Intolerantes: microrracismos, micromachismos, microhomofobias

Dante_Gabriel_Rossetti_-_The_Bride_-_WGA20108
La esposa (The beloved). Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)

Desde hace varios años vivimos en una especie de esquizofrenia hard, en la cual existe una clara discrepancia entre nuestros modos de pensar y los modos de expresar nuestros pensamientos. Así, todavía cogitamos según las estructuras adquiridas por las sociedades alfabetizadas mediante textos impresos, de manera que todo aquello que leemos en un libro, un panfleto o, mismamente, en este blog, lo asimilamos como si el contenido fuera estable (que lo es, en mucha medida, sobre todo en el papel impreso), unidireccional (del autor hacia el lector, sin que haya lugar a feed-back) y canónico (en el texto se reconoce indudablemente la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito). Sin embargo, la revoluciones tecnológicas en el ámbito de la cultura han ido demoliendo, desde los años 70, ese modelo de pensamiento “a lo Gutenberg” en el cual hemos sido educados, y en el cual todavía aún educamos a las futuras generaciones. Y es que el texto ya no es estable. Cualquiera puede apropiarse de una pieza de cultura para transformarla según sus deseos y necesidades, como podemos observar todos los días en los miles de memes que recibimos por mensajería instantánea y redes sociales. Además, sobre todo desde la aparición de la web 2.0, el lector puede interactuar, no ya solamente con el mismo el autor, sino también con miles de otros lectores, editores, supervisores de foros… Toda estas reinterpretaciones, recontextualizaciones y publicaciones de opiniones destruyen todo atisbo de canonicidad del texto impreso: este ya nunca más expresará la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito, sino de todos aquellos que lo leen.

Y es en este ecosistema cultural ciertamente esquizofrénico en el cual todos nosotros expresamos de manera más o menos libre nuestras opiniones e ideas. Creemos que estas dan forma y contenido a nuestros pensamientos más íntimos y verdaderos y que son recibidos por los demás de este modo. Sin embargo, no es así: en el momento en el que publicamos algo en un blog o una red social estamos corriendo el riesgo de que nuestro texto sea interpretado y contextualizado en modos muy lejanos de aquel que dio origen a nuestro primer impulso creador. Y, así, de una inocente (o no tan inocente) opinión política pueden extraerse una serie de interpretaciones racistas, machistas y homófobas que, en ningún momento, habían ni siquiera rondado por la mente dela autor.

Hay intolerantes. Estos se expresan clara y abiertamente, sobre todo en los actuales tiempos del populismo, donde un establishment analfabeto e inculto justifica, alienta e incita la cizaña. Ahora los intolerantes, libres de censuras, pueden expresar libremente su odio al moro o al negro; su convencimiento de que las mujeres son más débiles e intelectualmente inferiores a los hombres; o la idea mezquina de que el colectivo LGTB+ está enfermo. Los intolerantes siempre han existido, pero el discurso imperante en la sociedad coartaba la manifestación de sus opiniones. Ahora, desde los altavoces de la política, la ciencia y la cultura se les arenga a que escupan todo ese odio y esa rabia que han contenido durante décadas de “represión”, perpetrada a mano de hierro por los “buenistas”, las “feminazis”, y los “depravados sexuales”.

Pero hay que diferenciar la macrointolerancia que acabo de describir de esas microintolerancias que trufan la expresión pública de nuestras ideas y opiniones. Aunque no seamos, ideológica o emocionalmente, racistas, machistas o homófobos, hemos de comprender, aceptar y tolerar que parte de la estructura de nuestro pensamiento y, sobre todo, la expresión oral y escrita del mismo, viene condicionada por automatismos sociales que aprendemos desde nuestra infancia y que recuperamos un día tras otro en nuestra comunicación cotidiana con el otro. Y, dentro de esos automatismos sociales, hay algunos que, sin duda alguna, están influenciados por tendencias racistas, machistas u homófobas. No es que seamos intolerantes, ni siquiera que la misma sociedad sea intolerante, pero el Discurso que manejamos, aunque trata (o trataba hasta no hace mucho) de censurar la expresión de ciertos contenidos no tolerados, acepta ciertas formas de expresión de esas intolerancias. Hasta no hace mucho, muchas personas que hoy se escandalizan, reían con el sketch de Martes y Trece de “mi marido me pega”. No es que antes fueran unos apologistas del feminicidio y hoy unos activistas radicales contra la violencia machista. Es que el Discurso de época en la que se concibió ese sketch no había integrado este tipo de violencia dentro de su repertorio de censuras. No es que en 1991 fuéramos más machistas que en 2020, sino que en 1991 el marco epistémico en el que nos movíamos no imponía un tabú a los chistes de mujeres maltratadas. Y aún en 2020 existen ciertas expresiones toleradas que contienen, o se puede interpretar que contienen, microrracismos, micromachismos o microhomofobias. Las cuales se expresan libremente porque, como sucedía a Martes y Trece hace casi 30 años, no existe un tabú o censura que los elimine.

Nadie está libre, pues, de expresar o publicar una microintolerancia. Muchas veces no nos daremos ni cuenta, y tan solo cuando la reinterpretación y recontextualización de un receptor que sí haya descifrado esa microintolerancia llegue a nuestros oídos, entonces será cuando podremos analizarla y juzgarla. La respuesta que demos a nuestra microintolerancia no es única. Puede que aquel que la haya detectado sea un ofendidito que afee nuestra opinión hasta el punto de juzgar todo nuestro sistema de pensamiento a partir de esa minúscula pieza de información. Probablemente nuestra postura ante tal escarnio sea el de defensa y ataque; puede incluso que el sentimiento de indignación que nos provoque el ofendidito nos lleve a justificar a aquellos que defienden la expresión de macrointolerancias. No éramos machistas, pero el hecho de que una asociación antipatriarcado nos acuse de genocidas de mujeres por expresar ciertas dudas acerca de su ideario, puede llevarnos a abrazar el machismo más recalcitrante. Pero también puede suceder que aquel que ha decodificado la microintolerancia, lo exprese de modo tranquilo, justificado y nada hiriente. “¡Eh tú, cuidado! Fíjate lo que has dicho. Puede ser malinterpretado por alguien”. Es entonces cuando podemos asimilarlo y, así, aprender de nuestros errores.

Lo malo no son los microrracismos, los micromachismos o las microhomofobias. Que el que esté libre de culpa tire la primera piedra. Lo malo es interpretar esas microintolerancias como macrointolerancias que invaden todo nuestro sistema de pensamiento. Lo malo es no aceptar que, a veces, nos “pasamos de frenada” en nuestras conversaciones y publicaciones en redes sociales. Lo malo es, tanto el exceso (la macrointolerancia), como el defecto (la censura).

Pocos somos racistas, machistas y homófobos. Pero todos somos microrracistas, micromachistas y microhomófobos. No tenemos que rasgarnos las vestiduras, ni flagelarnos por ello. Pero tampoco aceptar esas debilidades como “inherentes de la naturaleza humana”, para así no corregirlas. Simplemente , comprenderlas, aceptarlas y, a través de ellas, mejorar como personas.

Revolución sexual y feminismo (y III): Las revoluciones posmodernas

A mediados de siglo (XIX) los doctores llegaron a comprender cómo funciona el mecanismo de la reproducción, lo que tuvo varios efectos: por un lado el útero dejo de ser la guía de la percepción médica de la vida femenina, y toda la atención se centró en los ovarios (…) (La) teoría del semen femenino sirvió durante siglos para justificar el derecho de la mujer a experimentar orgasmos (…) El descubrimiento del óvulo dejó claro que el orgasmo femenino era innecesario.
“Carmela ya no vive aquí: el viaje sin retorno de las mujeres españolas” de Lucía S. Naveros

Durante la Modernidad se han producido tres revoluciones que han reconfigurado el modo de sentir y vivir la sexualidad. Sin embargo, ninguna de esas revoluciones implicó una extensión del área permitida de sexualidad, sino que todas ellas desplazaron el espectro sexual de unas áreas de permisividad a otras. Algo que en el siglo XVI era considerado noble y honrado como, por ejemplo, el matrimonio por conveniencia familiar, en el siglo XX se había ya transformado en un tabú que violaba la intimidad del individuo y cercenaba su libertad de elección.

Durante la Modernidad se va a poner en cuestión el criterio de autoridad que siglos atrás atenazó el pensamiento europeo. El escepticismo humanista y el racionalismo cartesiano derribaron viejas supersticiones y, junto a ellas, cayeron algunos prejuicios vinculados con la sexualidad. Es por ello que las revoluciones sexuales modernas se centraron más en rebatir los modos sexuales de la Tradición que en reorganizar el control sexual ejercido desde el Poder. Así, la modificación de los hábitos sexuales interesó y benefició más a los hombres que a las mujeres, las cuales obtuvieron cierta cuota de libertad sexual solo porque era necesaria para implementar los nuevos espacios de sexualidad permitidos a los hombres (sexo pasional). La Tradición basculaba, pero el Poder salía indemne de las revoluciones modernas: al hombre se le seguían exigiendo las cuotas de penetración y la mujer no dejaba de ser considerada como mero receptáculo de esas penetraciones.

Los tiempos de Posmodernidad no son revolucionarios. O no lo son, por lo menos, según la definición moderna de “revolución”, esto es, un proceso de cambio social que abarca cuatro etapas: revolucionismo (definición ideológica), revolución (cambio violento u obligado por una minoría o mayoría social), revolucionando (extensión de los cambios a toda la sociedad) y revolucionado (culmen del proceso revolucionario). Las revoluciones posmodernas han hipertrofiado el revolucionismo y el revolucionando, a la vez que han debilitado la revolución, y han perdido la fe en un revolucionado perfecto. Por ello, los cambios sociales posmodernos son muy lentos pero, a la larga, mucho más eficaces y más amplios que los modernos. Así, el Poder durante la Posmodernidad sufre de continuas modificaciones “a pequeños” que transforman radicalmente a la larga su control social (porque eso es el Poder: un instrumento de control social pre y parademocrático). Entre los más importantes cambios sufridos por el Poder durante las revoluciones posmodernas están, sin duda, la ampliación de las cuotas de Poder en manos de las mujeres y la inclusión dentro de su Discurso de opciones sexuales que, antaño, se situaban en la marginalidad (LGTB). Y es que el Poder no es una estructura vertical, piramidal, donde unos señores muy poderosos ejercen su influencia sobre los más débiles. Eso también existe, y es poder, pero no poder con mayúsculas. El Poder es horizontal, donde todos los integrantes de la sociedad participamos, aunque no con la misma cuota.

El primer efecto de este nuevo reparto de las cuotas de Poder se puede observar, aunque todavía tímidamente, en ciertos logros feministas contemporáneos. Por una parte, la mujer deja de ser simbólicamente un objeto sexual, para así convertirse en persona sexualmente empoderada. Este cambio no se dio en las revoluciones de la modernidad: aunque entonces a la mujer se le otorgó un rol activo en la relación sexual, nunca dejó de ser catalogada como “objeto penetrable”. De objeto penetrable, pero activo, la mujer pasa a ser considerada como persona sexualmente empoderada. Esta transformación es vital, definitiva: la mujer se coloca al mismo nivel que el hombre en el acto sexual: el acoso sexual, las violaciones y micromachismos como los piropos ya no serán nunca más tolerados o justificados, pues éstos no son cometidos sobre un objeto, sino sobre un ser humano.

The-Game-is-Broomsticks-Sexist-1967-Advertisement
“El trofeo es… Broomsticks”. Publicidad de una marca de pantalones, en 1967

 

Por otra parte, aunque también tímidamente, se han empezado a cuestionar los paramecanismos de control social relacionados con la sexualidad masculina. Por ejemplo, los prostíbulos, nunca legalizados, mas nunca clausurados por orden judicial, se sitúan al margen de la sociedad. Allí acuden todas las noches cientos de miles de hombres para cumplir con sus cuotas de penetración exigidas por el Poder. Se tratan de penetraciones que rompen con el orden social establecido, pero que se toleran porque se realizan fuera de la sociedad ordenada. Las mujeres que ejercen allí la prostitución se encuentran tan invisibilizadas socialmente que son tratadas como verdaderos, y no solo simbólicos, objetos sexuales. De ahí la tolerancia de las autoridades hacia ese tipo de explotación física, psíquica y sexual. Sin embargo esta tendencia está revertiéndose: en la sociedad ya se ha aparcado el debate sobre la legalización de la prostitución, a la vez que empieza a reivindicarse una prohibición real y efectiva de la misma.

Pero las revoluciones sexuales posmodernas no solo han consolidado a la mujer como persona sexualmente empoderada. Un segundo efecto de esta transformación social viene del reconocimiento de otras sexualidades que antaño eran consideradas inmorales, incluso patológicas. La homosexualidad, bisexualidad, transexualidad… eran elementos tabú dentro del Discurso que ordenaba la sexualidad de la sociedad. Estaban excluidos de la normalidad. En la actualidad, sin embargo, el Discurso ha aceptado estas opciones sexuales y las ha incluido dentro del repertorio tolerado. Se trata, tal vez, de uno de los pocos ejemplos en los que el Poder no solo transloca el espectro sexual de su Discurso, sino que además, lo amplía. Huelga decir que otras opciones sexuales como el poliamor, el onanismo y la asexualidad también comienzan a encontrar su hueco dentro de ese sistema de control social.

Las revoluciones modernas alteraron la tradición sexual. Las posmodernas han modificado los esquemas del Discurso del Poder. Sin embargo, esta extensión-translocación de la sexualidad no la ha liberado completamente de los controles sociales. Todavía hay formas toleradas y censuradas de sexualidad. El incesto, la poligamia-poliandria, la pederastia y la zoofilia están prohibidos. Aunque nos parezca una restricción normal y lógica, tenemos que reconocer que está modelada por el Discurso del Poder. Desde lo más profundo de nuestra psique, éste nos coarta, configura nuestras estructuras básicas de pensamiento, de modo que si juzgamos abominable la zoofilia, no es porque lo sea per se (que también puede que lo sea), sino porque nuestros juicios de valor están controlados por el Poder. En otras geografías y en otros tiempos la poligamia y la pederastia estaban permitidas, incluso socialmente aceptadas, no porque estas personas no fueran unas depravadas (que también podían serlo), sino porque el Poder aceptaba estas prácticas dentro de su catálogo de sexualidad normalizada.

Como revoluciones posmodernas que son, esto es, sin imposición brusca y violenta y sin opción de futura completitud, las revoluciones feministas que conciernen a la sexualidad no tienen capacidad de transformar de manera rápida y absoluta su objetivo principal: el Poder. Es por ello que todavía no se haya borrado la representación de la mujer como objeto sexual (activo o pasivo). Pero esta morosidad no solo es fruto de las características de la revolución posmoderna, sino también de la naturaleza propia y el fin del Poder. Si las estructuras de control social dirigidas por éste se alteraran súbitamente, la sociedad que rige podría desarbolarse y perecer. Otros temas a discutir serían a) si merece la pena conservar esta sociedad cimentada sobre este Poder y este Discurso; y b) cuál es la alternativa que nos depararía su abolición.

Revolución sexual y feminismo (II): Las revoluciones modernas

Beloved revolutionary sweetheart
There will be no revolution
Without sexual revolution

Out of the bedroom
Into the streets
The bed is the last barricade
Of bourgeois life

The revolution is my boyfriend
The revolution is my girlfriend

Masturbation
Is counterrevolutionary
We need advancement of praxis over theory

The October-revolution was ruined
When it rejected free love
Heterosexuality
Is the opium of the masses

Relax! Think of the revolution
Put your Marxism
Where your mouth is

Give up your bourgeois fixation
On monogamy
And on fidelity

Baby Revolution. Stereo Total (Paris-Berlin, 2007)

Y sin embargo, la Tradición y el Discurso evolucionan: opciones sexuales que antaño estaban prohibidas son aceptadas por la sociedad y, al contrario, otras que bien podían considerarse como “normales”, reciben el grueso candado de un tabú. La historia de la sexualidad en Europa no es, por lo tanto, una unidad homogénea que haya permanecido invariable desde la adopción de la fe cristiana, allá en los remotos tiempos del alto medievo, hasta las transformaciones sociales contemporáneas. Tal vez sea cierto que formas y actos sexuales permitidos en tiempos antiguos (homosexualidad, pedofilia, incesto…) fueron prohibidos por la Iglesia Católica. Pero la historia de los mores sexuales europeos es fecunda en infidelidades, orgías y otros escándalos, incluso en los tiempos de las guerras religiosas, cuando la Reforma y la Contrarreforma asfixiaban los usos y costumbres de los europeos. Por ejemplo, se conjetura que el astrónomo Tycho Brahe murió durante una bacanal durante la que pretendía obtener el placer mediante la retención voluntaria de la orina. Si es cierta o no esta anécdota, poco importa; lo significativo es la idea de que, en el siglo XVII existían ese tipo de fiestas y actos placenteros.

Louise_Marie-Jeanne_Hersent_-_Daphnis_et_Chloe
Dafnis y Chloe. Louise Marie-Jeanne Hersent (1784-1862)

Tal vez hayan sido durante los tiempos de la Modernidad cuando la sexualidad haya sufrido una mayor transformación. El rechazo a la Tradición no habrá expandido en demasía el ámbito sexual permitido, pero ha traslocado su “locus”, de modo que hoy en día se permiten actos que antaño estaban censurados, y viceversa. La primera gran revolución sexual de la Modernidad tal vez sucedió durante el Romanticismo. Este movimiento reclamó el derecho personal del hombre a elegir su compañera sexual; el amor debía prevalecer a los intereses sociales y familiares. El tema de la libre elección de pareja sexual no era, sin embargo, novedoso; así, se pueden leer aventuras amorosas de esta índole a lo largo de toda la historia de la literatura europea anterior al Romanticismo: desde “Dafnis y Chloe” de Longo de Lesbos, hasta “Romeo y Julieta” de Shakespeare, pasando por una amplia y surtida colección de poemas amorosos de todos los estilos, épocas e idiomas. Lo que sucede en el Romanticismo es que el Discurso lo incorpora, lo normaliza. Si antes los enamorados debían esconder su amor clandestino de las miradas de las familias y allegados, los románticos ensalzarán esta forma de amor frente a la tradicional selección por conveniencia. El amor por el amor se legaliza (“Werher” de Goethe, “Cumbres borrascosas ” de Emily Brontë).

La revolución romántica modificaba la unión sentimental-sexual de un hombre y una mujer desde el punto de vista de la voluntad individual. Seguía, sin embargo, anclada en viejos clichés premodernos, como lo era la preeminencia de la heterosexualidad y la inviolabilidad del matrimonio. El Romanticismo libera al individuo y le otorga un manejo emancipado de sus sentimientos; pero la pareja seguirá atada a los usos y costumbres. Es por ello que lo romántico posee cierto toque naíf: el amor a primera vista dura toda la vida. El amor verdadero debe ser y es perfecto.

amour

Tras el subidón hormonal del Romanticismo, la libre elección de pareja sexual trajo una profunda decepción: el amor que debía durar toda la vida se agotaba mucho antes (“El amor dura tres años” de Beigbeder). La pareja que había sido elegida por amor se transformaba en una pesada losa, tanto o más que si la elección hubiera sido realizada por conveniencia. Y así, desde el momento de ese desengaño hasta la muerte, la persona debía convivir sentimental y sexualmente con otro ser hacia el que, muchas veces, ya no sentía ningún tipo de atracción. Momento pues, de las infidelidades.

La siguiente revolución sexual abrió la puerta a tolerar poseer/sucederse varias parejas sexuales a lo largo de la vida. El amor a la primera vista se transformó en pasión, la cual no obligaba a atarse de por vida a la persona por la que se había quedado prendado/a. Aunque la fidelidad conyugal siguió (y sigue) siendo un aspecto inquebrantable y no discutible, se permitía al hombre cumplir sus cuotas de penetración con tantas mujeres quisiera (o pudiera) hasta, por lo menos, el matrimonio. Junto con ella o, mejor aún, un poco más tarde sobrevino la (primera) liberación sexual de la mujer: a ella que, hasta entonces se le había desprovisto del derecho a gozar en las relaciones sexuales (era objeto pasivo, receptor del acto orgásmico de la penetración), se le abre la puerta a un deseo sexual que iba más lejos de la mera acción reproductora. Si el hombre goza, la mujer también. Y si el hombre tiene la obligación de cumplir unas cuotas de penetración, y el derecho a cumplirlas con múltiples mujeres; éstas obtenían, aunque sea de modo indirecto, el derecho a ser penetradas por placer (y no por reproducción). Las tecnologías de planificación familiar dejaron de ser un delito porque la sexualidad con fines no reproductivos fue incluida como práctica aceptable en el discurso oficial.

Sexualidad por amor, sexualidad por pasión, sexualidad femenina. Las revoluciones modernas han trasladado el concepto de sexualidad “normal” hacia estos espacios y formas, marginando otros que, antaño, eran los moralmente aceptados (matrimonio por conveniencia, pareja sexual estable de por vida, anorgasmia femenina). Sin embargo, todas estas modificaciones del espectro sexual han tenido como centro, objeto y fin al hombre, y no a la mujer. En la sexualidad romántica, era el hombre el que se desvinculaba de las obligaciones y convenciones; en la sexualidad pasional, los beneficios que obtiene la mujer son circunstanciales y subordinados a los del hombre. Faltaba, por lo tanto, dar un paso más en la revolución sexual , de modo que los hábitos contemporáneos se desvinculasen no solo de la vetusta Tradición, sino también del Poder, esto es, una liberación sexual centrada en la mujer.

Revolución sexual y feminismo (I): Tradición y Poder

La sexualidad, como todo elemento conformador del ser humano, ha precisado de una homogeneización y una normalización para así poder ser organizada y controlada por la sociedad. Tal vez en los tiempos presociales (que no prehistóricos, pues antes de la aparición de la escritura ya se sabe que los seres humanos vivían en grupos, clanes y familias) existía realmente una sexualidad liberada, esto es, una sexualidad no organizada. La necesidad de mantener lazos permanentes con otras personas exigió cambios en el comportamiento sexual. Así, dependiendo de la sociedad, dependiendo de las circunstancias en las que vivían las personas que la formaban, la sexualidad fue limitándose a un conjunto autorizado de ritos y procedimientos. Así, hay sociedades en las que no existe el concepto de matrimonio o pareja estable, y los hijos fruto de las relaciones sexuales son criados por la tribu. En estas sociedades probablemente no encajaría una pareja monógama que haya decidido criar por su cuenta a sus criaturas. Por contra, en otros lugares se exige la concreción por vía legal y espiritual del matrimonio entre un hombre y una mujer para poder establecer relaciones sexuales “morales”. Huelga decir, que en estos casos tampoco se toleraría ese supuesto “amor libre” tribal anteriormente descrito. Por muy permisiva que sea una sociedad, las opciones sexuales toleradas siempre serán mucho menos diversas que las censuradas.

La socialización de la sexualidad, posiblemente, nace en la Tradición. Ya sea por superstición, ya sea por práctica operativa, las primeras normativas acerca de la sexualidad aparecen en el mismo momento en el que nace la sociedad, en el mismo momento que un grupo de hombres y mujeres decide, bien de modo voluntario, obligado o por imposición violenta, hacer vida en común. Su creación, modificación y estabilización siguen las pautas de los “memes” de Richard Dawkins: solo triunfarán aquellas leyes restrictivas acerca de la sexualidad que son capaces de mantener al grupo unido y, por ende, que este sobreviva en el tiempo. Así, en nuestras sociedades, la  sexualidad intrafamiliar y monógama ha vencido a la sexualidad tribal y de múltiples parejas: no porque sea moralmente superior, sino porque las sociedades basadas en la familia  tuvieron más éxito que las estructuradas alrededor de la tribu.

El Poder, altamente imbricado con la Tradición, modificó esa primigenia forma de control sexual. Ofreció un discurso oficial acerca de la sexualidad, aceptado tanto por los hombres como por las mujeres, porque cuando aquí se habla de Poder con mayúsculas, se refiere a un poder horizontal, donde todos los ciudadanos tienen una cuota de poder, aunque éste no se reparte de manera democrática. Y el Poder con mayúsculas, en el caso de nuestra sociedad judeocristiana, entregó la mayor cuota de poder al sexo masculino. El Poder es machista, y con él la sexualidad se transformó, a partir de entonces, en un elemento de control social dirigido por hombres hacia/contra los mismos hombres y las mujeres.

Aparte de monógama y heterosexual, atributos de la Tradición, a la sexualidad se le añadieron otros que procedían del mismo Poder: así, la mujer era el elemento pasivo del acto sexual, carente de todo deseo y apetencia. La mujer no podía desear sexo, pues no estaba biológica o moralmente capacitada para ello. Por contra, al hombre se le atribuyó la parte activa de la sexualidad, el elemento dominante y deseante. La mujer no goza y no busca; el hombre goza y busca. Al hombre, por lo tanto, para mantener su status viril, se le exigía una cuota de penetraciones, de la que la mujer no solo se veía exonerada (en este caso, de cumplir una cuota de ser penetrada), sino que, además, su máxima virtud se ubicaba en la ausencia de ellas (Virgen María).

En una sociedad anclada en la Tradición y el Poder, como es la judeocristiana, la sexualidad no se podía exteriorizar. La exposición pública de la sexualidad era dañina para una sociedad asexuada. Por lo tanto, los actos correspondientes al sexo quedaban vinculados a la intimidad de la pareja y, si no era así, se situaban en la marginalidad, allá donde la sociedad ya no estaba y, por lo tanto, no podía verse manchada.

La sociedad de la Tradición y el Poder, a fin y a cabo sociedad premoderna, está vinculada a los verbos deber y hacer. No importaba lo que se pensara, o cuales fueran los sentimientos: la exteriorización del alma a través de los actos debía cumplir con la moralidad y la virtud. Y en este “deber hacer”, el sexo masculino sufría de una terrible y esquizofrénica dualidad: por una parte debía cumplir con una cuota de penetraciones pero, al mismo tiempo, esa obligación no podía alterar la convivencia asexuada de la sociedad. Las sociedades no pueden tolerar contradicciones, pues son fuentes de interminables crisis, revoluciones e involuciones que pueden acabar por destruirlas. Es por ello que el Poder necesita de instrumentos que absorban las contradicciones del sistema de control que él mismo ha impuesto. Además de “deber hacer”, también se “permite hacer”; y en ese permitir se cuentan las violaciones, violencia de género, la prostitución y, más recientemente, la pornografía. Todas ellas son para-mecanismos de control social que se sitúan a los márgenes de la misma. No son permitidos en el seno de la sociedad, pero se toleran si se ejecutan en la intimidad de la pareja o en sórdidos clubs de carretera.

La sexualidad no es el único elemento constitutivo de la persona que está homogeneizado y normalizado por la Tradición y el Poder. Desde nuestra forma de vestir hasta la alimentación, pasando por vivienda, salud, sueño, educación… todo ello ha sufrido una jibarización de opciones, de modo que, incluso los más transgresores, no se plantean ir mucho más allá de los límites establecidos. Algunos modos no autorizados están vigilados de cerca por el tabú (incesto, antropofagia…), pero otros se desembarazaron de esas cadenas y tan solo puede ser controlados por las leyes (pedofilia, drogas, okupación). Pero en la sexualidad, tal vez, es donde mejor se pueda observar ese reparto inequitativo de las cuotas de Poder entre el sexo masculino y femenino, así como los para-mecanismos (prohibidos pero tolerados) que neutralizan las contradicciones de un sistema que ha situado a la penetración como atributo ineludible de la virilidad en un ambiente poco propicio para su ejecución.

La Justicia fuera del Paréntesis Gutenberg

El sistema judicial con el que nos hemos provisto en las democracias liberales tiene unos fundamentos absolutamente modernos, fruto de la experiencia y del pensamiento de los siglos XVIII y XIX. Aunque encuentran sus raíces en el derecho romano, los códigos legislativos actuales funcionan según una ley escrita e impresa, que es aplicada, en principio, de modo riguroso, por el juez. Como modernos que son, los sistemas judiciales podrían considerarse basados en ideas positivistas, esto es, que aunque aún no se haya conseguido una ley perfecta y universal, válida para todos los individuos de todas las sociedades y todos los tiempos, ésta se conseguirá en un futuro más o menos cercano, gracias al uso de la razón.

El Paréntesis Gutenberg es esa franja teórica de tiempo, que va desde la invención de la imprenta de tipos móviles por Johannes Gutenberg hasta la aparición de los primeros sistemas digitales de manejo de la información. Durante ese corto periodo el texto impreso recibió un estatus de autoridad, aquél que había sido arrebatado a los doctores y sabios de la Antigüedad. El texto impreso era estable, podía ser leído por decenas, cientos, miles de personas sin que éste cambiara un solo punto, una sola coma (al contrario de la tradiciones caligráfica y oral, volubles e inestables). Pero, además, se atribuyó que todas las personas que leían un mismo texto interpretaban y contextualizaban el mismo de modo parecido, y que coincidían con las interpretaciones y contextualizaciones con las que había creado el autor esa obra. Por lo tanto, la ley impresa también debía de ser interpretada y contextualizada de modo similar por cualquier experto jurista que la leyera. El ámbito de interpretación de la ley por el juez era muy limitado: tan solo le quedaba libertad a la hora de interpretar los hechos que exponían las diferentes partes en conflicto.

Por otra parte, a ese criterio de autoridad que se atribuía al texto legal escrito, se le unía la autoridad que otorgaba el Estado al juez. Éste, dotado de un prolijo conocimiento de las leyes y de una personalidad estable y conciliadora, interpretaba los hechos que tanto parte acusadora como defensora le entregaban y, en base a esa interpretación, decidía cómo había que aplicar la ley. Nadie ponía en tela de juicio ni su honestidad ni sus conocimientos. Así como un paciente acepta que el médico es quien más sabe de su enfermedad, cualquier ciudadano de a pie era consciente de que el juez poseía información privilegiada a la que él nunca accedería (y si podía acceder, jamás podría llegar a comprender).

Sin embargo, el supuesto Paréntesis Gutenberg empieza a cerrarse, y la Justicia, como otros aspectos sociales de la vida del día a día, sufre sus consecuencias. Sufre las consecuencias de seguir funcionando del mismo modo que si el texto impreso fuera tan estable y canónico como lo era antes de la democratización internet y de los sistemas de edición digital de texto. Pero ya no lo es. En primer lugar, porque probablemente su solidez era una fantasía: todo abogado, todo legalista, todo juez siempre han interpretado y contextualizado las leyes según sus conocimientos y experiencia previa. No solo el juez interpretaba los hechos: también daba un sentido personal a la ley que había sido publicada en el BOE o en la Constitución. Pero es que, además, junto a la pérdida de autoridad del texto escrito y, por ende, de la ley impresa, el juez también se ha visto mermado de esa patina de incontestabilidad con la que durante siglos se vio reconocido. En una época en la que tenemos acceso a todo conocimiento, a toda información, nos creemos que estamos en derecho a contestar y rebatir a los profesionales. Todos somos un poco médicos, arquitectos, fotógrafos, abogados, políticos… Sin embargo, poseer información no es sinónimo de comprenderla y, mucho menos, de saber utilizarla de manera juiciosa. Más aún, el torrente de datos que todos los días nos ofrecen los periódicos digitales, las redes sociales y otros vehículos de información masiva, inhiben nuestra capacidad de contraste y crítica de los datos recibidos. Nos los creemos porque no tenemos tiempo para digerirlos. Y aun así, nos creemos en condiciones de atacar decisiones tomadas por expertos que han adquirido sus conocimientos en base a un análisis crítico.

Otro aspecto específico del fin del Paréntesis Gutenberg es el ilimitado derecho de ofensa que nos conceden internet y las redes sociales. Antaño, quien no estaba de acuerdo con la sentencia de un juez tenía dos opciones: aceptarla (y criticarla en el ámbito privado con su familia y allegados) o presentar una apelación en una instancia superior. Hoy en día existe una tercera vía: publicar su versión de los hechos (su interpretación y contextualización) a la opinión pública a través de las redes sociales. Publicar el agravio sufrido por un sistema judicial imperfecto. Él (o ella), que es tan buena persona, ha sido insultado por un juez (o jueza) al recibir semejante pena (o al no recibirla el acusado o acusada). Salvo excepciones, caerá en saco roto: la masa informativa que recorre internet es tan vasta y basta que casi nadie prestará atención a sus ofensas. Sin embargo, si acepta a convertirse en juguete manipulado de alguna causa justa, podrá recibir un eco mediático con el que jamás podría soñar. Y, desde entonces, una causa particular se transforma en causa pública, general, universal. Los hechos (tanto los sucesos que sucedieron antes del juicio, como el proceso judicial en sí) se manipulan, tegiversan y se transforman en relatos míticos del bien contra el mal, de la mujer contra el heteropatriarcado, de la minoría étnica contra el racismo… Una oleada de consternación y apoyo a la víctima de la sentencia judicial recorrerá la sociedad: la Justicia está podrida y hay que echar de la jurisprudencia a los jueces que han cometido tan vil ofensa.

No voy a negar que este cambio en el modo de ver la Justicia tiene su lado bueno: la sociedad puede así concienciarse acerca de injustas situaciones que hoy son moneda de cambio habitual, pero que mañana deberían ser erradicadas por completo. El caso de “La Manada”, por ejemplo, ejemplifica ese movimiento de rechazo a una decisión judicial que, además, visibiliza una violencia sufrida, muchas veces en silencio, por decenas de miles de mujeres en España. No dudo que la información vertida acerca de este tema en facebook y twitter está manipulada. Pero, visto los datos objetivos (y probados), no es necesario entrar en disquisiciones del procedimiento judicial para comprender que la sentencia ha sido muy liviana para los presuntos violadores (digo presuntos porque en estos momentos son, legalmente, abusadores).

Otro asunto es el de Juana Rivas. La sentencia que la condena a cinco años de cárcel y seis sin patria potestad está siendo utilizada por ciertas plataformas pro-Juana y anti-Juana para criticar a la Justicia por un supuesto machismo heteropatriarcal o una excesiva benevolencia con ella. Aparecen mensajes que acusan al marido de ser un cruel y despiadado maltratador, o un mal padre (de lo que, según los jueces, no hay evidencia), así como a Juana Rivas (o al entorno que le aconseja cómo actuar) de falso testimonio. Aparecen noticias en las que Juana Rivas habría dejado los hijos al supuesto cruel y despiadado ex-marido para irse de viaje de vacaciones con su nuevo novio. El caso está rodeado de propaganda a favor y en contra de ella y de él, de modo que llega un momento que no se sabe qué es verdad, y qué pura mentira. ¿Han actuado bien los jueces en este asunto? Tal vez, al contrario que en el caso de “La Manada” sea necesario conocer más a fondo el sumario, y poseer conocimientos legales especializados, para poder dar respuesta cabal a esta pregunta. Sin embargo, la sociedad se posiciona, a favor de uno o de otro. Pero siempre en contra de la Justicia, demasiado machista o demasiado feminista.

fake
Opinión aparecida en una noticia de “El Mundo” del 29 de julio de 2018. No existe constancia de tal viaje, por lo que se podría considerar claramente como un fake.

Mientras no se interprete la Justicia de otra manera diferente, ésta seguirá funcionando dentro Paréntesis Gutenberg en el que fue concebida. Una Justicia desajustada en un mundo que se mueve dentro de una Segunda Oralidad. No quedan ni siquiera las sombras de la estabilidad  y canonicidad del texto jurídico, si es alguna vez existieron. Además, las partes en conflicto aprovechan la democratización de la edición y publicación de información a través de internet y redes sociales para, a través de la opinión pública, alterar el criterio de jueces y fiscales. Si no lo consiguen, siempre podrán echar mano del victimismo y del sentimiento de ofensa, con el que, tal vez, sin obtener réditos legales, si se consigue cierta satisfacción psicológica. Es la pena a la que se ve sometida una justicia democrática, pero de clase, que aún no ha realizado una revolución más allá de la Modernidad.

 

 

 

Los límites del feminismo

“Hoy lo llaman a uno “machista” muchas mujeres que justamente lo son, al despreciar y denigrar a las de su sexo que no obedecen sus preceptos”.
Javier Marías

La lucha feminista no es un fenómeno nuevo. Ya desde la Ilustración, cuando los hombres iniciaron su camino hacia la emancipación individual, hubo mujeres, como Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft, que reivindicaron igualdad de derechos políticos. Era una época en la que la sociedad se dividía en estamentos sociales, cada uno con su propio código legislativo, de modo que las leyes que se aplicaban a un aristócrata no eran las mismas que la que afectaban a un clérigo o a un campesino. Las revoluciones políticas de los siglos XVIII y XIX trajeron esa unificación de códigos legislativos: todos los hombres son iguales ante la ley (y la ley es la misma para todos). Los viejos estamentos sociales fueron sustituidos por unos nuevos, en los que ya no se hacía distinción por estatus político y ley aplicada, sino por el nivel económico (burgueses y proletarios). Aun así, las mujeres poco se beneficiaron de toda esta tormenta revolucionaria, y siguieron supeditadas al varón en la mayor parte de aspectos de la vida política, legal, económica…

Fue en el siglo XX cuando la mujer obtuvo el mismo reconocimiento que el hombre en términos políticos. A partir de entonces no había ya leyes, en teoría, que diferenciaran entre sexos; las mujeres pudieron integrarse (aunque a paso lento) en las estructuras de poder de las naciones. Además, con el libre acceso a educación y trabajo, se emanciparon económicamente de la tutela masculina. Sin embargo, algo no funcionaba. A pesar de toda esa igualdad ante la ley entre sexos, la mujer permanecía anclada a roles sociales que estaban más cerca del siglo XVIII que del XXI.

Y es que la igualdad democrática, en la práctica de la vida diaria, posee una influencia muy limitada. La vida en sociedad es mucho más compleja que un puñado de normas escritas en los libros de políticos y juristas. Más aún, no hay código legislativo tan extenso y minucioso que sea capaz de reglamentar todas y cada una de las decenas de millones de formas de pensar y obrar individuales. La sociedad, democrática o no, va más allá del ámbito de decisión de los políticos. Influye la Tradición, que es un poder predemocrático, supuestamente previo a la constitución de la sociedad como tal, y que legisla sobre las almas de los ciudadanos. Influye el Poder, poder parademocrático (incluso predemocrático), que controla el Discurso de la sociedad: qué, de entre la vasta nube de información generada, se considera correcto y qué se margina en el rincón de la locura. Influye el Mercado, poder parademocrático, que rige los intercambios de bienes entre los ciudadanos. Aunque las leyes democráticas sean iguales para todos (y para todas), aún existen estructuras de poder (Tradición, Poder,  Mercado) que clasifican, segregan y alienan según modos no democráticos… independientemente del grado de democracia obtenido por la sociedad.

La mujer es una de las paganas de estos poderes parademocráticos y predemocráticos. La Tradición, el Poder y el Mercado son claramente machistas, pues han sido enfocados desde tiempos pretéritos hacia el hombre. Sitúan a la mujer en una posición de inferioridad. Es por ello que, aunque en materia de legislación todavía se puede trabajar más en pos de la igualdad, las nuevas luchas feministas no van ya tan dirigidas hacia las viejas reivindicaciones políticas del siglo XX. El feminismo del siglo XXI tendría como objetivo transformar, más que la democracia, esos poderes no democráticos previamente descritos.

Arduo trabajo el del feminismo, que debe luchar contra instituciones cuyos centros de decisión no se encuentran en el despacho de un presidente del gobierno, o en secretas reuniones de oscuros y poderosísimos hombres de negocios desde las que supuestamente mueven los hilos de la sociedad. Tradición, Poder y Mercado están descentralizados; no existe una cabeza que guillotinar como sucedía en las revoluciones modernas. Todos (y todas) formamos parte de ellos: somos a la vez protagonistas, instrumentos, víctimas y verdugos.

Arduo trabajo el del feminismo, porque carentes de enemigos concretos, es difícil definir una línea de acción efectiva. ¿Cómo atacar a una estructura como es la Tradición, que es la base de todos nuestros juicios y prejuicios? ¿Cómo modificar el Discurso, si nuestra cogitación se mueve en el correcto sendero que ha sido señalado por el Poder? Aquí radica el verdadero problema del feminismo. Porque, en suma, todos, salvo los dinosaurios, somos feministas en cuanto a que estamos de acuerdo en los objetivos. Pero donde no acertamos a ponernos de acuerdo es en el Enemigo a Batir.

Thérèse Dreaming, Balthus (Balthasar Klossowski) (French, Paris 1908–2001 Rossinière), Oil on canvas
“Thérèse Dreaming” por Balthus en 1938. New York Metropolitan Museum.

Siendo el feminismo un movimiento coral, cada cual elige, de entre todos los posibles objetivos, el que considere más conveniente. Así, hay quienes aún luchan incansablemente por mejorar las leyes democráticas. Otros se centran en el aspecto místico de la Tradición, acusando a las religiones de todos los males que aquejan a las mujeres. Otros, sin embargo, luchan contra el capitalismo, al que consideran vil, injusto y machista. Finalmente hay quienes buscan una mayor visibilidad, representatividad e inclusión para las mujeres, y piden la censura de ciertos artistas a los que se les acusa, con o sin razón, de machistas. Es cierto que la Iglesia Católica, como otras muchas iglesias y religiones, es machista y heteropatriarcal. Pero también es verdad que la religión, por lo menos en democracias liberales, ya no posee el monopolio de la Tradición. También el capitalismo, tal como se concibe hoy en día, posee unos valores que favorecen a los hombres frente a las mujeres. Pero el capitalismo tan solo es una manera de concebir el Mercado; el Mercado va más allá del capitalismo. La destrucción del capitalismo no conlleva obligatoriamente a la feminización del Mercado; peor aún, tal vez se masculinice más. Finalmente, tal vez “Lolita” de Nabokov no tendría cabida en muchas editoriales actuales, o ningún museo jamás accedería a colgar algún retrato infantil de un Balthus contemporáneo. Pero cerrar los ojos ante el machismo, el heteropatriarcado, o la pederastia (que es, de cierto modo, una perversión de los dos anteriores), no soluciona el problema; lo transforma en tabú, de modo que las pulsiones machistas seguirían existiendo, aunque se vehiculizarán de modo furtivo por canales paralelos a la sociedad abierta. Por lo tanto, tal vez, más que censurar esas obras de arte, habría que criticar, contextualizar e interpretar los textos y los cuadros. Y es que, por ejemplo, se puede leer el “Mein Kampf” de Hitler sin caer en las redes del nazismo, siempre que se realice con sentido crítico y ayudado de abundantes notas a pie de página que faciliten su comprensión. Lo mismo sucede con un poema antisemita de Quevedo o un ensayo machista de Rousseau.

No existe una interpretación unívoca del feminismo; cada interlocutor coloca en ese cajón desastre aquello que crea que más conviene a la causa. Así, el feminismo es anticapitalista, pacifista, ecologista, antiheteropatriarcal, laico, inclusivo, tolerante… e incluso animalista, antitaurino, vegetariano, vegano… Cada cual puede vivir e interpretar el movimiento feminista como mejor crea, pero en todo caso y en todo momento debe tener claro que su interpretación es propia, individual y no puede ser impuesta de ningún modo a otras personas. Porque tal vez yo sea feminista y de ningún modo se me puede negar mi adscripción a ese movimiento por no ser anticapitalista, ecologista o antitaurino. Y esa es la grandeza y la debilidad del feminismo. Grandeza, porque incluye a todos y todas los que creemos que todavía queda mucho por trabajar en pos de una verdadera igualdad. Debilidad, porque no existe un mínimo acuerdo que permita aunar fuerzas y energías en una sola dirección. Si así sucediera, el feminismo se aglutinaría alrededor de un solo conjunto de ideas; un grupo de personas  “elegidas” poseería el “derecho” de interpretarlas, así como de juzgar las aptitudes feministas y machistas de cada persona. Entonces el feminismo dejaría de ser un movimiento multívoco y se transformaría en ideología. Quizás, cuando eso ocurra, el feminismo dejará de ser feminista.

Sobre la excepcionalidad de la ley de violencia de género

Los estados (democráticos o no democráticos) se proveen de un corpus legislativo que, más bien que mal, asegura la estabilidad del sistema. Está basado en acontecimientos sucedidos en el pasado que causaron un daño a la integridad del estado, de un grupo social o de un individuo. A partir de la colección histórica de sucesos, los legisladores deben proyectar y pronosticar qué contenciosos sucederán en el presente y en el futuro de esa sociedad para así, por medio de leyes, tratar bien de evitarlos, bien de controlarlos. Sin embargo, por muy completo y minucioso que sea ese código legislativo, los actos presentes y futuros en el seno de una sociedad son, en gran parte, impredecibles. Y, a veces, ciertas actividades ilícitas no tomadas en consideración cuando se redactó la ley, toman una gran relevancia, hasta el punto que ponen en peligro la estabilidad del estado, la supervivencia de un grupo social, o de ciudadanos individuales. En una dictadura, en la que el ejecutivo tiene control sobre los jueces y legisladores, la ley se puede modificar a capricho de la circunstancia presente. No existen cortapisas constitucionales, ni grupos de presión que coaccionen la redacción, implantación y ejecución de esa nueva ley a medida. En una democracia, sin embargo, un cambio en el código legislativo no es tan rápido, pues precisa de un consenso social, político y judicial amplio. La lentitud de estas modificaciones a veces es exasperante, y muchos crímenes quedan sin “justo castigo”. Pero, por otra parte, esa calma legislativa permite analizar en frío los acontecimientos, para así evitar tomar medidas injustas o excesivas.

En los estados democráticos son necesarias las leyes excepcionales para manejar acontecimientos de gran calado y gravedad que no puedan ser controlados con el código legislativo estándar. Cuando las leyes son ineficaces frente actos graves de terrorismo, es preciso redactar leyes excepcionales que atajen ese fenómeno delictivo. Son ciertamente leyes a medida, similares a las promulgadas en estados dictatoriales: la diferencia es que, mientras en el segundo caso no hay que dar razón de las mismas, en el estado democrático, no sólo hay que justificarlas, sino que hay que limitar su uso al hecho delictivo en sí, y solamente mientras exista riesgo de delito. No se deberían utilizar las leyes excepcionales fuera de la excepción para la que fueron promulgadas, ni durante más tiempo de lo que dure esa excepción. Casos como el sucedido en Alsasua demuestran lo peligrosas que pueden a llegar a ser estas leyes si no son utilizadas con el rigor exigido.

La ley de violencia de género es un claro ejemplo de ley excepcional: ante la incapacidad del corpus legislativo de controlar al maltratador y dar amparo a la víctima, el estado se surte de un conjunto de normas que tratan de neutralizar este tipo de violencia. No es que la mujer quede impune en caso de que agreda a un hombre, ni que todos los hombres que golpeen a una mujer lo hagan bajo un supuesto machista. Pero en nuestra sociedad, en la que hay instalado un Poder machista (que no masculino), existe todavía una concepción patriarcal de las relaciones entre hombres y mujeres, donde las segundas estarían supeditadas a la voluntad de los primeros. La ley de violencia de género no castiga “con exceso” al hombre por pegar a una mujer: primero, le pena por esa agresión (tal como lo haría si hubiera sido una mujer) y segundo, añade a la sentencia un “extra” por aprovecharse de esa superioridad que supuestamente le otorga el hecho de ser hombre. En la violencia machista no hay una disputa entre iguales, sino que hay alguien que se sitúa (físicamente, moralmente, emocionalmente) por encima del otro. Y en este caso, siempre (o casi siempre) resulta que es el hombre.

La violencia machista forma parte, junto a la prostitución y la pornografía, de un conjunto de para-mecanismos de control por los que el hombre puede liberar ciertas tensiones que le impone el Poder. El hombre debe ser físicamente fuerte, algo que no se le exige a la mujer. Y tiene que demostrar su virilidad, en forma de cuotas de penetración, mientras que a la mujer se le exige justo lo contrario: desproveerse de todo deseo sexual. La violencia machista permitía antaño vehiculizar fuera de la sociedad esa obligación de fortaleza, pues ésta se encauzaba hacia la pareja: existía, pero no se veía; la violencia en el ámbito doméstico no desestabilizaba el Poder y la sociedad que controlaba. El empoderamiento de la mujer en los últimos años ha permitido socializar esa violencia machista que durante siglos formaba parte de muchas estampas familiares. Y con su socialización,  con ese vuelco hacia fuera del ámbito doméstico, se ha podido señalar y criminalizar esas actitudes.

Las leyes excepcionales deberían tener un objetivo: dejar de ser necesarias; ser abolidas en el menor tiempo posible. Y esto también atañe a la ley de violencia de género. Desconozco hasta qué punto son útiles los incrementos de penas de cárcel en los crímenes machistas: el delincuente no va a dejar de pegar a su mujer/novia/amiga porque esa acción pueda llevarle a la cárcel durante más años que si pega a un familiar/amigo. Probablemente es más efectiva la socialización de la violencia machista que lleva implícita esta modificación legislativa excepcional: las noticias en medios de comunicación, las campañas de concienciación, la pedagogía en las escuelas. Sin embargo, dudo de que la sociedad pueda desproveerse de ellas en un futuro cercano. Para ello hay que destruir ciertos para-mecanismos de control social, como lo son la exigencia de virilidad y los atributos de fuerza, poder y capacidad de sometimiento que esa concepción de la virilidad conlleva.

Uno de los signos que podremos observar en la antesala del final de esta ley excepcional será el cese de comentarios acerca de mujeres que acusan falsamente a sus parejas de maltrato para obtener ciertas ventajas legales. La acusación falsa existe en todos los ámbitos de la vida legal, y nadie se lleva las manos a la cabeza porque un porcentaje de denuncias a médicos o policías sean fraudulentas. El espacio que abre la ley de violencia de género no es una excepción, y siempre habrá personas que utilicen torticeramente esos resortes judiciales para su propio provecho. Da igual que sea un uno, cinco o diez por ciento, como tampoco pasa nada porque un uno, cinco o diez por ciento de las denuncias a médicos sean falsas: éstas se investigan, y si se demuestra su carencia de fundamentos, se rechazan. Por lo tanto, también podremos vaticinar el final de la ley excepcional de violencia de género cuando no sean necesarias manipulaciones estadísticas que traten de defender el buen nombre de esta ley (Ver noticia de El Mundo). Porque si fuera cierto que solo el 0,01% de las denuncias fueran falsas, y el 99,99% verdaderas, habría que plantearse introducir otra excepción en la ley: declarar culpable de maltrato al acusado automáticamente después de que el juez reciba la notificación. En caso de juicio, la tasa de error judicial aumentaría considerablemente por encima de ese 0,01%. Los fiscales pueden confundirse, los abogados manipulan las pruebas, y el juez no siempre es infalible (y si es falible, nunca alcanzará ese 99,99% de resoluciones correctas). Sin duda alguna, se trata de una mentira estadística: de ese dato habrán excluido, por ejemplo, las denuncias que nunca llegan a juicio porque se retiran: aunque no sé si son muchas o pocas (o si se retiran aun siendo verdaderas), seguramente alterarán esa cifra del 0,01%. Pero como hemos comentado previamente, poco importa si es el 0,01% o el 10%. Ya existen mecanismos no excepcionales para manejar la acusación falsa, proceda del ámbito que proceda. Lo que sí importa es que, noticias como esa nunca más sean necesarias: eso significará que se habrá normalizado así la importancia de la ley. Y cuando se normalice, probablemente deje de ser necesaria.

Sobre la polémica del autobús de “Hazte oir”

Pues no dan ni una
Autobús con la campaña de HazteOir. Fuente: Verne

En una anterior entrada del blog se explicaba la capacidad que tiene el Discurso para controlar de manera prelegal ciertas expresiones de nuestra conciencia. Pero el Discurso, sobre todo en las sociedades democráticas liberales, ofrece un amplio espacio donde la conciencia de cada cuál puede expresarse en libertad. Y es en ese espacio donde se deben conjugar las leyes que afectan a la libertad de expresión. Lo que no es tabú, puede ser legal, o ilegal. También, que es frecuente cuando aparecen polémicas en los medios de comunicación, las expresiones pueden situarse en una delgada línea entre lo permitido y lo prohibido por el Discurso, o entre lo lícito y lo reprimido por las leyes.

Desde un punto de vista legal, probablemente, no hay ninguna objeción a que este autobús pueda circular libremente por cualquier calle de España. El slogan que lleva serigrafiado, desde un análisis objetivo, probablemente no contraviene ninguna ley. El autor o autores de la campaña podrían, ante el juez, alegar que ese “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva” aparece en cualquier libro de anatomía o biología… ¿cómo prohibir la difusión de un mensaje que está apoyado en bases científicas? ¿se podría prohibir circular a un autobús con el cartel de “La tierra es redonda. Que no te engañen”?

Si se analiza desde un plano subjetivo, el mensaje de este autobús es más reprochable. Y es que intenta negar una realidad que, como su “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva”, tiene una base científica, y está completamente aceptada por la comunidad médica y psicológica mundial: la realidad de que, algunos niños y niñas presentan vínculo con una sexualidad diferente a la de sus órganos anatómicos. Un hecho que no es nuevo, o una moda impuesta desde colectivos LGTB, sino una problemática que, si bien ha permanecido tabú y prohibida por el discurso heterosexual y machista, hoy en día empieza a comprenderse, y a aceptarse.

Guerra ideológica. El heteropatriarcado, que ha monopolizado el Discurso durante siglos, trata de defender sus posturas, sus prohibiciones, frente a una mentalidad más moderna que trata de desmantelarlos. Tabús milenarios que no soportan la presión de los cambios socioculturales del siglo XXI (algo que no es novedoso, ni de reciente aparición: los tabús no son estables y atemporales, sino que se transforman con el tiempo). Voluntades de verdad incompatibles, pues el territorio de la verdad que una asume está velado en la otra. Discurso y paradiscurso, conflicto de ideas.

En temas como el de la transexualidad infantil que, durante tanto tiempo, ha permanecido enterrado en los pozos de la represión, es lógico que la sociedad tenga dudas, esté desorientada, no sepa qué camino es el correcto. Que un ciudadano de a pie crea que la transexualidad infantil no existe y, si existe, es un grave trastorno mental o una moda impuesta por los medios de comunicación, no es ignorancia, ni siquiera desinformación. Es, simplemente, que no ha tenido tiempo (ni ganas, ni fuerzas…) de reflexionar sobre un tema que, a veces, parece que queda muy lejos y es extraño a la vida de todos los días. Por mucho que se retire a cocheras ese autobús, seguirá existiendo un grupo, más o menos numeroso, de ciudadanos, que esté convencido que “los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva”. El hecho que se censure ese mensaje hará que, muchos de los que nunca habían reflexionado sobre ese tema, se refuercen en su ideario. Incluso los que hayan reflexionado y crean firmemente en ese slogan, podrán elevar su voz como víctimas de un supuesto “fascismo homosexualista”. Y es que la fuerza de la ley puede acallar ciertas expresiones, pero su censura no puede llegar a niveles tan profundos (prelegales, preconscientes) como lo hace el Discurso.

En nuestra sociedad hay cientos, miles de racistas, machistas, homófobos, xenófobos… que callan porque sus opiniones son tabús en el discurso oficial. Y muchos más ciudadanos que, sin serlo, se sitúan más cerca del paradiscurso que del Discurso. Ni unos ni otros encontrarán el modo de expresar libremente sus sentimientos y opiniones respecto a esos temas. Víctimas propicias de los populistas, que utilizan un lenguaje cercano a ellos, y que prometen revertir el sistema que les reprime. No nos sorprendan, pues, las victorias del “anti-stablishment”, encarnado en Trump, Le Pen o el Brexit. Cuando vence el paradiscurso racista, homófobo… de alguno de estos populistas, aquellos que se han sentido ultrajados y menospreciados por “lo políticamente correcto”, salen a las calles, inyectados de odio, a imponer su paradiscurso.

Por eso creo que, mientras ciertos comentarios se mantengan dentro de una legalidad y un mínimo respeto, éstos no deberían ser censurados o prohibidos, mas encauzados hacia un debate público, abierto y democrático. Dar la palabra al racista, al machista, o al homófobo, no es darle la razón. Es ofrecer la oportunidad de él que nos convenza. Y nosotros a él.

 

En contra de la gestación subrogada

Desde hace unas semanas los medios de comunicación dan cuenta de las diferentes discusiones internas que están llevando los partidos políticos para posicionarse a favor o en contra de una hipotética regulación de la gestación subrogada. Esta práctica (implantar un embrión en el útero de una mujer, la cual dará a luz un bebé que será reconocido por otros padres) ya es legal en unos pocos países del mundo, como la India o algunos estados de Estados Unidos. De hecho, hay muchas parejas que recurren a esta opción en el extranjero para lograr su objetivo de ser padres, el cual no pueden alcanzar con los medios que les ofrece la legislación española. Al ser la gestación subrogada una práctica ilegal según el código legal español, se producen muchos problemas para que el Estado acepte a estos niños como hijos legales de las parejas.

No voy a ser yo quien niegue a una pareja con problemas de fertilidad su derecho a ser padres, y a que recurran a todo lo que esté en su mano para conseguirlo. Pero creo que, antes de dar un voto a favor de la gestación subrogada, habría que ponerla en el contexto de la sociedad española contemporánea.

En primer lugar, pocas son las mujeres que aceptarán, de manera libre y voluntaria, ser utilizadas como portadoras del bebé de otra pareja. Si lo hacen, será porque reciben una remuneración económica. Siempre habrá las mujeres (amigas, familiares…) que lo hagan desinteresadamente, pero eso siempre será minoritario, casi testimonial. Y no se legisla sobre lo excepcional, sino sobre la normalidad. Por lo tanto, habría que preguntarse cuál es la razón que llevan a algunas mujeres a aceptar ese dinero. La respuesta es tajante: la pobreza. Las mujeres indias que paren hijos de otros forman parte del escalafón más bajo de la sociedad india. En Estados Unidos, “país de las libertades y oportunidades”, ser gestante subrogada es, a veces, el único medio que tienen algunas mujeres de salir de una situación de exclusión social y económica. Por lo tanto, las empresas que ofrecen gestación subrogada se aprovechan de la pobreza de las mujeres. Probablemente ninguna mujer de nivel económico desahogado aceptaría ser gestante subrogada; quizás sí, pero unas pocas, y a cambio de cantidades de dinero que la convertirían en una práctica más elitista y menos extendida de lo que está en la actualidad.

No sólo hay razones económicas. Y es que, la gestación subrogada se aprovecha del discurso machista de las sociedades contemporáneas, convirtiendo el cuerpo de la mujer en un mero artículo de libre intercambio comercial. Algo que no sucede nunca, salvo excepciones que no pueden ser utilizadas para atacar una regla general, con el cuerpo del hombre. Se mercantiliza el cuerpo de la mujer o, mejor dicho, aquello único que le diferencia del cuerpo de un hombre, que es su sexualidad. No es que se comercialicen los órganos sexuales de las mujeres (por ejemplo: en publicidad, prostitución y gestación subrogada) porque sean capaces de realizar una serie de funciones que nunca podrán ser llevadas a cabo por los hombres. Se comercializan porque el discurso machista (que no masculino) ha generado la posibilidad de mercantilizar esos atributos (y sólo esos atributos). Si la sociedad hubiera puesto un tabú, una barrera, a la explotación comercial del cuerpo femenino, la gestación subrogada no sería, ni siquiera, imaginable. Además, cabría preguntarse si, en caso de que los cuerpos de hombres y mujeres contaran con más diferencias anatómicas, también se discutiría sobre la liberalización del aprovechamiento de esas disimilitudes femeninas.

Existe una corriente de pensamiento, muy enraizada en la sociedad occidental, que entroniza la libertad individual por encima de todas las cosas. Que cree en la “autoregulación” de las sociedades y los mercados. Que cada cual debe decidir por sí mismo, y no por leyes externas a él, lo que puede hacer y no hacer con su cuerpo. Sin embargo, esta ideología libertaria y neo-con se derrumba y cae de bruces enfrente de… la simple y llana realidad. No existe autorregulación de los mercados, pues las leyes económicas son inestables, caprichosas y volátiles. Quien apela a la liberalización de los mercados, lo que está pidiendo es justamente lo contrario: que el estado ampare legislativamente a la gran multinacional, y retire los sistemas de protección social de los ciudadanos. Que ampare a los oligopolios de las iras de los ciudadanos indignados, y de amenazantes competidores ajenos. Lo mismo sucede con la sociedad: aquel quien pide la libertad absoluta, lo que está exigiendo es que le dejen implantar e implementar sus sistemáticas paralegales de coerción y restricción de libertades. Y generalmente, estas sistemáticas, sean del país que sean, sean de la cultura que sean, hablen el idioma que hablen, y honren al dios que honren, siempre funcionan del mismo modo: libertad para poder ser machista, racista e intolerante. Y actuar en consecuencia.

Por lo tanto, creo que en la actualidad no se dan las condiciones necesarias para garantizar la  completa libertad de la gestante subrogada. Pero eso no va a impedir que parejas, deseosas de tener descendencia, recurran a la gestación subrogada en otros países. ¿Qué hacer, pues, cuando éstas vuelven a España con su hijo o hija entre los brazos? Según lo expresado en este artículo, tal vez alguien piense que habría que denegarles la patria potestad, entregar la criatura a Asuntos Sociales, y encausar a la pareja por explotación de mujeres. Tratarles como a los pedófilos que abusan de menores en países de Lejano Oriente. Sin embargo la radicalidad nunca es buena política y, tal vez, aceptar unos hechos consumados sea la actitud más sensata.

El Discurso occidental sobre la mujer musulmana

El filósofo Michel Foucault, siempre tan certero, no se hace fácilmente entender por los legos, como es mi caso. Para asimilarlo mejor, he intentado desarrollar una para-teoría sobre sus conceptos acerca del poder y el discurso, con el fin de aplicarlo al tema que trato en este artículo.

En lo que se refiere al ámbito político-social-cultural, no es posible asimilar toda la verdad, todo el saber, toda la realidad de cierto tema. Ese saber puro, bruto, se situa externo a nosotros, impenetrable porque es informe, excesivo y desordenado. Un saber así, misterioso e inexcrutable, no puede ser poseido, controlado por la persona. Se siente, incluso, como una amenaza que puede llegar a destruirnos. Necesitamos, por lo tanto, ordenar y clasificar ese saber. Desaparecida esa madeja informe de datos incomprensibles, el saber se vuelve manejable, aprehensible… controlable.

Se dice que el conocimiento es poder; pero no hay conocimiento sin poder, por lo que habría que invertir los elementos de esa sentencia: el Poder es conocimiento. El Poder es conocimiento porque va a ser él quien, de todo el maremagnum caótico de un saber concreto, va a escoger ciertos datos, ciertas ideas, ciertas imágenes… un grupo reducido de elementos que, a partir de ese momento, van a representar exclusivamente a ese saber, a ese tema político-social-cultural. Todo lo que quede fuera de esa selección, sigue siendo saber, pero saber inútil, desordenado, incontrolable… del cual el Poder se va a deshacer, mediante bloqueos conscientes (tabús), o amnesias inconscientes.

El Poder no sólo va a elegir los datos, sino también las relaciones que se van a dar entre ellos. Todo ello conforma un saber limitado, comprensible, inteligible, que permitirá controlar el tema político-social-cultural en cuestión. A este conjunto de datos seleccionados por el Poder, y las relaciones que se entablan entre sí, se denomina Discurso. Quien controla el Discurso de un tema, controla el tema-en-sí, pues todas las teorías, refutaciones, críticas, tesis y antitesis que se desarrollen sobre ese tema van a utilizar, única y exclusivamente, los datos y relaciones contenidos en el Discurso. El saber ya no será una amenaza; todo el que crea utilizar un saber en contra del Poder, lo estará haciendo según las normas y directivas que el Poder ha impuesto a través del Discurso. Y todo aquel que utilice datos, ideas, imágenes ajenas al Discurso será ninguneado, menospreciado, silenciado. Se le llamará charlatán, populista… loco…

El Occidente moderno-postmoderno, cristiano-laico, liberal-conservador considera a los musulmanes como un tema externo, ajeno a él. Un tema político-social-cultural que es, además, un saber heterogéneo, inabarcable, amorfo. Peligroso y amenazante si no se controla. Occidente debe, pues, apoderarse de lo musulmán; dar forma y contenido a esa masa desmesurada de información que está contenida en los cientos de millones de musulmanes que viven, han vivido, y vivirán, lejos, cerca o mezclados con Occidente. El Poder occidental debe, pues, elegir de toda esa maraña del saber musulmán, aquellos datos, y aquellas relaciones, que le permitan crear un Discurso de lo musulmán. Un Discurso a través del cuál controlar lo musulmán.

Un claro ejemplo de este control discursivo sobre lo musulmán está en el trato que da Occidente al asunto de la mujer musulmana. La mujer musulmana representa para el Poder dos conjuntos de saberes externos a él: lo femenino y lo musulmán. Miles de millones de saberes femeninos que, unos junto con otros, se convierten en un  acúmulo de información imposible de descifrar. Cientos de millones de saberes musulmanes, igualmente de insondables, y de amenazantes. Se hace imperativo para el Poder, pues, elegir, de entre todo ese maremagnum de saberes, ciertos datos, ciertas ideas, ciertas imágenes, con las que crear un Discurso que elimine esa peligrosidad, esa incertidumbre… ese descontrol sobre la mujer musulmana.

Así, durante el siglo XIX y principios de XX, el Discurso occidental sobre la mujer musulmana giró en torno a su sensualidad e impudicia. Los autores europeos describían una sexualidad femenina musulmana que para nada tenía que ver con el férreo control al que se veían sometidas las mujeres europeas de la época. Harenes, serrallos, odaliscas, baile del vientre… La imagen de la mujer musulmana era la de un ser capaz de proporcionar placeres y experiencias que no estaban permitidos en Europa. Un sexo más primitivo, menos elaborado por los códigos sociales. Muchos europeos viajaban a Oriente Próximo para vivir en su propio cuerpo la carnalidad de la mujer musulmana de la que tanto versaban los poetas y pintores románticos.

1024px-jean_auguste_dominique_ingres_la_grande_odalisque_1814
La gran odalisca. Jean Auguste Dominique Ingres. 1814

El Discurso europeo sobre la mujer musulmana describía y catalogaba a la mujer musulmana, pero también la colocaba en una situación de inferioridad y, por lo tanto, de control. Frente a la impudicia de la mujer musulmana, se situaba el recato y la virtud de la mujer europea. La moralidad de la segunda era uno de los argumentos de los defensores de la superioridad racial y cultural de Europa. Ésta debía proteger su legado de las amenazas exteriores, y promover su acción “civilizadora” en esos pueblos extraños y bárbaros. Europa tenía que inculcar a la mujer musulmana los buenos hábitos y el decoro europeos.

Muchas cosas han cambiado desde el siglo XIX hasta hoy en día. La mujer es ahora partícipe del Poder occidental. Ya no es un saber externo a él, si no que, en parte, ha sido asimilado, e influye en el Discurso. Éste ya no habla de una mujer moral, vigilante de su intimidad, celosa de su honor. Se ha liberado, como el hombre, de los férreos preceptos que asfixiaban su sexualidad.

Por otra parte la supuesta sensualidad exótica que buscaban los viajeros decimonónicos se ha alejado geográficamente de Occidente; ya no está en Egipto, Persia o Siria, sino en Thailandia, Vietnam, Bali.

El Discurso decimonónico sobre la mujer musulmana y el contemporáneo sobre la mujer occidental se acercan. Existe el peligro que ambos Discursos se confundan, creando una inestable situación que equipara un Discurso de control interno (mujer occidental) con otro de control externo (mujer musulmana).

Cambio de Discurso. Modificación de datos, imágenes, ideas… Ahora la mujer musulmana no será nunca más sensual y libidinosa, encarnación de placeres nunca conocidos por los hombres occidentales. Muy al contrario, la mujer musulmana del siglo XXI será la mujer del burka, del niqab: reprimida, asexualizada, invisibilizada.

Resultado de imagen de woman with burka gallery fine arts
Cuatro gendarmes obligan a una mujer a quitarse el velo en una playa de Niza (Fuente: Vantagenews)

Diferente Discurso, misma función. Occidente deberá seguir protegiéndose de la barbarie que viene de tierras extrañas; del Magreb, de Oriente Próximo, de la Península Arábiga. Y deberá seguir tutelando a la mujer musulmana, la cual, presa de una sociedad primitiva y medievalizante, sufre la anulación física, psíquica y sexual.

En menos de un siglo el Discurso occidental sobre la mujer musulmana ha dado un giro de 180º; de ser un ser inmoral y sexual a principios del siglo XX, se ha convertido en una esclava de la virtud. Sin embargo, el objetivo de ambos discursos es el mismo; discriminar, infantilizar, manipular.

La mujer musulmana no es la sensual odalisca de los autores románticos, ni la sometida del burka de los periódicos de ultraderecha. Existe un Discurso que contiene un saber limitado y calculado sobre la mujer musulmana; sin embargo, el saber de la mujer musulmana es practicamente ilimitado, contenido en las millones de vidas que el Poder, aunque pueda llegar a dominar, nunca llegará a conocer.