Estrategia, plan, acción: desconfinamiento de niños y renta básica universal

pablemos

Bien. Aplausos. Ahora dejémosnos de tweets, slóganes y obviedades.

Está claro que vivimos una situación de emergencia social donde hay mucha gente, cientos de miles, si no millones, que se encuentran en el abismo de la pobreza. No hay duda de que el Estado, que somos a fin de cuentas todos nosotros, tiene que ayudarles en la medida que se pueda. Pero todo no vale para argumentar y justificar todo.

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Un problema puede tener varias soluciones. En sistemas complejos, como es el caso de la política, se debe decidir por qué salida optar en un ambiente de incertidumbre. La línea roja indica cuál es la estrategia a tomar, esto es, el objetivo de la acción política. En el momento de la decisión no es posible conocer si la salida elegida es la más conveniente.

En primer lugar: Estrategia. Visión a largo plazo. Dónde estamos y a dónde queremos ir. Objetivos razonables, realistas, cercanos a las circunstancias que se viven. Esa es la labor del político: navegar en la incertidumbre, sobre datos incompletos y contradictorios. Este Gobierno carece de una estrategia: modifica su rumbo dia a día, hora a hora, ministerio a ministerio. Por ejemplo, una renta básica universal, un salario social, o una renta anual garantizada pueden ser buenas medidas, pero solo si están dentro de una estrategia única, bien diseñada y, sobre todo, bien dirigida. Y, visto que en un tema más sencillo como lo es la organización de una estrategia de desconfinamiento limitado de niños, bien no hay estrategia, bien hay muchos vicepresidentes y ministros que la desconocen o la ignoran.

táctica-estrategia
Una vez decidida la estrategia, hay que organizar una táctica que afronte los obstáculos con los que se va a encontrar la acción política a la hora de alcanzar los objetivos. De todas las acciones posibles existentes, hay que elegir aquellas que se alineen con el objetivo. Así, en este caso, hay tres tácticas exitosas que nos llevarán a la salida elegida (la número uno): 1a-2a-3a, 1a-2a-3b, 1a-2b-3b. El resto de acciones, aunque bienintencionadas e, incluso, útiles en otras circunstancias, no pueden ser tomadas en cuenta, so pena de fracasar en el proyecto político.

 

En segundo lugar: Planificación. Visión a medio plazo. Desarrollar los cimientos que sostengan la estrategia. Trabajo de tecnócratas. Esto es: que las medidas, acciones y leyes se encaminen inequívocamente hacia el objetivo fijado por la estrategia. Por ejemplo, una renta básica universal, un salario social, o una renta anual garantizada serán buenas propuestas si están alineadas con la estrategia, con el objetivo. Si, por el contrario forma parte de un paquete de medidas propagandistas, que no tienen absolutamente ningún vínculo entre sí, por muy buena intención que se haya puesto en ella, fracasará. El gobierno va anunciando medidas sin ton ni son, sin una mínima coherencia interna, como pollo sin cabeza: es cierto que alguna vez el pollo sin cabeza alcanza su meta, que es el puchero. Pero eso es excepcional.

Por último: acción. Hay decenas de ejemplos pasados de medidas aprobadas por gobiernos de todos los colores que acabaron en el más absoluto fiasco: el cheque-bebé, plan E… Ahora mismo el Gobierno ha emprendido tres proyectos que tienen una vertiente más electoral y de autobombo que de verdadero desarrollo social: las ayudas de las empleadas del hogar (solo 1/3 de ellas pueden beneficiarse de las ayudas), ICO para PYMEs (El Estado solo avala una parte del crédito y se lleva el 50% de los intereses, lo que frena la aprobación de los creditos por parte de los bancos) y las ayudas para el alquiler (muy difíciles de conseguir, si no imposibles). Si la renta básica universal, el salario social o la renta anual garantizada que propone el Gobierno va por la misma senda, acabará en el baúl de los fracasos. Y lo que es peor, obstaculizará la puesta en marcha de otras medidas que, más o menos ambiciosas, pero sí alineadas con una estrategia y planificación claras, podrían mejorar la situación extrema que muchas personas viven en este país.

No todo vale. No todo puede justificarse con un discurso bienintencionado. Es tiempo de políticos. Y no solo de políticos en el Gobierno. También hace falta políticos en la Oposición

Crisis y decadencia

Hay quien utiliza indistintamente los términos crisis y decadencia para expresar una situación de malestar, de inestabilidad o de sensación de empeoramiento de las condiciones de vida en una sociedad. Sin embargo, no son lo mismo. Contienen una serie de conceptos previos de tal magnitud que aquel quien emplee cualquiera de estas dos palabras, tendría que hacer un esfuerzo en argumentarlas.

Para que se produzca una crisis, la sociedad debe de estar en un punto álgido (económico, cultural, científico, moral…), esto es, que haya alcanzado una cota de perfección jamás lograda. Es a partir de ese cénit que, por causas de carácter violento (una crisis económica, un desastre ecológico, una guerra…), la sociedad sufre un agudo retroceso en sus condiciones de vida. “Agudo” por dos razones: primera, porque la crisis suele ser intensa o, por lo menos, debe ser vivida intensamente. Segunda, porque cuando se habla de crisis, siempre se vislumbra una salida, una posibilidad de retorno a los niveles de satisfacción anteriores al detonante violento. A pesar del pesimismo que suele embargar los corazones de los ciudadanos, hablar de crisis también implica que, de un modo más o menos preclaro, se pueden anticipar cuáles serán los remedios que solventarán esa situación.

En la decadencia, por el contrario, se observa un estado crónico de deterioro de la sociedad. El cénit de la misma no se sitúa en el presente, o en un punto del pasado cercano a él, sino en una supuesta “Edad de Oro” de la que puede que ya no quede vivo protagonista alguno. Si en la crisis hay esperanza por un retorno, en la decadencia no se augura más que el fin mismo de la sociedad, su extinción del movimiento histórico de la Humanidad, y su transformación en un simple yacimiento arqueológico. No hay salida en la decadencia, porque la decadencia es a la sociedad lo que la ancianidad es a la vida: un proceso orgánico de declive físico y psíquico irreversible.

Crisis y decadencia son dos modos diferentes de interpretar una situación de fragilidad. Y de esta explicación, más o menos anclada en la realidad, pero siempre con un alto contenido de subjetividad, se puede saber más del autor del comentario que de la misma sociedad que el autor está tratando de analizar. Porque quien habla de crisis lo hace desde el “mejor de los mundos posible”, que para él se ubica en la cercanía del momento presente. No existen en el pasado referencias de forma de vida mejores que las más contemporáneas. El proceso de construcción social es positivo: tiende indefectiblemente a mejorar, aunque siempre existan vaivenes temporales que son los que definen las crisis. Sin un arquetipo, un modelo ideal de sociedad que sirva de referencia universal, siempre considerará el actual como el mejor; pero no porque así lo sea, sino porque los sistemas de clasificación y gradación de las sociedades históricas han sido diseñados según unos criterios que consideran más importantes y valiosos los logros del momento presente. Todo cambio se ve como un avance, cuando algunos de ellos son simplemente reubicaciones, o incluso deterioros, de derechos sociales. Cuando se cree que se ha alcanzado la culminación de la construcción social, también puede experimentarse la sensación de que, si a mejor no puede ir, tal vez lo que suceda sea lo contrario. Es por ello que, desde una construcción positiva, optimista, de la sociedad, también se vive continuamente con el presentimiento de que, próximamente, aparecerá una crisis.

Los decadentistas, por el contrario, han descubierto un modelo ideal de sociedad, el cual fue instaurado con éxito hace años, siglos o milenios. Es ante esa imagen de perfección que se tienen que mirar los ciudadanos contemporáneos. Para los decadentistas la sociedad es un ser vivo: nace, crece, madura, alcanza esplendor, decae y, finalmente, desaparece. Frente al modelo positivo-oscilante de los optimistas, los decadentistas construyen una sociedad más cercana a un modelo cíclico de creación-destrucción-creación. Mientras que los optimistas carecen de arquetipo de sociedad porque utilizan criterios de excelencia sesgados por la actualidad vigente, los decadentistas poseen grandes cantidades de datos históricos, de los cuales recogen aquello que les interesan mediante una técnica de “picoteo” arbitrario. Más tarde estos datos se ensamblarán dentro de un texto justificativo que tendrá más de novela o saga heroica que de texto científico-humanista. Ese texto o textos señalarán el origen de un mito (nacional, étnico, cultural…) que se convertirá en el arquetipo, el cénit civilizatorio, el punto de perfecta madurez, de una comunidad.

El desarrollo histórico de una sociedad no se ajusta al modelo optimista-crisis ni al decadentista-decadencia. Tanto uno como otro tratan de racionalizar, ajustar a una explicación comprensible, el devenir de una sociedad. El modelo optimista necesita crear la ilusión de que la sociedad tiene un fin, que es el del perfeccionamiento continuado; que el ser humano, como animal social que es, está programado, tal vez desde sus genes, para construir unas comunidades humanas cada vez mejores. El modelo decadentista, por el contrario, considera que ese fin, esa meta, ya ha sido alcanzado, y ahora toca penar en el lento y tortuoso declive. Para el decadentista es la sociedad, como cualquier organismo vivo, la que está programada para desarrollar un ciclo de vida que, inevitablemente, acabará en la muerte.

Sin embargo, todo es más caótico, informe, inesperado, inexplicable. La sociedad humana no posee ninguna meta, ningún fin programado de antemano. Son tantos los acontecimientos, pensamientos, relaciones, creaciones y desencuentros que acumulan todos los hombres y mujeres que viven y han vivido en este planeta, que resulta imposible explicar e interpretarlos todos en base a un modelo optimista o pesimista. Aun así, los seres humanos, por lo menos los seres humanos modernos, nacidos en esa Modernidad cartesiana, necesitamos comprender. Necesitamos comprender de dónde venimos, dónde estamos, a dónde vamos. Y para diseñar explicaciones convincentes, inevitablemente, hay que desarrollar un método. Almacenar en tablas aquellos datos que prueban nuestras hipótesis; expulsar aquellos que no se ajustan a nuestra opinión. Y, a partir de ese momento, siguiendo las instrucciones de la ideología científica, empírica o historicista, crear una interpretación del mundo, de la realidad, del presente, pasado y futuro. Todo intento de explicación de la sociedad contemporánea está sesgado; sí, es verdad. Pero eso no significa que haya que rechazarlos por ello. Pueden resultar útiles, pueden ayudarnos a orientarnos en este mundo tan salvaje. Sin embargo, durante su lectura conviene reunir grandes dosis de escepticismo, el cual nos salvará del fanatismo y la intolerancia que tanto optimistas como decadentistas, tratan de inculcarnos.

La crisis de la sanidad española. Retos a medio y largo plazo

NOTA: Redactado antes de la crisis del Covid19

Medios de comunicación, políticos, gestores, gente de la calle… Todos nos alertan de que el sistema sanitario está en crisis. Tal vez habría que preguntarse si ese sistema no ha estado alguna vez en situación de dificultad. A diferencia de otros ámbitos «humanos», como pueden ser la política o el arte, no existe un momento «mítico» de la sanidad, en el cual el sistema sanitario se considere ideal e inmejorable. Se habla de un «Siglo de Oro» de las letras españolas; pero nadie puede nombrar ni siquiera una década de esplendor sanitario donde tanto profesionales como pacientes estuvieran totalmente satisfechos con las atenciones y servicios sanitarios. A diferencia de los historiadores que comen de la mano del que manda, y que pueden construir, a través del «picoteo» de legajos y anaqueles, un pasado mítico (y casi místico) de una nación, cultura, o movimiento político; no hay erudito, por muy corrupto que sea, que se atreva a glosar las virtudes de un tiempo o un lugar donde la sanidad fuera mejor que la actual. Sin referencias pasadas sobre las que construir un relato de excelencia, el sistema sanitario ha estado, está y siempre estará en crisis permanente. Crisis, porque no hay arquetipo de sistema sanitario ideal a partir del cual construir nuestro propio modelo. Crisis, porque los avances tecnológicos no permiten actualizar los servicios a la misma velocidad que estos se ofertan. Pero crisis también del modo que se interpreta desde la cultura china: una oportunidad para mejorar y perfeccionar este complejísimo sistema que trata de ofrecer consuelo y alivio a los pacientes.

Cuando se habla de crisis generalmente siempre se halla implicado el factor económico. Y cuando el dinero con el que se cuenta es público, procedente de los impuestos de los ciudadanos, cualquier crisis exige plantear modelos más eficaces de financiación. En un sistema público, donde el proveedor de salud no paga directamente por los recursos que gasta, se está técnicamente abocado a consumir medios ilimitados con el fin obtener una cartera de servicios amplísima, aunque no siempre eficiente. El Estado, como financiador de servicios sanitarios, no posee los recursos ilimitados que exige esa cartera de servicios. Se hace, por lo tanto, perentorio, tomar medidas que favorezcan la sostenibilidad del sistema, sin que por ello se produzca merma tanto en la calidad como accesibilidad del mismo.

Por ejemplo, hasta no hace mucho tiempo era el jefe de un servicio hospitalario el que decidía, en base a criterios técnicos, qué productos y tecnologías sanitarias aplicar en los pacientes. Así, en un servicio de Traumatología público, la prótesis de cadera que se ofertaba había sido elegida por su calidad, durabilidad, instrumental y servicio de venta. Poco contaba el precio de la misma, por lo que, a veces, la industria farmacéutica «hinchaba» los precios de esos materiales. Con la llegada de la crisis de 2007-2008 se produjo un cambio radical. A partir de entonces, el factor económico pesó más que el técnico. El voto del gestor contaba más que la del jefe de servicio a la hora de optar por un tipo u otro de prótesis. Sin embargo, lo que en principio podía parecer eficiente, pronto se vio que estaba abocado al fracaso: primero, porque la bajada de precios de los proveedores solía ir asociada con una pérdida de calidad, a veces reprobable 1, lo que implicaba mayor número de complicaciones quirúrgicas y sobrecostes de segundas cirugías. Segundo, porque para abaratar costes, los proveedores centralizaban sus almacenes en puntos muy concretos de la geografía española, de modo que no podían suministrar encargos urgentes-emergentes a hospitales alejados de estos lugares. Es por ello que actualmente se está recuperando, ya no solo el coeficiente «calidad» del producto sanitario, sino también el valor añadido de la casa suministradora (cercanía, capacidad de hacer frente a casos complejos) e, incluso, otros factores más relacionados con aspectos sociales (planes de eficiencia energética, gestión de residuos…).

Otro problema relacionado con la financiación procede de la necesidad de mantenimiento de las infraestructuras hospitalarias. Para este mantenimiento y reorganización de servicios  se precisa de una visión a medio-largo plazo muy aguda: ¿Está sobredimensionado el servicio de Maternidad ante la bajada de la tasa de natalidad?; ¿los quirófanos de cirugía general están adaptados a un uso cada vez más extensivo de la laparoscopia?; ¿se ha previsto una ampliación de las Urgencias Generales debido a la llegada del metro al hospital?… Si hay una infraestructura que siempre está en peligro de quedar obsoleta, esa es la informática. La digitalización de la sanidad ofrece enormes ventajas: mayor y mejor flujo de información; interacción entre profesionales; rapidez en el acceso a la historia clínica… Pero también obliga a ampliar el número de ordenadores, software, un servicio de informáticos cada vez mayor, sistemas de seguridad, de almacenaje de datos… Y todo ello en constante renovación, con el costo que ello supone.

Asociado las infraestructuras (el «continente»), también se encuentra el problema del «contenido», esto es, de las nuevas tecnologías sanitarias que prometen mejores resultados en términos de salud sobre nuestros pacientes. Aquí el problema es más complejo. Por una parte, hay que valorar si, realmente, esas nuevas tecnologías son mejores que las antiguas (eficacia y efectividad), y si esa mejora compensa económicamente (eficiencia). Por otra parte, la presión de la industria farmacéutica y de los pacientes puede favorecer la aplicación y el uso de técnicas más novedosas, pero no más eficaces. Un claro ejemplo de ello es el aumento de la incidencia de tratamiento quirúrgico de ciertas fracturas de extremidad superior, como puede ser la clavícula. La evidencia científica ha demostrado que la inmensa mayoría de fracturas de clavícula obtienen mejores resultados si no se intervienen quirúrgicamente 2. Aun así, existe una presión comercial (cursos de las compañías que venden placas de osteosíntesis) y de los propios pacientes (deportistas amateur que exigen recuperar cuanto antes su nivel competitivo) que puede llevar al médico a elegir tratamientos más novedosos, más caros  y más agresivos, pero tal vez menos eficaces. El aprovechamiento de los informes de los servicios de evaluación de tecnologías sanitarias puede ayudar a alcanzar un equilibrio entre avances tecnológicos y ganancia en resultados clínicos.

He hablado de presión de los pacientes sobre el sistema sanitario, pero ¿por qué esta presión es cada vez mayor? Primero, por el aumento de la esperanza de vida de la población. A pesar de que se preconice un «envejecimiento saludable», es indiscutible que a mayor edad hay mayor riesgo de sufrir enfermedades agudas y crónicas. Si cada vez hay un número cada vez más grande de ancianos, por muchas políticas preventivas que se tomen, habrá indefectiblemente una merma en la calidad de vida de los mismos, y parte de esa pérdida de calidad de vida se intentará compensar por la vía de la medicalización. El tabú hacia la muerte que se ha instaurado en la sociedad occidental 3 implica un sobrediagnóstico y sobreactuación terapéutica sobre pacientes ancianos muy deteriorados que, posiblemente, merecerían un trato menos invasivo y una muerte más digna.  En segundo lugar, a la ciudadanía se le ha inculcado la salud como un derecho inexcusable. De modo que se exige a los profesionales sanitarios que hagan efectivo ese derecho. Así, dolencias leves que antaño no pasaban por la consulta del ambulatorio, ahora colapsan las abarrotadas agendas de los centros de salud. Problemas que bien podrían solventarse con la reducción de nivel de actividad (por ejemplo, un aficionado a correr maratones que sufra de dolores de rodilla), pasan inexorablemente por quirófano, pues se considera intolerable esa reducción del nivel de actividad. Internet y medios de comunicación alientan la sobremedicalización de la vida cotidiana. Si el sistema sanitario no es capaz de hacer frente a estos dos problemas (tabú de la muerte e hiperconsumismo médico) perderá en eficiencia y en calidad.

Hasta aquí he ido enumerando varios de los «culpables» de la crisis del sistema sanitario: políticos, burócratas, ancianos, pacientes intransigentes, industria farmacéutica, mass-media… Pero, tal vez, sean los propios trabajadores de los sistemas sanitarios los que, no solo tengan tanta o más responsabilidad, sino también mayor capacidad de acción y enmienda para mejorar la situación de la sanidad. Por una parte, no hay una uniformidad en el criterio de actuación clínica de gran parte de médicos, independientemente de su especialidad. Existen actos médicos que ya han demostrado su ineficacia, y aún se siguen realizando 4. Otras intervenciones que, aunque eficaces, pueden presentar muchos efectos adversos, son realizadas sin una verdadera consciencia por parte del sanitario o sin un seguimiento posterior adecuado. El uso de guías de decisión clínica, como puede ser el NICE británico, podría reducir esta variabilidad y la consiguiente inseguridad. También puede resultar interesante el manejo de la inteligencia artificial en el diagnóstico de enfermedades, aunque en este caso existen enormes cuestiones éticas y epistemológicas a resolver 5. La aplicación generalizada de estas dos herramientas no puede venir desde la imposición, pues esto generaría malestar, reticencias, e incluso firme oposición de muchos sanitarios. Si, de alguna manera, se consiguiera convencer a los profesionales de las ventajas de la aplicación de una terapéutica más homogénea, basada en la evidencia científica, ganaríamos todos: como pacientes, como profesionales y, en fin, como sociedad.

En resumen, la crisis continuada del sistema sanitario exige soluciones a corto, medio y largo plazo. Como medidas más urgentes a tomar, caben destacar una política de compras racional, que vaya más allá del análisis calidad/ precio; mayor peso de los servicios de evaluación de tecnologías sanitarias en la toma de decisiones estratégicas; educación para el cambio del paradigma sanitario hiperconsumista en el que se ha instalado la sociedad; educación de los trabajadores sanitarios para que comprendan su imprescindible rol en el sostenimiento del sistema; y, por último, destacar la importancia del uso de guías clínicas y, en el futuro, de algoritmos basados en inteligencia artificial, para unificar criterios y acciones clínicas.

 

BIBLIOGRAFÍA

1- Güell O. Traiber vendía prótesis ortopédicas que llevaban hasta 11 años caducadas. 2015. Recuperado de: https://elpais.com/ccaa/2015/05/23/catalunya/1432389457_661317.html

2- Lenza  M. Surgical versus conservative interventions for treating fractures of the middle third of the clavicle. Cochrane Database of Systematic Reviews 2013, Issue 6.

3- Novoa A. Sin paliativos. Análisis clínico-existencial de Seamus O´Mahony sobre la muerte y el morir en la era del individualismo y la medicina tecnocientífica. 2020. Recuperado de: https://wordpress.com/read/feeds/99954171/posts/2550248513

4- Morgan DJ. Update on Medical Overuse. JAMA. 2019;179:240–246.

5-  Healy D. Clinical judgments, not algorithms, are key to patient safety—an essay by David Healy and Dee Mangin BMJ 2019; 367 :l5777.

Transparencia democrática en tiempos del cólera

ANTÍGONA: ¿Pero quién osará a seguirte cuando se entere de qué calamidades os vaticinó el hombre aquí presente?
POLINICES: Tampoco voy a comunicar malas noticias, pues es cosa de buen general referir sus ventajas y no los fallos.
Sófocles. Edipo en Colono.

Que los dirigentes políticos del gobierno de un país democrático sean sinceros con sus ciudadanos y expongan al público tanto las cuentas como las acciones ejecutivas y legislativas que llevan a cabo, es un ejercicio de salubridad democrática. De este modo los ciudadanos no solo pueden conocer de primera mano cómo se están dirigiendo asuntos que les pueden afectar en primera persona, sino que favorece dos herramientas básicas para el buen funcionamiento de una democracia liberal: la educación política y el debate constructivo basado en datos lo más fiables posibles. La educación política es esencial en unos democracia saneada: los ciudadanos deben comprender el funcionamiento y los ritmos de la cultura política, sin los cuales serían fuertemente manipulables frente a charlatanes que traten de sacar tajada de su analfabetismo político. El hecho que la ciudadanía critique, se siente decepcionada y muestre su desencanto hacia los gobernantes es otro aspecto beneficioso de la transparencia política: a través de esa crítica se pueden crear corrientes de opinión que alteren positivamente el discurrir de las leyes que nos gobiernan, así como de las medidas ejecutivas necesarias para que el país funcione.

Hay límites en la transparencia. Por una parte, no puede, ni debe permitirse una transparencia tal y como se construye en las cuentas de las redes sociales. Porque un perfil de facebook o instagram no es un ejemplo de transparencia de la vida personal, sino más bien de exhibicionismo. Porque lo que leemos allí de nuestros amigos, compañeros de trabajo y familiares solo contiene aquello que estos quieren mostrar al público: suelen hipertofiar los aspectos positivos y las circunstancias de las cuales se pueden considerarse víctimas, mientras esconden las vergüenzas y debilidades. Un perfil de una red social no es un ejemplo de transparecia, sino de propaganda. Por otra parte la transparencia absoluta no existe, ni debe existir. Cualquier negociación que un gobernante realice con los miembros de la oposición, gobiernos extranjeros, agentes sociales o empresas no debe estar siempre sesgada por la “luz y taquígrafos”. Porque no es lo mismo una actitud negociadora off the record, la cual permite al negociador mostrar con calma y tranquilidad todas las cartas sin la sensación de sentirse juzgado, que un debate televisivo donde el encorsetamiento de los contertulios impide un veradero diálogo fructífero.

No hay duda que la transparencia es tanto una virtud democrática como una herramienta que educa y fortalece la sociedad. Sin embargo hay momentos en los que, tal vez, demasiada transparencia puede, al contrario, debilitar las estructuras democráticas de un país y generar una crispación innecesaria entre los ciudadanos. Y es que, durante las grandes crisis, el ejercicio de transparencia democrático puede convertirse en un arma de doble filo para aquel quien la ejerce.

Vivimos tiempos del cólera. Tiempos de Covid19. Encerrados en nuestras casas, recibimos información en tiempo real acerca de la evolución de la pandemia. No solo eso: podemos comparar el estado de nuestros hospitales, residencias de ancianos, industrias y arcas públicas con las de otros países. El uso de estas comparativas es peligroso si los criterios y la información de la que se dispone no es homogénea, clara y accesible. En tiempos del cólera, el hecho de situarte en un peldaño o en otro de un ranking de desastres (número de infectados, número de muertos, porcentaje de sanitarios infectados…),no solo puede afectar al ánimo de la ciudadanía (que puede sentirse reconfortada o hastiada al ver que su gobierno está tomando medidas más o menos eficaces que las del vecino), sino que, posteriormente, a largo plazo, puede influir en decisiones de calado de los inversores y contratistas. Por lo tanto, en tiempos del cólera, demasiada transparencia puede ser contraproducente, pues elimina la posibilidad de manejar con eficacia los procelosos hilos de la propaganda política, y da ventaja a aquellos que, de un modo u otro, han conseguido ocultar mejor sus carencias y defectos.

No hay duda que el gobierno chino ha manipulado los datos de sus infectados de Covid19. Nadie se cree sus cifras, a pesar de que ningún gobierno, ni ningún organismo internacional se atreva a declararlo públicamente, por temor a las represalias que China pueda tomar contra los críticos. No solo es autocensura. La absoluta opacidad del gobierno chino en el manejo de la crisis del Covid19 impide que se puedan obtener pruebas de que el coronavirus ha causado una morbimortalidad tal vez mil veces superior a la declarada. Tal vez ni siquiera las autoridades chinas conozcan el alcance total de la crisis en un país con más de 160 millones de ancianos. Sin pruebas, y con acceso únicamente a información manipulada, no puede construirse una acusación firme contra ellos.

Tampoco nadie puede dudar de que Corea del Sur ha tomado medidas preventivas eficaces para atajar la crisis, y que poseen una infraestructura sanitaria mucho más sólida que la de China, e incluso que la de muchos países europeos. Sin embargo, no es discutible la falsedad de ese dato que jalean a cuatro vientos: 0% de infecciones entre su personal sanitario. El riesgo cero no existe. Por muy bien que protejan a sus médicos y enfermeras, estos pueden contraer la infección, no solo en las instalaciones hospitalarias, sino también en el hogar, en el supermercado, en el medio de transporte que utilizan para volver a casa. Si se hace un ejercicio de opacidad, y se considera que toda infección por Covid19 de personal hospitalario ha sido debida por actividades fuera de su lugar de trabajo, entonces obtendremos un 0% de infecciones intrahospitalarias. España o Italia no diferencian el lugar de posible infección: que se hayan infectado cuando acudieron a un concierto (antes del confinamiento) o en la UCI mientras intubaban a un paciente, todo sanitario infectado cuenta para la estadística.

España, Alemania o Francia no hacen tests de detección de Covid19 a los ancianos que fallecen sin diagnosticar en sus casas o en residencias, y no los contabilizan como víctimas de la pandemia. Incluso estos dos últimos países no suman los fallecidos extrahospitalarios con coronavirus. Imaginemos que la tasa de mortalidad de estos pacientes es del 20%. Pongamos que en Alemania solo se ingresan (y se contabilizan) al 10% de los ancianos mayores de 80 años con Covid19. En España, al 80% (supongamos que hay un 20% de pérdidas de seguimiento por fallecimiento sin test Covid19). De cada mil ancianos enfermos, Alemania declararía tan solo 20 fallecidos, mientras en España se contabilizarían 160. Varapalo moral para las agotadas huestes de sanitarios españoles, y para la sociedad en general.

En una pandemia como el Covid19, no solo es importante poseer un robusto sistema sanitario que sea capaz de hacer frente a unas necesidades completamente fuera de lo normal. También es importante la estrategia de comunicación, tanto hacia la ciudadanía, como hacia terceros países. A nivel geopolítico se está dirimiendo una batalla por quién es el que mejor maneja esta crisis, y ya no solo en el terreno sanitario, sino en el político, donde los muertos solo cuentan si aparecen en las estadísticas. Y en esa guerra de datos, la transparencia democrática no es una buena aliada. Por lo tanto, quizás sería interesante abrir un debate acerca de si es necesario reducir la transparencia informativa en momentos críticos como el que vivimos, y aceptar que los datos y estadísticas que se ofrezcan al público nacional e internacional contengan, por lo menos, los mismos sesgos e interpretaciones interesadas que nuestros vecinos europeos y de otros países de ultramar.

George Orwell y el aforamiento de políticos corruptos

Hay una famosa escena de la novela “1984” de George Orwell que suele ser utilizada para mostrar hasta que punto los totalitarismos pueden llegar a controlar las masas: un representante del Gobierno habla a través de altavoces durante una manifestación popular a favor del régimen y en contra de las potencias enemigas. Arenga a las multitudes a apoyar al ejército en contra de esas bestias salvajes extranjeras. Pero algo sucede durante el discurso: parece que se ha producido un cambio en el frente de guerra. Los que antes eran enemigos se han convertido en aliados y los que eran aliados, enemigos. El portavoz introduce ese cambio en el discurso, sin ni siquiera titubear o cambiar el tono. El público asistente al principio está perplejo, pues no comprende lo que está sucediendo. Poco a poco comprenden que los carteles donde expresan su odio son incorrectos, pues nombran a alguien que ya no es enemigo. Con furia, lanzan al suelo esos carteles y los destruyen. A los pocos minutos la masa asume sin rechistar el cambio de estrategia militar y vitorea enfervecidamente a sus líderes.

Sobre todo en política, la integridad moral es un valor utópico e ideal, el cual tal vez puede perseguirse, más jamás alcanzarse. Tan solo aquellos que viven en el mundo de la teoría política, allá en las bibliotecas de las universidades, rodeados de libros, son capaces de establecer una acción política superior, no contradictoria, que no niegue ninguno de los principios más absolutos que recoge un corpus ideológico. Sin embargo, cuando se baja a la arena de la realidad, y se pone en marcha ese proyecto político tan bien preparado por los teóricos, se dará de bruces con una sociedad hecha de personas imperfectas, mitad racionales, mitad irracionales, muchas de las cuales ni tendrán ilusión en el nuevo proyecto político, e incluso lo rechazarán y lucharán contra él. Es el momento de articular el proyecto, de introducir cambios ad hoc para adaptarlo a las condiciones sociales…. y es en ese momento cuando ese proyecto político se ensucia, se contamina, deja de ser no-contradictorio.

Sin embargo, ni los teóricos de la ideología ni los seguidores más acérrimos y desaforados se darán cuenta de los cambios. Los primeros porque están demasiado ocupados tejiendo sus guiones de política-ficción. Los segundos, porque no realizan ni un mínimo análisis crítico de las consecuencias sociales de las ideas políticas a las que se han adscrito y, por lo tanto, continúan ensalzando la gran obra ideológica de sus líderes.

Existen así tres tipos de fanáticos. Los primeros son aquellos que viven en el mundo de la teoría política y jamás abren un periódico; trabajan sobre ideales platónicos y consideran que tales ideales pueden establecerse como estándares en la vida política, social y cultural. Los segundos son la masa, a la que podemos pertececer cualquiera de nosotros en cualquier momento de nuestra vida, pues por muy prudentes y prevenidos que andemos por las procelosas aguas de los mass-media, no tenemos capacidad para juzgar y criticar todos los terabytes de información política que recibimos. La masa funciona con sentimientos de amor, de odio. La madre patria. El dios al que tenemos que defender. El idioma de nuestros antepasados, amenazado por otro idioma bárbaro e invasor. El equipo de fútbol injustamente tratado por el VAR y los árbitros… Cuando activamos el cerebro en modo “víscera”, seremos capaces de defender con uñas y dientes cualquier idea política, sin ser capaz de apreciar sus contradiciones, ni las miserias que su ejecución provocan en la sociedad.

Hay una tercera familia de fanáticos, que en realidad se tratan de unos falsos fanáticos. Son aquellos políticos que, conocedores de la imperfección de su idea política y de los estragos que puede generar, siguen adelante con esos nocivos proyectos. Alimentan a los teóricos, bien pagándoles becas de investigación o incluso cátedras universitarias. Articulan las manipulaciones históricas y no históricas que los fanáticos de las bibliotecas universitarias extraen de los anaqueles. Y encienden los ánimos, las pasiones y las vísceras de la masa, la cual obedecerá sin rechistar las órdenes de sus líderes, por contradictorias o poco efectivas que puedan resultar.

De esta manera, me resulta conmovedor observar como aquellos que, hasta hace nada, ponían el grito en el cielo por los aforamientos de los políticos corruptos del PP, ahora brinden con cava por la impunidad otorgada a otros políticos corruptos. Un día se dijo a la masa que los aforamientos son malos, que estimulan el vicio y el latrocinio entre los políticos. Que cualquier juez o jueza, aunque detente su plaza en un juzgado de paz, debe tener derecho a sentar en un tribunal a un ministro, a un diputado, a un senador. Pero la masa pensaba eso porque a sus líderes les venía muy bien que sus adversarios políticos, pringados hasta lo más alto de casos de corrupción, pudieran ser expuestos judicialmente hasta la indecencia. Ahora los corruptos son los líderes de la masa. Son ellos los que ha robado. Los que han manipulado las leyes para sus caprichos personales. Los que han hablado de la “voluntad del pueblo” cuando en realidad desprecian al pueblo. Sin embargo, según ellos, ahora no solo es exigible el aforamiento, sino la impunidad: impunidad para robar, para saltarse leyes, para arrogarse poderes autoritarios y dictatoriales, para insultar al ciudadano… Y los Tribunales Europeos han concedido esa impunidad. La masa visceral no piensa, no juzga… simplemente se emociona. Y si ahora sus líderes están contentos por haberse librado de la Justicia, entonces ellos, como en la novela de George Orwell, romperán los carteles en los que pedían “Fuera aforamientos” y se lanzarán en frenética alegría a las calles de su ciudad, marcando con pintura roja y gualda a aquellos que los líderes han designado como “enemigos” de la sociedad.

El coronavirus como dispositivo de control social

Llamaré dispositivo literalmente a cualquier cosa que de algún modo tenga la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivientes. Por lo tanto, no sólo las prisiones, los manicomios, el Panóptico, las escuelas, la confesión, las fábricas, las disciplinas, las medidas jurídicas, etc., cuya conexión con el poder es de algún modo evidente, sino también la pluma, la escritura, la literatura, la filosofía, la agricultura, el cigarrillo, la navegación, los ordenadores, los teléfonos móviles y – por qué no – el lenguaje mismo, que quizás es el más antiguo de los dispositivos, en el que miles y miles de años atrás un primate – probablemente sin darse cuenta de las consecuencias a las que se exponía– tuvo la inconsciencia de dejarse captura.
Giorgio Agamben. ¿Qué es un dispositivo?

Los seres humanos creamos objetos culturales que nos permiten superar las limitaciones físicas que nos imponen tanto nuestros genes como las condiciones ambientales que nos rodean. Aquellos objetos que son útiles y tienen éxito en la consecución de su objetivo, que es alejar a la persona de los condicionantes naturales, se transmiten a través de la comunidad y a lo largo de las generaciones, por lo menos, hasta que aparezca un nuevo objeto cultural que le sustituya. Al contrario de la información genética, que encuentra su “disco duro” en el ADN que contienen los nucleos celulares, la información cultural carece de un acumulador de datos físico, material. Es la sociedad misma la que asume ese rol, de modo que esta debe adquirir herramientas para evitar una ruptura en la transmisión del saber cultural que provoque una pérdida irrecuperable del mismo. El control social no solo son las instituciones defendiéndose de los individuos; es también la sociedad defendiéndose de las instituciones y los individuos que la forman.

El dispositivo de control social se podría definir como la mínima estructura de control social con existencia plena e independiente. Ella sola contiene todos los atributos necesarios para realizar ciertas acciones de control, más o menos evidentes, sobre el individuo que forma parte de una sociedad. Posiblemente, todo objeto cultural que ha tenido éxito a lo largo y ancho de una sociedad contenga o forme parte de un dispositivo de control social. Tecnologías como los teléfonos móviles y las redes sociales son objetos absolutamente no-naturales que, además de permitirnos realizar una serie de actividades comunicativas que, solo con la connivencia de nuestra voz natural, no podrían llevarse a cabo, son claros ejemplos de dispositivos de control social. Pero también lo es, por ejemplo, la dieta humana, la cual nos abre las posibilidades a modos de alimentación no incluidos en el repertorio genético pero que, a la vez, nos exige ciertos modos obligados de consumo. O el mero concepto de Verdad es una creación cultural absolutamente humana que, además de ser la puerta a una serie de formidables herramientas abstractas y concretas, también nos coerce a la hora de seguir sendas no marcadas e iluminadas por esa Verdad. Los objetos culturales, sean cuales sean, nos liberan del camino de la servidumbre al que nos hallamos atados por nuestra carga genética, pero nos exigen sumisión y obediencia a la sociedad que los ha producido.

Alguien podría decir que el coronavirus Covid19, que asola en estos momentos a medio mundo, es un ser vivo objetual (los virus solo reciben la apelación de “vivos” cuando permanecen en el interior del nucleo celular al que parasitan) y, como tal, presenta una existencia independiente a toda la cultura que haya podido producir el ser humano. Eso es inapelable. Mas aún, quién sabe si ese virus no ha permanecido durante largo tiempo en la naturaleza, invisible al ojo escudriñador del ser humano, infectando y matando a otros mamíferos; hasta el mal día que alguno de nosotros tuvo el infortunio de entrar en contacto con él. Pero, a pesar de la inherencia natural del Covid19, todo el constructo teórico-científico-social que se ha creado entorno a él es absolutamente artificial y, por lo tanto, cultural. Para haber logrado el conocimiento acerca de este virus que hoy en día manejan los médicos y científicos ha sido necesaria, primero, la edificación del paradigma anatomo-clínico, a través del cual se considera que toda enfermedad está producida por un daño a nivel de un órgano, tejido, célula, o material genético. Sin ese cambio de paradigma médico, que se produjo en el siglo XIX, los médicos no estarían hoy en día buscando causas reales que provoquen daños cuantificables en nuestros organismos. Seguirían interpretando síntomas, y tratando de calmar la enfermedad mediante su mitigamiento. También han sido vitales los descubrimientos de Pasteur acerca de la existencia de microorganismos patógenos y, como no, toda la parafernalia tecnológica que parte del microscopio electrónico y alcanza a las técnicas más novedosas de detección de material genético. El Covid19 ha dejado de ser un virus natural para así culturizarse: transformarse en un objeto definido y estandarizado según ciertos patrones de conocimiento que son los que actualmente se consideran válidos.

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Las ventajas de la apropiación cultural del Covid19 con enormes. Sin ellas, sin la posibilidad de explicar y entender el funcionamiento de este virus, la Humanidad en su conjunto habría sido víctima de una acción sin medida de este patógeno, del mismo modo que este actuaba, antes de ser descubierto, entre los mamíferos a los que infectaba. Incluso durante las graves epidemias de la Edad Media la sociedad había construido un modelo culturizado de enfermedad, al que atacaba o, por lo menos, del que se defendía, haciendo uso de los materiales culturales de los que disponía (cuarentenas, invocaciones a Dios…). No hay duda de que un Covid19 absolutamente natural causaría más muertes que ese Covid19 culturizado. Ahora bien, el precio a pagar por el individuo por esa protección que le ofrece la sociedad es la de un mayor control social: el confinamiento de personas sanas es una medida absolutamente necesaria, pero no deja de ser una limitación de actividad obligada por un agente externo (sociedad) a un individuo. En un estado natural, la persona no estaría sujeta a una restricción de movimientos, pero el precio de esa libertad es el de un mayor riesgo de contagio y muerte por esta infección.  El concepto de “flattening the curve” es una herramienta para colaborar con ese control social, necesario para frenar la expansión de la enfermedad y evitar el colapso sanitario. Solo en el futuro se podrá saber si este concepto se trata de un modelo matemático que predice la realidad, o tan solo un mito inexacto, pero absolutamente necesario para concienciar a los más reacios.

Por lo tanto, la apropiación que ha hecho la sociedad del Covid19 es un ejemplo, como otros muchos que se pueden encontrar en el amplísimo repertorio de la Humanidad, de objeto cultural que nos aleja de la amenaza natural pero, a la vez, nos somete a los ferreos controles de la sociedad. Por suerte o por desgracia, solo tenemos dos opciones: o esclavos de la naturaleza, o súbditos de la sociedad. Toda otra alternativa que pongamos en práctica fracasará, por muy racional que sea, y ese fracaso nos llevará de nuevo a la casilla de salida, aquella en la que teníamos que elegir entre naturaleza o sociedad. Por lo menos podemos elegir. Los animales no pueden construir una sociedad cultural con la que protegerse de los desmanes tiránicos de la naturaleza. Ellos no pueden elegir el color de sus barrotes. Y no se quejan.

Yugoslavia: elegía por un país sin nación

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Muchas páginas acusatorias se han vertido contra Peter Handke tras la publicación de su ensayo-libro de viaje “Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Morava, Save y Drina, o justicia para Serbia”. Desde periódicos de diferentes sensibilidades hasta las voces intelectuales más respetadas, pasando por organizaciones no gubernamentales y políticos de turno, todos ellos han dictaminado que las páginas del libro Peter Handke son un panfleto destinado a justificar las barbaridades que las autoridades serbias y serbo-croatas cometieron durante las terribles guerras de los Balcanes.

Nada más lejos de la realidad.

Una lectura sosegada y desprejuiciada de este corto ensayo mostrará al lector que Peter Handke en ningún momento trató de rebajar las responsabilidades de los señores de la guerra serbios, pero sí, y esto es cierto, quiso descargar a la población de Serbia de la gran losa de culpa que la comunidad internacional había lanzado contra ella. Porque gran parte de la opinión pública, sobre todo en Europa y Norteamérica, convirtió a los serbios en “lobos”, cazadores sin escrúpulos de inocentes croatas, kosovares o musulmanes bosnios. Como si el serbio, por haber nacido de esa condición (o, mejor dicho, por haber sido clasificado social y políticamente desde su nacimiento como tal), poseería un irrefrenable odio por los no-serbios, a los que trataría con inusitada crueldad y desprecio. El lobo serbio sería así responsable de todas las matanzas de inocentes civiles no-serbios que se perpetraron en esta guerra. Pero también la maldición de su estirpe justificaría acciones deletéreas que los no-serbios lanzaron contra ellos: matanzas de civiles serbios (como la de Kazani, cerca de Sarajevo), éxodos masivos (Krajina), bombardeo de civiles a la fuga (Mjha) o aparheids de facto, internacionalmente  promovidos y aceptados, como sucede, todavía hoy en día, en Kosovo Norte.

Que Handke defienda al serbio de a pie no significa que esté amparando las carnicerías de los paramilitares que portaban estandartes y banderas serbias. Es cierto que hay un pasaje del libro que ciertamente puede ser malinterpretado: aquel en el cual, mientras el autor observa el cauce del río Drina en la frontera entre Bosnia y Serbia, reflexiona sobre la matanza de Sbrenica. Las víctimas bosnias de aquella matanza pueden sentirse ofendidas por ese párrafo en el que el filósofo austriaco pone en duda, no la realidad de la matanza en sí, sino las razones técnicas-operativas que podrían haber llevado a los paramilitares serbobosnios a perpetrar semejante barbaridad. Se comprende que los bosnios se ofendan con este pasaje, hasta el punto de acusar al autor de negacionista del genocidio. Pero, los que no somos bosnios y podemos alejarnos emocionalmente de los trágicos hechos que acontecieron en Sbrenica, deberíamos ser capaces de aproximar nuestra interpretación y contextualización del texto a aquella que Peter Handke quiso, en verdad, otorgarle, cuando escribió lo que escribió.

Yugoslavia fue creada artificialmente en base a unos movimientos geopolíticos particulares, y que fueron aquellos que alteraron la conformación de los Estados-nación de Europa tras las dos guerras mundiales. Mitificado desde Occidente, que lo veía como un país comunista afable, desarrollado y, sobre todo, alejado de la órbita soviética, Yugoslavia no dejó de ser nunca una tiranía comunista dirigida por un poderoso líder: Tito. Pero, más allá de los mitos, Yugoslavia fue un país sin nación, donde la identidad de sus habitantes no estaba monopolizada por la pertenencia a una supuesta etnia, raza o religión. La identidad del yugoslavo era plural y heterogénea, e iba más allá de esa concepción retrógrada de hechos nacionales aislados y herméticos que tanto había hecho sufrir a los balcánicos desde la irrupción del nacionalismo político, allá en el siglo XIX. Por primera vez en un siglo, el ciudadano yugoslavo no necesitaba identificarse con una supuesta nación; por primera vez en cien años no era clasificado, distribuido y jerarquizado según un supuesto “pecado original”. Eso no significa que el yugoslavo fuera un ente absolutamente libre de controles estatales (¡muy al contrario!), pero esos controles no implicaban una identificación nacional obligatoria.

Cuando Tito murió, los viejos nacionalismos, acallados durante décadas por la férrea mano de un comunismo que no sabía de patrias, no solo reverdecieron, sino que mostraron al mundo su lado más egoísta y salvaje. Tan salvaje que negaban derecho de ciudadanía a aquellos habitantes que no se ajustaran a un modelo racial que, lejos de ser real, había sido diseñado a propósito por esos nuevos dirigentes. Serbios que habían vivido durante siglos en tierras de Bosnia, se convirtieron de la noche a la mañana en ciudadanos de segunda o, lo que es más políticamente correcto, en una “minoría étnica”. Lo mismo sucedió con bosnios, croatas, kosovares… El crisol identitario yugoslavo era tan intrincado que hacía casi imposible crear naciones identitariamente puras, con fronteras perfectas. Aun así, los poderosos, ávidos de poder, lograron su objetivo, a costa de leyes segregatorias, desplazamientos masivos, batallas, matanzas, genocidios…

El error de Serbia no fue asesinar y matar a inocentes. Eso también lo hicieron otros criminales de guerra, como los paramilitares de inspiración ustacha que sembraron el terror entre los civiles serbios en Croacia. O los radicales bosnios y kosovares. El grave error que cometieron los dirigentes serbios fue el de alinearse estratégicamente con una Rusia, entonces menguante y debilitada, y no con un Occidente que, en el ocaso de la URSS cantaba loas al unilateralismo a ese neoliberal “final de la historia”. La incorrecta elección del bando internacional convirtió a Serbia en carne de propaganda y leyendas negras. En los Balcanes solo había unos lobos, y esos eran los serbios.

Peter Handke no pide justicia para Serbia, ni para los criminales de guerra que se escondieron detrás de su bandera, sino para los serbios y para todos aquellos que, por razones geopolíticas, fueron apuntados con el dedo acusador de la supuestamente superior moral occidental como los malos de una guerra que, como bien escribe el nóbel austriaco, fue orquestada desde fuera de los territorios yugoslavos. Su libro que evoca el viaje de invierno que realizó a Serbia durante la guerra es una elegía por un país, Yugoslavia, que por casi cinco décadas consiguió acallar las rencillas y ambiciones étnicas de diferentes grupos que se autodenominaban “naciones”, sin necesidad de destruir y homogeneizar los riquísimos recursos culturales que acumulaban esas tierras. El pesar de una anciana serbia que ya no puede comunicarse con sus amigos musulmanes, al otro margen del río Drina. El de otro ciudadano, que recuerda con dulzura las manzanas bosnias, cultivadas a pocos kilómetros de su hogar. El de cientos de miles de ciudadanos transformados, por obra y gracia de la propaganda occidental, en los paganos de una guerra que ni ellos iniciaron, ni jamás desearon.

El ejemplo de la Yugoslavia de Tito puede ser aplicado al de la España democrática. Tras la muerte de Franco, España, como Yugoslavia, evolucionó a un país sin nación, donde los recursos culturales que habían sobrevivido a décadas de rodillo nacionalcatolicista pudieron desarrollarse sin temor a ser arruinados. Donde los españoles no necesitaban de un himno con letra, ni de una bandera sagrada. Ni siquiera, desde las altas esferas de la nación, se exacerbaba un sentimiento de pertenencia a una patria, a una identidad pura. El español, al contrario del francés, o del alemán, era multívoco, plural, heterogéneo, chaquetero, bastardo y modesto. Pocos estaban orgullosos de ser españoles, tal vez, porque no había ningún tótem sagrado que sirviera de espejo deformado de una identidad unívoca, unitaria. Sin embargo, como en Yugoslavia, este país ibérico sin nación ha sufrido el cáncer de los ultranacionalismos, periféricos o centrales. Estos, ávidos de ambición por el poder, han manipulado a cientos de miles, millones de ciudadanos, prometiéndoles una falsa identidad pura, una falsa cultura nacional aislada y diferenciada, y unas falsas fronteras perfectas que delimiten y protejan a los buenos patriotas contra una plebe que, como diría Quim Torra, son “bestias”, esto es, animales sacrificables. Así como en Yugoslavia no había diferencias reales entre un croata o un serbio, en el País Vasco (o Cataluña) de hoy en día nadie podría diferenciar al vasco (o catalán) “aborigen” del español “invasor”. Pero eso no es obstáculo para generar clasificaciones y jerarquías poblacionales. Llegará el día en el que tú serás un vasco (o catalán) auténtico, y tú un ciudadano de segunda clase, sin derechos civiles o políticos. Los criterios no serán objetivos (nunca los han sido): los marcará el que ostente el poder, apoyado por viciados dictámenes de supuestos expertos; perros que comerán de la mano del gobernante, y recibirán luego una cátedra en alguna universidad.

España puede balcanizarse. Y el español que hasta hace poco tiempo ni siquiera se había dado cuenta de que era español, asumirá el rol del serbio, aquel que tuvo que cargar con el fardo de la culpa de la guerra, las torturas, los exilios forzados y los genocidios. Aquel que, aunque sufrió en su piel la ignominia de la guerra, nunca se le ha permitido quejarse. La elegía de otro país sin nación ha empezado ya a resonar, hace tiempo, dentro de las fronteras imperfectas que hoy en día, oficialmente, son declaradas como territorio español.

 

Criterios de autoridad en la ciencia contemporánea (y II): la estadística

La naturaleza es ordenada, pero no porque así lo sea en realidad, sino porque desde una perspectiva humana no se puede comprender lo caótico. Aprehendemos un universo que contiene leyes universales, ciclos, tendencias inamovibles… Si no fuera así, si no tuviéramos la capacidad de reducir la naturaleza a un conjunto limitado y predecible de acontecimientos, nos sería imposible soñar con poseer, acaparar, y utilizarla. Necesitamos, pues, orden en la información que nos llega del exterior, aunque eso no implica obligatoriamente que esa naturaleza, que está en relación con nosotros, siga única y exclusivamente esas leyes, ciclos y tendencias inamovibles que nosotros hemos descubierto. Todo lo que tiene de caótico la naturaleza, bien lo despreciamos casi de modo automático, inconsciente, bien aceptamos nuestra incapacidad, aunque con la esperanza de que algún día podremos llegar a ordenar y comprender esos datos embarullados.

La ciencia moderna, a través del empirismo y el método científico, produce cantidades ingentes de datos que pueden ser estandarizados, transformados en números y encerrados dentro de una tabla de filas y columnas. Estos datos matemáticos son filtrados a través de fórmulas matemáticas estadísticas, las cuales ofrecen unos resultados que pueden ser interpretados por los científicos. Con el advenimiento de los superordenadores, se pueden aplicar sofisticados algoritmos matemáticos a tablas cada vez más extensas y complejas de datos. Muchas veces el público solo tiene acceso al resultado final de esos estudios, sin poder acceder a ese algoritmo responsable de tal resultado.

La estadística, pues, se ha convertido en un elemento clave de poder dentro de las disciplinas científicas: quien posee los medios y el conocimiento necesario, puede ordenar datos masivos e ilegibles. Y según sea el método de ordenamiento de datos empleado, así se obtendrá un resultado u otro. Eso se observa, sobre todo, en los ensayos clínicos con medicamentos novedosos, en los que una gran compañía farmacéutica puede haber invertido importantes fortunas. Los métodos estadísticos de los ensayos clínicos que tienen obligación de publicar antes de que ese fármaco pueda ser utilizado por el gran público (Ensayos clínicos de fase I, II y, sobre todo, III) generalmente están trufados de irregularidades, excepciones mal explicadas o, directamente, mentiras estadísticas. Es por ello que, desde las instituciones que velan por la seguridad de los medicamentos, se exige, entre otras cosas, que el método estadístico que se vaya a emplear esté definido antes de iniciar el ensayo clínico. Simplemente porque, si yo pudiera elegir el método estadístico, una vez que he recopilado mis datos, no tendría problema alguno en probar decenas o cientos de posibilidades hasta dar con la que mejor se adapte a la hipótesis que quiero comprobar. Pero, hecha la ley, hecha la trampa: porque, mucho antes de que un ensayo clínico se haya puesto en marcha, los expertos estadistas ya han pronosticado a priori qué resultados van a obtenerse y, en base a esos pronósticos, se pueden diseñar métodos estadísticos que beneficien al novedoso medicamento.

Un ejemplo de esta manipulación estadística ad hoc se puede observar en el artículo publicado por la prestigiosa revista médica New England Journal of Medicine en octubre de 2017: Romosozumab versus Alendronate and Fracture Risk in Women with Osteoporosis. En este ensayo clínico, patrocinado por la empresa farmacéutica Amgen se comparan los resultados en términos de disminución de riesgo de fractura (vertebral y no vertebral) en pacientes con alto riesgo de fractura osteoporótica. Se compara el gold-standard, que es el alendronato, con una nueva farmacopea fabricada y comercializada por Amgen, denominada romosozumab.

 

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Como se observa en la figura de arriba, nos ofrecen los resultados de disminución de riesgo de fractura vertebral a los 12 y 24 meses en términos de riesgo relativo (el romosozumab disminuye el riesgo relativo de sufrir una nueva fractura vertebral en un 48%) y, aunque no nos ofrecen el valor del riesgo absoluto, que es el que realmente interesa al médico y al científico, se puede extraer fácilmente de la gráfica y de los datos incluidos en el artículo: 5,7%. El resultado es significativamente estadístico (p<0,05).

También nos ofrecen una disminución de fracturas “clínicas”, un burdo composite que mezcla resultados de fracturas vertebrales clínicas (esto es, las que duelen), con fracturas no vertebrales (cadera, hombro, muñeca…). Aunque sigue siendo significativamente estadístico, no podemos calcular ni el riesgo relativo, ni el absoluto, pues los datos se ofrecen en relación al hazard ratio, una razón de impacto que está relacionada con el tiempo, y a partir de la cual no se puede calcular el riesgo absoluto.

No es azar esta composición de resultados. Si nos ofrecen unos datos muy transparentes en relación a la reducción del riesgo de fractura vertebral, es porque, a priori, sabían que estos resultados iban a ser buenos (no en vano el romosozumab se comporta como otra medicación antiosteoporótica, la teriparatida, cuya literatura muestra un importante descenso de las fracturas vertebrales). En el caso de las fracturas no vertebrales, se podía suponer que la reducción iba a ser similar a la del alendronato. Pero había que ocultar esa información. Primero, oscureciendo toda la posibilidad de intervención estadística de interés, impidiendo todo cálculo del riesgo absoluto o Número de Pacientes Necesario a Tratar (en inglés, NNT). Segundo, confundiendo a los lectores con el composite de fracturas “clínicas”: se mejoran así los resultados de las fracturas no vertebrales a costa de la disminución estadísticamente significativa de las fracturas vertebrales.

 

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Podríamos ir a los suplementos del artículo para encontrar información más detallada respecto a las diferencias entre el alendronato y romosozumab. Pero no. Como se puede observar en la figura anterior, los datos se publican fragmentados en tres epígrafes. El primero, disminución de las fracturas en los primeros 12 meses. Nos ofrecen 10 ítems diferentes, bien claros y establecidos. Sin embargo, los resultados a los 24 meses se dividen en un supuesto “análisis a los 24 meses”, y un turbio “análisis primario”. Se podrían haber ofrecido los datos a 2 años, tal como se muestran en los primeros 12 meses. Posiblemente la razón de esta segregación se debía a que existían dudas sobre los resultados a 24 meses con el romosozumab, y se decidió alterar a priori el método estadístico para cubrirse las espaldas en caso de fracaso. No fue así, y el romosozumab logró resultados tímidamente mejores que el alendronato, incluso a 24 meses.

El ordenamiento  de los datos es tan indispensable para la comprensión de la naturaleza desde el punto de vista científico, que las estadísticas poseen cierto componente de criterio de autoridad: si un resultado demuestra su validez y consistencia desde la estadística, entonces se considera verdadero. Si el romosozumab demuestra que es estadísticamente superior al alendronato en la reducción de fracturas osteoporóticas, entonces hay que creerlo. Y la propaganda farmacéutica de Amgen nos querrá convencer de las bondades del romosozumab, medicación que la FDA ha tenido bajo sospecha por graves eventos cerebrovasculares.

Sin embargo, una lectura sosegada de este artículo delata una verdad: que solo se van a beneficiar del romosozumab 1 de 18 pacientes, y nada más que en disminución de fracturas vertebrales. En cuestión de fracturas más graves, como la de cadera, alendronato y romosozumab son casi equivalentes. El tratamiento anual de alendronato cuesta en EEUU 90$. El de romosozumab, 21.900$. Evitar una fractura vertebral con romosozumab, respecto al alendronato, saldría al erario público casi 400.000$. Pero eso no se dice en el artículo. Y no hay en él ningún dato que nos oriente hacia este cálculo.

Toda estadística implica una manipulación. Por ello, resulta peligrosa esa tendencia contemporánea a elevar a esta ciencia matemática al trono de las autoridades sagradas. Si se aceptan la limitaciones de la estadística, la existencia de datos-clave que no pueden ser descritos matemáticamente (y son excluidos de la estadística) y que los algoritmos matemáticos que se utilizan han sido diseñados por personas humanas con sesgos, deseos, necesidades y ambiciones, entonces la lectura de estos datos supondrá un útil formidable a la hora de tomar las decisiones más acertadas en el día a día

 

La empatía textual al cierre del paréntesis Gutenberg

Se denomina paréntesis Gutenberg a ese breve periodo de la historia que va desde la puesta en marcha por parte de Johannes Gutenberg de la primera imprenta de tipos móviles (misal de Constanza, 1449; o Biblia de 42 líneas, 1454), hasta la aparición de los primeros dispositivos digitales de comunicación. Durante esos escasos cinco siglos, el texto impreso ha modificado el modo de aprehender el mundo para las personas alfabetizadas. Walter Ong, en su ensayo “Oralidad y escritura”, explica las diferencias entre el pensamiento oral, que maneja solamente textos que recibe de boca a boca, y del pensamiento impreso, que aprovecha la difusión de la información a través de los libros, folletos, revistas, periódicos…

Una de las características del texto impreso radica en la univocidad del mismo. El autor plasma en un libro sus ideas, pensamientos, miedos o locuras, y se lo entrega a decenas, miles, millones de lectores a través de ejemplares que contienen, exactamente, la misma versión del texto de ese autor. El lector que se disponga a leerlo no podrá entrar en conversación con el autor. Este estará, si no muerto, tal vez a decenas de miles de kilómetros y a varios husos horarios de distancia. En el pensamiento oral, sin embargo, todo texto, incluso el caligráfico, está creado para ser expuesto en directo ante una audiencia. El que habla y entrega el texto está en el mismo lugar y en el mismo momento que el receptor. Esto estimula un intercambio de pareceres que, inevitablemente, tendrá efectos sobre la estructura del texto. Si se trata de un juglar que recita un poema que resulta aburrido para los asistentes, la próxima vez que se enfrente al público lo modificará con tonos más divertidos. Si un texto religioso resulta polémico ante la cátedra de unos sabios doctos, el autor tratará de limar asperezas, si es que tiene la oportunidad de volver a presentarlo, y no cae en una caldera llena de agua hirviendo. Este juego autor-audiencia convierte al texto oral en una creación colectiva en la que participan emisor y receptor. Todo lo contrario al texto impreso, que es estable y no modificable hasta, por lo menos, que el autor y editor decidan publicar una nueva edición.

De estas univocidad y estabilidad textual se deducen otras dos propiedades del texto impreso: sus (supuestamente) inalterables contextualidad y su unicidad interpretativa. El autor, cuando escribe un texto, lo hace en un contexto. Además, la interpretación del texto debería ser realizada en función de los estímulos, deseos e intereses de ese autor. Cuando alguien se enfrenta a un texto impreso, de manera más o menos consciente, sabe que el contenido de dicho texto ha sido creado por un único autor (o un único conjunto limitado de autores). También intenta contextualizar el texto, esto es, situar la acción o el contenido del texto en las circunstancias que el autor original quiso otorgarle. Y finalmente, aunque el lector interprete ese texto según sus deseos, experiencias y conocimientos, tendrá, por lo menos, el sentimiento de que se ha acercado, aunque sea solo imperceptiblemente, al objetivo del autor. Esto no sucedía en el texto oral, el cual era colectivo (creación coral de autor y público), e inestable (variaba con cada declamación).

La empatía textual podría definirse como la capacidad del receptor de un texto de situarse en la posición del autor del mismo, esto es, la facultad de interpretar y contextualizar un texto lo más fielmente posible a las intenciones del autor. Una empatía que no era necesaria, ni tal vez posible, en la época del texto oral y caligráfico, donde la conexión con el emisor se manejaba en términos emocionales mucho más directos. La empatía textual exige suspender, aunque sea tan solo durante unos instantes, el enjuiciamiento que se hace al autor, para así ponerse en su piel y tratar de comprender los motivos que impulsó a este a redactar el texto tal como llega impreso hasta nosotros.

Tras el cierre del paréntesis Gutenberg aparece una segunda oralidad que se caracteriza por la democratización de los sistemas de edición (editores de texto de los ordenadores), impresión (impresoras domésticas, pantallas, tablets, teléfonos móviles…) y difusión (redes sociales). La accesibilidad absoluta desacraliza lo impreso. En primer lugar, la autoría del texto, que en el paréntesis Gutenberg era fija, deja de ser importante. No son buenos tiempos para los artistas, músicos y novelistas, cuyas obras son pirateadas sin pudor. Además, cualquiera puede apropiarse de un texto y manipularlo. Y es que la relación entre creador-receptor ya no es unívoca, como sucedía durante el paréntesis Gutenberg. La segunda oralidad tampoco sigue la configuración bidireccional que se daba en la primera oralidad. En la segunda oralidad el receptor mismo, al manipular un texto, se transforma también en creador, sin necesidad de comunicación directa, ni siquiera de permiso, del autor primigenio. El receptor remodela el texto original, reinterpretándolo y recontextualizándolo, según sus intereses, caprichos o necesidades. Un claro ejemplo de esta manipulación se puede observar en los memes, que no son más meras modificaciones (casi siempre groseras, para que quede constancia de que es una manipulación) de la foto de una persona, célebre o anónima,. O también, simplemente, se añade un texto adjunto a la imagen que, muy posiblemente, nada tiene que ver con las circunstancias en las que se obtuvo esa foto.

Los memes no solo ejemplifican un cambio de posicionamiento del receptor del texto respecto al autor. En la segunda oralidad el receptor ya no busca interpretar y contextualizar el texto de la manera más fidedigna a la que trató plasmar el autor. Los deseos, emociones e intereses del cantante, opinador, pintor, editorialista o escritor no solo pasan a un segundo plano, sino que desaparecen, se extinguen. El texto pertenece al receptor, él es el único soberano del mismo. Y, por ello, prevalecerá su interpretación y contextualización.

Vivimos, pues, en una época de alexitima textual, donde nos olvidamos de los sentimientos que impulsaron a alguien a crear una obra, editarla y publicarla. Tan solo vivimos los sentimientos que nosotros colocamos sobre ella, independientemente de lo lejos o cerca que estos estén de los del autor original. Una falta de empatía que se traduce en una hipersensibilidad a la ofensa: en cualquier texto, si es leído de manera capciosa y maliciosa, siempre se podrá encontrar alguna segunda interpretación que ultraje y agravie a un individual o a un colectivo. El autor no tiene derecho a réplica, pues su opinión acerca de su propia obra es irrelevante. El ofendido se hace amo y dueño de su creación.

Ante esta alexitimia textual es la cultura misma la que se tambalea y languidece. La censura ya no viene de los gobiernos e instituciones religiosas, sino que se genera en las redes sociales y se expande por los mass-media. Cualquier lectura melindrosa de la letra de una canción (pongamos, “Every breath you take” de The Police) transforma una canción romántica en un alegato a favor del control absoluto del machista sobre la mujer. O cualquier crítica a Israel por su actitud contra Palestina y los palestinos puede leerse en clave antisemita. Ya no callamos por miedo a la ley mordaza, o al censor que, desde su oficina, decide qué es publicable o no. Ya no medimos con rigor y sudores nuestras palabras para no ofender a Yahvé, Allah o Jehová. Ahora hay que prestar suma atención de que nuestros textos no puedan ser tomados como apología de cualquier causa innoble: racismo, machismo, homofobia… Harta compleja tarea pues, ¡atención! nadie está libre de cometer un microrracismo, micromachismo o microhomofobia y, además, muchas veces nuestras expresiones se transforman en un libelo intolerante sin que nosotros podamos haber realizado una censura a priori. Simplemente porque la interpretación capciosa solo aparece a posteriori de nuestra declaración.

No es fácil conservar la empatía textual en un mundo bombardeado por la información digital, donde solo lo más ruidoso, polémico e incendiario destaca. Sin embargo, es una cualidad que hemos desarrollado dentro del paréntesis Gutenberg que merecería la pena conservar en una era donde el texto impreso ha perdido tanto la autoridad como el carácter sagrado.

En contra del cientifismo de Richard Dawkins

Richard Dawkins me parece un autor muy interesante y su figura como defensor del ateísmo militante me resulta casi hasta necesaria. En uno de sus libros, “The selfish gene”, lanza dos magníficos conceptos, tal vez imposible de demostrar científicamente: Uno, la teoría del gen egoísta como instrumento para explicar el origen de la evolución de las especies desde un punto de vista bioquímico. Y dos, la idea de “meme” como “gen cultural”, transmisor de información no contenida y no contenible en el ADN.

Sin embargo, a Richard Dawkins hay que leerlo con tiento. Sustituye la fe en las tradiciones históricas por una fe inquebrantable en la ciencia. Es un cientifista. Otorga a la ciencia una serie de atributos y de capacidades de los que, realmente, carece. Por ejemplo, no es una herramienta válida para buscar respuestas a preguntas generales, pues el método científico se basa en, justo, lo contrario: buscar explicaciones adecuadas a fenómenos singulares.

El cientifismo de Dawkins procede de una pésima interpretación del positivismo científico que, desde el siglo XIX hasta Karl Popper, consideraba que el método científico se basa en un acúmulo constante de conocimiento, en el que siempre “se sabe hoy más que ayer pero menos que mañana”. Eso está absolutamente cuestionado actualmente. Primero, porque la ciencia tal vez no sea acumulativa, como aparentemente lo es la tecnología. De ahí las teorías del paradigma científico y la ciencia revolucionaria de Thomas S. Kuhn. Segundo, porque para que la ciencia avance, a veces hay que “hacer trampas” y alejarse del método científico, esto es, trabajar al margen de la ciencia. Galileo no demostró que la Tierra giraba alrededor del Sol con datos fehacientes: sus teorías fallaban más que una escopeta de feria cuando se aplicaban en la práctica. En la época de Galileo, la información y los cálculos con los que se contaban daban más la razón a la teoría geocéntrica que la heliocéntrica. Aun así, Galileo, en contra de la ciencia coetánea, pudo imponer su visión heliocéntrica. Lo mismo sucedió con Pasteur. O  Einstein. Hoy en día a Galileo no se le amenazaría con la hoguera de la Inquisición. Simplemente, se le retiraría su título de astrónomo, se le relegaría al mayor de los ostracismos y se le apuntaría por la calle con el dedo, acusándole de astrólogo charlatán.

Tenemos vacunas, coches y naves espaciales, no solo gracias a la ciencia (que así lo es), sino también porque hubo personas que fueron capaces de ver más allá del método científico válido de su época. Y corromper las normas de la investigación científica.

Es por ello que hay que tener cuidado con radicales como Dawkins. La ciencia debe ser humilde. Debería recuperar ese escepticismo científico que se destruyó con la imposición del rígido racionalismo de Descartes: ni la ciencia posee el monopolio de la razón, ni ésta se maneja siempre en términos racionales. Cuando Richard Dawkins desprecia, si no aniquila,  las tradiciones, se está comportando como el peor de los talibanes, ese que considera que su religión es la única, la verdadera, y que no hay sitio en la sociedad para otras opiniones diferentes a la suya. Como diría Paul Feyerabend: “Si uno muestra que el componente intelectual es mucho más débil de lo que pretenden los apóstoles de la racionalidad, que los llamados argumentos a su favor son engaño y sus principios mito (…), entonces surgiría la posibilidad de utilizar las ventajas del racionalismo occidental, sin destruir al mismo tiempo los valores tradicionales”.