Reflexiones sobre del doce de octubre (2020)

Lo que trajo Cristóbal Colón y no se enseña en los colegios
Lo que trajo Cristóbal Colón y no se enseña en los colegios

Creo que si ha habido una conquista occidental que se ha analizado desde una perspectiva crítica, esa es la española.

El genocidio indígena que perpetraron los conquistadores desde el siglo XVI hasta el XIX ha sido mirado por lupa por historiadores españoles o extranjeros (sobre todo ingleses, que tenían razones para extender una “leyenda negra” que suavizara los crímenes que ellos mismos cometían).

Ya Bartolomé de las Casas denunció los abusos cometidos sobre los indígenas. Mucho más contemporáneo, también está perfectamente estudiado, y reprobado el genocidio Selknam (aunque dudo que sea considerado como crimen español, podría englobarse dentro del ámbito de la “conquista occidental de Sudamérica”).

Es cierto que esta crítica de la conquista española de América es incompleta. Por ejemplo, queda, tal vez, analizar desde una perspectiva histórica el tráfico de esclavos por parte del imperio español, que ha permanecido oculto detrás de las barbaridades cometidas por portugueses, ingleses y franceses. Pero que existió, y fue brutal. Como que el mismo Bartolomé de las Casas, tan benefactor de los indígenas, impulsó el esclavismo africano.

En mi opinión, el problema no radica en la invisibilización de unos crímenes de lesa humanidad, cometidos en nombre de Dios o del progreso. No son los españoles los genocidios más censurados (acordémonos de los intentos de ocultación por parte de los británicos de la hambruna sistemática de Bengala de 1943, autorizada y dirigida por Sir Winston Churchill). Están ahí, en los libros de historia que manejan los niños de primaria y secundaria.

El verdadero problema se sitúa en la mitificación y mistificación del “Descubrimiento de América”, como evento histórico positivo; algo que se sigue realizando desde muchas instituciones políticas españolas. Es cierto que el primer viaje de Colón alteró, para siempre, las estructuras sociopolíticas y económicas del viejo continente, pero esta revolución no debería ser analizada exclusivamente como un avance de la Humanidad.

No necesitamos ni “leyendas negras” ni “historias nacionales”, ambas ellas manipulaciones históricas con las que ciertas movimientos políticos tratan de justificar su animadversión o su amor hacia una patria, una supuesta raza o una ideología política. Necesitamos una historia explicativa, lo más aséptica posible, que explique, mas no interprete, por qué somos como somos y por qué hemos llegado a donde hemos llegado.

Como alguna vez ya he escrito, llega un momento en el que los hechos históricos dejan de pertenecer a una comunidad concreta, y pasan a ser patrimonio de toda la Humanidad: las pirámides de Egipto, pero también las masacres de Gengis Khan. El Quijote, pero también los crímenes de la Conquista de América. La teoría de la relatividad, pero también los campos de concentración nazis. Humanos fueron los que crearon esas obras maravillosas, pero también humanos fueron los que cometieron esas barbaridades.

Cordones sanitarios contra Bildu y Vox, pero no contra los votantes de Bildu o Vox

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La nave de los locos. El Bosco (1450-1516).

La política española contemporánea se presenta como demasiado frentista, poco amiga de pactos o cesiones y, sobre todo, excesivamente volcada en la ortodoxia ideológica. Es por ello que se tienda a tildar de “extremista” a todo aquel cuyas ideas no coinciden con las del presunto “centrado”, pues todos tendemos a considerar nuestras opiniones como correctas y sanas y, por lo tanto, situadas en el centro de una supuesta balanza política. De este modo las arenas políticas de nuestro país se han llenado de fascistas, filoetarras, bolivarianos, estalinistas, franquistas y un largo elenco de “istas” que denotan la escasa tolerancia hacia el contrario.

No solo se acusa de extremismo a los líderes políticos que actúan como representantes de esas opciones ideológicas, sino a cualquier ciudadano que ose, por un solo momento de su vida electoral, a introducir en una urna un voto con una sigla concreta. Porque si el PSOE pacta con Podemos que pacta con Bildu, cualquiera que vote a los socialistas se transforma, por arte de magia, en un miembro del brazo político de ETA y, por ende, en un blanqueador de los crímenes que esta banda ha cometido durante décadas. Por otra parte, como C’s pacta con el PP que pacta con Vox, todos los votantes del partido de Inés Arrimadas se convierten en fachas adoradores de Francisco Franco. Cuando se hipertrofia el valor y las supuestas bondades de una ideología política, se niegan los defectos y limitaciones de la misma, y se exageran los defectos de los contrarios, se corre el riesgo de convertirse en un grotesco títere manejado a capricho por aquellos que mueven los hilos de su discurso político favorito.

Quizás en España existan dos sensibilidades políticas que sí puedan considerarse realmente “extremistas”: Bildu y Vox. No solo los ajenos, sino que los propios militantes de estas siglas aceptan, con honor y honra, esa etiqueta. Se tratan de dos partidos con posturas excesivamente marcadas e inamovibles, que crean un ambiente de hostilidad hacia el contrario. Esta intolerancia puede, incluso, como en el caso de Bildu, llevar a justificar, amparar y jalear acciones de neutralización y exterminación de aquellos que ellos consideran “enemigos”.

Desde un punto ideológico Bildu y Vox son diferentes. No hace falta más que ver el programa electoral de unos (izquierda radical) y otros (derecha ultraconservadora). Pero creo que, más allá de la ideología marxista de unos y la neoliberal de otros de otros, ambos comparten algo más importante que la teoría política que les separa, y eso es el método de hacer política y su empecinamiento por la eliminación de adversarios ideológicos en nombre de un supuesto bien mayor: Euskal Herria los primeros, España los segundos.

Cuando alguien que lleva viviendo cuarenta o cincuenta años en San Sebastián, por ejemplo, y sigue siendo considerado “extranjero” y “maketo” o, como sucedía no hace muchos años, es considerado “analfabeto” por no hablar euskera, poco le importan los programas económicos solidarios o de lucha contra el racismo del partido político que le insulta. Este lucharía contra el racismo, sí, pero a través la aniquilación de lo extraño, de modo que, una vez desaparecido el extraño, acabado el racismo: cruel hipocresía que no solo se tolera, sino que se aplaude desde algunos sectores sociales. Lo mismo sucede con esa encendida defensa de los españoles que toma como bandera Vox: ¿qué es ser español? ¿Quién es extranjero en una sociedad globalizada como la española? Como no existe una respuesta exacta y universal a estas dos cuestiones, los líderes de Vox se encargan de contestarlas según los criterios de españolidad que mejor les vienen a ellos.

Por eso no quiero que Bildu entre en el próximo Gobierno Vasco. Por eso quiero que se cree un cordón sanitario entorno a esas siglas, como se debería hacer también con Vox. No es posible un acuerdo moderado con ellos si no es cediendo y aceptando las posiciones  ultramontanas que tanto unos como otros defienden.

Y llegados aquí creo conveniente diferenciar a los votantes de Bildu o Vox de los dirigentes de Bildu o Vox.

Introducir un voto en una urna no te define ni como ciudadano ni como persona. La personalidad no queda impregnada automáticamente de todo aquello que afirman o recogen en su ideario los líderes de las formaciones políticas. La identidad de una persona va más allá de su elección de voto, como también va más allá de su raza, religión, equipo de fútbol, posicionamiento frente a la ciencia, lengua materna o, incluso si le gusta o no la piña en la pizza.

“Todos los votantes de Bildu/Vox son etarras, fascistas, tontos…”. Falso. La información que te da un voto no es lo suficientemente amplia como para llevar a cabo esas afirmaciones.

Todo lo contrario que los políticos de estas formaciones políticas. Porque ellos son líderes de opinión por el mero hecho de expresar en los medios de comunicación su afiliación a unos ideales recogidos en unos estatutos. Porque su parte privada queda en suspenso mientras se presentan públicamente como representantes políticos. La res política invade toda su personalidad, y es entonces cuando se puede lanzar calificaciones generalistas hacia Arnaldo Otegui o Santiago Abascal, acusándoles a uno de filoetarra y a otro de filofascista. Estas afirmaciones son juicios más o menos subjetivos, pero juicios, al fin y al cabo. Acusar de lo mismo a un votante de Bildu o Vox sería, por el contrario, un prejuicio.

Tengo amigos y compañeros de trabajo de Bildu. Son gente maravillosa en las que confío y con los que puedo discutir de asuntos políticos sin que nos sintamos ni ofendidos ni insultados. Ellos respetan mi punto de vista y yo el suyo. No conozco a nadie de Vox, pero seguro que también se daría la misma situación. Y si eso es posible, es porque el tema identitario vasco no está hipertrofiado artificialmente por políticos descerebrados (como es el caso del tal Torra en Cataluña) y no invade otros aspectos de la vida en sociedad, tan o más importantes que la política. En el momento en el que se le da excesiva importancia al ser/sentirse español, vasco, francés o canaco, entonces se rompe esa convivencia en la que diferentes pueden expresar libremente sus diferencias. Chomsky, Rowling, Atwood y otros que firmaron el manifiesto contra la intolerancia de la izquierda y la derecha tienen razón en criticar la excesiva rigidez ideológica que actualmente impide un franco diálogo entre contrarios, que no enemigos.

Por eso no quiero que Bildu entre en un gobierno. Por eso quiero que se cree un cordón sanitario entorno a esas siglas, como se debería hacer también con Vox. El acceso al poder de unos u otros generaría un clima de crispación artificial que desembocaría en una crisis social de consecuencias dramáticas e imprevisibles.

 

Globalización y nacionalismo

Ciertamente, los Estados-nación están en crisis. El concepto de soberanía nacional, que fue implantado en Europa cuando todavía resonaban los ecos de las últimas batallas de la Guerra de los Treinta Años, pierde vigencia en el mundo contemporáneo. Sin embargo, la construcción social basada en Estados-nación se trata de un paradigma que ha sobrevivido a múltiples crisis, ante las cuales ha sabido articularse y redefinirse para no perder así transcendencia. Y el momento actual no es una excepción.

Tal vez la mayor crisis vivida por este paradigma se produjo durante las revoluciones de los siglos XVIII y XIX. El Estado-nación clásico había sido diseñado ideológicamente en base a un solo soberano. Los monarcas europeos absolutos (con la única excepción de la monarquía parlamentaria británica) condensaban en su figura el poder soberano sobre un territorio demarcado geográficamente por unas fronteras, en aquella época bastante dudosas y muy lábiles. Previamente, antes del Tratado de Westfalia, en 1648, este poder estaba repartido en tres niveles: uno subnacional, en manos de una aristocracia todavía feudal; otro nacional, encarnado por el rey; y un último supra o transnacional, que era ejercido por el Papa de Roma. Los cambios socioeconómicos producidos en los últimas décadas, gracias a los descubrimientos geográficos; y el establecimiento de la Reforma de Lutero en varios estados del centro de Europa produjeron una profunda crisis en este sistema feudal, el cual fue sustituido, tal vez no sin muchos temores y dudas, por el del Estado-nación.

Durante las décadas que sucedieron a la Paz de Westfalia se fueron desarrollando argumentos intelectuales que apoyaban y fundamentaban ideológicamente esa transformación de la política europea. Así surgió el historicismo primitivo, basado en el análisis de la cultura del Estado-nación como un hecho único, exclusivo e irrepetible, solo reproducible dentro de las fronteras de dicho Estado-nación, y por las gentes autóctonas que, genética o racialmente, están destinadas a desarrollarlo. El historicismo cultural de Giambattista Vico o Johann Gottfried Herder ayudó a establecer, no solo unas fronteras políticas “naturales”, sino también a crear unos vínculos de unidad entre los súbditos que cumplían con las exigencias étnicas y culturales impuestas por estos protohistoricistas.

La caída de los monarcas absolutos podría haber acabado también con los Estados-nación. Porque durante las revoluciones liberales de los siglos XVIII y XIX desaparecen paulatinamente esas figuras absolutas que encarnaban el soberano del Estado-nación. Tras ellos, el soberano se fragmenta en cientos de miles, si no millones, de pedazos que son repartidos entre los ciudadanos de esas nuevas sociedades que empezaban a bostezar. Un modelo político como es el del Estado-nación, cimentado a hierro y fuego sobre las monarquías absolutas (un solo estado, un solo soberano) no tenía razón de ser en un nuevo modelo de soberanía compartida.

Sin embargo, tras el fracaso del ecumenismo ilustrado que forjó la Revolución Francesa y su primera constitución, ese protohistoricismo cultural que había sido desarrollado para sostener ideológicamente a los monarcas absolutos, fue reinterpretado con éxito en clave política por las facciones más conservadoras, no por ello menos modernas, de las Luces. Y fue así como nació el nacionalismo político, cuyos mimbres fundacionales son exactamente los mismos que los del historicismo cultural: unidad territorial “natural”, diferenciación étnica, mitificación de unos recursos culturales propios e intransferibles.  Para ello no dudo en manipular la historia para crear un modelo estandarizado de ciudadano-soberano, frente al cual todas las personas de una supuesta nación, bien se sentían identificadas, bien estaban obligadas a modificar su identidad para aproximarse a esa imagen. Aunque los criterios de homogeneización eran mucho más amplios, tal vez, por evidentes, hubo tres sobre los que se forjó el nuevo espíritu nacional: raza, lengua y religión. De este modo, el nacionalismo logró mantener la unidad del Estado-nación en un momento en el que se disgregaba el soberano. De estos tres, por lo menos en Europa, aún todavía el criterio de la lengua sobrevive como elemento fundador y segregador de naciones. El criterio racial se ha eliminado (oficialmente) por haberse convertido en tabú, y el religioso aún impera en ciertas regiones (Irlanda del Norte, Balcanes).

Tras la caída del muro de Berlín y el advenimiento (según la ideología neoliberal) del final de la historia, se inició un proceso político globalizador en el planeta. Las fronteras, hasta entonces herméticas y casi impenetrables, se transformaron en inoperantes aduanas que podían ser atravesadas, apenas sin trabas, por mercancías, capital y seres humanos. El paradigma del Estado-nación volvía a tambalearse: si en el siglo XIX sufrió la amenaza de la fragmentación del soberano, en el XXI se enfrentaba a una unificación transnacional de las economías, las políticas, las culturas y, hasta cierto punto, también las sociedades. La globalización, al transformar las fronteras en un elemento caduco, mostraba la debilidad de la idea de ese Estado-nación sobre el que se dibujaba el mapa político del planeta.

Globalización y nacionalismo se podrían considerar términos excluyentes. Pero eso solo sucede en la teoría. Porque, cuando ambos conceptos se aplican a la realidad política y social actual, no solo son capaces de convivir, sino que, además el primero potencia al segundo, y viceversa. La globalización naif de finales del siglo XX y principios de XXI ha sido sustituida por una supuestamente todorracionalista eliminación fragmentaria de bordes fronterizos. A pesar de su clamorosa asociación con el capitalismo más salvaje, la globalización primigenia abarcaba, no solo una libre circulación de bienes y capital, sino además, una normalización de las leyes, una apertura de fronteras a trabajadores extranjeros, un enrequicimiento cultural a partir de la comunión de múltiples recursos culturales sitos en diferentes países. La globalización iba a beneficiar a ricos y pobres, pues abría a todos ellos más oportunidades para medrar, enriquecerse y desarrollarse. Sin embargo, lo que nació como una globalización “global” pasó a transformarse en una globalización “parcial”, donde la única libertad de movimientos quedaba restringida a los bienes y capital. De este modo, la globalización solo beneficia a las élites: a aquellos que poseen más capital, más conocimientos o están más preparados para competir. Las clases altas y medias-altas prosperan. La clase media empobrece. La clase baja debe competir por las migajas de las ayudas sociales con unos inmigrantes, legales o ilegales, que malviven en peores condiciones. La confianza en la globalización neoliberal y elitista se resquebraja en el seno de una sociedad que, sin embargo, ya se ha convertido en dependiente de sus productos (teléfonos móviles inteligentes, monopolios de venta on-line, redes sociales…). El sistema está en crisis, y la globalización necesita de un buffer que sea capaz de neutralizar el malestar de las masas abandonadas y encolerizadas. Y ahí entra en juego el nacionalismo.

El político nacionalista arengará contra la globalización, acusándola de elitista. Pero a su vez, se dirigirá únicamente hacia un grupo de ciudadanos a los que ese político nacionalista atribuirá una supremacía moral, étnica, cultural… frente a una vasta plebe de rufianes y ladrones, cuyo únicos objetivos son tanto crear sensación de inseguridad en el ciudadano medio como destruir la nación que las buenas gentes tanto aman. El nacionalismo ofrece aquello que la globalización niega a las masas: sentimiento de superioridad. Gracias a ese sentimiento, las masas, no solo dormirán tranquilas, satisfechas por haber nacido en lugar concreto, hablar cierta lengua, o adorar a cierto dios, sino que esa satisfacción anestesiará los sentimientos contrarios a la globalización neoliberal. La élite global se unirá así a la élite nacional en contra de sus enemigos comunes: los metecos, los desposeídos, los marginados.

Ciertamente, los Estados-nación están en crisis. Pero la nueva articulación de este paradigma, a través del cual la ideología nacionalista se centra en alimentar un sentimiento de elitismo y superioridad, no solo le salva, sino que, al ir de la mano del poder económico y político reinante, que es el globalismo neoliberal, el nacionalismo se vigoriza, gana adeptos, pero, a la vez también, desgraciadamente, rompe comunidades antaño conciliadas. La globalización azuza el identarismo tribal y, con ello, desplaza el malestar de las gentes más humildes, que ya no odiarán a Uber, Amazon o Tik Tok, sino al español que vive en Cataluña, al magrebí que trabaja de jornalero en El Éjido, o al profesor donostiarra al que más pronto que tarde desterrarán de su ciudad por no hablar correctamente euskera.

Yugoslavia: elegía por un país sin nación

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Muchas páginas acusatorias se han vertido contra Peter Handke tras la publicación de su ensayo-libro de viaje “Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Morava, Save y Drina, o justicia para Serbia”. Desde periódicos de diferentes sensibilidades hasta las voces intelectuales más respetadas, pasando por organizaciones no gubernamentales y políticos de turno, todos ellos han dictaminado que las páginas del libro Peter Handke son un panfleto destinado a justificar las barbaridades que las autoridades serbias y serbo-croatas cometieron durante las terribles guerras de los Balcanes.

Nada más lejos de la realidad.

Una lectura sosegada y desprejuiciada de este corto ensayo mostrará al lector que Peter Handke en ningún momento trató de rebajar las responsabilidades de los señores de la guerra serbios, pero sí, y esto es cierto, quiso descargar a la población de Serbia de la gran losa de culpa que la comunidad internacional había lanzado contra ella. Porque gran parte de la opinión pública, sobre todo en Europa y Norteamérica, convirtió a los serbios en “lobos”, cazadores sin escrúpulos de inocentes croatas, kosovares o musulmanes bosnios. Como si el serbio, por haber nacido de esa condición (o, mejor dicho, por haber sido clasificado social y políticamente desde su nacimiento como tal), poseería un irrefrenable odio por los no-serbios, a los que trataría con inusitada crueldad y desprecio. El lobo serbio sería así responsable de todas las matanzas de inocentes civiles no-serbios que se perpetraron en esta guerra. Pero también la maldición de su estirpe justificaría acciones deletéreas que los no-serbios lanzaron contra ellos: matanzas de civiles serbios (como la de Kazani, cerca de Sarajevo), éxodos masivos (Krajina), bombardeo de civiles a la fuga (Mjha) o aparheids de facto, internacionalmente  promovidos y aceptados, como sucede, todavía hoy en día, en Kosovo Norte.

Que Handke defienda al serbio de a pie no significa que esté amparando las carnicerías de los paramilitares que portaban estandartes y banderas serbias. Es cierto que hay un pasaje del libro que ciertamente puede ser malinterpretado: aquel en el cual, mientras el autor observa el cauce del río Drina en la frontera entre Bosnia y Serbia, reflexiona sobre la matanza de Sbrenica. Las víctimas bosnias de aquella matanza pueden sentirse ofendidas por ese párrafo en el que el filósofo austriaco pone en duda, no la realidad de la matanza en sí, sino las razones técnicas-operativas que podrían haber llevado a los paramilitares serbobosnios a perpetrar semejante barbaridad. Se comprende que los bosnios se ofendan con este pasaje, hasta el punto de acusar al autor de negacionista del genocidio. Pero, los que no somos bosnios y podemos alejarnos emocionalmente de los trágicos hechos que acontecieron en Sbrenica, deberíamos ser capaces de aproximar nuestra interpretación y contextualización del texto a aquella que Peter Handke quiso, en verdad, otorgarle, cuando escribió lo que escribió.

Yugoslavia fue creada artificialmente en base a unos movimientos geopolíticos particulares, y que fueron aquellos que alteraron la conformación de los Estados-nación de Europa tras las dos guerras mundiales. Mitificado desde Occidente, que lo veía como un país comunista afable, desarrollado y, sobre todo, alejado de la órbita soviética, Yugoslavia no dejó de ser nunca una tiranía comunista dirigida por un poderoso líder: Tito. Pero, más allá de los mitos, Yugoslavia fue un país sin nación, donde la identidad de sus habitantes no estaba monopolizada por la pertenencia a una supuesta etnia, raza o religión. La identidad del yugoslavo era plural y heterogénea, e iba más allá de esa concepción retrógrada de hechos nacionales aislados y herméticos que tanto había hecho sufrir a los balcánicos desde la irrupción del nacionalismo político, allá en el siglo XIX. Por primera vez en un siglo, el ciudadano yugoslavo no necesitaba identificarse con una supuesta nación; por primera vez en cien años no era clasificado, distribuido y jerarquizado según un supuesto “pecado original”. Eso no significa que el yugoslavo fuera un ente absolutamente libre de controles estatales (¡muy al contrario!), pero esos controles no implicaban una identificación nacional obligatoria.

Cuando Tito murió, los viejos nacionalismos, acallados durante décadas por la férrea mano de un comunismo que no sabía de patrias, no solo reverdecieron, sino que mostraron al mundo su lado más egoísta y salvaje. Tan salvaje que negaban derecho de ciudadanía a aquellos habitantes que no se ajustaran a un modelo racial que, lejos de ser real, había sido diseñado a propósito por esos nuevos dirigentes. Serbios que habían vivido durante siglos en tierras de Bosnia, se convirtieron de la noche a la mañana en ciudadanos de segunda o, lo que es más políticamente correcto, en una “minoría étnica”. Lo mismo sucedió con bosnios, croatas, kosovares… El crisol identitario yugoslavo era tan intrincado que hacía casi imposible crear naciones identitariamente puras, con fronteras perfectas. Aun así, los poderosos, ávidos de poder, lograron su objetivo, a costa de leyes segregatorias, desplazamientos masivos, batallas, matanzas, genocidios…

El error de Serbia no fue asesinar y matar a inocentes. Eso también lo hicieron otros criminales de guerra, como los paramilitares de inspiración ustacha que sembraron el terror entre los civiles serbios en Croacia. O los radicales bosnios y kosovares. El grave error que cometieron los dirigentes serbios fue el de alinearse estratégicamente con una Rusia, entonces menguante y debilitada, y no con un Occidente que, en el ocaso de la URSS cantaba loas al unilateralismo a ese neoliberal “final de la historia”. La incorrecta elección del bando internacional convirtió a Serbia en carne de propaganda y leyendas negras. En los Balcanes solo había unos lobos, y esos eran los serbios.

Peter Handke no pide justicia para Serbia, ni para los criminales de guerra que se escondieron detrás de su bandera, sino para los serbios y para todos aquellos que, por razones geopolíticas, fueron apuntados con el dedo acusador de la supuestamente superior moral occidental como los malos de una guerra que, como bien escribe el nóbel austriaco, fue orquestada desde fuera de los territorios yugoslavos. Su libro que evoca el viaje de invierno que realizó a Serbia durante la guerra es una elegía por un país, Yugoslavia, que por casi cinco décadas consiguió acallar las rencillas y ambiciones étnicas de diferentes grupos que se autodenominaban “naciones”, sin necesidad de destruir y homogeneizar los riquísimos recursos culturales que acumulaban esas tierras. El pesar de una anciana serbia que ya no puede comunicarse con sus amigos musulmanes, al otro margen del río Drina. El de otro ciudadano, que recuerda con dulzura las manzanas bosnias, cultivadas a pocos kilómetros de su hogar. El de cientos de miles de ciudadanos transformados, por obra y gracia de la propaganda occidental, en los paganos de una guerra que ni ellos iniciaron, ni jamás desearon.

El ejemplo de la Yugoslavia de Tito puede ser aplicado al de la España democrática. Tras la muerte de Franco, España, como Yugoslavia, evolucionó a un país sin nación, donde los recursos culturales que habían sobrevivido a décadas de rodillo nacionalcatolicista pudieron desarrollarse sin temor a ser arruinados. Donde los españoles no necesitaban de un himno con letra, ni de una bandera sagrada. Ni siquiera, desde las altas esferas de la nación, se exacerbaba un sentimiento de pertenencia a una patria, a una identidad pura. El español, al contrario del francés, o del alemán, era multívoco, plural, heterogéneo, chaquetero, bastardo y modesto. Pocos estaban orgullosos de ser españoles, tal vez, porque no había ningún tótem sagrado que sirviera de espejo deformado de una identidad unívoca, unitaria. Sin embargo, como en Yugoslavia, este país ibérico sin nación ha sufrido el cáncer de los ultranacionalismos, periféricos o centrales. Estos, ávidos de ambición por el poder, han manipulado a cientos de miles, millones de ciudadanos, prometiéndoles una falsa identidad pura, una falsa cultura nacional aislada y diferenciada, y unas falsas fronteras perfectas que delimiten y protejan a los buenos patriotas contra una plebe que, como diría Quim Torra, son “bestias”, esto es, animales sacrificables. Así como en Yugoslavia no había diferencias reales entre un croata o un serbio, en el País Vasco (o Cataluña) de hoy en día nadie podría diferenciar al vasco (o catalán) “aborigen” del español “invasor”. Pero eso no es obstáculo para generar clasificaciones y jerarquías poblacionales. Llegará el día en el que tú serás un vasco (o catalán) auténtico, y tú un ciudadano de segunda clase, sin derechos civiles o políticos. Los criterios no serán objetivos (nunca los han sido): los marcará el que ostente el poder, apoyado por viciados dictámenes de supuestos expertos; perros que comerán de la mano del gobernante, y recibirán luego una cátedra en alguna universidad.

España puede balcanizarse. Y el español que hasta hace poco tiempo ni siquiera se había dado cuenta de que era español, asumirá el rol del serbio, aquel que tuvo que cargar con el fardo de la culpa de la guerra, las torturas, los exilios forzados y los genocidios. Aquel que, aunque sufrió en su piel la ignominia de la guerra, nunca se le ha permitido quejarse. La elegía de otro país sin nación ha empezado ya a resonar, hace tiempo, dentro de las fronteras imperfectas que hoy en día, oficialmente, son declaradas como territorio español.

 

Del “Spain, sit and talk” al “Let’s sit and talk, please”

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Pancartas colgadas por Tsunami Democratic en el Camp Nou (18-12-2019)

Hay veces que un slogan dice mucho más de quien lo ha compuesto, que de a quién va dirigido. En primer lugar, porque para su comprensión muchas veces exige aceptar una serie de convencionalismos y lugares comunes, que coinciden con los del emisor, pero pueden que no lo sean tanto para el receptor. En un tweet, por ejemplo, el autor impone su visión del tema sobre el que trata, el cual puede que no coincida con la del lector. Aquellos que son escritos con fines propagandísticos suelen contener, además, más falsedad que verdad. Un claro ejemplo de visión manipulada es el del “derecho a decidir nacionalista”: según su férreo doctrinario, se considera que todo demócrata debe aceptar que existe un derecho a decidir que en realidad se trata de un arma que la élite utiliza contra la plebe. Todo aquel que no esté de acuerdo con ese principio patricio, será juzgado como fascista indigno de derechos políticos.

Durante estos días de agitación, nervios y trincheras doctrinales, ha aparecido en Cataluña un movimiento supremacista cuyo objetivo es perpetuar en la sociedad catalana el malestar y la confusión generada por el frustrado proceso de independencia unilateral llevado a cabo por el huído Puigdemont, entre otros. Se hace llamar “Tsunami Democratic”, aunque de democrático tiene poco, como poco de democráticas tienen la República Popular Democrática de Corea, o la extinta República Democrática de Alemania.

Conocedores del valor del tweet, slogan o frase corta lanzada en el momento adecuado, los miembros del “Tsunami Antidemocratic” decidieron convertirse en protagonistas únicos del partido de fútbol que se jugó en el Camp Nou el pasado 18 de diciembre. Con veladas y no tan veladas amenazas, el “Tsunami Antidemocratic” exigió visibilidad de sus postulados ideológicos tanto en las gradas como en el cesped del campo culé. Para ello, quería obligar que se desplegara una pancarta donde se podía leer: “Spain, sit and talk”. Parece ser que con ese slogan los miembros del “Tsunami Antidemocratic” querían mostrar al mundo entero (pues ese partido se vió en las cadenas deportivas de todo el mundo) que el Estado español (sic) no está dispuesto a sentarse en una mesa de negociación con agentes que, al contrario de España, sí son democráticos (llámense Quim Torra, Carles Puigdemont o cualquier político que avale las tesis del independentismo catalán).

Sin embargo, como hemos comentado al principio, este slogan dice más del carácter e ideario del “Tsunami Antidemocratic” que lo que dice de ese Estado español corrupto y fascistoide. La brevedad de la frase ayuda a su análisis pormenorizado. Así, ese “Spain” con el que empieza la oración imperativa denota una disrupción entre emisor y receptor, que son considerados sujetos diferentes. Y cuando alguien, en una conversación, alude a una diferencia para con su contertulio, es para dejar clara la superioridad (racial, intelectual, cultural, moral) del primero sobre el interlocutor. Así, ese “Spain” disgrega el espacio de conversación en dos grupos, dos frentes, dos elementos antagónicos, y abre una controntación dialéctica en la cual el Tsunami Antidemocratic se sitúa en posición de superioridad.

Todo lo que venga después de “Spain”  solo incluirá y afectará a “Spain”. Por ejemplo, ese verbo “sit”. “Spain está obligada por imperativo (racial, intelectual, cultural, moral) a sentarse. No sabemos cual es la posición en la mesa de diálogo de Tsunami Antidemocratic. Puede que se siente. O puede permanecer de pie, como exigiría su status de superioridad. Incluso, podría subirse al altar sagrado de su incorruptibilidad moral para, desde esa posición de clarividencia, realizar un control paternalista a una “Spain” menor de edad.

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Un ejemplo de “sit and talk”. “The Holdout” de Norman Rockwell (1894-1978)

Tampoco está obligado Tsunami Antidemocratic a “talk”, pues el único que tiene que hablar es “Spain”. Del slogan se puede deducir que “Spain” no puede hablar libremente de cualquier tema, ni siquiera pronunciar una opinión personal. Tienen que repetir palabra por palabra todo aquello que Tsunami Antidemocratic quiere oir. Que Cataluña es una nación. Que los catalanes tienen derecho patricio a decidir. Que 46 millones de españoles deben quedar desprovistos de voz y voto en una decisión que les afecta tanto o más como a los españoles que viven en un territorio político-geográfico que Tsunami Democratic considera diferente, esto es, racial, intelectual, cultural y moralmente superior a las tierras plebeyas no catalanas. Si “Spain” se niega a aceptar esas condiciones, será tildada de fascista, antidemocrática.

Frente a ese “Spain, sit and talk” podría haberse diseñado otro slogan, mucho más integrador y menos imperativo como el “Let’s sit and talk, please”. El “Let’s”, en primer lugar, reduce la tensión autoritaria de la frase de Tsunami antidemocratic. Desaparecen los imperativos: ya no hay imposición, sino invitación. El “‘s” es agregante. “Nosotros” tenemos que sentarnos y hablar. Tu y yo. “Spain” y quien Tsunami Antidemocratic considere que no es “Spain”. Ese “‘s” no diferencia entre unos y otros; no coloca a unos en una posición de superioridad frente a otros. Así, cuando se invita a “sit”, todos se sentarán en la misma mesa. Y, además, todos hablaremos “talk”, de modo que nuestras ideas, opiniones y sentimientos no serán prejuzgados y triturados por un supuesto criterio de autoridad de Tsunami Antidemocratic. Como colofón a la frase, la incorporación de un “please”, como muestra de cortesía, elimina todo lo que de imperativo categórico podría todavía quedar en “Let’s sit and talk”.

Como hemos inciado este artículo, hay veces que una frase corta dice más del que la dice, que de aquel a quien va dirigida. El análisis que hemos realizado deja claro que Tsunami Antidemocratic es un grupo autoritario, con ínfulas supremacistas, cuyo objetivo es imponer mediante instrumentos no democráticos sus ideales a una inmensa mayoría de ciudadanos, a los que consideran seres inferiores desprovistos de todo derecho elemental en democracia.

Tiranía, totalitarismo y dictadura epistémica (II)

El tirano napoleónico poco difiere del antiguo: toma el control de la parte política del poder social, se ocupa y preocupa de perpetuarse en él; busca el modo de arrebatar a Tradición y Mercado de todo poder político que estas, en sus interacciones con la Política, puedan haber arrastrado; e intenta influir sobre estos poderes parademocráticos para que se alineen lo más próximos a sus deseos y necesidades. Sin embargo, un nuevo modo de control político nacerá a partir de este tirano napoleónico: el totalitarismo. Este ya no aceptará la división de poderes de control social (Tradición, Política y Mercado), y tratará de integrarlos alrededor de su figura.

En el totalitarismo la Tradición ya no trabaja a las órdenes del tirano: el tirano es la Tradición. El desarrollo del historicismo y de los nacionalismos supuso la adopción de la idea de patria como símbolo de unidad entre las personas que viven dentro de un estado-nación. Esa patria fue diseñada a partir de moldes míticos, cuando no místicos. No solo sustituyó en muchos aspectos a la idea de dios, sino que también generó una auténtica religión de estado, cuyas repercusiones aún hoy en día vivimos y sufrimos. Con la mistificación de la patria, el tirano totalitario ya no precisa de la Iglesia para manejar los engranajes de la Tradición: el tirano se convierte en el representante de la voluntad de la patria. Omnisciente, sabe todo lo que ella necesita. Oponerse al tirano significa situarse en contra del pueblo, de la nación: quien ataca al totalitario es excluido de la sociedad edificada sobre el culto a esa supuesta nación.

El tirano antiguo o napoleónico, desde su posición ventajista, siempre ha influido sobre el Mercado. El control de aduanas, las levas de impuestos, los monopolios sobre ciertas industrias, o la creación de fábricas nacionales permitían un uso controlado de este poder parademocrático. El Mercado se ponía al servicio de la Política, pero jamás se confundieron Mercado y Política. Tan solo a partir de las primeras teorías científicas de la economía la Política pudo, como Crono con sus hijos, devorar al Mercado e integrarlo en el interior de su estructura de poder. La dictadura comunista que sufrieron, y aún sufren, diversos países es un claro ejemplo de totalitarismo donde se trata de jibarizar el Mercado a expensas del crecimiento desaforado de los poderes políticos del tirano.

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Artur Mas, ejemplo de político que se cree representante único de la voluntad de un pueblo (Fuente: La Vanguardia)

Pero Tradición no solo es Iglesia. No solo es culto a mitos nacionales hipertrofiados por la pluma de los historiadores que comen de la mano del poder. La Tradición es un poder parademocrático, y siempre lo será. Es la sociedad ejerciendo de árbitro para proteger, no al individuo, no al tirano, no al sacerdote, sino a la sociedad misma. Los objetos de la Tradición no existen porque los haya dicho el Papa, o porque aparezcan en un libro de texto de historia adoctrinadora para educación infantil, sino porque son útiles a la sociedad que, a través de ellos, asegura su propia supervivencia. Las leyes tradicionales van más allá de la sharia o de la barretina bajo la cual el tal Quim Torra disimula sus carencias democráticas. La Política jamás podrá dominar toda la Tradición, pero el totalitario gobierna con la asunción de que él es la Tradición. Y, cuando un gobernante desconoce los límites de su propio poder, suele acabar bien pegándose un tiro en la sien, bien su cadáver expuesto en una plaza pública, como sucedió a Benito Mussolini

Del mismo modo, el Mercado no son solo aduanas, impuestos, fábricas. El Mercado rige todo el intercambio de objetos físicos y teóricos que se da en la sociedad, sean estos o no monetizables. La Política puede llegar a adueñarse de lo monetizable, pero siempre quedará una cantidad nada desdeñable de intercambios de los que nunca jamás podrá ni siquiera conocer su existencia. La ausencia de autoridad sobre esos intercambios no monetizables impedirá al totalitario ejercer un control absoluto sobre el Mercado. Si actúa con la convicción de lo contrario, acabará arrastrando al país a la mayor de las ruinas.

El totalitarismo no es más que el uso torticero de los resultados de la aplicación del método científico a las Ciencias Humanas. Economistas como Adam Smith y Karl Marx nos convencieron de que la economía podía ser manejada con el mismo rigor científico que la física o la química. Sociólogos e historiadores historicistas y positivistas creyeron que la condición humana podía ser reducida a ecuaciones y fórmulas. Los resultados de esas investigaciones fueron considerados, ya no solo válidos, sino objetivamente verdaderos, y se emplearon de modo generalizado a ámbitos cada vez más amplios de la política. Los totalitarismos nazis o estalinistas están construidos sobre el cientifismo. No solo el sueño, como decía Goya, sino también la vigilia de la razón produce monstruos. Es así que, a través de la llamada al rigor científico y al progreso continuo de la Humanidad, se han desencadenado los regímenes políticos más perversos e inhumanos de la historia, los cuales se creían con la capacidad, no solo de monopolizar el poder político, sino también de usurpar las funciones que, en otros tiempos, desempeñaban el Mercado y la Tradición.

Aitor Esteban vs. Pablo Abascal

 

Me parece muy bien que Aitor Esteban haya negado el saludo a Pablo Abascal. Yo también lo habría hecho. También se lo habría negado a Arnaldo Otegui y sus secuaces. Y me lo pensaría dos veces antes de dar la mano a gente como Quim Torra (en este caso, dependería de las circunstancias del encuentro).

Ahora bien, por muy filofascista que sea Vox, no hay que olvidar que hay otro tipo de racismo, mucho más blando, más integrado en nuestra sociedad pero que, por ser racismo, es igual de denunciable.

Si alguien de otra comunidad autónoma viene a vivir al País Vasco se va a convertir, de facto, en ciudadano de segunda clase. Porque no va a poder optar a un puesto en la administración pública: no va a tener la más mínima oportunidad de pasar una oposición, por extremadamente preparado que esté y por mucha experiencia que tenga en su disciplina laboral. Si, por alguna circunstancia es necesario, lo contratarán, firmará un contrato de mierda y, cuando aparezca un pimpollo con título de euskera se irá directamente a la calle, independientemente de que ese pimpollo euskaldún sea un inútil. Lo importante es el título de euskera, da igual que hable bien o mal ese idioma. En esta sociedad, el Gobierno Vasco utiliza el EGA y el perfil 2 de euskera como estrellas de David inversas: quien no las tiene queda marcado administrativamente.

En el colegio, sus hijos solo podrán optar a un modelo lingüistico en el cual el recien llegado no podrá ayudarles en los deberes y, en caso de que los niños tengan algún problema de aprendizaje, van a ir de culo cuesta abajo. Sí, le ofrecerán la posibilidad de escolarización en castellano, pero solo en colegios que gente como Aitor Esteban se ha preocupado en convertir en guetos donde los profesores no aguantan ni dos meses antes de coger la baja por depresión.

Las altas esferas políticas y de administración están copadas por apellidos vascos. Si te apellidas García, que es el apellido más frecuente en el País Vasco, date por jodid@. No lo digo yo, lo dicen las estadísticas.

Entre otras muchas, una de las diferencias que separan a Santiago Abascal y Aitor Esteban radica en que, mientras el primero tiene como objetivo principal en su acción política el “Spain First” (como el “America First” de Donald Trump), el segundo hace décadas que ha alcanzado su “Euskadi First”.

Todo nacionalismo, independientemente de la bandera que agite, contiene un poso de racismo mejor o peor digerido; más o menos evidente. No existe una identidad vasca, española, catalana, canaria… La identidad es un concepto singular, individual e intransferible. La identidad no puede ser plural, agregante, indiscriminada. Pero el nacionalista no lo entiende así.  En el momento en el que el tal Torra dice “nosotros los catalanes somos…” está indicando una ruptura, una escisión, entre unos (los catalanes), y los otros (los no-catalanes). Si “nosotros los españoles somos honrados”, estamos señalando que la honradez es un hecho diferencial con respecto a los no-españoles, a los que, aunque sea de manera disimulada, consideramos mala gente. Cuando Aitor Esteban alude, a veces a “nosotros los vascos”, tengo la sensación de que  excluye, invisibiliza y amputa una parte de la identidad multívoca, compleja e inabarcable de cientos de miles de ciudadanos vascos.

Santiago Abascal y Aitor Esteban utilizan las mismas armas, pero de manera diferente. Frente al racismo sin disimulo del que hace ostentación el dirigente de Vox, el diputado nacionalista vasco manipula a la ciudadanía, con sosiego y grandes dosis de diplomacia, hasta el punto que muchos de aquellos que, en nombre de la defensa de una supuesta identidad cultural, son marginados, defienden hasta con uñas y dientes a esa aristocracia racial que dirige y controla sus vidas.

No, Aitor Esteban: no eres tan diferente de Santiago Abascal como nos quieres hacer creer. Eso sí: yo nunca te negaría la mano.

Respuesta a la pregunta: ¿es más digno pactar con Bildu que con Vox?

Hay una sentencia del maestro Aranguren que siempre recuerdo cuando se comparan los extremismos de derechas e izquierdas: “Es menester declarar que el totalitarismo comunista es menos malo que el fascista. No porque uno sea más o menos dictatorial que el otro, pues, por principio, ambos han de serlo absolutamente; sino porque, en el comunismo, la dictadura está puesta –al menos teóricamente- al servicio de la igualdad y de un humanismo racionalista, todo lo deficiente que se quiera (…) en tanto que el totalitarismo fascista se funda en la desigualdad –en el mito de la raza superior y las razas inferiores- y, por lo tanto, no en el racionalismo, sino en el biologismo”.

Con Bildu y Vox tal vez se pueda entrar en una comparación ideológica sobre si es más moral la izquierda de Bildu que la derecha de Vox. Pero, más allá de esas diferencias, unos y otros comparten un mismo objetivo: poner la política al servicio no de la persona, sino de una idea: la patria. Idea esta, sino falsa, por lo menos discutible, del mismo modo que es discutible la existencia de un dios, o del alma.

Bildu fracciona, clasifica y ordena a las personas en función de unos criterios patrióticos, que pueden ser dispares y variados: afiliación política, lengua, lugar de origen o de domicilio, cultura, Rh… Y así les otorgan un valor de ciudadanía. Yo, por ejemplo, para Bildu, soy un poco-vasco, o incluso un no-vasco. A fin y al cabo, como mi voluntad no es vasca, o no entra dentro de sus parámetros de vasquidad, me convierto en un enemigo de la voluntad del pueblo vasco.

Hace unos años aquellos que se atrevían a demostrar su voluntad no-vasca o poco-vasca se convertían en homini sacri: los acribillaban a tiros o, cuando menos, lo insultaban, amenazaban y trataban de excluir de la sociedad. Hoy en día, afortunadamente, la violencia física ha desaparecido, bien por convencimiento de que no es el camino, bien porque la capacidad de producir violencia ha sido aniquilada. Resta esa violencia institucional que relega a una ciudadanía de segunda a todo aquel que no cumple con los criterios patrióticos, y que, en caso de que Bildu obtuviera un respaldo significativo del electorado, sin duda la pondría en práctica.

La perversión de Vox no viene de pedir la privatización de las pensiones, el fin del aborto libre y gratuito, o la centralización del estado, temas que podrían ser considerados de derechas-liberales-tradicionalistas-jacobinos. La perversión viene de tratar de diferenciar la dignidad de los seres humanos que viven en España según unos parámetros, sí diferentes, pero tan miserables como los de Bildu: sexo, religión, lugar de origen y residencia, lengua, cultura, nivel económico…

Por lo tanto, creo correcto poner a Vox y a Bildu en el mismo cesto ideológico: no es izquierda democrática contra derecha democrática; tan siquiera es totalitarismo de izquierdas contra de derechas. Porque el totalitarismo ideológico de ambos no está puesto al servicio del bien de la persona, de la Humanidad, sino que se fundamenta en la desigualdad y en el mito de que existen personas superiores e inferiores, y es deber del político el proteger y justificar las primeras contra las segundas.

El derecho a decidir no existe

La gente no puede decidir hasta que alguien no decide quién es el pueblo
Ivor Jennings. The Approach to Self-Government

La democracia representativa ofrece a todos y cada uno de los ciudadanos la posibilidad de involucrarse en algunas decisiones políticas que les afectan directamente. Esta toma de decisiones suele consistir básicamente en la elección de los representantes políticos de cada una de las partes en las que se dividen los poderes ejecutivos y legislativos (ayuntamientos, comunidades autónomas, parlamentos nacionales y europeos…). Pero también hay veces que a la ciudadanía se le pregunta directamente acerca de temas cruciales que tienen gran peso en el futuro del país, y que suelen tomar forma de consulta o referendum (por ejemplo, OTAN sí/no, Constitución Europea sí/no…).

Todo ciudadano, por el hecho de serlo, tiene, de facto, derecho a decidir en una democracia representativa. De hecho democracia y derecho a decidir van unidos de la mano; no existiría el primero, sin el segundo, y vicecersa. Y todo ciudadano debería tener derecho a decidir siempre que su vida política se vea afectada. Un madrileño no podrá, ni deberá, votar en las elecciones municipales de Barcelona, pues el órgano legislativo y ejecutivo de la ciudad condal queda fuera de su ámbito de decisión de un madrileño. Del mismo modo, no se podrá excluir, por ejemplo, a un madrileño de Vallecas, o del barrio de Salamanca, de las elecciones a la alcaldía de Madrid, aludiendo cualquier excusa (que siempre posee cierto tinte ideológico). En democracia tiene derecho a decidir  toda persona incluida en el ámbito de decisión; y no puede pedir derecho a decidir si está excluida de ese ámbito. El ámbito democrático de decisión no conoce de fronteras, razas, sexo, religión, afiliación política, educación… Si el ciudadano se ve afectado por la decisión a tomar, deberá incluirse en el ámbito de decisión.

Sin embargo, desde los espacios políticos nacionalistas se trata de tegiversar el concepto de ese derecho a decidir democrático. Por una parte introducen una falacia: el pueblo decide. Realmente no decide el pueblo; decide cada una de las personas individuales a las que les afecta la decisión planteada. Por otra parte segregan la ciudadanía en dos grupos: aquellos que tienen derecho a decidir (los patricios), y aquellos a los que se les niega tal derecho (los plebeyos). Para ello introducen en el ámbito democrático de decisión un “hecho diferencial” que consideran imprescindible para obtener derecho a tal privilegio. Que vivan en un lugar, y no en otro. Que pertenezcan a una raza, que adoren a un dios concreto, que hablen un idioma o hayan sido educados en función a una ideología… Cualquier excusa es válida si se consigue eliminar del derecho a decidir democrático a todos los ciudadanos que, probablemente, con su voto, puedan impedir la consecución de los fines que tanto ansían aquellos políticos.

Así, por muy legal que haya sido el referéndum del Brexit, no fue muy democrático. Se dejó fuera del ámbito de decisión a cientos de millones de ciudadanos europeos a los que la decisión de Reino Unido de abandonar o no la Unión Europea les afectaba tan directamente, o más (vease el caso irlandés), como a los ciudadanos británicos. El problema actual sobre el desenlace del Brexit, y que tantas crisis políticas está desencadenando, viene, sobre todo, de una falta de consideración de las necesidades e intereses de aquellos a los que se les ha negado decidir.

Tampoco era necesario que el referéndum del Brexit hubiera sido aplicado a todos los habitantes de la Unión Europea. Valía con que, aprovechando la transnacionalidad de la gobernanza europea, todos los países europeos pudieran haber dado, a través de sus gobiernos y sus representantes políticos de instituciones europeas, su opinión acerca del Brexit. En fin, una negociación sobre las condiciones de una posible salida del Reino Unido que fueran aceptadas por la mayoría de naciones europeas.

Lo mismo sucede con el procès catalán. No es necesario que todos los españoles voten si están a favor o en contra de la independencia, sino que, previo a un supuesto referéndum, habría que preguntar al conjunto de ciudadanos que están afectados por esa decisión, si están dispuestos a ceder su derecho de decisión y entregarlo a los ciudadanos que viven en Cataluña. Y, además, a cambio de qué se permite esa cesión, o bajo qué condiciones. Esto se puede realizar de manera directa, mediante un referendum o consulta, o indirectamente a través de un cambio constitucional. Solo si se incluye, se representa y se visibiliza al conjunto de personas que están incluidas en el ámbito de decisión, entonces se podrá hablar de derecho a decidir democrático.

El derecho a decidir, por lo tanto, no existe. No existe, en cuanto a derecho democrático, tal y como es enunciado desde los altavoces mediáticos nacionalistas. Tan solo podría hablarse de tal derecho a decidir si este recoge, acoge y representa la voz de todos los ciudadanos involucrados en la decisión política, independientemente del lugar donde vivan, la lengua que hablen o la bandera que amen.

¿Fue la Edad Media más intolerante que la Edad Moderna?

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Festín burlesco. Jan Mandijn (1500-1560)

Ya en el Renacimiento se observaba a la Edad Media como una época oscura y decadente; un largo milenio durante el cual la Humanidad sufrió un retroceso social, cultural y tecnológico. Todavía aún hoy se compara esta con el esplendor de Grecia y Roma, por un lado, y el resurgir de las ciudades europeas durante los siglos XV y XVI, por el otro. De ella tan solo se destacan una supuesta intolerancia religiosa, un control político feudalizante, y un alto grado de analfabetismo, monopolizada la cultura por una todopoderosa Iglesia.

En primer lugar, para realizar una comparativa, previamente hay que establecer unos criterios sobre los cuales generar una graduación. Así, la escala de Mohs, en geología, analiza solamente la dureza de los minerales, dejando otros aspectos físicos aparte. Si solo se tiene en cuenta esta escala, el diamante “dura para siempre” porque es el elemento más duro de la escala. Sin embargo, el diamante es muy frágil, y puede romperse con facilidad (de hecho, gracias a esa propiedad física puede ser tallado y usado en joyería). Tomando una perspectiva un poco más amplia, el diamante no es tan eterno y robusto como puede hacernos pensar una escala de dureza. Lo que sucede en ciencias naturales, también ocurre en ciencias humanas, y en el caso que nos ocupa, en particular, el juicio de valor histórico que realicemos acerca de la Edad Media dependerá, en sobremanera, de qué criterios de comparación elijamos para ello.

Cuando se compara la Edad Media europea y, sobre todo, el feudalismo de la Europa Occidental, con las civilizaciones clásicas de Grecia y Roma, se suele tomar como referencia el mundo metropolitano. Frente a las luminosas Roma y Atenas se sitúan las ciudades despobladas, pobres de la Alta Edad Media. Focos de cultura contra focos de enfermedades epidémicas. La Antigüedad Clásica es urbanita; el Medievo es rural. Sin embargo, nada tan lejos de la realidad: la inmensa mayor parte de la población de las culturas de Roma, Grecia y la Europa Medieval vivían en el campo. Eran agricultores y ganaderos. Mayoritariamente analfabetos. La distribución de las riquezas y del estatus político desigualaba la población, de modo que solo los ciudadanos, patricios y nobles (por ese orden cronológico),  exiguas minorías, disfrutaban de un nivel de vida aceptable.

Quienes consideran a la Antigüedad Clásica superior en artes, suelen tomar de referencia la literatura, la pintura, la escultura. Homero contra Gonzalo de Berceo; los escultores griegos contra las gárgolas medievales; el Panteón de Agripa contra las oscuras iglesias románicas… Pero, ¿realmente se produjo una involución en las artes? Frente al monopolio urbanita de acumulación de arte en las ciudades clásicas ¿no se extendió esta más allá de las metrópolis, hacia modestos burgos, durante los años posteriores a la caída del Imperio Romano de Occidente? Es verdad que la figuración, aparentemente tosca y naíf de los canteros medievales, no puede compararse con la de la Venus de Milo o los frisos del Partenón… ¿pero ello es óbice para considerarlos inferiores? ¿debemos considerar, entonces, inferior el arte abstracto contemporáneo al tenebrismo barroco?

En segundo lugar, tal vez no exista esa ruptura tan clara entre épocas históricas, como tampoco existen aislamiento y hermetismo entre civilizaciones o culturas. La historia se trata de un continuo devenir de la Humanidad, sin transiciones, sin rupturas en el espacio ni en el tiempo, como si la llegada de Cristóbal Colón a América o la Revolución Francesa supusieran un hecho revolucionario donde todo lo previo se destruye y, una vez hecha tabula rasa, se construye una sociedad absolutamente nueva a partir de mimbres absolutamente diferentes. Tal vez no hay un hecho antiguo, medieval o moderno, más allá de los criterios utilizados por los historiadores para clasificar, diferenciar y estratificar espacial y temporalmente los diferentes hechos de la Humanidad. Estos (los historiadores) precisan, como diría Michel Foucault, anudar, entretejer acontecimientos y vidas para así crear un relato continuo-discontinuo, en el que largos momentos de supuesta estabilidad se vean alterados por cortas épocas de revolución. De este modo, y solo de este modo, puede desarrollarse un concepto de historia lineal, un relato en el que se pueda vislumbrar una teleología, un destino, prefijado o no, que dé cierto sentido a nuestra existencia. Pero la concatenación de hechos históricos exige olvidarse de muchos otros; se pierden muchos acontecimientos, muchas vidas, que no se adaptan a esa línea histórica “oficial”. La historia de la Humanidad es en realidad, mucho más disgregante, más expansiva, menos homogénea que los libros de los historiadores nos quieren hacer pensar.

Por último, cuando a veces se habla de “avance y expansión” de cierto hecho social, cultural, político, científico o tecnológico lo que realmente se produce es una “traslación sin expansión”. Un claro ejemplo se puede observar en la sexualidad. La sexualidad premoderna no era menos constreñida que la moderna: simplemente cayeron ciertos tabús que la limitaban: abrieron la sexualidad a nuevos espacios nunca antes explorados. Pero, a la vez, se constituyeron nuevos tabús que censuraron formas sexuales antaño aceptadas. Tal vez, solo durante la Posmodernidad, con la democratización del Poder y el acceso a él de la mujer, no solo se ha traslocado el hecho sexual, sino que también se ha expandido.

La tolerancia social funciona de modo similar a la sexualidad. En la Edad Media se daba cierta permisividad en los mores y costumbres: así, se aceptaba el discurso “loco” y marginal, el cual vivía en la vecindad, o incluso en la misma casa, que el discurso “sano”, el mainstream. Es cierto que era motivo de chanza y de burla, pero el tonto del pueblo vivía en el pueblo. El rey Lear desvariaba en su castillo. Don Quijote paseó su insanidad por todo el territorio español. El discurso diferente se señalaba con el dedo acusador de aquel que se cree que está en el ejercicio de la verdad: se señalaba, pero no se ocultaba, no se le impedía mostrarse en sociedad con sus raídas vestiduras. Todo cambió durante la Edad Moderna y, sobre todo, tras las guerras de la religión. El espiritu de la no-contradicción ganó peso y lo diferente, lo extraño y lo incompatible con el mainstream sufrieron una marginación mucho mayor de la que conocieron durante los tiempos del Medievo y el Renacimiento. Al loco y al marginado se les expulsó de la vida en sociedad. Dejaron de ser el blanco de desprecio porque fueron encerrados en cárceles y manicomios, o enviados al destierro hacia los extramuros de la ciudad, o incluso hacia tierras ignotas. Eliminados estos agentes contradictorios (¿y subversivos?) de la sociedad, esta parecía mucho más abierta, más tolerante y respetuosa a ideas nuevas; ideas que, sin embargo, se debían de ceñir al nuevo molde de pensamiento que había adquirido la sociedad. La Modernidad no era mucho más tolerante que el Medievo; tan solo reajustó el modo de alienar el discurso perturbador: de una segregación dentro del mismo espacio social, se pasó a un aislamiento, a un encierro, a una diferenciación ya no solo epistemológica o ideológica, sino también física.

Una auténtica extensión del área de tolerancia vendría por derribar los muros, las cárceles, los pabellones psiquiátricos que encierran el discurso del “loco” y limitan el contacto con el del “sano”. Volver, por lo tanto, a compartir el mismo espacio de convivencia, como sucedía en los denostados tiempos de la Edad Media y en el Renacimiento. Pero la socialización del discurso diferente debería tomar hechuras de respeto, aquellas que nunca se dieron con el tonto del pueblo, el rey Lear o don Quijote.

A través de esta comparativa entre la sociedad medieval y moderna se puede entrever una crítica hacia un tipo de análisis histórico que está fuertemente ideologizado por el pensamiento historicista, y que en este blog denominamos historia justificativa. Para construir una visión lineal de la historia, y para que esta se ajuste a las necesidades doctrinarias historicistas, los historiadores justificativos, que comen de la mano del poder, emplean varias estrategias. La primera es la generación de un conjunto de criterios de valoración de hechos históricos que, a priori, siempre inclinarán la balanza hacia sus objetivos. La segunda es una construcción histórica homogénea, lineal, ascendente. Sin embargo, como hemos explicado, no es posible generar un relato lineal que reúna de manera lógica y comprensible todos los hechos históricos, pues la historia es un conjunto heterogéneo (y no homogéneo), disperso (y no lineal), expansivo (y no ascendente). Por ello en el relato lineal histórico justificativo aparecen rupturas de la linealidad, pero solo en aquellos momentos en los que esa ruptura no tergiverse o, incluso, apoye, la tesis oficial, y que suele coincidir con el nacimiento de ciertos “mitos nacionales”. La tercera viene directamente de la primera, esto es, del ajuste apriorístico de los criterios de valoración. Y es que, a través de este ajuste, se juzga una “traslación sin extensión” en cualquier dominio social como un “avance con extensión”, esto es, una mejora positiva de los modos, obras, leyes, tradiciones y formas de pensamiento que la rigen.

Por lo tanto, ante la lectura de cualquier texto histórico que presente este carácter justificativo, habrá que tener en cuenta la parcialidad y los conflictos de interés de su autor. No exige un rechazo frontal, sino una interpretación crítica y una aceptación mesurada y escéptica de sus resultados. Y así, ante la pregunta que abre este artículo solo cabe una respuesta: No, la sociedad medieval no era más intolerante que la moderna.