracaso, las culpas puedan ser endosadas, no a aquel que detenta la acción ejecutiva, sino a la misma comunidad científica. Los científicos se convierten, de la noche a la mañana, en los asesores más preciados de los presidentes de Gobierno. Y estos, ungidos de una pátina de incorruptibilidad y veracidad, son expuestos a la luz de los flashes sobre un pedestal en el cual se deberían encontrar más que incómodos.

La ciencia contemporánea se centra en problemas específicos. Y de ahí su éxito. Pudiendo emplear todos sus esfuerzos en una única pregunta, el científico tiene tanto la libertad como la capacidad de analizar meticulosamente el objeto de su estudio. De tal modo, que si tiene éxito en sus pesquisas, responderá eficazmente a la pregunta que se ha planteado. Así, cuando se presenta en la vida cotidiana el problema específico que ha sido estudiado por este científico, se le podrá dar una respuesta válida y eficaz. La aplicación de los resultados de la ciencia tiene éxito cuando el juego de decisiones se limita única y exclusivamente al problema concreto del que se conoce la respuesta. Un teléfono móvil es muy fiable porque es él un mero repositorio de soluciones concretas a problemas concretos. Aquellas aplicaciones de la telefonía móvil a las que la tecnología actual no sabe encontrar respuesta no son instaladas en el terminal, sin merma alguna de operatividad.

Sin embargo no todo funciona como los teléfonos móviles.  Hay veces que los datos aportados por la ciencia son insuficientes, o incluso contraproducentes para obtener el resultado deseado. El cirujano que opera un paciente aquejado de una enfermedad cardíaca, basará su criterio médico en la evidencia científica. De eso no hay duda. Pero, además, en la intervención quirúrgica, aparte de lo leído en los artículos de las revistas científicas más actuales, empleará todos los recursos que ha aprendido a lo largo de su ejercicio profesional. Algunas veces se tendrá que desviar de la evidencia científica para salvar la vida de un paciente, simplemente, porque durante sus largas jornadas en quirófano ha aprendido que, de ese modo y no otro, él obtiene mejores resultados. Lo mismo se puede decir de un experimentado ingeniero civil, encargado de construir un puente en un terreno inestable. El asesoramiento de los profesionales más avezados y fogueados en la práctica del día a día es útil a la hora de resolver problemas concretos en los que existe una gran dosis de incertidumbre. A la falta de un criterio universalmente válido, como son los que ofrece la ciencia, se puede recurrir a la opinión de aquél que ha resuelto problemas similares con una gran dosis de empirismo y de ensayo-error.

De monarquías y repúblicas

La_familia_de_Carlos_IV,_por_Francisco_de_Goya
La familia de Carlos IV. Francisco de Goya (1746-1828)

Yo me considero republicano. Creo que, en un Estado democrático liberal como en el que vivimos, la elección democrática del Jefe de Estado es más lógica y natural que la transmisión hereditaria de dicho cargo. Pero también estoy seguro de que un hipotético advenimiento de la III República a España no nos va a hacer mejores como país; ni tan siquiera más justos. La influencia que tiene la figura del rey o de un supuesto presidente de la República sobre la acción política de un gobierno es muy limitada; y mucho menor en el primer caso que en el segundo, según cómo se establezcan las funciones ejecutivas de un Jefe de Estado electo (no son iguales las funciones del presidente de la República Francesa, que el de la República Italiana, por ejemplo). Pero es que, además, la influencia que tiene un gobierno sobre la vida en sociedad también es muy limitada, y se restringe (afortunadamente) a la legislación y a la ejecución de leyes. Que es mucho (muchísimo), pero no llega a alcanzar todo el vastísimo conjunto de actos, decisiones y opiniones que bullen en el interior de cualquier sociedad democrática. Por lo tanto, si el Jefe de Estado influye poco sobre el gobierno, y el gobierno tiene sus funciones de control social limitadas (tanto por la Constitución como por la pragmática vida real), es lógico esperar que un cambio de régimen político apenas afecte en el día a día de las personas.

Pero, como he empezado diciendo, vivimos en un Estado democrático liberal. Las leyes que rigen este Estado proceden de un contrato social por el que cada ciudadano entrega, en usufructo, una parte de sus derechos políticos a un conjunto de representantes políticos elegidos democráticamente. De esta manera el ciudadano puede ocuparse libremente de las tareas que más le atañen en su vida diaria (familia, trabajo, ocio), sin tener que estar, como sucedía en la Grecia Clásica, preocupado por acudir al ágora para debatir acerca de leyes que, tal vez, ni siquiera sabe de qué van ni para qué sirven. Eso sí, el ciudadano no debe descuidarse de su cuota política, y así protegerla de demagogos y oportunistas a través de la libertad de expresión y el derecho a voto.

Todas las leyes de un Estado democrático no son democráticas; existen ciertas rémoras de un pasado predemocrático que, por su poder y conexiones, son difíciles, si no imposibles, de destruir. Así, a través del consenso de los ciudadanos, esas leyes predemocráticas se incorporan al cuerpo legislativo democrático. La monarquía es una de ellas: la ley que dice que la casa de Borbón regenta la jefatura de Estado en España, y esta se transmite hereditariamente, no nace en el momento en el que se constituye y aprueba la Constitución de 1977. Muy al contrario, surge en 1700, año de la coronación de Felipe V, una época en la que el espíritu revolucionario y democrático en Europa estaba aún por llegar. La monarquía es, por lo tanto, una institución no democrática que ha sido asimilada a la democracia a través de un acto de concesión de parte de la soberanía popular, recogido este en la Constitución de 1977.

La monarquía no es la excepción predemocrática española: tanto los Fueros del País Vasco y Navarra, como los acuerdos Iglesia-Estado se pergeñaron en momentos históricos en los que la palabra “democracia” estaba aún ausente del vocabulario español, y los españoles todavía siquiera habían recibido el título de “ciudadanos”. Se tenían que conformar con ser, simplemente, súbditos. A pesar de su incorporación a la vida democrática, las leyes predemocráticas emanan un aroma contrario a ella, y de ellas se pueden deducir ciertos privilegios a personas individuales, grupos o regiones. Nadie, más que el rey puede ser nombrado Jefe de Estado. Poco importa lo preparado y capacitado que yo esté para asumir las labores de representación de la nación; si yo no soy Borbón, no podré ser rey. Del mismo modo, por muy ventajosa que pueda ser la adquisición de una hacienda propia para, por ejemplo, el Principiado de Asturias o la Comunidad Valenciana, estas nunca podrán beneficiarse del control de sus finanzas. Ese es un derecho que solo se aplica a las comunidades forales de el País Vasco y Navarra. Y qué no decir de los acuerdos Iglesia-Estado, que permiten a la primera acceder, entre otras ventajas, a una serie de recursos económicos que superan con creces los gastos en acción social de esta entidad religiosa.

El advenimiento de la democracia en España ha exigido, entre otros pactos, la aceptación de estos hechos predemocráticos, con el fin de salvaguardar un consenso entre diferentes. Pero eso no significa que la corona, los fueros y los acuerdos con el Vaticano estén exentos de una pátina de no-democracia. Y es por eso que soy republicano; porque con la III República se eliminaría una institución predemocrática, y  se adaptaría la jefatura del Estado a una realidad absolutamente democrática. No se trata de una modificación esencial en el ordenamiento político de país. Como he dicho anteriormente, la república no nos haría mejores, más justos, o más guapos, puesto que nuestra bondad, justicia y belleza no están vinculadas con la representación de la nación. Razones estéticas, más que funcionales, pues, me llevan a solicitar el fin de la monarquía constitucional de 1977. Así, más que un republicano convencido, soy un republicano escéptico, puesto que no espero que la calidad de vida de la ciudadanía española mejore con la proclamación de un Presidente de la República.

El debate actual acerca de la monarquía gira sobre dos discursos absolutamente rígidos, implacables y excluyentes entre sí. Por una parte, están los férreos defensores de la Corona, que no aceptan críticas a la Casa Real y se amparan en la Carta Magna. Por otra parte, los republicanos antimonárquicos, que invaden el espacio público de opinión con soflamas, slóganes, frases hechas y tweets ocurrentes, en las que se percibe, al igual que en el caso del campo monárquico, una ausencia de reflexión, crítica constructiva y planteamientos pragmáticos. La virulencia con la que se enfrentan esos dos campos es tal que, aquellos que nos situamos en un área más moderada del debate, carecemos apenas de espacio para la expresión libre de nuestras opiniones. Nos convertimos, por arte de birbiloque en “republicanos de salón” o “monárquicos trasvestidos”. A los que hay que silenciar con insultos y desprecio.

Además, se corre el riesgo de transformar este debate en un melting-pot de exigencias y reivindicaciones que supere el ámbito de la jefatura del Estado. Y, así, aprovechar los cambios constitucionales que exigirían la transición de una monarquía parlamentaria a una república para obtener otros réditos políticos. Por ejemplo, la izquierda, impondría en la Constitución una serie de peticiones acerca del reparto de la riqueza que podrían lastrar, en ciertos momentos, el buen funcionamiento de la economía. O, a la derecha, se exigiría el supuesto derecho de autodeterminación de ciertos pueblos (pero no todos los pueblos). La constitución de una república en España debe ser guiada por los mismos espíritus que desembocaron en la monarquía parlamentaria que hoy en día disfrutamos: los de la reconciliación, la concordia y el consenso. Una república construida “a favor” de unos y “en contra” de los demás fracasará, como bien habría fracasado una monarquía en la que no se hubiese dado voz a los contrarios a la monarquía, como lo pueden ser los republicanos, comunistas o independentistas. Y, hoy por hoy, viendo que ciertos partidos políticos han tomado las riendas del republicanismo en España, y  lo utilizan como coto privado y exclusivo, con derecho a otorgar carnets de “buen republicano”, temo que el debate acerca de la jefatura de Estado no saldrá de la “pelea de bar” en la que se haya hoy en día enfangado.

En resumen, soy republicano, escéptico pero republicano. Tal como se enuncia ahora el debate sobre la monarquía, habrá quien me acuse de blando y capillita. Por ello, hago mía la cita de Tocqueville, que escribió en sus “Recuerdos de la Revolución de 1848”: “Pero, ¿de qué república se trata? Hay quienes entienden por república la dictadura ejercida en nombre de la libertad; otros que piensan que la república no solo debe cambiar las instituciones políticas, sino remodelar la sociedad por completo. También hay los que creen que la república debe ser conquistadora y propagandista. Yo no soy republicano de esa manera”.

 

Responsabilidad intra y supraepistémica

Una de las grandes preguntas de filósofos, juristas y sociólogos se centra en la moral universal: ¿realmente existe un sistema valores que debiera ser respetado por todos los hombres y mujeres de este mundo, no importa el lugar ni la época histórica? ¿Se pueden juzgar los crímenes cometidos por Julio Cesar con los mismos argumentos que se juzgaron a los nazis en Núremberg? ¿Hay que exigir a los habitantes de todo el planeta comportarse del mismo modo frente al empoderamiento femenino, derechos LGTB+, igualdad social…? ¿Y qué comportamientos son más morales: los que predominan en España, en Rusia, en Indonesia, o en Arabia Saudí?

La cuestión de la moral universal, aunque aparece antes de la Ilustración (ya hay brillantes ejemplos de ello en el siglo XVI, con Hugo Crocio y Tomás de Vitoria), toma especial relieve durante el siglo de las Luces. La moral universal no solo se labró desde el plano teórico, sino también práctico. Así, invocando a Kant, que desarrolló los principios de esa moral universal y atemporal, los revolucionarios del siglo XVIII y XIX trataron de establecer sociedades en las que se respetaran derechos ecuménicos y se cumplieran leyes igualitarias

Sin embargo, cuando se cree que se ha alcanzado el culmen civilitatorio, y una sociedad se comporta de modo que puede considerarse que cumple con todos los criterios y principios de una moral universal, aparecen nuevas exigencias éticas. Así, durante la Ilustración, ese “universalismo” implicaba únicamente a hombres, y no a mujeres. En la declaración de independencia de los Estados Unidos de América, los esclavos negros carecían de derechos. Hasta no hace muchos años, el colectivo LGTB+ era tildado de perverso y enfermo, y se le negaban derechos sociales. A principios del siglo XIX el racismo y el antisemitismo no solo no eran inmorales, sino que se justificaban en pro del establecimiento de una sociedad sana y equilibrada. Hoy en día las sociedades europeas diferencian con mayor o menor claridad los ciudadanos originarios, de primera, frente a los inmigrantes metecos, de segunda. Tal vez, con la moral contemporánea que manejamos en Europa, deberíamos condenar a los machistas ilustrados, a los antisemitas revolucionarios del XIX, a los racistas padres (y madres) de las democracias del siglo XX… Probablemente, dentro de cuarenta años, cuando realicemos una revisión crítica de la igualad de las sociedades de principios del siglo XXI, nos llevemos las manos a la cabeza al descubrir una condescendencia inmoral hacia la guetización y el aislamiento social de ciertos sectores de la sociedad.

Independientemente de nuestros orígenes, o de la época que nos ha tocado vivir, todos tenemos nuestra responsabilidad individual. Todos somos más o menos libres de realizar ciertos actos, dentro del rango de posibilidades y oportunidades que nos brinda la sociedad. Un esclavo obedece al amo, pero existen siempre ciertos pequeños actos del día a día, no fiscalizados ni controlados por nadie, que pertenecen a la esfera (muy exigua, eso sí, en el caso de un siervo), de privacidad y de responsabilidad individual. Así, por ejemplo, si el esclavo tiene mujer, y la pega todas las noches, en la intimidad de su alcova (si es que estos disfrutaban de intimidad conyugal y de alcoba), no lo hace obligado por el amo, sino que es una decisión tomada enteramente por él mismo.

Existen dos niveles de revocación o asunción de la responsabilidad individual. El primero ya ha sido esbozado anteriormente: el nivel de la orden, de la ley, de la disciplina. Si el amo obliga al esclavo azotar a un sirviente desobediente, este no puede dejar de realizar su tarea, so pena de acabar él y sus costillas en el mismo lugar del primero. Si, en el frente de guerra, un sargento manda a sus hombres acribillar una casa en la que se sabe que solo viven civiles, el soldado no podrá otra cosa que apretar el gatillo. El esclavo y el soldado no son responsables de los actos a los que se ven obligados a perpetrar, pero pueden comprender y presentir que estos son abominables y van en contra de los designios de su voluntad. El esclavo pega, el soldado mata, pero no son más que la extensión del látigo o del fusil que empuñan en sus manos. La voluntad activa en este gesto es la del amo o sargento que dicta las órdenes.

La revocación de la responsabilidad individual aduciendo órdenes superiores tiene sus limitaciones. Un súbdito castellano de finales del siglo XV que expoliaba a los judíos que huían de los pogromos de los Reyes Católicos, estaba actuando dentro de la ley, y siempre bajo la ley. Un funcionario nazi del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau cumplía órdenes emitidas por su comandante de campo, el cual recibía instrucciones del mismísimo Heinrich Himmler. Sin embargo, tanto castellano medieval como alemán contemporáneo, sabían que aquello que estaban realizando era un auténtico crimen contra personas inocentes. El castellano, dentro de la exigua libertad individual que poseía, tenía la capacidad de decidir si expoliaba o no a sus, hasta no hace mucho, cordiales vecinos. El alemán, a pesar del estado de guerra y la dictadura hitleriana, podía decidir si quería o no seguir trabajando en el campo de concentración. No son, como en el caso del siervo o el soldado, el objeto pasivo en manos de una mente criminal. Ellos no son responsables de las leyes antisemitas que justifican ambos escenarios, pero sí de las acciones individuales que se enmarcan dentro de esta legislación.

Sin embargo, hay otro nivel de revocación de responsabilidad que alude a mecanismos más profundos de nuestra naturaleza humana. Y este es la episteme, o marco de conocimiento que recoge todo el saber permitido por una sociedad. Dentro de la episteme se acumulan los datos “sanos”, sobre los que se construyen los discursos que dan vida intelectual a la sociedad. Fuera de la episteme hay una cantidad ingente de información, que bien por desconocimiento, bien por inutilidad, bien porque se les considera peligrosos, se les niega el derecho de entrada a la episteme. Son los discursos de los locos, de los marginados, de los enemigos de la patria y  de la nación. Quien hace uso de esos discursos anómalos, la sociedad lo rechaza, sin necesidad siquiera de un código legislativo que justifique legalmente la coacción o la censura contra ellos. Las personas necesitamos de unas referencias para poder movernos en el mundo, y en el caso del pensamiento, la episteme nos ofrece unos límites, una gradación (verdad-mentira) y unos mojones epistémicos que consideramos verdades absolutas (sin que en verdad lo sean), y que nos guiarán por las procelosas aguas de ese tinglado que los humanos hemos creado, y llamamos pomposamente civilización.

No se puede pensar “correctamente” fuera de la episteme. No se puede actuar “correctamente” fuera de la episteme. Todo acto extraepistémico se arriesga a ser considerado tabú, indecoroso, ineficaz, intolerable. No será el policía o el juez quien detenga al infractor epistémico. La sociedad, toda la sociedad, le dará la espalda y lo expulsará a la tierra de los tarados. No podemos ver por encima de los límites que nos ofrece la episteme, y todo aquel que se exponga a asomar la cabeza por encima de ellos, corre el riesgo de perder la cabeza.

Pero la episteme es un marco de conocimiento que va modificándose continuamente, de modo que lo que ayer era tabú, hoy puede estar permitido. Y viceversa. Lo excluido en un momento histórico por la episteme no puede ser motivo de juicio de responsabilidad individual. Podemos manejarnos intraepistémicamente, esto es, dentro del rango de movimientos y pensamiento que nos ofrece nuestro marco de saber. Pero no podemos actuar extraepistémicamente, porque cuando lo hacemos, si es que podemos hacerlo en nuestro sano juicio, somos automáticamente incluidos dentro del epígrafe “enfermos de juicio”. Así, tal vez, hay ciertos hechos pasados que, leídos desde una perspectiva presente, con nuestro código legal y nuestro marco de saber actual, son juzgados como horribles e indecorosos. Pero tal vez no se puede acusar de ningún crimen o inmoralidad a la persona que cometió tales actos; simplemente porque no se inscribían dentro de la gama de acciones de las cuales él era responsable. Tal vez, el esclavista del Antiguo Egipto no podía imaginar que aquellos a los que fustigaba con su látigo eran unos seres tan humanos y dignos de compasión como él mismo. Y si lo hubiera pensado, los otros egipcios tal vez se habrían reído y mofado de él o, lo que es peor, se le habría tildado de loco y habría sido expulsado de todos los cargos institucionales que detentara. En este supuesto, el esclavista no tendría responsabilidad individual en su trato vejatorio de las persona a las que servía. Simplemente, porque no existía una opción validada por la episteme que le permitiera tomar una decisión diferente.

Por lo tanto, a la hora de juzgar los actos pasados de nuestros antepasados, no solo debemos observar con cuidado las leyes y códigos de conducta bajo los cuales estos vivían. No solo hay que comparar sus mores con los nuestros. También debemos integrar todas esas leyes, códigos de conducta y mores dentro de un sistema más complejo y más amplio como lo es el marco epistémico. Y comparar ese marco con el nuestro. De este modo analizaremos las conductas de nuestros abuelos y tatarabuelos no ya desde la perspectiva de la historia de las ideas, donde se puede cometer el error de considerar el marco epistémico como un elemento estable e inalterable a lo largo del tiempo. Sino, también, realizaremos una arqueología del saber, y discerniremos esos movimientos, esos ciclos, esas olas que rigen las relaciones de los saberes permitidos y los saberes prohibidos. Porque podemos cometer el error de culpar a alguien de algo, cuando en realidad no tenía más opción que hacer lo que hizo. Y, a través de ese juicio, nos sentiremos superiores a nuestros antepasados, simplemente, porque estamos aplicando unas reglas de juego actualizadas, de las que carecían en el pasado.

Los culpables de esta crisis (y II): El nivel meso

Tal vez sea en el juego de los culpables a nivel meso donde la conspiración y la propaganda política se elevan a una categoría superior. Porque es en este punto donde entran en juego las instituciones de Estado y los gobiernos. El nivel meso de la responsabilidad de la crisis de Covid19 se sitúa en los ministerios de Sanidad y en los palacios del Gobierno. Hay quien acusa al Gobierno actual de España de falta de previsión: que esto se venía venir; que deberían haber cancelado las manifestaciones feministas del 8M cuando ya Europa estaba avisando de lo que se venía encima. También se critica cierta falta de estrategia frente a la crisis: día sí y otro también los diferentes ministros anuncian nuevas medidas que en realidad a veces son bandazos sin sentido (como el anuncio de la suspensión de toda actividad económica no esencial, en la que no se especificaban las actividades que se considerarían esenciales, y la posterior moratoria a dicha suspensión). Se le achaca una tremenda falta de coordinación entre proveedores y hospitales, entre diferentes servicios autonómicos de salud, entre sus propios ministros… Por otra parte, el gobierno acusa a la oposición de haber esquilmado el sistema público de salud, de haberlo transformado en un ente inerte, sin capacidad de respuesta ante esta crisis; de haber desmantelado el sistema público de salud para “hacer caja” con sus amigos empresarios.

Toda esta mala leche se vehiculiza a través de las redes sociales. Whatssap es un hervidero de mensajes, videos, audios y memes que narran la estulticia e impavidez de nuestros políticos, bien del gobierno, bien de la oposición. Todo depende de qué color sea la fuente del meme. O de quién le pague para crearlos. Porque las cadenas de estos mensajes, con claros objetivos propagandísticos, suelen ser iniciadas, no desde un ciudadano anónimo y cabreado, sino desde un laboratorio de trolls donde cocinan mensajes de odio y los venden al mejor postor. Es por eso que, cuando cualquiera de nosotros difundimos entre nuestros contactos uno de estos mensajes que critica al gobierno, a un ministro, a un líder de la oposición… sin haberlo previamente verificado, nos estamos comportando como meros vehículos de propaganda y manipulación política.

Es cierto que el Gobierno ha cometido errores de previsión. Si comparamos sus decisiones, no ya con la de países que probablemente se habían tomado en serio la epidemia desde antes de que esta cruzara sus fronteras (como pueden ser Alemania o Corea del Sur), sino con la de países con economías, formas de vida y situaciones políticas similares (por ejemplo, Grecia y Portugal), podremos observar que la decisión del confinamiento se ha hecho tarde y, tal vez, mal. Pero el cierre de un país es un tema demasiado serio como para tomarlo a la ligera. Las implicaciones económicas, sociales y sanitarias (porque en España la gente sigue enfermando de otras patologías diferentes al Covid19, y el confinamiento agrava estas patologías) son catastróficas. A un gobernante, por muy sólido y robusto que sea, le debe temblar el pulso a la hora de tomar semejante decisión. Que las medidas de aislamiento se hayan iniciado un día después de las manifestaciones del 8M son una muestra más de que el empecinamiento ideológico mueve muchas de las decisiones de los gobernantes. Hay veces que las cosas no se hacen porque sean correctas, sino porque a) gustan a los potenciales votantes y b) están en consonancia con el ideario político que se construye en ese momento. Ahora bien, no es lo mismo que la ministra Carmen Calvo cancele esas manifestaciones, que las cancele un ministro del PP. Porque ella tenía una capacidad de maniobra y una ascendencia feminista a ojos de la sociedad, muchísimo mayor que la que hubiera tenido cualquier dirigente conservador. Con una explicación somera, habría desactivado cualquier duda acerca de la cancelación de este evento.

Otro flagrante error de previsión se detecta cuando se analiza la captación de material de protección y de tests de detección del Covid19. Cuando la OMS alerta de una potencial pandemia, avisa que hay que prepararse, incluso cuando los datos de China no son tan devastadores (recordemos, menos de 4000 fallecidos en un país de 1400 millones de habitantes), el Estado ha de proveerse de las armas necesarias para actuar, en caso de necesidad, contra el germen. Probablemente si China hubiera sufrido un ataque terrorista con una décima parte de las víctimas que ya ha producido el coronavirus en ese país, el ministerio de Interior y Defensa habrían activado protocolos para comprar el armamento más eficaz para defenderse de esos terroristas. Si, además, Italia hubiera sido víctima de un ataque terrorista similar al chino, las medidas excepcionales habrían sido activadas en el minuto 1 de la confirmación del mismo.

Estrategia, táctica y operación. La estrategia es el horizonte a largo plazo de lo que se quiere conseguir: metas realizables, sólidas, realistas. Para el diseño de una buena estrategia es necesario, sobre todo, un buen olfato político: saber discernir de todos los cientos, miles de datos, a veces contradictorios, cuál es la dirección que hay que trazar para alcanzar el éxito. Y esto es lo que diferencia un buen político de un buen tecnócrata: el político sabe navegar en la incertidumbre, sabe trabajar en escenarios complejos con información sesgada e incompleta. El tecnócrata es un especialista que tiene un conocimiento exhaustivo sobre un tema concreto. El político particulariza desde un saber generalista. El tecnócrata generaliza desde su ámbito limitado de conocimiento. En momentos de crisis, el gobierno debe estar llevado por buenos políticos y no buenos tecnócratas. Estos últimos deben aceptar ser desplazados a otras áreas de decisión política, como lo son el asesoramiento científico y el planteamiento táctico. España, sin embargo, ha cometido el error, no ya de dejarse aconsejar por técnicos (eso es necesario y obligado), sino de no ser capaz de traducir a la acción política los consejos más o menos certeros que estos ofrecían. O, como en el desgraciado caso español, con el ejemplo de Fernando Simón, estos expertos han sido fagocitados por la política y se han convertido en meros títeres del Gobierno, con todos sus defectos. Los políticos españoles han abandonado cualquier estrategia, cualquier dirección fija que sirva de referencia, y han basado todo su trabajo en tácticas dispersas, desparramadas e incoherentes. El pollo sin cabeza camina sin dirección. Pero camina. Y si, tiene suerte, incluso hay veces que llega a la meta, que en su caso es el puchero.

El Gobierno posee un ejército de medios de comunicación progubernamentales, trolls y bots, a través de los cuales trata de descargar el pesado fardo de la responsabilidad con el argumento de la “herencia recibida”. Puede ser cierto que el Partido Popular, partido que hasta hace dos años y medio detentó el poder en el Gobierno de España, realizó ciertos recortes (bien por devoción ideológica, bien por imposición presupuestaria) en Sanidad e introdujo nuevas formas de gestión de lo público como lo son los hospitales de gestión directa con personalidad jurídica propia (empresas públicas, fundaciones públicas, consorcios públicos…). Hay quien afirma que si la Sanidad ha reaccionado tarde y mal, ha sido por culpa de los recortes y cambios jurídico-administrativos que legó el gobierno de Rajoy a Pedro Sánchez. Que fueron ellos, los conservadores, los que dejaron al Sistema Público de Salud en un estado de ruina tal, que ahora es incompetente en el freno de la pandemia. Sin embargo, por muy impactantes que fueran los recortes que se le atribuyen a Mariano Rajoy, la sanidad española seguía encabezando, por lo menos hasta hace pocos meses, los rankings mundiales de calidad, eficiencia y equidad. Puede que los supuestos recortes a los que se aferran los entusiastas de Pedro Sanchez hayan mermado la capacidad de nuestro sistema sanitario a la hora de tratar patología crónica, dependencia o listas de espera quirúrgicas. Pero en una situación de emergencia aguda, como lo es la pandemia de Covid19, esto no cuenta. Porque la sanidad pública española tiene recursos suficientes como para hacer frente a esta enfermedad. Lo que pasa que hay que dirigir eficazmente estos recursos hacia la lucha contra el coronavirus. Algo de lo que ya no tiene responsabilidad (salvo en las comunidades autónomas donde gobierna) el PP. Y tampoco se puede achacarle la falta de respiradores en las UCIs. Es verdad que Alemania tiene más camas de UCIs que España. Pero, hasta la fecha del inicio de la pandemia en nuestro país, este número de camas cubría las necesidades de la población, y con creces. Una sanidad pública con un millón de repiradores, así como un número similar de sanitarios especializados en su manejo, sería insostenible. No es, pues, un problema de recorte crónico de recursos, sino de mala gestión aguda de los mismos.

No es menos cierto que la oposición, con sus medios de comunicación afines, sus trolls y bots, atacan inmisericordemente la gestión de un gobierno desbordado (lógicamente) por una situación catastrófica. Le acusan de una serie de malas prácticas que, posiblemente, el gobierno no tenga responsabilidad ello. Cada cierto tiempo se activa una alerta de epidemia en el sur de Asia. En 2002 se produjo en Catón (China) un brote de SARS que, aunque no llegó a convertirse en pandemia, tenía todos los ingredientes para ello. En 2012 el MERS puso en jaque a la OMS y las autoridades sanitarias de Oriente Medio. El Covid19 era muy similar a estos dos virus. La diferencia ha sido que este último ha sido capaz de extenderse sin medida por los cinco continentes. El gobierno español no tiene responsabilidad en la gestión que se ha hecho a nivel “macro” de este virus.

Por lo tanto, culpa no. Responsabilidad. El gobierno español deberá rendir cuentas por su falta de previsión a la hora de manejar la pandemia, y su incapacidad de activar los recursos sanitarios disponibles en tiempo y forma para proteger al mayor número de personas posible. Ahora bien, en situaciones de histeria y descontrol, donde la información es inestable y poco fidedigna, comete errores el que tiene que tomar decisiones. No le falta parte de razón a Pedro Sanchez cuando habla del “sesgo retrospectivo”. Pero este sesgo, ni los supuestos recortes en Sanidad del PP, sirven para ocultar las sombras de una gestión más que deficiente.

Cordones sanitarios contra Bildu y Vox, pero no contra los votantes de Bildu o Vox

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La nave de los locos. El Bosco (1450-1516).

La política española contemporánea se presenta como demasiado frentista, poco amiga de pactos o cesiones y, sobre todo, excesivamente volcada en la ortodoxia ideológica. Es por ello que se tienda a tildar de “extremista” a todo aquel cuyas ideas no coinciden con las del presunto “centrado”, pues todos tendemos a considerar nuestras opiniones como correctas y sanas y, por lo tanto, situadas en el centro de una supuesta balanza política. De este modo las arenas políticas de nuestro país se han llenado de fascistas, filoetarras, bolivarianos, estalinistas, franquistas y un largo elenco de “istas” que denotan la escasa tolerancia hacia el contrario.

No solo se acusa de extremismo a los líderes políticos que actúan como representantes de esas opciones ideológicas, sino a cualquier ciudadano que ose, por un solo momento de su vida electoral, a introducir en una urna un voto con una sigla concreta. Porque si el PSOE pacta con Podemos que pacta con Bildu, cualquiera que vote a los socialistas se transforma, por arte de magia, en un miembro del brazo político de ETA y, por ende, en un blanqueador de los crímenes que esta banda ha cometido durante décadas. Por otra parte, como C’s pacta con el PP que pacta con Vox, todos los votantes del partido de Inés Arrimadas se convierten en fachas adoradores de Francisco Franco. Cuando se hipertrofia el valor y las supuestas bondades de una ideología política, se niegan los defectos y limitaciones de la misma, y se exageran los defectos de los contrarios, se corre el riesgo de convertirse en un grotesco títere manejado a capricho por aquellos que mueven los hilos de su discurso político favorito.

Quizás en España existan dos sensibilidades políticas que sí puedan considerarse realmente “extremistas”: Bildu y Vox. No solo los ajenos, sino que los propios militantes de estas siglas aceptan, con honor y honra, esa etiqueta. Se tratan de dos partidos con posturas excesivamente marcadas e inamovibles, que crean un ambiente de hostilidad hacia el contrario. Esta intolerancia puede, incluso, como en el caso de Bildu, llevar a justificar, amparar y jalear acciones de neutralización y exterminación de aquellos que ellos consideran “enemigos”.

Desde un punto ideológico Bildu y Vox son diferentes. No hace falta más que ver el programa electoral de unos (izquierda radical) y otros (derecha ultraconservadora). Pero creo que, más allá de la ideología marxista de unos y la neoliberal de otros de otros, ambos comparten algo más importante que la teoría política que les separa, y eso es el método de hacer política y su empecinamiento por la eliminación de adversarios ideológicos en nombre de un supuesto bien mayor: Euskal Herria los primeros, España los segundos.

Cuando alguien que lleva viviendo cuarenta o cincuenta años en San Sebastián, por ejemplo, y sigue siendo considerado “extranjero” y “maketo” o, como sucedía no hace muchos años, es considerado “analfabeto” por no hablar euskera, poco le importan los programas económicos solidarios o de lucha contra el racismo del partido político que le insulta. Este lucharía contra el racismo, sí, pero a través la aniquilación de lo extraño, de modo que, una vez desaparecido el extraño, acabado el racismo: cruel hipocresía que no solo se tolera, sino que se aplaude desde algunos sectores sociales. Lo mismo sucede con esa encendida defensa de los españoles que toma como bandera Vox: ¿qué es ser español? ¿Quién es extranjero en una sociedad globalizada como la española? Como no existe una respuesta exacta y universal a estas dos cuestiones, los líderes de Vox se encargan de contestarlas según los criterios de españolidad que mejor les vienen a ellos.

Por eso no quiero que Bildu entre en el próximo Gobierno Vasco. Por eso quiero que se cree un cordón sanitario entorno a esas siglas, como se debería hacer también con Vox. No es posible un acuerdo moderado con ellos si no es cediendo y aceptando las posiciones  ultramontanas que tanto unos como otros defienden.

Y llegados aquí creo conveniente diferenciar a los votantes de Bildu o Vox de los dirigentes de Bildu o Vox.

Introducir un voto en una urna no te define ni como ciudadano ni como persona. La personalidad no queda impregnada automáticamente de todo aquello que afirman o recogen en su ideario los líderes de las formaciones políticas. La identidad de una persona va más allá de su elección de voto, como también va más allá de su raza, religión, equipo de fútbol, posicionamiento frente a la ciencia, lengua materna o, incluso si le gusta o no la piña en la pizza.

“Todos los votantes de Bildu/Vox son etarras, fascistas, tontos…”. Falso. La información que te da un voto no es lo suficientemente amplia como para llevar a cabo esas afirmaciones.

Todo lo contrario que los políticos de estas formaciones políticas. Porque ellos son líderes de opinión por el mero hecho de expresar en los medios de comunicación su afiliación a unos ideales recogidos en unos estatutos. Porque su parte privada queda en suspenso mientras se presentan públicamente como representantes políticos. La res política invade toda su personalidad, y es entonces cuando se puede lanzar calificaciones generalistas hacia Arnaldo Otegui o Santiago Abascal, acusándoles a uno de filoetarra y a otro de filofascista. Estas afirmaciones son juicios más o menos subjetivos, pero juicios, al fin y al cabo. Acusar de lo mismo a un votante de Bildu o Vox sería, por el contrario, un prejuicio.

Tengo amigos y compañeros de trabajo de Bildu. Son gente maravillosa en las que confío y con los que puedo discutir de asuntos políticos sin que nos sintamos ni ofendidos ni insultados. Ellos respetan mi punto de vista y yo el suyo. No conozco a nadie de Vox, pero seguro que también se daría la misma situación. Y si eso es posible, es porque el tema identitario vasco no está hipertrofiado artificialmente por políticos descerebrados (como es el caso del tal Torra en Cataluña) y no invade otros aspectos de la vida en sociedad, tan o más importantes que la política. En el momento en el que se le da excesiva importancia al ser/sentirse español, vasco, francés o canaco, entonces se rompe esa convivencia en la que diferentes pueden expresar libremente sus diferencias. Chomsky, Rowling, Atwood y otros que firmaron el manifiesto contra la intolerancia de la izquierda y la derecha tienen razón en criticar la excesiva rigidez ideológica que actualmente impide un franco diálogo entre contrarios, que no enemigos.

Por eso no quiero que Bildu entre en un gobierno. Por eso quiero que se cree un cordón sanitario entorno a esas siglas, como se debería hacer también con Vox. El acceso al poder de unos u otros generaría un clima de crispación artificial que desembocaría en una crisis social de consecuencias dramáticas e imprevisibles.