Intolerantes: microrracismos, micromachismos, microhomofobias

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La esposa (The beloved). Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)

Desde hace varios años vivimos en una especie de esquizofrenia hard, en la cual existe una clara discrepancia entre nuestros modos de pensar y los modos de expresar nuestros pensamientos. Así, todavía cogitamos según las estructuras adquiridas por las sociedades alfabetizadas mediante textos impresos, de manera que todo aquello que leemos en un libro, un panfleto o, mismamente, en este blog, lo asimilamos como si el contenido fuera estable (que lo es, en mucha medida, sobre todo en el papel impreso), unidireccional (del autor hacia el lector, sin que haya lugar a feed-back) y canónico (en el texto se reconoce indudablemente la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito). Sin embargo, la revoluciones tecnológicas en el ámbito de la cultura han ido demoliendo, desde los años 70, ese modelo de pensamiento “a lo Gutenberg” en el cual hemos sido educados, y en el cual todavía aún educamos a las futuras generaciones. Y es que el texto ya no es estable. Cualquiera puede apropiarse de una pieza de cultura para transformarla según sus deseos y necesidades, como podemos observar todos los días en los miles de memes que recibimos por mensajería instantánea y redes sociales. Además, sobre todo desde la aparición de la web 2.0, el lector puede interactuar, no ya solamente con el mismo el autor, sino también con miles de otros lectores, editores, supervisores de foros… Toda estas reinterpretaciones, recontextualizaciones y publicaciones de opiniones destruyen todo atisbo de canonicidad del texto impreso: este ya nunca más expresará la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito, sino de todos aquellos que lo leen.

Y es en este ecosistema cultural ciertamente esquizofrénico en el cual todos nosotros expresamos de manera más o menos libre nuestras opiniones e ideas. Creemos que estas dan forma y contenido a nuestros pensamientos más íntimos y verdaderos y que son recibidos por los demás de este modo. Sin embargo, no es así: en el momento en el que publicamos algo en un blog o una red social estamos corriendo el riesgo de que nuestro texto sea interpretado y contextualizado en modos muy lejanos de aquel que dio origen a nuestro primer impulso creador. Y, así, de una inocente (o no tan inocente) opinión política pueden extraerse una serie de interpretaciones racistas, machistas y homófobas que, en ningún momento, habían ni siquiera rondado por la mente dela autor.

Hay intolerantes. Estos se expresan clara y abiertamente, sobre todo en los actuales tiempos del populismo, donde un establishment analfabeto e inculto justifica, alienta e incita la cizaña. Ahora los intolerantes, libres de censuras, pueden expresar libremente su odio al moro o al negro; su convencimiento de que las mujeres son más débiles e intelectualmente inferiores a los hombres; o la idea mezquina de que el colectivo LGTB+ está enfermo. Los intolerantes siempre han existido, pero el discurso imperante en la sociedad coartaba la manifestación de sus opiniones. Ahora, desde los altavoces de la política, la ciencia y la cultura se les arenga a que escupan todo ese odio y esa rabia que han contenido durante décadas de “represión”, perpetrada a mano de hierro por los “buenistas”, las “feminazis”, y los “depravados sexuales”.

Pero hay que diferenciar la macrointolerancia que acabo de describir de esas microintolerancias que trufan la expresión pública de nuestras ideas y opiniones. Aunque no seamos, ideológica o emocionalmente, racistas, machistas o homófobos, hemos de comprender, aceptar y tolerar que parte de la estructura de nuestro pensamiento y, sobre todo, la expresión oral y escrita del mismo, viene condicionada por automatismos sociales que aprendemos desde nuestra infancia y que recuperamos un día tras otro en nuestra comunicación cotidiana con el otro. Y, dentro de esos automatismos sociales, hay algunos que, sin duda alguna, están influenciados por tendencias racistas, machistas u homófobas. No es que seamos intolerantes, ni siquiera que la misma sociedad sea intolerante, pero el Discurso que manejamos, aunque trata (o trataba hasta no hace mucho) de censurar la expresión de ciertos contenidos no tolerados, acepta ciertas formas de expresión de esas intolerancias. Hasta no hace mucho, muchas personas que hoy se escandalizan, reían con el sketch de Martes y Trece de “mi marido me pega”. No es que antes fueran unos apologistas del feminicidio y hoy unos activistas radicales contra la violencia machista. Es que el Discurso de época en la que se concibió ese sketch no había integrado este tipo de violencia dentro de su repertorio de censuras. No es que en 1991 fuéramos más machistas que en 2020, sino que en 1991 el marco epistémico en el que nos movíamos no imponía un tabú a los chistes de mujeres maltratadas. Y aún en 2020 existen ciertas expresiones toleradas que contienen, o se puede interpretar que contienen, microrracismos, micromachismos o microhomofobias. Las cuales se expresan libremente porque, como sucedía a Martes y Trece hace casi 30 años, no existe un tabú o censura que los elimine.

Nadie está libre, pues, de expresar o publicar una microintolerancia. Muchas veces no nos daremos ni cuenta, y tan solo cuando la reinterpretación y recontextualización de un receptor que sí haya descifrado esa microintolerancia llegue a nuestros oídos, entonces será cuando podremos analizarla y juzgarla. La respuesta que demos a nuestra microintolerancia no es única. Puede que aquel que la haya detectado sea un ofendidito que afee nuestra opinión hasta el punto de juzgar todo nuestro sistema de pensamiento a partir de esa minúscula pieza de información. Probablemente nuestra postura ante tal escarnio sea el de defensa y ataque; puede incluso que el sentimiento de indignación que nos provoque el ofendidito nos lleve a justificar a aquellos que defienden la expresión de macrointolerancias. No éramos machistas, pero el hecho de que una asociación antipatriarcado nos acuse de genocidas de mujeres por expresar ciertas dudas acerca de su ideario, puede llevarnos a abrazar el machismo más recalcitrante. Pero también puede suceder que aquel que ha decodificado la microintolerancia, lo exprese de modo tranquilo, justificado y nada hiriente. “¡Eh tú, cuidado! Fíjate lo que has dicho. Puede ser malinterpretado por alguien”. Es entonces cuando podemos asimilarlo y, así, aprender de nuestros errores.

Lo malo no son los microrracismos, los micromachismos o las microhomofobias. Que el que esté libre de culpa tire la primera piedra. Lo malo es interpretar esas microintolerancias como macrointolerancias que invaden todo nuestro sistema de pensamiento. Lo malo es no aceptar que, a veces, nos “pasamos de frenada” en nuestras conversaciones y publicaciones en redes sociales. Lo malo es, tanto el exceso (la macrointolerancia), como el defecto (la censura).

Pocos somos racistas, machistas y homófobos. Pero todos somos microrracistas, micromachistas y microhomófobos. No tenemos que rasgarnos las vestiduras, ni flagelarnos por ello. Pero tampoco aceptar esas debilidades como “inherentes de la naturaleza humana”, para así no corregirlas. Simplemente , comprenderlas, aceptarlas y, a través de ellas, mejorar como personas.

Ciencia postnormal en tiempos del Covid19 (y II)

El Covid19 se trata de una patología que abre muchos interrogantes, y sobre los cuales ni siquiera los científicos más reputados tienen una respuesta. El problema, o problemas, que plantea la crisis del Covid19 no pueden resolverse desde una óptica puramente científica o desde el saber y la experiencia acumulado por expertos en epidemiología, virología y salud pública. Muchos de ellos han errado en sus predicciones. Hasta no hace muchos meses, la morbimortalidad del coronavirus se relacionaba con la de la gripe, lo cual se ha demostrado falso. También hay información, tal vez aún poco contrastada, que indica que el Covid19 juega al escondite con el sistema inmunológico; esto siembra muchas dudas acerca de a) si nuestro organismo es capaz de generar inmunidad natural contra este virus y b) si una hipotética vacuna podría ser exitosa contra la pandemia. También, a pesar de los modelos complejos creados para predecir su comportamiento futuro, como el “flatten the curve”, nadie puede asegurar si tendremos uno, dos o más rebrotes de la enfermedad. Entre tanto, los datos acerca de los tratamientos son más que contradictorios: hidroxicloroquina, corticoides, tratamientos inmunológicos, antivirales…

El Covid19 es una crisis multisistémica, donde un gran número de factores se interrelacionan entre sí, de modo que no existe ninguna medida mágica que pueda ayudar a resolver el problema: se exige un abordaje multisistémico. Pero, además, un abordaje multisistémico en unas condiciones donde ni se cuenta con información veraz de la ciencia, ni experiencia de los expertos. Y donde, cualquier error en la toma de decisiones en cualquiera de los factores implicados (salud pública, economía, cohesión social, solidez democrática, relaciones internacionales…) puede ser desastroso y fatal. Es, por lo tanto, en estos momentos donde es más necesaria que nunca la ciencia, y donde hay que rechazar, expulsar, alienar cualquier comportamiento cientifista de las esferas de poder. Porque el cientifismo puede ser igual de perjudicial, sino más, que las teorías conspiranóicas y negacionistas de los populistas antidemocráticos. Porque atribuir a la ciencia unos roles de los que, realmente, carece, es situar a la ciencia en una posición de fuerza y de poder político que, además de inmerecido, puede resultar catastrófico. La ciencia ofrece respuestas precisas a preguntas precisas. La ciencia centra sus esfuerzos en una sola cuestión, de modo que el resto de dudas las transforma en constantes a las que no puede, ni debe hacer caso. Pero la crisis del coronavirus no solo precisa de resolver este tipo de preguntas precisas; no puede aislarse el problema médico (saturación de hospitales, UCIs…) de otros problemas. Si solo nos centramos en el problema médico, y abandonamos a su suerte la economía, la asistencia a los más pobres y los valores democráticos, tal vez, en un corto espacio de tiempo, nos encontraremos con un colapso económico irreversible, una sociedad empobrecida y hambrienta y unos gobernantes populistas que aprovechan el caos para destrozar los cimientos de nuestras democracias. Y, a cambio, en el mejor de los casos, habremos salvado algunas decenas de miles de vidas. En el peor de los casos, habremos fracasado, no habremos sido capaces de entender al virus, y las UCIs y las morgues seguirán igual de llenas.

Post-normal_Science_diagram
Cuanto mayor importancia tenga lo que se pone en juego en una decisión, y esta decisión tenga que tomarse en una situación de mayor incertidumbre, hay que buscar nuevas estrategias apra resolver los problemas.  Imagen de un diagrama de Funtowicz, S. and Ravetz, J. (1993) “Science for the post-normal age” Futures 25:735–55.https://dx.doi.org/10.1016/0016-3287(93)90022-L

Es necesario desarrollar un enfoque postnormal de la ciencia del Covid19, esto es, que los científicos, expertos y políticos puedan dialogar, dar su opinión y tratar de dibujar el complejo lienzo de la crisis que nos afecta. Un diálogo entre pares, donde cada cual acepte las limitaciones de sus conocimientos y capacidades ejecutivas. Un diálogo co-rresponsable, en el cual cada actor sea consciente de la importancia que tiene su papel, y se esfuerce en aportar su mayor valía: en el caso del científico, datos cada vez más exactos, más veraces, entorno al Covid19. El experto, tratará de adaptar esos conocimientos a experiencias previas que él pueda haberse encontrado en su práctica habitual. Y el político deberá recoger todo esos saberes y opiniones, interrelacionarlos entre sí, y ofrecer soluciones a todos y cada uno de los problemas, aun sabiendo que cualquier decisión es tomada en base a una gran incertidumbre y, por lo tanto, no existe programa informático, o programa algorítmico, que sea capaz de predecir el resultado de tales medidas.

Indignación y victimismo

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Ariadna abandonada por Teseo. Angelica Kauffmann (1741-1807).

La indignación y el victimismo comparten algunas características que los hacen casi indistinguibles sin un análisis más o menos concienzudo. Por ejemplo, ambos concentran toda su atención en un sentimiento de enfado ante una negación o ausencia de justicia social. El core tanto del estado “indignado” como del estado “victimista”, se sitúa en la presencia de una condición social desfavorable que provoca una merma (de calidad de vida o, incluso, de la vida misma) a una persona o un colectivo. La razón de este sentimiento negativo no porque tiene por qué ser real, comprobable y bien determinada: tanto en la indignación como en el victimismo juega un rol muy importante la desobjetivación de su objeto. La subjetivización de la realidad, que convierte en causa general algo que es absolutamente particular, se trata de una conditio sine quanon para que, indignado o victimista, lleven sus reivindicaciones a buen puerto. Es por ello que los indignados y los victimistas utilizan los mismos medios para alcanzar sus metas: twitter, facebook, change.org… Y suelen aportar su punto de vista en entrevistas de aquellos medios de comunicación cuya línea editorial se justifica y apuntala con las opiniones de indignados y victimistas.

Hasta ahí llegan las similitudes entre indignados y victimistas. Las diferencias, aunque menos evidentes, tal vez son más definitorias. Porque el indignado es aquel que reconoce, analiza y critica una situación de injusticia de la cual se puede encontrar una solución que la resuelva de una manera más o menos universal. Esto es, que sea plausible aplicar esa solución de manera generalizada a todos aquellos que la sufren. Puede que el indignado sea incapaz de ofrecer una solución coherente con el ideario que le ha impulsado a exigir cambios. O, incluso, que las medidas que propone tomar sean, a la postre, contraproducentes. Pero, a fin de cuentas, lo que mueve al indignado es su deseo de resolver sistémicamente un problema que afecta de manera sistémica a muchos seres humanos.

El victimista, por su parte, solo tiene ojos para sí mismo. Y exige que los ojos de los que le rodean se posen sobre sus males y desdichas. Aprovecha las redes sociales, no para movilizar a la sociedad en pos de un ideal, sino para recibir muestras de simpatía y afecto. El objetivo de la publicidad social del victimista es la movilización de la ciudadanía en pos de una resolución de sus problemas. Poco importa al victimista todos los que, como él, sufren algún tipo de injusticia. El victimista exige soluciones individualizadas para sus asuntos, independientemente de que esas soluciones puedan resultar harto negativas si son aplicadas de manera sistemática sobre todos aquellos que sufren su propio mal.

El indignado lucha por una sociedad mejor. El victimista exige que se le ofrezca, a él y solo a él, una mejor vida.

El indignado se trata de una fuerza activa de cambio, dispuesto a actuar allá donde sea necesario. El victimista es un elemento pasivo, vacío de operatividad, en espera de que otros actúen a su favor.

La indignación es una herramienta positiva que favorece el avance de la sociedad hacia espacios de mayor justicia y entendimiento. El victimismo, al contrario, fragmenta la sociedad en “unidades dolientes”, cada una de las cuales se mueve en una dirección contraria a la de los demás. Contraria, porque cada victimista se mueve hacia sí mismo, en una rotación victimocéntrica, a espaldas de los otros miembros de la sociedad.

Por lo tanto, aunque sea tarea poco fácil, sería muy útil diferenciar en nuestras redes sociales y en los medios de comunicación entre indignados y victimistas. Y, a los primeros, otorgarles nuestra comprensión, aunque no compartamos, o incluso rechacemos, todas aquellas  soluciones que puedan proponer. De este modo, tolerando el hartazgo del indignado, se puede iniciar un fructífero diálogo que lleve a la resolución de un problema.  Gracias a esta labor movilizadora, la sociedad al completo, que está formada por los indignados, los no indignados y los muy dignos, puede formular compromisos que se ajusten a la verdadera naturaleza del problema planteado.

Por otra parte, y al mismo tiempo, sería tarea no menos sana silenciar al victimista o, por lo menos, no ofrecer nuestras redes sociales como eco de sus reivindicaciones egocéntricas y egoístas, las cuales no tendrán, nunca, un efecto positivo, ni en nosotros, ni en otra persona que no sea la del propio victimista.

De monarquías y repúblicas

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La familia de Carlos IV. Francisco de Goya (1746-1828)

Yo me considero republicano. Creo que, en un Estado democrático liberal como en el que vivimos, la elección democrática del Jefe de Estado es más lógica y natural que la transmisión hereditaria de dicho cargo. Pero también estoy seguro de que un hipotético advenimiento de la III República a España no nos va a hacer mejores como país; ni tan siquiera más justos. La influencia que tiene la figura del rey o de un supuesto presidente de la República sobre la acción política de un gobierno es muy limitada; y mucho menor en el primer caso que en el segundo, según cómo se establezcan las funciones ejecutivas de un Jefe de Estado electo (no son iguales las funciones del presidente de la República Francesa, que el de la República Italiana, por ejemplo). Pero es que, además, la influencia que tiene un gobierno sobre la vida en sociedad también es muy limitada, y se restringe (afortunadamente) a la legislación y a la ejecución de leyes. Que es mucho (muchísimo), pero no llega a alcanzar todo el vastísimo conjunto de actos, decisiones y opiniones que bullen en el interior de cualquier sociedad democrática. Por lo tanto, si el Jefe de Estado influye poco sobre el gobierno, y el gobierno tiene sus funciones de control social limitadas (tanto por la Constitución como por la pragmática vida real), es lógico esperar que un cambio de régimen político apenas afecte en el día a día de las personas.

Pero, como he empezado diciendo, vivimos en un Estado democrático liberal. Las leyes que rigen este Estado proceden de un contrato social por el que cada ciudadano entrega, en usufructo, una parte de sus derechos políticos a un conjunto de representantes políticos elegidos democráticamente. De esta manera el ciudadano puede ocuparse libremente de las tareas que más le atañen en su vida diaria (familia, trabajo, ocio), sin tener que estar, como sucedía en la Grecia Clásica, preocupado por acudir al ágora para debatir acerca de leyes que, tal vez, ni siquiera sabe de qué van ni para qué sirven. Eso sí, el ciudadano no debe descuidarse de su cuota política, y así protegerla de demagogos y oportunistas a través de la libertad de expresión y el derecho a voto.

Todas las leyes de un Estado democrático no son democráticas; existen ciertas rémoras de un pasado predemocrático que, por su poder y conexiones, son difíciles, si no imposibles, de destruir. Así, a través del consenso de los ciudadanos, esas leyes predemocráticas se incorporan al cuerpo legislativo democrático. La monarquía es una de ellas: la ley que dice que la casa de Borbón regenta la jefatura de Estado en España, y esta se transmite hereditariamente, no nace en el momento en el que se constituye y aprueba la Constitución de 1977. Muy al contrario, surge en 1700, año de la coronación de Felipe V, una época en la que el espíritu revolucionario y democrático en Europa estaba aún por llegar. La monarquía es, por lo tanto, una institución no democrática que ha sido asimilada a la democracia a través de un acto de concesión de parte de la soberanía popular, recogido este en la Constitución de 1977.

La monarquía no es la excepción predemocrática española: tanto los Fueros del País Vasco y Navarra, como los acuerdos Iglesia-Estado se pergeñaron en momentos históricos en los que la palabra “democracia” estaba aún ausente del vocabulario español, y los españoles todavía siquiera habían recibido el título de “ciudadanos”. Se tenían que conformar con ser, simplemente, súbditos. A pesar de su incorporación a la vida democrática, las leyes predemocráticas emanan un aroma contrario a ella, y de ellas se pueden deducir ciertos privilegios a personas individuales, grupos o regiones. Nadie, más que el rey puede ser nombrado Jefe de Estado. Poco importa lo preparado y capacitado que yo esté para asumir las labores de representación de la nación; si yo no soy Borbón, no podré ser rey. Del mismo modo, por muy ventajosa que pueda ser la adquisición de una hacienda propia para, por ejemplo, el Principiado de Asturias o la Comunidad Valenciana, estas nunca podrán beneficiarse del control de sus finanzas. Ese es un derecho que solo se aplica a las comunidades forales de el País Vasco y Navarra. Y qué no decir de los acuerdos Iglesia-Estado, que permiten a la primera acceder, entre otras ventajas, a una serie de recursos económicos que superan con creces los gastos en acción social de esta entidad religiosa.

El advenimiento de la democracia en España ha exigido, entre otros pactos, la aceptación de estos hechos predemocráticos, con el fin de salvaguardar un consenso entre diferentes. Pero eso no significa que la corona, los fueros y los acuerdos con el Vaticano estén exentos de una pátina de no-democracia. Y es por eso que soy republicano; porque con la III República se eliminaría una institución predemocrática, y  se adaptaría la jefatura del Estado a una realidad absolutamente democrática. No se trata de una modificación esencial en el ordenamiento político de país. Como he dicho anteriormente, la república no nos haría mejores, más justos, o más guapos, puesto que nuestra bondad, justicia y belleza no están vinculadas con la representación de la nación. Razones estéticas, más que funcionales, pues, me llevan a solicitar el fin de la monarquía constitucional de 1977. Así, más que un republicano convencido, soy un republicano escéptico, puesto que no espero que la calidad de vida de la ciudadanía española mejore con la proclamación de un Presidente de la República.

El debate actual acerca de la monarquía gira sobre dos discursos absolutamente rígidos, implacables y excluyentes entre sí. Por una parte, están los férreos defensores de la Corona, que no aceptan críticas a la Casa Real y se amparan en la Carta Magna. Por otra parte, los republicanos antimonárquicos, que invaden el espacio público de opinión con soflamas, slóganes, frases hechas y tweets ocurrentes, en las que se percibe, al igual que en el caso del campo monárquico, una ausencia de reflexión, crítica constructiva y planteamientos pragmáticos. La virulencia con la que se enfrentan esos dos campos es tal que, aquellos que nos situamos en un área más moderada del debate, carecemos apenas de espacio para la expresión libre de nuestras opiniones. Nos convertimos, por arte de birbiloque en “republicanos de salón” o “monárquicos trasvestidos”. A los que hay que silenciar con insultos y desprecio.

Además, se corre el riesgo de transformar este debate en un melting-pot de exigencias y reivindicaciones que supere el ámbito de la jefatura del Estado. Y, así, aprovechar los cambios constitucionales que exigirían la transición de una monarquía parlamentaria a una república para obtener otros réditos políticos. Por ejemplo, la izquierda, impondría en la Constitución una serie de peticiones acerca del reparto de la riqueza que podrían lastrar, en ciertos momentos, el buen funcionamiento de la economía. O, a la derecha, se exigiría el supuesto derecho de autodeterminación de ciertos pueblos (pero no todos los pueblos). La constitución de una república en España debe ser guiada por los mismos espíritus que desembocaron en la monarquía parlamentaria que hoy en día disfrutamos: los de la reconciliación, la concordia y el consenso. Una república construida “a favor” de unos y “en contra” de los demás fracasará, como bien habría fracasado una monarquía en la que no se hubiese dado voz a los contrarios a la monarquía, como lo pueden ser los republicanos, comunistas o independentistas. Y, hoy por hoy, viendo que ciertos partidos políticos han tomado las riendas del republicanismo en España, y  lo utilizan como coto privado y exclusivo, con derecho a otorgar carnets de “buen republicano”, temo que el debate acerca de la jefatura de Estado no saldrá de la “pelea de bar” en la que se haya hoy en día enfangado.

En resumen, soy republicano, escéptico pero republicano. Tal como se enuncia ahora el debate sobre la monarquía, habrá quien me acuse de blando y capillita. Por ello, hago mía la cita de Tocqueville, que escribió en sus “Recuerdos de la Revolución de 1848”: “Pero, ¿de qué república se trata? Hay quienes entienden por república la dictadura ejercida en nombre de la libertad; otros que piensan que la república no solo debe cambiar las instituciones políticas, sino remodelar la sociedad por completo. También hay los que creen que la república debe ser conquistadora y propagandista. Yo no soy republicano de esa manera”.

 

Responsabilidad intra y supraepistémica

Una de las grandes preguntas de filósofos, juristas y sociólogos se centra en la moral universal: ¿realmente existe un sistema valores que debiera ser respetado por todos los hombres y mujeres de este mundo, no importa el lugar ni la época histórica? ¿Se pueden juzgar los crímenes cometidos por Julio Cesar con los mismos argumentos que se juzgaron a los nazis en Núremberg? ¿Hay que exigir a los habitantes de todo el planeta comportarse del mismo modo frente al empoderamiento femenino, derechos LGTB+, igualdad social…? ¿Y qué comportamientos son más morales: los que predominan en España, en Rusia, en Indonesia, o en Arabia Saudí?

La cuestión de la moral universal, aunque aparece antes de la Ilustración (ya hay brillantes ejemplos de ello en el siglo XVI, con Hugo Crocio y Tomás de Vitoria), toma especial relieve durante el siglo de las Luces. La moral universal no solo se labró desde el plano teórico, sino también práctico. Así, invocando a Kant, que desarrolló los principios de esa moral universal y atemporal, los revolucionarios del siglo XVIII y XIX trataron de establecer sociedades en las que se respetaran derechos ecuménicos y se cumplieran leyes igualitarias

Sin embargo, cuando se cree que se ha alcanzado el culmen civilitatorio, y una sociedad se comporta de modo que puede considerarse que cumple con todos los criterios y principios de una moral universal, aparecen nuevas exigencias éticas. Así, durante la Ilustración, ese “universalismo” implicaba únicamente a hombres, y no a mujeres. En la declaración de independencia de los Estados Unidos de América, los esclavos negros carecían de derechos. Hasta no hace muchos años, el colectivo LGTB+ era tildado de perverso y enfermo, y se le negaban derechos sociales. A principios del siglo XIX el racismo y el antisemitismo no solo no eran inmorales, sino que se justificaban en pro del establecimiento de una sociedad sana y equilibrada. Hoy en día las sociedades europeas diferencian con mayor o menor claridad los ciudadanos originarios, de primera, frente a los inmigrantes metecos, de segunda. Tal vez, con la moral contemporánea que manejamos en Europa, deberíamos condenar a los machistas ilustrados, a los antisemitas revolucionarios del XIX, a los racistas padres (y madres) de las democracias del siglo XX… Probablemente, dentro de cuarenta años, cuando realicemos una revisión crítica de la igualad de las sociedades de principios del siglo XXI, nos llevemos las manos a la cabeza al descubrir una condescendencia inmoral hacia la guetización y el aislamiento social de ciertos sectores de la sociedad.

Independientemente de nuestros orígenes, o de la época que nos ha tocado vivir, todos tenemos nuestra responsabilidad individual. Todos somos más o menos libres de realizar ciertos actos, dentro del rango de posibilidades y oportunidades que nos brinda la sociedad. Un esclavo obedece al amo, pero existen siempre ciertos pequeños actos del día a día, no fiscalizados ni controlados por nadie, que pertenecen a la esfera (muy exigua, eso sí, en el caso de un siervo), de privacidad y de responsabilidad individual. Así, por ejemplo, si el esclavo tiene mujer, y la pega todas las noches, en la intimidad de su alcova (si es que estos disfrutaban de intimidad conyugal y de alcoba), no lo hace obligado por el amo, sino que es una decisión tomada enteramente por él mismo.

Existen dos niveles de revocación o asunción de la responsabilidad individual. El primero ya ha sido esbozado anteriormente: el nivel de la orden, de la ley, de la disciplina. Si el amo obliga al esclavo azotar a un sirviente desobediente, este no puede dejar de realizar su tarea, so pena de acabar él y sus costillas en el mismo lugar del primero. Si, en el frente de guerra, un sargento manda a sus hombres acribillar una casa en la que se sabe que solo viven civiles, el soldado no podrá otra cosa que apretar el gatillo. El esclavo y el soldado no son responsables de los actos a los que se ven obligados a perpetrar, pero pueden comprender y presentir que estos son abominables y van en contra de los designios de su voluntad. El esclavo pega, el soldado mata, pero no son más que la extensión del látigo o del fusil que empuñan en sus manos. La voluntad activa en este gesto es la del amo o sargento que dicta las órdenes.

La revocación de la responsabilidad individual aduciendo órdenes superiores tiene sus limitaciones. Un súbdito castellano de finales del siglo XV que expoliaba a los judíos que huían de los pogromos de los Reyes Católicos, estaba actuando dentro de la ley, y siempre bajo la ley. Un funcionario nazi del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau cumplía órdenes emitidas por su comandante de campo, el cual recibía instrucciones del mismísimo Heinrich Himmler. Sin embargo, tanto castellano medieval como alemán contemporáneo, sabían que aquello que estaban realizando era un auténtico crimen contra personas inocentes. El castellano, dentro de la exigua libertad individual que poseía, tenía la capacidad de decidir si expoliaba o no a sus, hasta no hace mucho, cordiales vecinos. El alemán, a pesar del estado de guerra y la dictadura hitleriana, podía decidir si quería o no seguir trabajando en el campo de concentración. No son, como en el caso del siervo o el soldado, el objeto pasivo en manos de una mente criminal. Ellos no son responsables de las leyes antisemitas que justifican ambos escenarios, pero sí de las acciones individuales que se enmarcan dentro de esta legislación.

Sin embargo, hay otro nivel de revocación de responsabilidad que alude a mecanismos más profundos de nuestra naturaleza humana. Y este es la episteme, o marco de conocimiento que recoge todo el saber permitido por una sociedad. Dentro de la episteme se acumulan los datos “sanos”, sobre los que se construyen los discursos que dan vida intelectual a la sociedad. Fuera de la episteme hay una cantidad ingente de información, que bien por desconocimiento, bien por inutilidad, bien porque se les considera peligrosos, se les niega el derecho de entrada a la episteme. Son los discursos de los locos, de los marginados, de los enemigos de la patria y  de la nación. Quien hace uso de esos discursos anómalos, la sociedad lo rechaza, sin necesidad siquiera de un código legislativo que justifique legalmente la coacción o la censura contra ellos. Las personas necesitamos de unas referencias para poder movernos en el mundo, y en el caso del pensamiento, la episteme nos ofrece unos límites, una gradación (verdad-mentira) y unos mojones epistémicos que consideramos verdades absolutas (sin que en verdad lo sean), y que nos guiarán por las procelosas aguas de ese tinglado que los humanos hemos creado, y llamamos pomposamente civilización.

No se puede pensar “correctamente” fuera de la episteme. No se puede actuar “correctamente” fuera de la episteme. Todo acto extraepistémico se arriesga a ser considerado tabú, indecoroso, ineficaz, intolerable. No será el policía o el juez quien detenga al infractor epistémico. La sociedad, toda la sociedad, le dará la espalda y lo expulsará a la tierra de los tarados. No podemos ver por encima de los límites que nos ofrece la episteme, y todo aquel que se exponga a asomar la cabeza por encima de ellos, corre el riesgo de perder la cabeza.

Pero la episteme es un marco de conocimiento que va modificándose continuamente, de modo que lo que ayer era tabú, hoy puede estar permitido. Y viceversa. Lo excluido en un momento histórico por la episteme no puede ser motivo de juicio de responsabilidad individual. Podemos manejarnos intraepistémicamente, esto es, dentro del rango de movimientos y pensamiento que nos ofrece nuestro marco de saber. Pero no podemos actuar extraepistémicamente, porque cuando lo hacemos, si es que podemos hacerlo en nuestro sano juicio, somos automáticamente incluidos dentro del epígrafe “enfermos de juicio”. Así, tal vez, hay ciertos hechos pasados que, leídos desde una perspectiva presente, con nuestro código legal y nuestro marco de saber actual, son juzgados como horribles e indecorosos. Pero tal vez no se puede acusar de ningún crimen o inmoralidad a la persona que cometió tales actos; simplemente porque no se inscribían dentro de la gama de acciones de las cuales él era responsable. Tal vez, el esclavista del Antiguo Egipto no podía imaginar que aquellos a los que fustigaba con su látigo eran unos seres tan humanos y dignos de compasión como él mismo. Y si lo hubiera pensado, los otros egipcios tal vez se habrían reído y mofado de él o, lo que es peor, se le habría tildado de loco y habría sido expulsado de todos los cargos institucionales que detentara. En este supuesto, el esclavista no tendría responsabilidad individual en su trato vejatorio de las persona a las que servía. Simplemente, porque no existía una opción validada por la episteme que le permitiera tomar una decisión diferente.

Por lo tanto, a la hora de juzgar los actos pasados de nuestros antepasados, no solo debemos observar con cuidado las leyes y códigos de conducta bajo los cuales estos vivían. No solo hay que comparar sus mores con los nuestros. También debemos integrar todas esas leyes, códigos de conducta y mores dentro de un sistema más complejo y más amplio como lo es el marco epistémico. Y comparar ese marco con el nuestro. De este modo analizaremos las conductas de nuestros abuelos y tatarabuelos no ya desde la perspectiva de la historia de las ideas, donde se puede cometer el error de considerar el marco epistémico como un elemento estable e inalterable a lo largo del tiempo. Sino, también, realizaremos una arqueología del saber, y discerniremos esos movimientos, esos ciclos, esas olas que rigen las relaciones de los saberes permitidos y los saberes prohibidos. Porque podemos cometer el error de culpar a alguien de algo, cuando en realidad no tenía más opción que hacer lo que hizo. Y, a través de ese juicio, nos sentiremos superiores a nuestros antepasados, simplemente, porque estamos aplicando unas reglas de juego actualizadas, de las que carecían en el pasado.

Del relativismo a la incertidumbre: certidumbre o libertad

La verdad os hará libres
Juan 8:31-38

Hemos construido, por una parte, un mundo basado en el culto a la búsqueda de la Verdad, como si ese camino que recorremos con más pena que gloria a lo largo de nuestras vidas nos reportara, una vez llegada al destino, una felicidad completa. Por otra parte se ha llegado a relacionar Verdad con libertad, como si el hecho de alcanzar la completa aprehensión de todo aquello que nos rodea nos otorgara una capacidad ilimitada de albedrío en conciencia y acto.

No siempre hemos vivido apegados a la Verdad. Los antiguos, mucho menos arrogantes que los modernos, sabían de los límites del ser humano para alcanzar tan magna meta. Estos colocaban la Verdad en manos de Dios, y solo si este era único y todopoderoso. Porque los dioses politeístas, viciosos e imperfectos, jamás podrían alcanzarla. Existía entonces una Verdad pero, como mucho, esta podía ser revelada a los mortales a través de los oráculos y los libros santos. Que les fuera revelada no significa que fuera comprendida: las vías divinas de publicación de la Verdad eran tan tortuosas y equívocas. Pocas personas (los sacerdotes) habían sido ungidas con el don de la interpretación.

Tras el corto periodo escepticista del Humanismo, Descartes, por una parte, y Newton, por otra, forjaron las herramientas con las que las personas podrían, de una vez por todas, atrapar esa Verdad externa a sus cuerpos y sus mentes: el racionalismo y el método científico. Y al dominarla, utilizarla para construir un mundo, una polis de ciudadanos, cuyas normas de convivencia, usos y costumbres estuvieran invariablemente sometidos al arbitrio de esa Verdad. La no-verdad era un elemento indeseable que había que expulsar, tanto del interior de la sociedad, como del interior de la mente y alma de las personas que la habitaban.

Hay mucho de loable en ese intento de expulsar la no-verdad del espacio de lo humano. Es cierto que las personas podemos vivir en la no-verdad: de hecho, se han forjado grandes imperios, y se han creado fabulosas obras culturales en base a supuestos no-verdaderos. No es menos cierto que, desde que la Humanidad es humana, no ha habido un solo momento histórico y, tal vez, prehistórico, en el que una comunidad haya vivido en la Verdad. No-verdades hay muchas; tantas quizás como mentes humanas. Y algunas de esas no-verdades son incompatibles, incluso antagonistas entre ellas; fuente de discrepancias, querellas, e incluso guerras. Imponer una no-verdad sobre las otras no-verdades implica un acto de violencia, que es la de arrasar, arrebatar la supuesta razón de unos muchos para exigir obediencia plena para con la supuesta razón de otros pocos.

Verdad, a diferencia de las no-verdades, solo hay una. Una construcción política basada en la Verdad ofrecería a los ciudadanos un único camino a seguir, en el que confluirían todas las almas y cuerpos y un único punto de vista, al que todos obedecerían, no ciegamente o por acción de la violencia coercitiva, sino por la convicción de que se está enfrente de lo verdadero, de lo correcto, de lo no-contradictorio y no contradecible.

 

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El hombre controlador del Universo (Fragmento). Diego de Rivera (1886-1957). Fuente: Eclusette

Europa, desde el siglo XVII, se ha edificado desde la asunción de que el racionalismo cartesiano y el método científico ayudarían a la consecución en esa utópica “Cosmópolis”. Ha habido momentos, incluso, en los que se ha considerado que se había alcanzado la aprehensión de esa Verdad, y se ha intentado imponer con las armas, bien de la persuasión, bien de la destrucción. El resultado siempre ha sido ominoso: dictaduras totalitarias, guerras de aniquilamiento, y estados de opresión de la opinión pública con los que jamás soñó tirano antiguo alguno.

Aunque extraordinarias en pos de la búsqueda del progreso, el racionalismo y la ciencia tal vez no sean las herramientas más aptas para la consecución del fin que les fue encomendado en la Modernidad. A pesar de esa capacidad de revolucionar el pensamiento y los modos de vida, así como de ofrecer enormes posibilidades tecnológicas para la mejora de la calidad de vida, nunca podrá alcanzarse esa mítica Verdad a través de los métodos inaugurados por Descartes y Newton. Sin embargo, la sociedad moderna deposita su fe en estos instrumentos, del mismo modo que los antiguos creían en las revelaciones que los dioses transmitían a oráculos y profetas.

El producto que se obtiene a través del racionalismo y la ciencia no es la Verdad, sino la certidumbre, que no es más que una no-verdad investida de Verdad a través de un criterio de autoridad. En las épocas premodernas ese criterio de autoridad recaía en los sabios doctores de la Antigüedad y en los representantes de Dios en la Tierra. En la Modernidad, esta se entregó a los filósofos racionalistas y los científicos. Tanto antiguos como modernos ofrecían a la sociedad una certidumbre, más no una Verdad. Los primeros tenían la humildad de reconocer la debilidad de sus argumentos; humildad que contrasta con la insolencia de los modernos, sin reparos para asignar a sus no-verdades el atributo de Verdad.

Desconozco si la Verdad nos hará libres, como decía San Juan. Pero lo que sí creo es que la certidumbre, esa asunción de que ciertas no-verdades, o verdades incompletas son verdaderas, nos esclaviza. Porque nos exigen aceptar ciertos postulados que, aunque son falsos y contradictorios, las autoridades las imponen como verdaderas. Nos limitan nuestro rango de movimientos, de acción, de pensamiento. Porque si no estamos con ellas, si no pensamos como quieren que pensemos, no es que estamos en contra de ellos (que puede que sea verdad), sino que nos ponemos incluso en oposición a la Verdad no-contradictoria, esa verdad ecuménica que, en teoría, pone de acuerdo a la Humanidad entera y permite la constitución de una polis basada exclusivamente en ella.

Hoy en día abundan los profetas de la certidumbre, de verdades a medias que, aunque bien fundamentadas sobre  principios racionales y científicos, no dejan de ser no-verdades. Nos exigen obediencia a esos principios. Y nos prometen libertad. Sin embargo, todo es una mentira, porque nunca podremos ser libres si renunciamos a nuestras construcciones, racionales o irracionales, científicas o espirituales, del mundo que nos rodea. Nunca seremos libres si cedemos en nuestra errónea visión del mundo para abrazar otra visión del mundo, tan errónea como la nuestra. Eso no significa renunciar al entendimiento, a buscar nexos de unión, a compartir nuestra opinión y visión de las cosas. Eso no significa desafiar a la certidumbre que nos imponen las autoridades. Simplemente, lo que tenemos que hacer es dudar de ella, transformar la certidumbre en incertidumbre y, a pesar de ello, aprender a vivir con ella. Aceptar que ni ellos ni yo tenemos razón. Porque jamás persona alguna logrará alcanzar una certidumbre que, a la vez, sea enteramente verdadera.

 

 

Transparencia democrática en tiempos del cólera

ANTÍGONA: ¿Pero quién osará a seguirte cuando se entere de qué calamidades os vaticinó el hombre aquí presente?
POLINICES: Tampoco voy a comunicar malas noticias, pues es cosa de buen general referir sus ventajas y no los fallos.
Sófocles. Edipo en Colono.

Que los dirigentes políticos del gobierno de un país democrático sean sinceros con sus ciudadanos y expongan al público tanto las cuentas como las acciones ejecutivas y legislativas que llevan a cabo, es un ejercicio de salubridad democrática. De este modo los ciudadanos no solo pueden conocer de primera mano cómo se están dirigiendo asuntos que les pueden afectar en primera persona, sino que favorece dos herramientas básicas para el buen funcionamiento de una democracia liberal: la educación política y el debate constructivo basado en datos lo más fiables posibles. La educación política es esencial en unos democracia saneada: los ciudadanos deben comprender el funcionamiento y los ritmos de la cultura política, sin los cuales serían fuertemente manipulables frente a charlatanes que traten de sacar tajada de su analfabetismo político. El hecho que la ciudadanía critique, se siente decepcionada y muestre su desencanto hacia los gobernantes es otro aspecto beneficioso de la transparencia política: a través de esa crítica se pueden crear corrientes de opinión que alteren positivamente el discurrir de las leyes que nos gobiernan, así como de las medidas ejecutivas necesarias para que el país funcione.

Hay límites en la transparencia. Por una parte, no puede, ni debe permitirse una transparencia tal y como se construye en las cuentas de las redes sociales. Porque un perfil de facebook o instagram no es un ejemplo de transparencia de la vida personal, sino más bien de exhibicionismo. Porque lo que leemos allí de nuestros amigos, compañeros de trabajo y familiares solo contiene aquello que estos quieren mostrar al público: suelen hipertofiar los aspectos positivos y las circunstancias de las cuales se pueden considerarse víctimas, mientras esconden las vergüenzas y debilidades. Un perfil de una red social no es un ejemplo de transparecia, sino de propaganda. Por otra parte la transparencia absoluta no existe, ni debe existir. Cualquier negociación que un gobernante realice con los miembros de la oposición, gobiernos extranjeros, agentes sociales o empresas no debe estar siempre sesgada por la “luz y taquígrafos”. Porque no es lo mismo una actitud negociadora off the record, la cual permite al negociador mostrar con calma y tranquilidad todas las cartas sin la sensación de sentirse juzgado, que un debate televisivo donde el encorsetamiento de los contertulios impide un veradero diálogo fructífero.

No hay duda que la transparencia es tanto una virtud democrática como una herramienta que educa y fortalece la sociedad. Sin embargo hay momentos en los que, tal vez, demasiada transparencia puede, al contrario, debilitar las estructuras democráticas de un país y generar una crispación innecesaria entre los ciudadanos. Y es que, durante las grandes crisis, el ejercicio de transparencia democrático puede convertirse en un arma de doble filo para aquel quien la ejerce.

Vivimos tiempos del cólera. Tiempos de Covid19. Encerrados en nuestras casas, recibimos información en tiempo real acerca de la evolución de la pandemia. No solo eso: podemos comparar el estado de nuestros hospitales, residencias de ancianos, industrias y arcas públicas con las de otros países. El uso de estas comparativas es peligroso si los criterios y la información de la que se dispone no es homogénea, clara y accesible. En tiempos del cólera, el hecho de situarte en un peldaño o en otro de un ranking de desastres (número de infectados, número de muertos, porcentaje de sanitarios infectados…),no solo puede afectar al ánimo de la ciudadanía (que puede sentirse reconfortada o hastiada al ver que su gobierno está tomando medidas más o menos eficaces que las del vecino), sino que, posteriormente, a largo plazo, puede influir en decisiones de calado de los inversores y contratistas. Por lo tanto, en tiempos del cólera, demasiada transparencia puede ser contraproducente, pues elimina la posibilidad de manejar con eficacia los procelosos hilos de la propaganda política, y da ventaja a aquellos que, de un modo u otro, han conseguido ocultar mejor sus carencias y defectos.

No hay duda que el gobierno chino ha manipulado los datos de sus infectados de Covid19. Nadie se cree sus cifras, a pesar de que ningún gobierno, ni ningún organismo internacional se atreva a declararlo públicamente, por temor a las represalias que China pueda tomar contra los críticos. No solo es autocensura. La absoluta opacidad del gobierno chino en el manejo de la crisis del Covid19 impide que se puedan obtener pruebas de que el coronavirus ha causado una morbimortalidad tal vez mil veces superior a la declarada. Tal vez ni siquiera las autoridades chinas conozcan el alcance total de la crisis en un país con más de 160 millones de ancianos. Sin pruebas, y con acceso únicamente a información manipulada, no puede construirse una acusación firme contra ellos.

Tampoco nadie puede dudar de que Corea del Sur ha tomado medidas preventivas eficaces para atajar la crisis, y que poseen una infraestructura sanitaria mucho más sólida que la de China, e incluso que la de muchos países europeos. Sin embargo, no es discutible la falsedad de ese dato que jalean a cuatro vientos: 0% de infecciones entre su personal sanitario. El riesgo cero no existe. Por muy bien que protejan a sus médicos y enfermeras, estos pueden contraer la infección, no solo en las instalaciones hospitalarias, sino también en el hogar, en el supermercado, en el medio de transporte que utilizan para volver a casa. Si se hace un ejercicio de opacidad, y se considera que toda infección por Covid19 de personal hospitalario ha sido debida por actividades fuera de su lugar de trabajo, entonces obtendremos un 0% de infecciones intrahospitalarias. España o Italia no diferencian el lugar de posible infección: que se hayan infectado cuando acudieron a un concierto (antes del confinamiento) o en la UCI mientras intubaban a un paciente, todo sanitario infectado cuenta para la estadística.

España, Alemania o Francia no hacen tests de detección de Covid19 a los ancianos que fallecen sin diagnosticar en sus casas o en residencias, y no los contabilizan como víctimas de la pandemia. Incluso estos dos últimos países no suman los fallecidos extrahospitalarios con coronavirus. Imaginemos que la tasa de mortalidad de estos pacientes es del 20%. Pongamos que en Alemania solo se ingresan (y se contabilizan) al 10% de los ancianos mayores de 80 años con Covid19. En España, al 80% (supongamos que hay un 20% de pérdidas de seguimiento por fallecimiento sin test Covid19). De cada mil ancianos enfermos, Alemania declararía tan solo 20 fallecidos, mientras en España se contabilizarían 160. Varapalo moral para las agotadas huestes de sanitarios españoles, y para la sociedad en general.

En una pandemia como el Covid19, no solo es importante poseer un robusto sistema sanitario que sea capaz de hacer frente a unas necesidades completamente fuera de lo normal. También es importante la estrategia de comunicación, tanto hacia la ciudadanía, como hacia terceros países. A nivel geopolítico se está dirimiendo una batalla por quién es el que mejor maneja esta crisis, y ya no solo en el terreno sanitario, sino en el político, donde los muertos solo cuentan si aparecen en las estadísticas. Y en esa guerra de datos, la transparencia democrática no es una buena aliada. Por lo tanto, quizás sería interesante abrir un debate acerca de si es necesario reducir la transparencia informativa en momentos críticos como el que vivimos, y aceptar que los datos y estadísticas que se ofrezcan al público nacional e internacional contengan, por lo menos, los mismos sesgos e interpretaciones interesadas que nuestros vecinos europeos y de otros países de ultramar.

Yugoslavia: elegía por un país sin nación

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Muchas páginas acusatorias se han vertido contra Peter Handke tras la publicación de su ensayo-libro de viaje “Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Morava, Save y Drina, o justicia para Serbia”. Desde periódicos de diferentes sensibilidades hasta las voces intelectuales más respetadas, pasando por organizaciones no gubernamentales y políticos de turno, todos ellos han dictaminado que las páginas del libro Peter Handke son un panfleto destinado a justificar las barbaridades que las autoridades serbias y serbo-croatas cometieron durante las terribles guerras de los Balcanes.

Nada más lejos de la realidad.

Una lectura sosegada y desprejuiciada de este corto ensayo mostrará al lector que Peter Handke en ningún momento trató de rebajar las responsabilidades de los señores de la guerra serbios, pero sí, y esto es cierto, quiso descargar a la población de Serbia de la gran losa de culpa que la comunidad internacional había lanzado contra ella. Porque gran parte de la opinión pública, sobre todo en Europa y Norteamérica, convirtió a los serbios en “lobos”, cazadores sin escrúpulos de inocentes croatas, kosovares o musulmanes bosnios. Como si el serbio, por haber nacido de esa condición (o, mejor dicho, por haber sido clasificado social y políticamente desde su nacimiento como tal), poseería un irrefrenable odio por los no-serbios, a los que trataría con inusitada crueldad y desprecio. El lobo serbio sería así responsable de todas las matanzas de inocentes civiles no-serbios que se perpetraron en esta guerra. Pero también la maldición de su estirpe justificaría acciones deletéreas que los no-serbios lanzaron contra ellos: matanzas de civiles serbios (como la de Kazani, cerca de Sarajevo), éxodos masivos (Krajina), bombardeo de civiles a la fuga (Mjha) o aparheids de facto, internacionalmente  promovidos y aceptados, como sucede, todavía hoy en día, en Kosovo Norte.

Que Handke defienda al serbio de a pie no significa que esté amparando las carnicerías de los paramilitares que portaban estandartes y banderas serbias. Es cierto que hay un pasaje del libro que ciertamente puede ser malinterpretado: aquel en el cual, mientras el autor observa el cauce del río Drina en la frontera entre Bosnia y Serbia, reflexiona sobre la matanza de Sbrenica. Las víctimas bosnias de aquella matanza pueden sentirse ofendidas por ese párrafo en el que el filósofo austriaco pone en duda, no la realidad de la matanza en sí, sino las razones técnicas-operativas que podrían haber llevado a los paramilitares serbobosnios a perpetrar semejante barbaridad. Se comprende que los bosnios se ofendan con este pasaje, hasta el punto de acusar al autor de negacionista del genocidio. Pero, los que no somos bosnios y podemos alejarnos emocionalmente de los trágicos hechos que acontecieron en Sbrenica, deberíamos ser capaces de aproximar nuestra interpretación y contextualización del texto a aquella que Peter Handke quiso, en verdad, otorgarle, cuando escribió lo que escribió.

Yugoslavia fue creada artificialmente en base a unos movimientos geopolíticos particulares, y que fueron aquellos que alteraron la conformación de los Estados-nación de Europa tras las dos guerras mundiales. Mitificado desde Occidente, que lo veía como un país comunista afable, desarrollado y, sobre todo, alejado de la órbita soviética, Yugoslavia no dejó de ser nunca una tiranía comunista dirigida por un poderoso líder: Tito. Pero, más allá de los mitos, Yugoslavia fue un país sin nación, donde la identidad de sus habitantes no estaba monopolizada por la pertenencia a una supuesta etnia, raza o religión. La identidad del yugoslavo era plural y heterogénea, e iba más allá de esa concepción retrógrada de hechos nacionales aislados y herméticos que tanto había hecho sufrir a los balcánicos desde la irrupción del nacionalismo político, allá en el siglo XIX. Por primera vez en un siglo, el ciudadano yugoslavo no necesitaba identificarse con una supuesta nación; por primera vez en cien años no era clasificado, distribuido y jerarquizado según un supuesto “pecado original”. Eso no significa que el yugoslavo fuera un ente absolutamente libre de controles estatales (¡muy al contrario!), pero esos controles no implicaban una identificación nacional obligatoria.

Cuando Tito murió, los viejos nacionalismos, acallados durante décadas por la férrea mano de un comunismo que no sabía de patrias, no solo reverdecieron, sino que mostraron al mundo su lado más egoísta y salvaje. Tan salvaje que negaban derecho de ciudadanía a aquellos habitantes que no se ajustaran a un modelo racial que, lejos de ser real, había sido diseñado a propósito por esos nuevos dirigentes. Serbios que habían vivido durante siglos en tierras de Bosnia, se convirtieron de la noche a la mañana en ciudadanos de segunda o, lo que es más políticamente correcto, en una “minoría étnica”. Lo mismo sucedió con bosnios, croatas, kosovares… El crisol identitario yugoslavo era tan intrincado que hacía casi imposible crear naciones identitariamente puras, con fronteras perfectas. Aun así, los poderosos, ávidos de poder, lograron su objetivo, a costa de leyes segregatorias, desplazamientos masivos, batallas, matanzas, genocidios…

El error de Serbia no fue asesinar y matar a inocentes. Eso también lo hicieron otros criminales de guerra, como los paramilitares de inspiración ustacha que sembraron el terror entre los civiles serbios en Croacia. O los radicales bosnios y kosovares. El grave error que cometieron los dirigentes serbios fue el de alinearse estratégicamente con una Rusia, entonces menguante y debilitada, y no con un Occidente que, en el ocaso de la URSS cantaba loas al unilateralismo a ese neoliberal “final de la historia”. La incorrecta elección del bando internacional convirtió a Serbia en carne de propaganda y leyendas negras. En los Balcanes solo había unos lobos, y esos eran los serbios.

Peter Handke no pide justicia para Serbia, ni para los criminales de guerra que se escondieron detrás de su bandera, sino para los serbios y para todos aquellos que, por razones geopolíticas, fueron apuntados con el dedo acusador de la supuestamente superior moral occidental como los malos de una guerra que, como bien escribe el nóbel austriaco, fue orquestada desde fuera de los territorios yugoslavos. Su libro que evoca el viaje de invierno que realizó a Serbia durante la guerra es una elegía por un país, Yugoslavia, que por casi cinco décadas consiguió acallar las rencillas y ambiciones étnicas de diferentes grupos que se autodenominaban “naciones”, sin necesidad de destruir y homogeneizar los riquísimos recursos culturales que acumulaban esas tierras. El pesar de una anciana serbia que ya no puede comunicarse con sus amigos musulmanes, al otro margen del río Drina. El de otro ciudadano, que recuerda con dulzura las manzanas bosnias, cultivadas a pocos kilómetros de su hogar. El de cientos de miles de ciudadanos transformados, por obra y gracia de la propaganda occidental, en los paganos de una guerra que ni ellos iniciaron, ni jamás desearon.

El ejemplo de la Yugoslavia de Tito puede ser aplicado al de la España democrática. Tras la muerte de Franco, España, como Yugoslavia, evolucionó a un país sin nación, donde los recursos culturales que habían sobrevivido a décadas de rodillo nacionalcatolicista pudieron desarrollarse sin temor a ser arruinados. Donde los españoles no necesitaban de un himno con letra, ni de una bandera sagrada. Ni siquiera, desde las altas esferas de la nación, se exacerbaba un sentimiento de pertenencia a una patria, a una identidad pura. El español, al contrario del francés, o del alemán, era multívoco, plural, heterogéneo, chaquetero, bastardo y modesto. Pocos estaban orgullosos de ser españoles, tal vez, porque no había ningún tótem sagrado que sirviera de espejo deformado de una identidad unívoca, unitaria. Sin embargo, como en Yugoslavia, este país ibérico sin nación ha sufrido el cáncer de los ultranacionalismos, periféricos o centrales. Estos, ávidos de ambición por el poder, han manipulado a cientos de miles, millones de ciudadanos, prometiéndoles una falsa identidad pura, una falsa cultura nacional aislada y diferenciada, y unas falsas fronteras perfectas que delimiten y protejan a los buenos patriotas contra una plebe que, como diría Quim Torra, son “bestias”, esto es, animales sacrificables. Así como en Yugoslavia no había diferencias reales entre un croata o un serbio, en el País Vasco (o Cataluña) de hoy en día nadie podría diferenciar al vasco (o catalán) “aborigen” del español “invasor”. Pero eso no es obstáculo para generar clasificaciones y jerarquías poblacionales. Llegará el día en el que tú serás un vasco (o catalán) auténtico, y tú un ciudadano de segunda clase, sin derechos civiles o políticos. Los criterios no serán objetivos (nunca los han sido): los marcará el que ostente el poder, apoyado por viciados dictámenes de supuestos expertos; perros que comerán de la mano del gobernante, y recibirán luego una cátedra en alguna universidad.

España puede balcanizarse. Y el español que hasta hace poco tiempo ni siquiera se había dado cuenta de que era español, asumirá el rol del serbio, aquel que tuvo que cargar con el fardo de la culpa de la guerra, las torturas, los exilios forzados y los genocidios. Aquel que, aunque sufrió en su piel la ignominia de la guerra, nunca se le ha permitido quejarse. La elegía de otro país sin nación ha empezado ya a resonar, hace tiempo, dentro de las fronteras imperfectas que hoy en día, oficialmente, son declaradas como territorio español.

 

Los “blackface” y “minstrels” tras el cierre del paréntesis Gutenberg

El disfraz es atractivo porque permite, a través de la imaginación y las herramientas que ofrecen los ropajes y el maquillaje, transformarse, aunque sea solo durante unas horas, en otra persona… u objeto. La finalidad última del disfraz es la diversión, la desvinculación temporal con la vida rutinaria, llena de deberes y obligaciones. Y, en España, desde siempre, se ha utilizado el pigmento negro para dar color a nuestras teces, ya de por sí oscuras, cuando nos hemos enfundado un disfraz de aires africanos y orientales: de masai, de cazador de la selva ecuatorial, de Mil y una Noches… Bien podría haberse utilizado para tales efectos el único acompañamiento de una manta roja, taparrabos y lanza, o turbante y cimitarra… Pero la apropiación del personaje era completa cuando el color de la piel se asemejaba a aquel de los dueños originales de esas mantas, esas lanzas, esas cimitarras.

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Alberto Ruíz Gallardón disfrazado de rey Baltasar

Hasta hace un par de décadas la mayor parte de los reyes Baltasar que recorrían los pueblos y ciudades curante las tradicionales cabalgatas de los Reyes Magos llevaban una buena capa de betún en sus rostros, pues era el único recurso disponible en una sociedad española donde la tez negra no era aún muy usual. Todavía hoy en día, en ciertas regiones de España, la cabalgata es organizada por algún grupo específico del municipio (peñas, cofradías, miembros electos del ayuntamiento…) donde tal vez no encuentren un color de piel apropiado para caracterizar a Baltasar, y se precisa de maquillaje para que los niños puedan pedir sus regalos a un rey Baltasar como marca la tradición.

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El Equipo A

En los ya lejanos años 80, uno de los héroes televisivos que yo más admiraba era M.A Barracus de la serie “El Equipo A”. No solo me atraía el personaje, aquel fornido ex-soldado, capaz de construir cualquier vehículo (terrestre o acuatico, jamás volador) armado de un soplete y un pedazo de hojalata. Y también conducirlo temerariamente bajo el incesante fuego enemigo. O tal vez eran sus biceps musculados, o las toneladas de collares de oro que colgaban de su cuello. Pero también veneraba al M.A Barracus de carne y hueso, el de fuera del plató de televisión. Porque M.A Barracus era también el Mr. T de las revistas que, como Teleindiscreta, los chavales de la época devorábamos con pasión. En las entrevistas que se publicaban de Mr. T, el actor contaba cómo de dura había resultado su infancia. Y cómo esa terrible experiencia le había infundido amor y respeto por todos los niños del mundo… Muchos queríamos ser como M.A Barracus. Pero para eso, necesitábamos, además de un estrafalario peinado y unos collares de pega, oscurecernos el rostro con betún.

Hasta no hace muchos años no había nada malo en pintarse la cara de negro. Se hacía de manera inocente, sin la intención de herir la sensibilidad de nadie, pues ni siquiera existía  la percepción que el acto de teñirse de negro pudiera suponer una afrenta. Las caracterizaciones de los carnavales, de las cabalgatas de los Reyes Magos o de los fans de personajes negros (No solo M.A Barracus; también el aún negro Michael Jackson o Tina Turner con su salvaje melena…) formaban parte de la vida cotidiana y, de ninguna manera, se podían mezclar con actos de racismo u odio. Nadie criticaba al niño que, para disfrazarse de Steve Wonder, además de unas enormes gafas oscuras, se untaba la cara con témpera negra. No se buscaban segundas lecturas entrelíneas, más allá del verdadero significado de esa caracterización infantil, que eran, sin más, el juego y la admiración por un personaje famoso.

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Cartel anunciante de un “minstrel”, a principios de siglo XX. (Fuente: Strobridge & Co)

La historia de los rostros pintados de negro en Estados Unidos es más bien diferente. Los “blackface” de finales del XIX y principios del XX eran burlas despectivas hacia los ciudadanos norteamericanos de piel negra, que no hacía muchos años acababan de liberarse de las cadenas de la esclavitud. Actores blancos se disfrazaban de negros para, en actuaciones cómicas denominadas “minstrels”, denigrar a la raza negra a través de los estereotipos de la época. Hoy en día, en muchas regiones de EEUU pintarse la cara de negro equivale a rememorar esas actuaciones racistas, y la carga emocional que envuelve ese maquillaje está llena de polémicas y conflictos.

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Foto del Primer Ministro de Canadá, Justin Trudeau, disfrazado de Aladino, en una fiesta de disfraces de 2001

Recientemente, durante la campaña electoral  de Canadá, en la que Justin Trudeau se presentaba a la reelección como Primer Ministro, vieron la luz una serie de fotografías en las que se ve al político canadiense con el rostro pintado de negro en diferentes fiestas de disfraces. La polémica saltó al espacio público y no fueron pocos los medios de comunicación que le tildaron de racista. El tratamiento de la información no fue la misma en los medios anglosajones que en los francófonos. Los primeros, muy influenciados por la corriente cultural de los EEUU, interpretaron las fotografías de Justin Trudeau desde la órbita de los “blackface” y los “minstrels”, a pesar de que este tipo de espectáculos nunca se han representado en Canada. Desde Quebec, sin embargo, no se le dió apenas importancia al asunto de la pintura negra, y consideraron la publicación de esas fotos como una repugnante artimaña electoral que tenía como único fin el desprestigio del actual Primer Ministro. Ni unos ni otros, sin embargo, se pararon a imaginar cuáles fueron las verdaderas intenciones de los disfraces de Justin Trudeau quien, nada más publicarse esas fotografías, pidió disculpas a los cuatro vientos a todos aquellos que se podían haber sentido ofendidos.

El paréntesis Gutenberg  debutó con la invención de la imprenta, y ha visto su final más o menos abrupto, más o menos suave,  con la aparición de los medios digitales de edición y la publicación en redes sociales. Durante esta franja temporal de aproximadamente cinco siglos se han producido unos importantes cambios, no solo desde el punto de vista cultural, sino también en la constitución de las estructuras de pensamiento y manejo de datos, muy diferentes con respecto a las sociedades orales y caligráficas. Por ejemplo, el paréntesis Gutenberg fijó la autoría de las obras impresas (previamente casi toda la información que se manejaba procedía de fuentes anónimas), concibió una comunicación unívoca (dirigida desde el autor del libro impreso hacia el lector, al contrario de una comunicación oral, donde el oyente puede influenciar al orador), y una estabilidad textual (todos los volúmenes de una misma edición contienen el mismo número de páginas, y el mismo número de palabras) que no existía en la época de los juglares y los monjes copistas. Todo ello generó la percepción de que el texto impreso contenía la verdadera revelación de la expresión del autor. La labor del lector era, pues, descifrar de toda esa amalgama de signos ortográficos, aquello que el autor había querido realmente decir.

Con el final del Paréntesis Gutenberg el texto ha dejado de ser propiedad del autor. Cualquiera puede apropiarse de una fotografía, frase, video… y modificarlo. Además, el lector ya no tiene porqué escudriñar los sentimientos del autor de un poema, canción o novela, sino que es el mismo lector quien interpreta y contextualiza esas palabras escritas, según su experiencia, deseos y necesidades. Las intenciones reales del autor original desaparecen por completo en esa amalgama incesante de memes, opiniones 2.0 y cuentas de twitter. De toda esa masa informe de opiniones tan solo relucen aquellas que son más extremas, más polémicas, más agudas. La moderación se disuelve en los cientos de terabytes de información que se generan cada día. Es por ello que la voz de los ofendidos y de los trolls resuena con fuerza en el universo virtual de la World Wide Web.

Las libres reinterpretaciones y recontextualizaciones que ofrece la Segunda Oralidad no son signo de libertad de expresión, ni tan siquiera como una ampliación de las opciones de pensamiento que poseen los ciudadanos del mundo. Porque la Segunda Oralidad también coharta la libre expresión individual de los sentimientos y opiniones, que tienen que estar tamizadas, controladas y dispuestas de tal modo que no se conviertan en blanco fácil de los ofendidos y los trolls. No hay ampliación de la libertad de expresión en el cierre del paréntesis Gutenberg, sino más bien una traslación; de modo que la censura de los gobiernos se ha trasladado a la autocensura del propio individuo.

La colonización cultural de los Estados Unidos, no solo nos aporta fiestas de Halloween y anglicismos, sino que también asimilamos sus prejuicios, tabús y taras históricas. Así como nos adaptamos a sus pudores en cuestiones de exhibición sexual (como ejemplo, los bloqueos de cuentas de facebook donde se muestran pezones, aunque tengan un transfondo absolutamente no sexual), también estamos cambiando nuestro parecer entorno al tema del maquillaje negro. Poco importa si se trata de una diversión inocente, de un costumbrismo centenario, o incluso de un acto de respeto y admiración: ahora, cuando nos pintamos la cara de color negro resuena una única interpretación de ese gesto: la de los actores racistas norteamericanos de finales del siglo XIX que, maquillados de negro, despreciaban a las personas con piel de ese color.

 

Del “Spain, sit and talk” al “Let’s sit and talk, please”

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Pancartas colgadas por Tsunami Democratic en el Camp Nou (18-12-2019)

Hay veces que un slogan dice mucho más de quien lo ha compuesto, que de a quién va dirigido. En primer lugar, porque para su comprensión muchas veces exige aceptar una serie de convencionalismos y lugares comunes, que coinciden con los del emisor, pero pueden que no lo sean tanto para el receptor. En un tweet, por ejemplo, el autor impone su visión del tema sobre el que trata, el cual puede que no coincida con la del lector. Aquellos que son escritos con fines propagandísticos suelen contener, además, más falsedad que verdad. Un claro ejemplo de visión manipulada es el del “derecho a decidir nacionalista”: según su férreo doctrinario, se considera que todo demócrata debe aceptar que existe un derecho a decidir que en realidad se trata de un arma que la élite utiliza contra la plebe. Todo aquel que no esté de acuerdo con ese principio patricio, será juzgado como fascista indigno de derechos políticos.

Durante estos días de agitación, nervios y trincheras doctrinales, ha aparecido en Cataluña un movimiento supremacista cuyo objetivo es perpetuar en la sociedad catalana el malestar y la confusión generada por el frustrado proceso de independencia unilateral llevado a cabo por el huído Puigdemont, entre otros. Se hace llamar “Tsunami Democratic”, aunque de democrático tiene poco, como poco de democráticas tienen la República Popular Democrática de Corea, o la extinta República Democrática de Alemania.

Conocedores del valor del tweet, slogan o frase corta lanzada en el momento adecuado, los miembros del “Tsunami Antidemocratic” decidieron convertirse en protagonistas únicos del partido de fútbol que se jugó en el Camp Nou el pasado 18 de diciembre. Con veladas y no tan veladas amenazas, el “Tsunami Antidemocratic” exigió visibilidad de sus postulados ideológicos tanto en las gradas como en el cesped del campo culé. Para ello, quería obligar que se desplegara una pancarta donde se podía leer: “Spain, sit and talk”. Parece ser que con ese slogan los miembros del “Tsunami Antidemocratic” querían mostrar al mundo entero (pues ese partido se vió en las cadenas deportivas de todo el mundo) que el Estado español (sic) no está dispuesto a sentarse en una mesa de negociación con agentes que, al contrario de España, sí son democráticos (llámense Quim Torra, Carles Puigdemont o cualquier político que avale las tesis del independentismo catalán).

Sin embargo, como hemos comentado al principio, este slogan dice más del carácter e ideario del “Tsunami Antidemocratic” que lo que dice de ese Estado español corrupto y fascistoide. La brevedad de la frase ayuda a su análisis pormenorizado. Así, ese “Spain” con el que empieza la oración imperativa denota una disrupción entre emisor y receptor, que son considerados sujetos diferentes. Y cuando alguien, en una conversación, alude a una diferencia para con su contertulio, es para dejar clara la superioridad (racial, intelectual, cultural, moral) del primero sobre el interlocutor. Así, ese “Spain” disgrega el espacio de conversación en dos grupos, dos frentes, dos elementos antagónicos, y abre una controntación dialéctica en la cual el Tsunami Antidemocratic se sitúa en posición de superioridad.

Todo lo que venga después de “Spain”  solo incluirá y afectará a “Spain”. Por ejemplo, ese verbo “sit”. “Spain está obligada por imperativo (racial, intelectual, cultural, moral) a sentarse. No sabemos cual es la posición en la mesa de diálogo de Tsunami Antidemocratic. Puede que se siente. O puede permanecer de pie, como exigiría su status de superioridad. Incluso, podría subirse al altar sagrado de su incorruptibilidad moral para, desde esa posición de clarividencia, realizar un control paternalista a una “Spain” menor de edad.

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Un ejemplo de “sit and talk”. “The Holdout” de Norman Rockwell (1894-1978)

Tampoco está obligado Tsunami Antidemocratic a “talk”, pues el único que tiene que hablar es “Spain”. Del slogan se puede deducir que “Spain” no puede hablar libremente de cualquier tema, ni siquiera pronunciar una opinión personal. Tienen que repetir palabra por palabra todo aquello que Tsunami Antidemocratic quiere oir. Que Cataluña es una nación. Que los catalanes tienen derecho patricio a decidir. Que 46 millones de españoles deben quedar desprovistos de voz y voto en una decisión que les afecta tanto o más como a los españoles que viven en un territorio político-geográfico que Tsunami Democratic considera diferente, esto es, racial, intelectual, cultural y moralmente superior a las tierras plebeyas no catalanas. Si “Spain” se niega a aceptar esas condiciones, será tildada de fascista, antidemocrática.

Frente a ese “Spain, sit and talk” podría haberse diseñado otro slogan, mucho más integrador y menos imperativo como el “Let’s sit and talk, please”. El “Let’s”, en primer lugar, reduce la tensión autoritaria de la frase de Tsunami antidemocratic. Desaparecen los imperativos: ya no hay imposición, sino invitación. El “‘s” es agregante. “Nosotros” tenemos que sentarnos y hablar. Tu y yo. “Spain” y quien Tsunami Antidemocratic considere que no es “Spain”. Ese “‘s” no diferencia entre unos y otros; no coloca a unos en una posición de superioridad frente a otros. Así, cuando se invita a “sit”, todos se sentarán en la misma mesa. Y, además, todos hablaremos “talk”, de modo que nuestras ideas, opiniones y sentimientos no serán prejuzgados y triturados por un supuesto criterio de autoridad de Tsunami Antidemocratic. Como colofón a la frase, la incorporación de un “please”, como muestra de cortesía, elimina todo lo que de imperativo categórico podría todavía quedar en “Let’s sit and talk”.

Como hemos inciado este artículo, hay veces que una frase corta dice más del que la dice, que de aquel a quien va dirigida. El análisis que hemos realizado deja claro que Tsunami Antidemocratic es un grupo autoritario, con ínfulas supremacistas, cuyo objetivo es imponer mediante instrumentos no democráticos sus ideales a una inmensa mayoría de ciudadanos, a los que consideran seres inferiores desprovistos de todo derecho elemental en democracia.