Intolerantes: microrracismos, micromachismos, microhomofobias

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La esposa (The beloved). Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)

Desde hace varios años vivimos en una especie de esquizofrenia hard, en la cual existe una clara discrepancia entre nuestros modos de pensar y los modos de expresar nuestros pensamientos. Así, todavía cogitamos según las estructuras adquiridas por las sociedades alfabetizadas mediante textos impresos, de manera que todo aquello que leemos en un libro, un panfleto o, mismamente, en este blog, lo asimilamos como si el contenido fuera estable (que lo es, en mucha medida, sobre todo en el papel impreso), unidireccional (del autor hacia el lector, sin que haya lugar a feed-back) y canónico (en el texto se reconoce indudablemente la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito). Sin embargo, la revoluciones tecnológicas en el ámbito de la cultura han ido demoliendo, desde los años 70, ese modelo de pensamiento “a lo Gutenberg” en el cual hemos sido educados, y en el cual todavía aún educamos a las futuras generaciones. Y es que el texto ya no es estable. Cualquiera puede apropiarse de una pieza de cultura para transformarla según sus deseos y necesidades, como podemos observar todos los días en los miles de memes que recibimos por mensajería instantánea y redes sociales. Además, sobre todo desde la aparición de la web 2.0, el lector puede interactuar, no ya solamente con el mismo el autor, sino también con miles de otros lectores, editores, supervisores de foros… Toda estas reinterpretaciones, recontextualizaciones y publicaciones de opiniones destruyen todo atisbo de canonicidad del texto impreso: este ya nunca más expresará la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito, sino de todos aquellos que lo leen.

Y es en este ecosistema cultural ciertamente esquizofrénico en el cual todos nosotros expresamos de manera más o menos libre nuestras opiniones e ideas. Creemos que estas dan forma y contenido a nuestros pensamientos más íntimos y verdaderos y que son recibidos por los demás de este modo. Sin embargo, no es así: en el momento en el que publicamos algo en un blog o una red social estamos corriendo el riesgo de que nuestro texto sea interpretado y contextualizado en modos muy lejanos de aquel que dio origen a nuestro primer impulso creador. Y, así, de una inocente (o no tan inocente) opinión política pueden extraerse una serie de interpretaciones racistas, machistas y homófobas que, en ningún momento, habían ni siquiera rondado por la mente dela autor.

Hay intolerantes. Estos se expresan clara y abiertamente, sobre todo en los actuales tiempos del populismo, donde un establishment analfabeto e inculto justifica, alienta e incita la cizaña. Ahora los intolerantes, libres de censuras, pueden expresar libremente su odio al moro o al negro; su convencimiento de que las mujeres son más débiles e intelectualmente inferiores a los hombres; o la idea mezquina de que el colectivo LGTB+ está enfermo. Los intolerantes siempre han existido, pero el discurso imperante en la sociedad coartaba la manifestación de sus opiniones. Ahora, desde los altavoces de la política, la ciencia y la cultura se les arenga a que escupan todo ese odio y esa rabia que han contenido durante décadas de “represión”, perpetrada a mano de hierro por los “buenistas”, las “feminazis”, y los “depravados sexuales”.

Pero hay que diferenciar la macrointolerancia que acabo de describir de esas microintolerancias que trufan la expresión pública de nuestras ideas y opiniones. Aunque no seamos, ideológica o emocionalmente, racistas, machistas o homófobos, hemos de comprender, aceptar y tolerar que parte de la estructura de nuestro pensamiento y, sobre todo, la expresión oral y escrita del mismo, viene condicionada por automatismos sociales que aprendemos desde nuestra infancia y que recuperamos un día tras otro en nuestra comunicación cotidiana con el otro. Y, dentro de esos automatismos sociales, hay algunos que, sin duda alguna, están influenciados por tendencias racistas, machistas u homófobas. No es que seamos intolerantes, ni siquiera que la misma sociedad sea intolerante, pero el Discurso que manejamos, aunque trata (o trataba hasta no hace mucho) de censurar la expresión de ciertos contenidos no tolerados, acepta ciertas formas de expresión de esas intolerancias. Hasta no hace mucho, muchas personas que hoy se escandalizan, reían con el sketch de Martes y Trece de “mi marido me pega”. No es que antes fueran unos apologistas del feminicidio y hoy unos activistas radicales contra la violencia machista. Es que el Discurso de época en la que se concibió ese sketch no había integrado este tipo de violencia dentro de su repertorio de censuras. No es que en 1991 fuéramos más machistas que en 2020, sino que en 1991 el marco epistémico en el que nos movíamos no imponía un tabú a los chistes de mujeres maltratadas. Y aún en 2020 existen ciertas expresiones toleradas que contienen, o se puede interpretar que contienen, microrracismos, micromachismos o microhomofobias. Las cuales se expresan libremente porque, como sucedía a Martes y Trece hace casi 30 años, no existe un tabú o censura que los elimine.

Nadie está libre, pues, de expresar o publicar una microintolerancia. Muchas veces no nos daremos ni cuenta, y tan solo cuando la reinterpretación y recontextualización de un receptor que sí haya descifrado esa microintolerancia llegue a nuestros oídos, entonces será cuando podremos analizarla y juzgarla. La respuesta que demos a nuestra microintolerancia no es única. Puede que aquel que la haya detectado sea un ofendidito que afee nuestra opinión hasta el punto de juzgar todo nuestro sistema de pensamiento a partir de esa minúscula pieza de información. Probablemente nuestra postura ante tal escarnio sea el de defensa y ataque; puede incluso que el sentimiento de indignación que nos provoque el ofendidito nos lleve a justificar a aquellos que defienden la expresión de macrointolerancias. No éramos machistas, pero el hecho de que una asociación antipatriarcado nos acuse de genocidas de mujeres por expresar ciertas dudas acerca de su ideario, puede llevarnos a abrazar el machismo más recalcitrante. Pero también puede suceder que aquel que ha decodificado la microintolerancia, lo exprese de modo tranquilo, justificado y nada hiriente. “¡Eh tú, cuidado! Fíjate lo que has dicho. Puede ser malinterpretado por alguien”. Es entonces cuando podemos asimilarlo y, así, aprender de nuestros errores.

Lo malo no son los microrracismos, los micromachismos o las microhomofobias. Que el que esté libre de culpa tire la primera piedra. Lo malo es interpretar esas microintolerancias como macrointolerancias que invaden todo nuestro sistema de pensamiento. Lo malo es no aceptar que, a veces, nos “pasamos de frenada” en nuestras conversaciones y publicaciones en redes sociales. Lo malo es, tanto el exceso (la macrointolerancia), como el defecto (la censura).

Pocos somos racistas, machistas y homófobos. Pero todos somos microrracistas, micromachistas y microhomófobos. No tenemos que rasgarnos las vestiduras, ni flagelarnos por ello. Pero tampoco aceptar esas debilidades como “inherentes de la naturaleza humana”, para así no corregirlas. Simplemente , comprenderlas, aceptarlas y, a través de ellas, mejorar como personas.

La reinterpretación y recontextualización freudiana del mito de Edipo

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Edipo y Antígona. Charles Jalabert (1819-1901)

El mito de Edipo se basa en la obra “Edipo rey”, una tragedia escrita por Sófocles hacia el 430 a.C. En ella se narra las desventuras de un gran personaje, Edipo que, aunque lucha contra los designios de los dioses y los vaticinios de los oráculos, acabará sometido por la voluntad de los mismos.

Hijo de Layo y Yocasta, reyes de Tebas, fue entregado apenas recién nacido a un pastor para que lo abandonara en el monte Citerón. El pastor, sin embargo, se apiadó de él. Edipo acaba así en manos de Pólibo, el rey de Corinto, y su mujer Mérope, los cuales, incapaces de tener hijos, acogen a Edipo como miembro de su progenie.

Edipo crece y se convierte en un hombre ignorante de sus orígenes y de su destino. Hasta que un oráculo le augura que matará a su padre y acabará en la cama con su madre. Aterrado, huye de Corinto, con el fin de alejarse lo más posible de Pólibo y Mérope, a quienes considera sus progenitores naturales.

En un cruce de caminos Edipo se encuentra con un cortejo militar extranjero. Uno de los miembros trata de echarle del camino y, entonces, se produce una trifulca de trágico desenlace, pues allí muere accidentalmente un noble que viajaba en carro. Edipo desconoce aún que ese noble muerto se trata de Layo, su padre. Tras el altercado proseguirá su huida lejos de Corinto.

El destino lleva a Edipo hasta Tebas, ciudad arrasada por la maldición de la Esfinge, quien no abandonaría su ominosa tarea destructora hasta que un mortal sea capaz de resolver su enigma. Muchos son los que fallecieron tratando de acertarlo. Pero no Edipo. Este dio con la solución, se deshizo de la Esfinge y liberó al pueblo cadmeo de todos sus males. Como recompensa, coronaron a Edipo como rey de Tebas y le casaron con Yocasta, con la que tuvo varios hijos, sin saber ninguno de los dos de la relación incestuosa que estaban manteniendo.

Hasta el desenlace final de “Edipo rey” nadie, salvo los dioses, conocen el verdadero origen de Edipo. Es más: Yocasta cree que la maldición que le revelaron los oráculos al nacer su hijo había sido espantada tras la supuesta muerte del mismo en el monte Citerón. Y Edipo, lejos de quienes cree que son sus progenitores, se siente a salvo de las burlas de los dioses.

 

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Sigmund Freud

Sigmund Freud recuperará este pasaje de la inmortal tragedia de Sófocles para explicar un supuesto conflicto psicológico infantil que ha venido a denominarse “síndrome de Edipo”, a través del cual el niño, apegado a su madre, desearía la desaparición de su progenitor para así conquistar y monopolizar el amor materno. Se trataría, según el psicoanálisis, de un proceso natural y fisiológico pero que, de no resolverse, podría comprometer seriamente la maduración emocional del niño.

El tabú del incesto existe antes de Freud y de Sófocles. Comunidades humanas lejanas entre sí en el tiempo y en el espacio geográfico han ritualizado la prohibición de la unión carnal de los padres con los hijos. Más allá de razones éticas y morales, tal vez fundadas a posteriori del tabú, existen razones técnicas, biológicas, genéticas que aconsejan evitar este tipo de enlace. Sófocles, sin embargo, no intenta explicar el tabú: lo asume como un hecho lógico que cualquier persona sensata y cabal, como por ejemplo Edipo o su madre Yocasta, no solo rechazaría, sino que sentiría repulsión por tan solo  con planteárselo. Ni Edipo ni Yocasta desean el incesto. Ni siquiera lo imaginan como posible. Son los dioses, a través de sus triquiñuelas, quienes tratan de romper (y, en efecto, lo logran) ese tabú.

No hay celos ni odio hacia el padre que le lleven a Edipo a cometer el parricidio. Edipo es culpable ante los dioses de haber matado a su padre, a pesar de que no hubo intencionalidad en su acción. Más aún, hoy en día cualquier juez exoneraría a Edipo de cualquier pena por homicidio o asesinato, pues consideraría probado que Edipo actuó en defensa propia. Lo que aquí pone en juego Sófocles no es una relación padre-hijo perversa, sino la idea de culpabilidad pasiva, inconsciente, casi de pecado original; una culpa que tiene que cargar a sus espaldas el rey de Tebas. Tampoco hay intención consciente o inconsciente de romper el tabú del incesto entre Edipo y Yocasta. Ambos son meros juguetes del destino, míseros humanos sin poder para cambiar la voluntad divina.

No es posible reconocer el mito de Edipo freudiano en esta obra de Sófocles. Queda lejos el héroe griego que cae presa del engaño de los dioses, de ese Edipo creado por Freud, el cual siente una atracción sexual hacia su progenitora y, al mismo tiempo, celos contra el padre-hombre-amante. Pero Sigmund Freud no ocultó en ningún momento esta discrepancia en su obra “Interpretación de los sueños”. Tomó el texto del trágico griego y le ofreció una nueva interpretación, un nuevo contexto: adaptó “lo que Sófocles quería decir” a aquello que “Freud necesitaba explicar”. Hoy en día el Edipo freudiano ha eclipsado al griego en la cultura popular: pocos conocen la conmovedora historia del rey de Tebas que, incapaz de vencer a leyes que están por encima de los mortales, acaba convertido en el ser más abyecto, más triste, más desconsolado. En su lugar emerge la figura de un personaje que, según Freud, late en el inconsciente de todos y cada uno de los hombres de este planeta y que, de permitirle aflorar en el consciente, sería capaz de matar al padre para “casarse” con la madre.

Todos aquellos que utilizamos una cita para explicar o justificar una idea o una opinión, estamos, como Sigmund Freud, alterando el valor y el espíritu que el autor original quiso plasmar con esas palabras. Nos apropiamos del texto previo y lo desfiguramos a la medida del nuestro. No es una fatalidad, ni una crítica. Es un hecho inevitable que deberíamos asumir cuando hacemos uso de ese recurso y deberemos tenerlo en cuenta cuando citemos a alguien o leamos un texto cuya argumentación se justifique en las palabras de los otros. Durante el paréntesis Gutenberg hemos entregado al texto impreso unos valores que tal vez eran más míticos que reales: aquello que leemos en las páginas de un libro no es solo la expresión fija y estable de lo que un autor quería decir, sino también una puerta abierta a tantas reinterpretaciones y recontextualizaciones como lectores disponga el texto.

Sigmund Freud no solo nos ha impuesto un modelo de Edipo diferente del original. Además, ha influido en la interpretación que, durante generaciones, se ha realizado de ciertos comportamientos infantiles. Los niños, ricos en anécdotas y situaciones, muchas veces incomprensibles para los adultos, son reducidos a máquinas intelectuales con comportamientos predefinidos por la teoría del psicoanálisis. Aquellos comportamientos no explicados por el psicoanálisis y otras teorías pasan por meras extravagancias del momento sin importancia en el desarrollo futuro. Sin embargo, aquellas otras que tienen encaje en algún modelo descrito por los psicólogos, toman especial relevancia, se tienen en cuenta en el aspecto psicoeducativo e, incluso, pueden llegarse a tomar decisiones que sí van a alterar el desarrollo posterior del niño. Así, no es que el complejo de Edipo descrito por Freud tenga mayor o menor relevancia en la formación de la psique infantil, sino que la verdadera influencia sobre el niño viene de las reacciones  de unos adultos (padres, cuidadores, psicólogos) que dan poca, mucha o demasiada importancia a que el niño diga “de mayor me quiero casar con mamá” o que, en sus conversaciones, eludan mencionar la existencia de un padre, en muchas ocasiones, ausente durante la maduración psicoemotiva.

En resumen, creo que más valdría recuperar al Edipo original, a ese héroe griego que lucha hasta la última llama de esperanza contra un destino ineludible, escrito a fuego por la mano de dioses soberbios; y no seguir perseverando en la difusión de una genial caricatura que un día el excelso psiquiatra austriaco bosquejó en su “Interpretación de los sueños”.

 

Criterios de autoridad en la ciencia contemporánea (I): el texto impreso

La caída del principio de autoridad de los antiguos ha sido uno de los mitos sobre los que se ha edificado el racionalismo moderno. Según la nueva ciencia que se fue desarrollando a partir de Descartes, y que tiene en Isaac Newton su mayor referente, toda afirmación debía venir acompañada de una comprobación empírica, lógica, matemática o científica. La palabra de los doctores de la Antigüedad, que se había considerado hasta entonces sagrada por los científicos, carecía de valor sin una demostración fehaciente.

Es cierto que la rigidez de la ciencia antigua, anclada en viejas rémoras del pasado que se consideraban intocables, no tiene que ver con la agilidad y capacidad de reinvención de la ciencia moderna, pero no es menos cierto que, a pesar de los serios intentos por destruirla, no hubo modo alguno de acabar con el criterio de autoridad.

El criterio de autoridad era necesario en un mundo en el que la información se transmitía de modo oral-caligráfico. El conocimiento se acumulaba a través de la experiencia y los años. No había modo de informarse acerca de cierto remedio contra la gota o de los eclipses de luna que a través de lo que los médicos o astrónomos más viejos y experimentados podían contar de viva voz.  Sin libros impresos a los que acudir, la voz de los ancianos era el oráculo de los iniciados, por lo que era lógico que se creara una aura de divinidad alrededor de los dichos y enunciados de los más grandes sabios de la Historia.

Si el método cartesiano tuvo éxito, fue porque nació en un mundo donde la tecnología de impresión ya estaba más que desarrollada. Ya no había que acudir a los viejos para recuperar un saber olvidado: estos se acumulaban en las páginas de los libros que se imprimían en los talleres tipográficos de media Europa. Ante la facilidad que suponía la acumulación de saber, se dejaron de venerar a los más experimentados y se otorgó más importancia a la novedad, al descubrimiento, a lo inédito. La juventud, más propicia al cambio, tomó las riendas de la ciencia.

Ahora bien, esa ausencia de criterio de autoridad era más ficticio que real. Porque aquello que había arrebatado a los sabios de la Antigüedad y a los doctores coetáneos, se transfería de manera casi automática al libro impreso. Este recibía, por parte de los científicos de la época, el mismo respeto y la misma devoción que los científicos de la época oral-caligráfica mostraban por Paracelso, Avicena o Ptolomeo. El texto impreso era inmodificable. Contenía la expresión exacta de lo que alguien, meses, años o siglos atrás, había querido manifestar. La estabilidad del texto impreso asumía el rol que, siglos atrás, se había conferido a los más ancianos.

La transformación del criterio de autoridad operó del siguiente modo: de la sacralización de lo dicho por figuras relevantes en la Antigüedad se pasó a la veneración de los textos escritos: unos científicos citaban a otros en sus trabajos, los cuales eran citados por otros científicos… Al final se producía un efecto de “círculo cerrado” en el que unos pocos textos se convertían en la referencia de una multitud de estudiosos de un tema: nacían así las disciplinas. De la verdad “porque lo ha dicho Aristóteles”, se pasaba a una verdad “porque los datos obtenidos en esta investigación corroboran lo enunciado por Aristóteles”.

La disciplina científica es el fruto del criterio de autoridad textual que apareció con la invención de la imprenta de tipos fijos: una ciencia se consolida como tal porque un grupo de sabios repiten continuamente unos conocimientos que aparecen en los libros de texto científicos, y diseñan unos experimentos científicos que tienen como finalidad la demostración de los mismos. Fuera de esa disciplina pueden existir otras muchas que manejen diferentes textos, diferentes teorías, que corroborarán con otros experimentos científicos, tal vez incluso contradictorios respecto a los de la primera disciplina. Así, no es lo mismo una molécula para un físico que para un químico, pero ambos tendrán razón, pues serán capaces de justificar su visión molecular a través de un index que recogerá cientos, miles de citas bibliográficas que las apoyan.

Por lo tanto, el criterio de autoridad no ha desaparecido en la ciencia contemporánea. Simplemente se ha desplazado: de la voz de los sabios de la Antigüedad a las palabras impresas en los volúmenes científicos; de la experiencia de los más viejos, a la curiosidad de los más jóvenes.

Los “blackface” y “minstrels” tras el cierre del paréntesis Gutenberg

El disfraz es atractivo porque permite, a través de la imaginación y las herramientas que ofrecen los ropajes y el maquillaje, transformarse, aunque sea solo durante unas horas, en otra persona… u objeto. La finalidad última del disfraz es la diversión, la desvinculación temporal con la vida rutinaria, llena de deberes y obligaciones. Y, en España, desde siempre, se ha utilizado el pigmento negro para dar color a nuestras teces, ya de por sí oscuras, cuando nos hemos enfundado un disfraz de aires africanos y orientales: de masai, de cazador de la selva ecuatorial, de Mil y una Noches… Bien podría haberse utilizado para tales efectos el único acompañamiento de una manta roja, taparrabos y lanza, o turbante y cimitarra… Pero la apropiación del personaje era completa cuando el color de la piel se asemejaba a aquel de los dueños originales de esas mantas, esas lanzas, esas cimitarras.

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Alberto Ruíz Gallardón disfrazado de rey Baltasar

Hasta hace un par de décadas la mayor parte de los reyes Baltasar que recorrían los pueblos y ciudades curante las tradicionales cabalgatas de los Reyes Magos llevaban una buena capa de betún en sus rostros, pues era el único recurso disponible en una sociedad española donde la tez negra no era aún muy usual. Todavía hoy en día, en ciertas regiones de España, la cabalgata es organizada por algún grupo específico del municipio (peñas, cofradías, miembros electos del ayuntamiento…) donde tal vez no encuentren un color de piel apropiado para caracterizar a Baltasar, y se precisa de maquillaje para que los niños puedan pedir sus regalos a un rey Baltasar como marca la tradición.

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El Equipo A

En los ya lejanos años 80, uno de los héroes televisivos que yo más admiraba era M.A Barracus de la serie “El Equipo A”. No solo me atraía el personaje, aquel fornido ex-soldado, capaz de construir cualquier vehículo (terrestre o acuatico, jamás volador) armado de un soplete y un pedazo de hojalata. Y también conducirlo temerariamente bajo el incesante fuego enemigo. O tal vez eran sus biceps musculados, o las toneladas de collares de oro que colgaban de su cuello. Pero también veneraba al M.A Barracus de carne y hueso, el de fuera del plató de televisión. Porque M.A Barracus era también el Mr. T de las revistas que, como Teleindiscreta, los chavales de la época devorábamos con pasión. En las entrevistas que se publicaban de Mr. T, el actor contaba cómo de dura había resultado su infancia. Y cómo esa terrible experiencia le había infundido amor y respeto por todos los niños del mundo… Muchos queríamos ser como M.A Barracus. Pero para eso, necesitábamos, además de un estrafalario peinado y unos collares de pega, oscurecernos el rostro con betún.

Hasta no hace muchos años no había nada malo en pintarse la cara de negro. Se hacía de manera inocente, sin la intención de herir la sensibilidad de nadie, pues ni siquiera existía  la percepción que el acto de teñirse de negro pudiera suponer una afrenta. Las caracterizaciones de los carnavales, de las cabalgatas de los Reyes Magos o de los fans de personajes negros (No solo M.A Barracus; también el aún negro Michael Jackson o Tina Turner con su salvaje melena…) formaban parte de la vida cotidiana y, de ninguna manera, se podían mezclar con actos de racismo u odio. Nadie criticaba al niño que, para disfrazarse de Steve Wonder, además de unas enormes gafas oscuras, se untaba la cara con témpera negra. No se buscaban segundas lecturas entrelíneas, más allá del verdadero significado de esa caracterización infantil, que eran, sin más, el juego y la admiración por un personaje famoso.

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Cartel anunciante de un “minstrel”, a principios de siglo XX. (Fuente: Strobridge & Co)

La historia de los rostros pintados de negro en Estados Unidos es más bien diferente. Los “blackface” de finales del XIX y principios del XX eran burlas despectivas hacia los ciudadanos norteamericanos de piel negra, que no hacía muchos años acababan de liberarse de las cadenas de la esclavitud. Actores blancos se disfrazaban de negros para, en actuaciones cómicas denominadas “minstrels”, denigrar a la raza negra a través de los estereotipos de la época. Hoy en día, en muchas regiones de EEUU pintarse la cara de negro equivale a rememorar esas actuaciones racistas, y la carga emocional que envuelve ese maquillaje está llena de polémicas y conflictos.

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Foto del Primer Ministro de Canadá, Justin Trudeau, disfrazado de Aladino, en una fiesta de disfraces de 2001

Recientemente, durante la campaña electoral  de Canadá, en la que Justin Trudeau se presentaba a la reelección como Primer Ministro, vieron la luz una serie de fotografías en las que se ve al político canadiense con el rostro pintado de negro en diferentes fiestas de disfraces. La polémica saltó al espacio público y no fueron pocos los medios de comunicación que le tildaron de racista. El tratamiento de la información no fue la misma en los medios anglosajones que en los francófonos. Los primeros, muy influenciados por la corriente cultural de los EEUU, interpretaron las fotografías de Justin Trudeau desde la órbita de los “blackface” y los “minstrels”, a pesar de que este tipo de espectáculos nunca se han representado en Canada. Desde Quebec, sin embargo, no se le dió apenas importancia al asunto de la pintura negra, y consideraron la publicación de esas fotos como una repugnante artimaña electoral que tenía como único fin el desprestigio del actual Primer Ministro. Ni unos ni otros, sin embargo, se pararon a imaginar cuáles fueron las verdaderas intenciones de los disfraces de Justin Trudeau quien, nada más publicarse esas fotografías, pidió disculpas a los cuatro vientos a todos aquellos que se podían haber sentido ofendidos.

El paréntesis Gutenberg  debutó con la invención de la imprenta, y ha visto su final más o menos abrupto, más o menos suave,  con la aparición de los medios digitales de edición y la publicación en redes sociales. Durante esta franja temporal de aproximadamente cinco siglos se han producido unos importantes cambios, no solo desde el punto de vista cultural, sino también en la constitución de las estructuras de pensamiento y manejo de datos, muy diferentes con respecto a las sociedades orales y caligráficas. Por ejemplo, el paréntesis Gutenberg fijó la autoría de las obras impresas (previamente casi toda la información que se manejaba procedía de fuentes anónimas), concibió una comunicación unívoca (dirigida desde el autor del libro impreso hacia el lector, al contrario de una comunicación oral, donde el oyente puede influenciar al orador), y una estabilidad textual (todos los volúmenes de una misma edición contienen el mismo número de páginas, y el mismo número de palabras) que no existía en la época de los juglares y los monjes copistas. Todo ello generó la percepción de que el texto impreso contenía la verdadera revelación de la expresión del autor. La labor del lector era, pues, descifrar de toda esa amalgama de signos ortográficos, aquello que el autor había querido realmente decir.

Con el final del Paréntesis Gutenberg el texto ha dejado de ser propiedad del autor. Cualquiera puede apropiarse de una fotografía, frase, video… y modificarlo. Además, el lector ya no tiene porqué escudriñar los sentimientos del autor de un poema, canción o novela, sino que es el mismo lector quien interpreta y contextualiza esas palabras escritas, según su experiencia, deseos y necesidades. Las intenciones reales del autor original desaparecen por completo en esa amalgama incesante de memes, opiniones 2.0 y cuentas de twitter. De toda esa masa informe de opiniones tan solo relucen aquellas que son más extremas, más polémicas, más agudas. La moderación se disuelve en los cientos de terabytes de información que se generan cada día. Es por ello que la voz de los ofendidos y de los trolls resuena con fuerza en el universo virtual de la World Wide Web.

Las libres reinterpretaciones y recontextualizaciones que ofrece la Segunda Oralidad no son signo de libertad de expresión, ni tan siquiera como una ampliación de las opciones de pensamiento que poseen los ciudadanos del mundo. Porque la Segunda Oralidad también coharta la libre expresión individual de los sentimientos y opiniones, que tienen que estar tamizadas, controladas y dispuestas de tal modo que no se conviertan en blanco fácil de los ofendidos y los trolls. No hay ampliación de la libertad de expresión en el cierre del paréntesis Gutenberg, sino más bien una traslación; de modo que la censura de los gobiernos se ha trasladado a la autocensura del propio individuo.

La colonización cultural de los Estados Unidos, no solo nos aporta fiestas de Halloween y anglicismos, sino que también asimilamos sus prejuicios, tabús y taras históricas. Así como nos adaptamos a sus pudores en cuestiones de exhibición sexual (como ejemplo, los bloqueos de cuentas de facebook donde se muestran pezones, aunque tengan un transfondo absolutamente no sexual), también estamos cambiando nuestro parecer entorno al tema del maquillaje negro. Poco importa si se trata de una diversión inocente, de un costumbrismo centenario, o incluso de un acto de respeto y admiración: ahora, cuando nos pintamos la cara de color negro resuena una única interpretación de ese gesto: la de los actores racistas norteamericanos de finales del siglo XIX que, maquillados de negro, despreciaban a las personas con piel de ese color.

 

La homeostasis de la globalización

La sociedad es un elemento necesario para la creación y conservación de cultura y excedente. Y, para su pervivencia a lo largo del tiempo, precisa que existan desigualdades entre las personas que la forman. El desequilibrio entre individuos es condición de equilibrio social. Pero, a su vez, esta desigualdad, llevada al extremo, pone en grave peligro a los miembros más vulnerables de la sociedad. Lo que es homeostático para la sociedad, es desequilibrante para la persona. La revolución sería, pues, la respuesta de las personas ante la agobiante homeostasis desestabilizadora de la sociedad.

La ficción nacionalista en la que Europa se haya sumergida desde el siglo XIX nos ha hecho (y todavía nos hace) creer que la sociedad englobada en el interior de un estado-nación es un ente autónomo, con existencia independiente de todos los demás. De allí que el juego de equilibrios sociedad-individuo se haya estudiado tomando como referencia el paradigma celular de la sociedad-nación. Por ejemplo, la dialéctica de clases y la lucha obrera que tomó Marx como principios de sus teorías políticas, económicas y sociales solo puede funcionar dentro de un sistema social hermético, casi de laboratorio de experimentación, donde las influencias exteriores, bien no tengan lugar, bien operen mediante mecanismos regulados (es decir, que las variables externas se transformen en constantes).

Esa ficción era sostenible tanto en el papel como en la realidad. Por una parte, la lentitud de los medios de transporte de tracción animal, primero, y la aristocratización de los vehículos más rápidos, más tarde, alimentaban la quimera de unas fronteras políticas estancas, tanto para personas, como para bienes y capitales. Los visados y los aranceles eran los símbolos de esa ilusoria fragmentación perfecta de los diferentes grupos humanos. Por otra parte, la transmisión de información a grandes distancias, no solo era escasa (si la comparamos con los terabytes que circulan hoy en día por los cables de fibra óptica transatlánticos), sino que, además, gran parte de esa información se distribuía de modo impreso (libros, revistas, panfletos…). La información que atravesaba las fronteras de los estados-nación, además de limitada, se encuadraba dentro del, también ficticio, paréntesis Gutenberg, donde el texto impreso gozaba de una estabilidad y un criterio de autoridad que limitaba su apropiación y asimilación por otras sociedades, supuestamente diferentes culturalmente (por lengua, por tradición, por historia), que la sociedad-fuente.

Barreras geográficas y culturales apoyaban la ficción nacionalista de identidades sociales estancas. El conflicto homeostático que equilibraba a la sociedad pero desequilibraba a los individuos que la componían se jugaba dentro de los límites del estado-nación. Las revoluciones no tenían por qué afectar directamente a los países colindantes (como así realmente sucedió con la Revolución Francesa y la instauración de los regímenes comunistas), pero sí se observaba un riesgo de “contagio”, fruto de esa visión organicista de las sociedades y las naciones. Así como, ante una epidemia, el aislamiento de los enfermos protege a los sanos, existía la creencia de que el aislamiento político e ideológico de una sociedad “revolucionaria” evitaría la destrucción de las estructuras etáticas “tradicionales”.

Pero ese mundo restringido, en el cual funcionaban las teorías basadas en la impermeabilidad del estado-nación, ya ha dejado de existir. La mecánica clásica de Newton era (y sigue siendo) válida para objetos de dimensión “humana”, pero falla cuando se aplica a partículas subatómicas o a galaxias. Del mismo modo la ficción nacionalista yerra en una época en la que los medios de transporte de largas distancias se democratizan, el Paréntesis Gutenberg se cierra y da paso a una Segunda Oralidad.

En la aldea global no existen sociedades separadas por vastos mares y alambradas. Existe una sola sociedad, la humana. Y como sociedad que se precia, sigue rigurosamente los preceptos homeostáticos exigidos para su buen funcionamiento y mantenimiento: por una parte, una acción antihomeostática contra la naturaleza; y por otra, un estado de desigualdad entre sus miembros. Y así como la contaminación del planeta y sus efectos deletéreos son obra, no de una sociedad y un nación-estado en particular, sino de la humanidad en su conjunto, el desequilibrio entre personas ya no solo opera intramuros de unas supuestas fronteras políticas, sino en el cómputo global de ciudadanos de este mundo.

La globalización ha reducido las distancias existentes entre estados-nación. Aunque las balsas que los migrantes africanos utilizan para cruzar el mar Mediterráneo parezcan (y sean) frágiles y peligrosas, los motores fuera borda que utilizan convierten en horas los días que se tardaba en alcanzar a vela Lampedusa desde las costas libias. Por otra parte, durante el Paréntesis Gutenberg, las informaciones venidas del exterior no se interpretaban para consumo interior: la riqueza y ostentación de la que hacían gala los norteamericanos y europeos no estaban al alcance de los mexicanos o los marroquís. Las admiraban, las envidiaban, pero tal vez se sentían “indignos” de poseerlas, pues el Discurso de Occidente los reducía a seres humanos de inferior categoría. Ahora, sin embargo, cualquier información puede ser interpretada y contextualizada según urgencias y deseos: tengo derecho a no morir de miseria, y acudiré ahí donde sea necesario.

La sociedad global contemporánea ha alcanzado un altísimo grado de homeostasis pero, al mismo tiempo, deja en evidencia las tremendas diferencias existentes entre sus miembros. Y este desequilibrio conlleva una contrarrespuesta inevitable: la revolución de las migraciones. La persona migrante huye de su lugar de nacimiento para tratar de mejorar su calidad de vida tanto o casi tanto como la de los residentes ¿nativos? de su nuevo hogar. La migración es, por lo tanto, un instrumento de uniformización entre individuos. Uniformización, equilibrio… proceso fatal para la sociedad, que exige de desigualdad para la producción de cultura y acúmulo de excedente.

La migración no es un fenómeno nuevo. El género homo, desde que es género homo, se ha desplazado de un lugar a otro en busca de comida y cobijo. Se han producido grandes migraciones durante la prehistoria alrededor del mundo, hechos que explican que ninguna persona actual posea una dotación genética pura, y todos seamos descendientes mestizos y bastardos de unos ancestros que, pobres ellos, no sabían nada de derecho transnacional. Antes de la aparición de los estados-nación ya se habían testimoniado otros grandes éxodos humanos, como los que provocaron la caída del Imperio Romano de Occidente. Desde la constitución de los estados modernos, allá en el siglo XVII, se han ido sucediendo desastres bélicos y calamidades climáticas que han obligado a decenas de millones de personas a desplazarse de un lugar a otro. Aquello contra lo que con tanto ahínco combaten los populistas de extrema derecha pertenece a la esencia misma del ser humano. Pero ellos no temen al migrante, sino a la constatación de que esas fronteras que ellos consideran sagradas e inamovibles, hoy en día muestran su verdadera esencia: la pura no existencia.

La Justicia fuera del Paréntesis Gutenberg

El sistema judicial con el que nos hemos provisto en las democracias liberales tiene unos fundamentos absolutamente modernos, fruto de la experiencia y del pensamiento de los siglos XVIII y XIX. Aunque encuentran sus raíces en el derecho romano, los códigos legislativos actuales funcionan según una ley escrita e impresa, que es aplicada, en principio, de modo riguroso, por el juez. Como modernos que son, los sistemas judiciales podrían considerarse basados en ideas positivistas, esto es, que aunque aún no se haya conseguido una ley perfecta y universal, válida para todos los individuos de todas las sociedades y todos los tiempos, ésta se conseguirá en un futuro más o menos cercano, gracias al uso de la razón.

El Paréntesis Gutenberg es esa franja teórica de tiempo, que va desde la invención de la imprenta de tipos móviles por Johannes Gutenberg hasta la aparición de los primeros sistemas digitales de manejo de la información. Durante ese corto periodo el texto impreso recibió un estatus de autoridad, aquél que había sido arrebatado a los doctores y sabios de la Antigüedad. El texto impreso era estable, podía ser leído por decenas, cientos, miles de personas sin que éste cambiara un solo punto, una sola coma (al contrario de la tradiciones caligráfica y oral, volubles e inestables). Pero, además, se atribuyó que todas las personas que leían un mismo texto interpretaban y contextualizaban el mismo de modo parecido, y que coincidían con las interpretaciones y contextualizaciones con las que había creado el autor esa obra. Por lo tanto, la ley impresa también debía de ser interpretada y contextualizada de modo similar por cualquier experto jurista que la leyera. El ámbito de interpretación de la ley por el juez era muy limitado: tan solo le quedaba libertad a la hora de interpretar los hechos que exponían las diferentes partes en conflicto.

Por otra parte, a ese criterio de autoridad que se atribuía al texto legal escrito, se le unía la autoridad que otorgaba el Estado al juez. Éste, dotado de un prolijo conocimiento de las leyes y de una personalidad estable y conciliadora, interpretaba los hechos que tanto parte acusadora como defensora le entregaban y, en base a esa interpretación, decidía cómo había que aplicar la ley. Nadie ponía en tela de juicio ni su honestidad ni sus conocimientos. Así como un paciente acepta que el médico es quien más sabe de su enfermedad, cualquier ciudadano de a pie era consciente de que el juez poseía información privilegiada a la que él nunca accedería (y si podía acceder, jamás podría llegar a comprender).

Sin embargo, el supuesto Paréntesis Gutenberg empieza a cerrarse, y la Justicia, como otros aspectos sociales de la vida del día a día, sufre sus consecuencias. Sufre las consecuencias de seguir funcionando del mismo modo que si el texto impreso fuera tan estable y canónico como lo era antes de la democratización internet y de los sistemas de edición digital de texto. Pero ya no lo es. En primer lugar, porque probablemente su solidez era una fantasía: todo abogado, todo legalista, todo juez siempre han interpretado y contextualizado las leyes según sus conocimientos y experiencia previa. No solo el juez interpretaba los hechos: también daba un sentido personal a la ley que había sido publicada en el BOE o en la Constitución. Pero es que, además, junto a la pérdida de autoridad del texto escrito y, por ende, de la ley impresa, el juez también se ha visto mermado de esa patina de incontestabilidad con la que durante siglos se vio reconocido. En una época en la que tenemos acceso a todo conocimiento, a toda información, nos creemos que estamos en derecho a contestar y rebatir a los profesionales. Todos somos un poco médicos, arquitectos, fotógrafos, abogados, políticos… Sin embargo, poseer información no es sinónimo de comprenderla y, mucho menos, de saber utilizarla de manera juiciosa. Más aún, el torrente de datos que todos los días nos ofrecen los periódicos digitales, las redes sociales y otros vehículos de información masiva, inhiben nuestra capacidad de contraste y crítica de los datos recibidos. Nos los creemos porque no tenemos tiempo para digerirlos. Y aun así, nos creemos en condiciones de atacar decisiones tomadas por expertos que han adquirido sus conocimientos en base a un análisis crítico.

Otro aspecto específico del fin del Paréntesis Gutenberg es el ilimitado derecho de ofensa que nos conceden internet y las redes sociales. Antaño, quien no estaba de acuerdo con la sentencia de un juez tenía dos opciones: aceptarla (y criticarla en el ámbito privado con su familia y allegados) o presentar una apelación en una instancia superior. Hoy en día existe una tercera vía: publicar su versión de los hechos (su interpretación y contextualización) a la opinión pública a través de las redes sociales. Publicar el agravio sufrido por un sistema judicial imperfecto. Él (o ella), que es tan buena persona, ha sido insultado por un juez (o jueza) al recibir semejante pena (o al no recibirla el acusado o acusada). Salvo excepciones, caerá en saco roto: la masa informativa que recorre internet es tan vasta y basta que casi nadie prestará atención a sus ofensas. Sin embargo, si acepta a convertirse en juguete manipulado de alguna causa justa, podrá recibir un eco mediático con el que jamás podría soñar. Y, desde entonces, una causa particular se transforma en causa pública, general, universal. Los hechos (tanto los sucesos que sucedieron antes del juicio, como el proceso judicial en sí) se manipulan, tegiversan y se transforman en relatos míticos del bien contra el mal, de la mujer contra el heteropatriarcado, de la minoría étnica contra el racismo… Una oleada de consternación y apoyo a la víctima de la sentencia judicial recorrerá la sociedad: la Justicia está podrida y hay que echar de la jurisprudencia a los jueces que han cometido tan vil ofensa.

No voy a negar que este cambio en el modo de ver la Justicia tiene su lado bueno: la sociedad puede así concienciarse acerca de injustas situaciones que hoy son moneda de cambio habitual, pero que mañana deberían ser erradicadas por completo. El caso de “La Manada”, por ejemplo, ejemplifica ese movimiento de rechazo a una decisión judicial que, además, visibiliza una violencia sufrida, muchas veces en silencio, por decenas de miles de mujeres en España. No dudo que la información vertida acerca de este tema en facebook y twitter está manipulada. Pero, visto los datos objetivos (y probados), no es necesario entrar en disquisiciones del procedimiento judicial para comprender que la sentencia ha sido muy liviana para los presuntos violadores (digo presuntos porque en estos momentos son, legalmente, abusadores).

Otro asunto es el de Juana Rivas. La sentencia que la condena a cinco años de cárcel y seis sin patria potestad está siendo utilizada por ciertas plataformas pro-Juana y anti-Juana para criticar a la Justicia por un supuesto machismo heteropatriarcal o una excesiva benevolencia con ella. Aparecen mensajes que acusan al marido de ser un cruel y despiadado maltratador, o un mal padre (de lo que, según los jueces, no hay evidencia), así como a Juana Rivas (o al entorno que le aconseja cómo actuar) de falso testimonio. Aparecen noticias en las que Juana Rivas habría dejado los hijos al supuesto cruel y despiadado ex-marido para irse de viaje de vacaciones con su nuevo novio. El caso está rodeado de propaganda a favor y en contra de ella y de él, de modo que llega un momento que no se sabe qué es verdad, y qué pura mentira. ¿Han actuado bien los jueces en este asunto? Tal vez, al contrario que en el caso de “La Manada” sea necesario conocer más a fondo el sumario, y poseer conocimientos legales especializados, para poder dar respuesta cabal a esta pregunta. Sin embargo, la sociedad se posiciona, a favor de uno o de otro. Pero siempre en contra de la Justicia, demasiado machista o demasiado feminista.

fake
Opinión aparecida en una noticia de “El Mundo” del 29 de julio de 2018. No existe constancia de tal viaje, por lo que se podría considerar claramente como un fake.

Mientras no se interprete la Justicia de otra manera diferente, ésta seguirá funcionando dentro Paréntesis Gutenberg en el que fue concebida. Una Justicia desajustada en un mundo que se mueve dentro de una Segunda Oralidad. No quedan ni siquiera las sombras de la estabilidad  y canonicidad del texto jurídico, si es alguna vez existieron. Además, las partes en conflicto aprovechan la democratización de la edición y publicación de información a través de internet y redes sociales para, a través de la opinión pública, alterar el criterio de jueces y fiscales. Si no lo consiguen, siempre podrán echar mano del victimismo y del sentimiento de ofensa, con el que, tal vez, sin obtener réditos legales, si se consigue cierta satisfacción psicológica. Es la pena a la que se ve sometida una justicia democrática, pero de clase, que aún no ha realizado una revolución más allá de la Modernidad.

 

 

 

Del relativismo a la incertidumbre: el escepticismo humanista

Porque nada más estulto que la sabiduría inoportuna ni nada más imprudente que la prudencia descaminada, y descaminado anda quien no se acomoda al estado presente de las cosas, quien va contra la corriente y no recuerda el precepto de aquel comensal de «O bebe, o vete», pretendiendo, en suma, que la comedia no sea comedia. Por el contrario, será en verdad prudente, quien, sabiéndose mortal, no quiere conocer más que lo que le ofrece su condición, se presta gustoso a contemporizar con la muchedumbre humana y no tiene asco a andar errado junto con ella. Pero en esto, dirán, radica precisamente la Estulticia. No negaré que así sea, a condición de que se convenga en que tal es el modo de representar la comedia de la vida.
Elogio de la locura. Erasmo de Roterdam

El análisis lineal de los hechos históricos permite rememorar una suma de acontecimientos que van desde una situación pasada hasta una contemporánea. De este modo se puede explicar y entender de dónde partimos para llegar allí donde nos encontramos. Tal vez ésta sea la única sistemática posible, pues la información acerca del pasado es tan amplia, tan ambigua e, incluso, tan retocada por intereses pretéritos y presentes, que no es posible comprender nuestro presente desde un caos informativo del pasado. Así, no queda otra opción que la selección lineal de información histórica. Ésta se puede realizar desde la hipótesis hacia la tesis, esto es, aceptando datos históricos que, aunque pueden contradecir y destruir nuestros planteamientos iniciales, su inclusión en la teoría final refuerzan la veracidad histórica (historia explicativa). O también puede realizarse de modo inverso, “picoteando” de los anaqueles de la historia aquella información que se adapta y apoya nuestra hipótesis (historia justificativa). En ambos casos se obviarán, olvidarán y marginarán cientos, miles de datos que, si bien han convivido en espacio y tiempo con aquellos que conforman el eje de las teorías históricas, no les son útiles.

En este blog hemos construido una historia del pensamiento lineal que va desde una época premoderna, de verdades sólidas, externas e independientes a la persona, a una sociedad postmoderna donde la verdad es líquida, todo-relativa. La tesis principal en la que nos hemos apoyado ha sido el “error” de los modernos por tratar de alcanzar por medios humanos esa verdad sólida que antaño era potestad de los dioses. Cómo la verdad sólida premoderna, que se hallaba en un espacio exterior, inalcanzable para la cogitación humana, era fagocitada (con más fracaso que éxito) por el individuo moderno. Cómo los conceptos de idea verdadera e idea útil, bien definidos y diferenciados en la Antigüedad, eran mezclados y fusionados por las teorías modernas: lo útil debería ser, además de útil, universalmente verdadero; esto es, no contradecible. Cómo el criterio de autoridad, que era la base a partir de la cual se construía todo saber premoderno, no era realmente destruido por los modernos, sino que éste quedaba consignado, encajonado, dentro de los textos impresos en tipos móviles (y de ahí el supuesto paréntesis Gutenberg).

Para construir esta historia lineal del pensamiento es necesario desdeñar ciertos datos, ideas, obras y acontecimientos que, de ser tenidos en cuenta, desdibujarían el esquema simplista, pero comprensible, que nos lleva desde la verdad sólida premoderna hasta la verdad líquida postmoderna. Pero estos datos, ideas, obras y acontecimientos tuvieron lugar en la historia, y se concatenan, abrazan y relacionan con aquellos que sí se han tenido en cuenta para construir nuestra linealidad histórica. Aceptarlos no debería porqué afectar al valor de la teoría propuesta. Eso sí, eliminarían de raíz los intentos de generalizaciones y uniformidades.

Nunca existió una verdad sólida premoderna pura, como tampoco hoy en día nos manejamos con puras ideas líquidas. La historia no es lineal; gira, da curvas, retrocede y avanza, se desdobla, se pierde y se encuentra… Y así, hay un momento de esta historia  de las ideas donde se produce la transición entre lo antiguo y lo moderno. Un momento en el que esa verdad sólida deja de ser propiedad de los dioses y se convierte en preciado fruto de deseo por filósofos y científicos. Tal vez ese momento sea el Renacimiento. En aquella época los dioses todavía eran contenedores de la Verdad. Ésta seguía siendo externa, inalcanzable para el ser humano. Y como tal, los pensadores humanistas no la buscaban. Diferenciaban esa idea verdadera, que había sido revelada por los dioses y entregada a los mortales en sagrados libros, de la idea útil, que permitía construir el día a día de la persona, de la sociedad, del mundo. Sin embargo, si bien respetaron el criterio de autoridad divino que pesaba sobre la idea verdadera, se atrevieron a criticar y juzgar la verdad útil. No toleraban la autoridad de los doctos teólogos sobre los asuntos mundanos, y se osaron a levantar la voz para exigir una nueva herramienta que permitiera mejorar aquellas verdades útiles que sustentaban la sociedad. Al modo de Sócrates, cuestionaban. Al modo de Sócrates, eran escépticos.

La Europa del Renacimiento acababa de recibir entusiasmada una de las innovaciones más revolucionarias de la Historia: la imprenta de tipos móviles. Con ella, el conocimiento que estaba preso en los códices amanuenses medievales, se extendió por todo el territorio europeo. El número de lectores aumentó, aunque el analfabetismo continuara siendo la norma en una sociedad aún feudal. La cultura se laicificó; dejó de ser propiedad de intelectuales de la Iglesia Católica. Pero el libro impreso, probablemente, aún no poseía esa autoridad casi sagrada que le otorgaron los modernos. La cultura se transmitía de modo impreso, pero se consumía todavía en modo oral-caligráfico.

De este modo, el pensamiento humanista es una transición entre el antiguo y el moderno. Por una parte, acepta la incapacidad humana de dominar la Verdad, y a la vez desafía las tradiciones que someten la sociedad. Aplican la razón, pero no a hechos y elementos absolutos, universales, no contradictorios, sino a temas terrenales, cercanos, concretos. Disfrutan del boom cultural que les ofrece la imprenta, pero sin considerar al libro como portador de un conocimiento estable, autónomo, canónico y unidireccional. Practican el escepticismo, pero no desde un punto de vista negativo. El relativismo es el escepticismo negativo: reniega de toda verdad parcial, pues considera que la única meta aceptable es la Verdad Absoluta. Los humanistas no buscaban la Verdad; tan solo se afanaban por crear verdades parciales más morales y más útiles.

Otra característica del pensamiento humanista es la amplitud de su Discurso. Y es que, como bien explica Foucault en su “Historia de la locura en la época clásica”, si bien  en el Renacimiento existían los conceptos de tabú y locura, las ideas no compatibles con el Discurso no eran aisladas y silenciadas. El loco vivía en sociedad, se mezclaba con los cuerdos y su discurso alternativo podía ser atendido por aquellos que le rodeaban. Don Quijote de la Mancha o Hamlet no podrían haber sido escritos uno o dos siglos más tarde: a sus protagonistas les hubieran encerrado en un manicomio. El pensamiento humanista no alienaba al diferente y al rival; los aceptaba para combatirlos con las armas del escepticismo. Combatir pero no destruir. El escéptico opina, pero no niega.

El pensamiento humanista no solo es propio de una época, de unas circunstancias y de unos personajes, sino que ha existido a lo largo y ancho de la historia del pensamiento. A pesar de la preeminencia durante la era moderna de la búsqueda de la Verdad Absoluta, de conceptos universales no contradictorios que puedan servir de modelo para todos los seres humanos, también ha existido una corriente, más humilde, más ignota, en la que, aceptando los límites de la razón humana, se buscaban herramientas de pensamiento menos presuntuosas, pero más más aplicables al día a día.

El escepticismo humanista no sabe de ideologías o posicionamientos extremos: Tzvetan Tódorov, Javier Gomá, Daniel Innerarity… practican ese pensamiento en la incertidumbre, esa cogitación de lo pequeño, de lo limitado. No buscan redefinir el mundo tal como lo conocemos para transformarlo en un paraíso terreno. No ofrecen interpretaciones definitivas del ser humano y de la sociedad en la que vive. El ámbito de aplicación de sus teorías es más mundano, menos universal. Abandonan la búsqueda de la idea verdadera, de la verdad sólida, para centrarse en la búsqueda de ideas útiles.

¿Por qué la modernidad “humanista” no triunfó? ¿Por qué fue desplazada por la modernidad “racionalista”? Eso se pregunta Toulmin en “Cosmópolis”. Tal vez el monoteísmo y el aristotelismo ha moldeado tanto el pensamiento europeo que ya no es capaz de tolerar esa incertidumbre y ese escepticismo de los que saben que nunca llegarán a conocer la Verdad. Preferimos la certidumbre rígida y segura que la duda escéptica. Es cierto que el pensamiento humanista fue derrotado por el análisis, la ciencia y el empirismo, pero pervive aún en el espíritu crítico europeo. Es por ello que, de cierto modo, el escepticismo humanista abre una puerta alternativa al relativismo postmoderno contemporáneo. Otra Modernidad fue posible; otra Modernidad es posible.

Hacia una (imposible) Tercera Oralidad (y II): Interpretación y contextualización

La estabilidad textual y del autor tras la aparición de los tipos móviles de Gutenberg es un hecho fácilmente analizable, pues son dos elementos objetivos que se encuentran inscritos en la estructura concreta del texto-libro. Sin embargo, los textos, orales o escritos, contienen otra serie de características no menos importantes, pero sí más difícilmente cuantificables. Aspectos subjetivos del texto, como lo son la interpretación y la contextualización, no pueden valorarse tomando el texto-en-sí como elemento de estudio. Se necesitaría analizar toda la sociedad receptora de ese texto, a lo largo y lo ancho del tiempo, para poder hacerse una vaga idea de cómo ese texto ha sido interpretado por cada uno de los receptores, así como en qué contexto lo sitúan o lo utilizan.

Los textos de la primera oralidad no necesitaban de un autor concreto ni una estructura textual “a pie de la letra”, pues la función de estos textos era ser útiles en el presente; la remembranza de aspectos pasados no relacionados con la vida actual exigía un gasto de memoria que, sin papel ni boli a mano, no estaba justificada. La interpretación y el contexto en el que se utilizaban los textos orales, siguiendo esta lógica todo-presente, eran tan volubles e inestables como el autor y la estructura textual. Así, un héroe que aparecía en un poema épico podía convertirse, por necesidades del guion político y social, en un malhechor y traidor. O lo que era una narración educativa para adultos analfabetos acababa convertida en cuento infantil. Es por ello que nunca sabremos cuándo ni cómo nacieron los mitos precaligráficos: la fuente original desapareció siglos atrás. Los historiadores antiguos como Heródoto o Plutarco escribieron acerca de hechos antiguos a partir de narraciones orales. Estas narraciones, pasadas de boca en boca, de memoria en memoria, de circunstancia en circunstancia, fueron moldeando los personajes, las gestas, las batallas, las traiciones… de modo que, cuando éstas fueron apuntadas con tinta sobre un papiro o un pergamino decían más de la sociedad de la que los historiadores formaban parte, que de los imperios y reinos a los que aludían.

La caligrafía cierra en parte esa incesante fuga de interpretaciones y contextualizaciones de la Primera Oralidad. Sólo en parte, pues la caligrafía está destinada a una transmisión oral de la información contenida en el papel. La caligrafía, como simple instrumento de la oralidad, no puede fijar, estabilizar firmemente ni la interpretación ni la contextualización del texto. La copia caligráfica se comportará del mismo modo que el boca a boca oral: sufrirá transformaciones en la interpretación y contextualización según necesidades del momento, o los gustos del copista.

La verdadera revolución en la interpretación y contextualización de textos se producirá con la aparición de los tipos móviles. La estructura textual estable de los libros impresos propiciará que la interpretación y contextualización se ajuste más a aquellas con las que originalmente pretendió escribir la obra el autor. Cada lector manipulará la información recibida en las páginas impresas según su experiencia, conocimientos y ánimos, pero lo que aprehenda él no se alejará tanto del objetivo original como sucedía en las épocas del texto oral y caligráfico.

Una de las características del texto impreso es la unidireccionalidad del mismo: la información se dirige de autor a lector, y no a la inversa. La interpretación y contextualización del autor permanece “fija” a lo largo de las tiradas de las diferentes ediciones de su obra. Sin embargo, las interpretaciones y contextualizaciones de los cientos, miles, millones de lectores se comportan de un modo oral, esto es, que sus estructuras originales desaparecen y se evaporan con el tiempo. Sólo los editores, compiladores, traductores, críticos y eruditos podrán dar razón impresa de sus diferentes interpretaciones y contextualizaciones del texto. Por ello, a pesar que con Gutenberg, la interpretación y contextualización se estabilizan “levemente”, la apariencia de las mismas, estranguladas por la dictadura de la estabilidad textual, la autoría y la unidireccionalidad, es mucho más rígida.

La democratización de las técnicas de edición, impresión y publicación ha dado paso a la llamada Segunda Oralidad. Con ésta, el texto impreso se libera del yugo que le impuso la imprenta de tipos móviles. El texto mantiene su autoría, pero ya no es tan estable. Además, la unidireccionalidad ya no es tal, pues el lector puede publicar su interpretación del texto leído a través de blogs y foros. Con sencillas aplicaciones incluidas en los editores de texto, como puede ser el cortar-pegar, cualquier lector puede tomar una frase, un párrafo, un capítulo de un libro y, a través de sus comentarios, recontextualizarlo. La reinterpretación y la recontextualización de textos ya se realizaban antes de la era digital, sólo que, al manejarse de modo oral, nunca llegaban a “fraguar” o “estabilizarse”; algo que si ocurre en la Segunda Oralidad.

INTERPRETACIÓN

A partir del momento en el que se rompe la unidireccionalidad del texto escrito, y el lector es también agente activo y manipulador del mismo, puede llegar a suceder que su versión textual, su reinterpretación y su recontextualización puedan sufrir esos mismos procesos en manos de otros potenciales lectores. Éstos, a su vez, también serían versionados, reinterpretados, recontextualizados. Se conformaría así una inmensa red textual multiversa, multiinterpretada y multicontextualizada, tejida desde un texto de autoría reconocida. Sería el tiempo de una Tercera Oralidad, la cual se daría la mano con la Primera Oralidad, tan inestable, tan caprichosa a los avatares del presente.

tercera

Probablemente nunca se llegue a dar una Tercera Oralidad. No por falta de memoria física en los sistemas informáticos (tal vez se necesitarían varios yottabytes para hilar semejante red textual), sino porque ni el cerebro humano, ni la agregación de todos los cerebros humanos disponibles sería capaz de hacer uso y, mucho menos, sacar partido, de semejante maremágnum de información y datos. El conocimiento exige orden: empoderarse de la información. Por eso la Primera Oralidad se movía en el tiempo presente, ajustada a la sociedad donde se producía. Por eso Gutenberg y la Segunda Oralidad pudieron apropiarse del pasado y superar las barreras argumentativas que le infligían los usos y costumbres presentes. Sin embargo, la Tercera Oralidad no supone ni orden, ni empoderamiento: más bien al contrario. Por ello, por mucho que avancen los mass media y las tecnologías de almacenamiento de información, el cerebro humano tiene y tendrá un límite en el manejo de textos; y éste se sitúa, muy probablemente, en la Segunda Oralidad.

Hacia una (imposible) Tercera Oralidad (I): Autor y texto

Quand je prenais un livre, j’avais beau l’ouvrir et le fermer vingt fois,je voyais bien qu’il ne s’altérait pas. Glissant sur cette substance incorruptible: le texte, mon regard n’était qu’un minuscule accident de surface, il ne dérangeait rien, n’usait pas.
Jean-Paul Sartre. Les mots

Ya lo dijo Walter Ong: lo oral ha sido el sistema de comunicación por excelencia del ser humano desde que éste adquirió esa capacidad, allá en las lejanas épocas prehistóricas. A través de la palabra hablada las personas nos queremos y nos odiamos, nos ponemos de acuerdo o declaramos guerras, construimos sociedades, levantamos poblados, villas, ciudades, megalópolis… Pero también la palabra hablada divierte e instruye, con chistes, narraciones épicas, cuentos, noticias…

Antes del surgimiento de la escritura (y, sobre todo, de la imprenta) la vida de la comunidad oral estaba fuertemente vinculada al presente, pues los actos pasados, por muy memorables que fueran, se diluían como terrón de azúcar en el tiempo; al final, lo que quedaba de ellos era un mito, un conjunto de ideales que, repetidos, simplificados y exagerados, poco tenían que ver con el acontecimiento histórico real que tuvo lugar. La memoria oral no era exacta; tampoco era un atributo que se le exigiera. Su cometido no era recuperar ese recuerdo “al pie de la letra”, anclado al suceso primario o autor original; sino que debía contener elementos pasados que fueran útiles en el presente.

El autor de la Oralidad Primaria era etéreo, anónimo. De ahí que la mayor parte de las obras literarias, artísticas, inventos, obras de ingeniería… que nos han llegado hasta el presente de nuestros antecesores orales son de autor desconocido. Y si se conoce la autoría,  suele ser la de la primera persona que recogió todo ese saber oral y lo dispuso en escrito. Homero no fue, probablemente, el autor original de la Odisea y la Ilíada pero sí el primero que se preocupó en compilar por escrito todos los cantos épicos orales que se glosaban en la época. En la Primera Oralidad se disuelve el autor original: los cuentos, las épicas, las canciones… pasan de voz en voz. y cada una de esas voces, haciendo uso de esa memoria “útil en el presente” (y no “al pie de la letra”), modifica a su gusto (o al gusto de la audiencia que quiere escucharlo), los diferentes pasajes de esos cuentos, canciones… El autor y el texto de la Primera Oralidad son inestables, pero no como atributo peyorativo, negativo, sino como elemento indisociable y, casi, indispensable, de su naturaleza. La memoria importa mucho en lo oral, y la estabilidad del texto “a pie de la letra” y el recuerdo continuado del autor exigirían un inútil consumo de recursos memorísticos, lo que iría en contra de esa naturaleza utilitaria y centrada en el presente de la Primera Oralidad.

Desde el nacimiento de la escritura cuneiforme en Mesopotamia, hasta la invención de la imprenta por Johannes Gutenberg, la Primera Oralidad se vio enriquecida por la escritura caligráfica. El texto escrito a mano permitía una transmisión más “estable” de la información, de modo que ya no se dependía tanto de la memoria. Aun así, siendo la inmensa mayoría de la población analfabeta, el objetivo principal del texto caligráfico era el de soporte de lo oral: así, los dramaturgos podían redactar obras de teatro que luego declamarían los actores; o los políticos podían estructurar sus discursos políticos en base a notas escritas a mano. El texto caligráfico nunca se independizó de lo oral: perdió, eso sí, el anonimato bajo el que se había cobijado durante milenios el texto oral y su contenido quedó adherido, de modo estable y perenne, al de su autor original. La caligrafía, sin embargo, no consiguió ofrecer estabilidad al texto; escrito a mano, página a página, volumen a volumen, por copistas y escribas que añadían o eliminaban pasajes, según fuera su gusto personal, o el de la época y sociedad en la que trabajaban.

La imprenta de tipos móviles de Gutenberg revolucionó la comunicación, pero también las relaciones del texto con el pensamiento. La imprenta permitía imprimir cientos, miles de volúmenes de un determinado texto, todos ellos copias exactas, palabra por palabra, del texto original que se dio a la editorial para su publicación. Por primera vez en la historia esa memoria “útil en el presente” fue suplantada por otro tipo de memoria, más exacta, más “a pie de la letra”, que establecía un vínculo de unión indestructible con un autor que, ya desde la época caligráfica, nunca más sería anónimo. Un texto impreso era un universo cerrado, acabado, perfecto. El pensamiento se liberó de los grilletes memorísticos (rimas, epítetos, redundancias, repeticiones, ciclos…) exigidos por una oralidad sin referencia escrita. Así, dio rienda suelta a unas estrategias cognitivas diferentes a las de la Primera Oralidad: ya no era necesario vivir atado al presente; el texto escrito permitía recuperar del pasado ideas y teorías que, de haber sólo contado con textos orales, bien se habrían perdido, bien habría sido necesaria su simplificación-reducción a lo “útil en el presente”. A partir de Gutenberg, el texto es propiedad intelectual de un autor. La estructura interna del mismo sólo puede ser alterada por el mismo autor, el editor (que organiza el texto y decide sobre la edición del mismo), el compilador (que elige de diferentes textos ciertos capítulos, fragmentos o frases), o el traductor.

La revolución tecnológica del siglo XX ha traído consigo la democratización de los sistemas de edición, impresión y publicación de textos. Cualquiera, desde su ordenador, puede tomar un texto impreso en medios digitales, utilizar la herramienta “copiar-pegar” y manipular el contenido del texto seleccionado. Es la edad de oro del “meme”. Además, gracias a internet y las redes sociales, se puede publicar ese contenido hacia una audiencia potencial de cientos de millones de internautas. Cualquiera de nuestras más mediocres creaciones pueden llegar a más público del que jamás soñaron Cervantes o Shakespeare. En la Segunda Oralidad el texto se vuelve inestable, aunque sin alcanzar las cotas de la Primera Oralidad. Eso sí, por mucho que se manipule, la autoría del texto sigue inalterable: de lo contrario se hablaría de “plagio”.

En la siguiente gráfica se representa la distribución de la relación del texto con su autor original a través de las diferentes épocas, según se ha explico anteriormente. En abscisas se marca la distancia de la autoría del texto que recibe un receptor (oral, caligráfico, impreso, digital) de la autoría del texto original-tal-como-lo-ideó-el-autor. En ordenadas se representa el porcentaje de textos que se encontrarían a esa distancia. Huelga decir que se trata de una representación simbólica, no correspondiendo estos datos con la realidad objetiva, la cual tal vez nunca pueda ser expresada en términos numéricos y/o estadísticos:

CALIGRAFÍA

En la siguiente gráfica se representa la distribución de la estructura íntima del texto a través de las diferentes épocas, según se ha explico anteriormente. En abscisas se marca la distancia de las diferentes formas del texto para con el texto original-tal-como-lo-ideó-el-autor. En ordenadas se representa el porcentaje de textos que se encontrarían a esa distancia:

warabilidad

La escritura, en cualquiera de sus formas (caligráfica, imprenta o digital) ha supuesto una ruptura radical, en términos de autoría y estabilidad textual, para con las formas de la Oralidad Primaria. El anonimato en el que se transmitía el texto oral deja de ser tal cuando a éste se le adjunta el nombre de su autor, ya sea sobre una estela de diorita, un papiro, un libro o un fichero .txt. Por otra parte, aunque la caligrafía y los sistemas actuales de edición digital ofrecen cierta estabilidad al texto, sólo es con la imprenta donde se obtienen cuotas de estabilidad tales que permiten considerar al texto como una estructura fija, inmutable, tanto en el tiempo (a lo largo de las ediciones que se realicen del mismo durante el tiempo, a excepción de las modificaciones que realicen editores, compiladores y traductores) y en el espacio (a lo ancho de todos y cada uno de los volúmenes de los que cuenta cada edición: todos los libros son idénticos los unos a los otros).

Traducción y paréntesis Gutenberg

Desde este blog se ha venido apoyando la tesis de que el paréntesis Gutenberg fue más un deseo de estabilidad del texto impreso, que una verdadera estabilidad del mismo. Y es que la impresión con tipos móviles se inició todavía en una época de pensamiento en estado sólido, esto es, en la Premodernidad. Entonces se consideraban virtudes a la perennidad e inmutabilidad… Todo cambio era vicioso e imperfecto. Verdad sólo había una; el estado máximo de perfección era lo eterno.

La Modernidad trajo consigo el final del pensamiento sólido premoderno. Ya no se aceptaban verdades preestablecidas por dioses, sacerdotes o sabios de la Antigüedad. La realidad de las cosas había que demostrarla, bien empíricamente, bien a través del método científico. El pensamiento moderno se “ablandó” con respecto al pensamiento premoderno. Sin embargo, no fue capaz de abandonar esa Verdad Absoluta que tanto veneraban los antiguos y creían descubrir en las lecturas de sagradas escrituras. Los modernos no poseían tal verdad, pero la consideraban objetivo alcanzable (y deseable) gracias a los recursos que les otorgaba la Razón. El pensamiento moderno era más blando que el antiguo, pero aspiraba a alcanzar sus mismas cotas de rigidez.

El texto impreso, venido a este mundo a caballo entre la Antigüedad y la Modernidad, bebió de ambas aguas: adquirió ese carácter estable, canónico y permanente que tanto alababan los premodernos, y tanto anhelaban los modernos. Sin embargo… ¿no es esa estabilidad una mera ilusión? Actualmente se acepta que el texto impreso ya no posee los atributos que el paréntesis Gutenberg le otorgaba; así mismo se habla del advenimiento de una Segunda Oralidad, en la que la estabilidad, canonicidad y permanencia del texto impreso han sido sustituidas por la apropiación, reinterpretación y recontextualización. Se suele atribuir ese cambio a las sucesivas revoluciones en los sistemas de edición, impresión y publicación (editores de texto en ordenadores personales, imprentas offset, internet…), como si tales cambios tecnológicos hubieran sometido al texto impreso a una tábula rasa para, posteriormente, asignarle unas cualidades que contradicen las anteriores.

Desde antes incluso de la existencia de la imprenta de tipos móviles, los traductores han tenido una gran importancia en la expansión de la cultura. Gracias a ellos han llegado hasta nuestros días copias de libros tan antiguos como los de la Biblia, o los de los filósofos griegos y romanos. El anónimo esfuerzo del copista-traductor medieval nos ha proporcionado un opíparo surtido de fuentes a través de las cuales llegar a los orígenes del pensamiento occidental. Por ejemplo, hoy podemos disfrutar de las enseñanzas de Aristóteles gracias a las traducciones que los árabes realizaron en la Edad Media.

Sin embargo, ¿cuál fue, es y será la labor del traductor? ¿Es posible traducir un texto de un idioma a otro, manteniendo no sólo la estructura formal del mismo, sino además su contexto, interpretación y significado? Pregunta harto difícil a la que no cabe una única respuesta. Habría que empezar por preguntarse sobre las características de la lengua de origen y la de destino; sobre las cualidades del autor y del traductor (¿y si es el propio autor quien traduce sus propias obras?); sobre el momento en el que se ejecuta la traducción (¿es contemporánea a la redacción del texto o, por el contrario, ya han pasado años, décadas, siglos, desde que se escribió?)… La relación entre el texto de origen y su traducción es compleja, multívoca. Pero, independientemente del ecosistema en el que se fragua esa relación, y de sus protagonistas, la traducción siempre dejará, por lo menos, un poso de duda acerca de su fidelidad al texto original.

Y es que el traductor, aunque no sean ésos sus objetivos ni deseos, va a estar obligado a reinterpretar el texto, aportarle nueva significación e, incluso, reinscribirlo en un nuevo contexto para el que no fue escrito. Todo ello en mayor o menor medida, dependiendo de su pericia, dominio idiomático y empatía para con el autor original.

El traductor niega el paréntesis Gutenberg… incluso durante los casi cinco siglos en los que se considera que tuvo vigencia. La traducción es un ejercicio de emancipación del texto escrito, que se desprende de ese rígido corsé de estabilidad, canonocidad y permanencia. Abre las puertas a un texto liberado de la interpretación única de su autor original, que pasa a pertenecer, aunque sea de manera casi furtiva, al profesional de la traducción.

Posiblemente el paréntesis Gutenberg no haya sido más que una mera ilusión de solidez. La revolución que se produjo en ese taller de orfebres de Maguncia, allá en el siglo XV, no supuso el paso de la Primera Oralidad al Paréntesis Gutenberg, sino más bien una transición directa y sin intermediaciones, desde la Primera hasta la Segunda Oralidad. Las actuales tecnologías en edición, impresión y publicación no han propiciado, por lo tanto, el cierre del paréntesis Gutenberg, sino que su única (e importantísima) labor ha sido la de arrancar del texto impreso esa falsa estabilidad, canonicidad y permanencia que le otorgaron los modernos. Los traductores debían (y deben) apartar, aunque fuera sólo durante un sólo momento, esa careta, para así apropiarse del texto, y poder llevar a cabo su tan importante empresa cultural. Eso sí, una vez acabada y publicada la traducción, el texto volvía a vestirse con el disfraz del paréntesis Gutenberg. De ese modo el texto mostraba ante el público, pero ya en otro idioma, el mismo aspecto estable, canónico y permanente que el original. Lo único que quizás sí ha traído la oficialización  del cierre del paréntesis y el advenimiento de la Segunda Oralidad ha sido la democratización de la apropiación del texto: si antes era un privilegio en manos de unos pocos (editores, traductores, compiladores…), hoy en día es un derecho que compete a todos y cada uno de nosotros.