Los “blackface” y “minstrels” tras el cierre del paréntesis Gutenberg

El disfraz es atractivo porque permite, a través de la imaginación y las herramientas que ofrecen los ropajes y el maquillaje, transformarse, aunque sea solo durante unas horas, en otra persona… u objeto. La finalidad última del disfraz es la diversión, la desvinculación temporal con la vida rutinaria, llena de deberes y obligaciones. Y, en España, desde siempre, se ha utilizado el pigmento negro para dar color a nuestras teces, ya de por sí oscuras, cuando nos hemos enfundado un disfraz de aires africanos y orientales: de masai, de cazador de la selva ecuatorial, de Mil y una Noches… Bien podría haberse utilizado para tales efectos el único acompañamiento de una manta roja, taparrabos y lanza, o turbante y cimitarra… Pero la apropiación del personaje era completa cuando el color de la piel se asemejaba a aquel de los dueños originales de esas mantas, esas lanzas, esas cimitarras.

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Alberto Ruíz Gallardón disfrazado de rey Baltasar

Hasta hace un par de décadas la mayor parte de los reyes Baltasar que recorrían los pueblos y ciudades curante las tradicionales cabalgatas de los Reyes Magos llevaban una buena capa de betún en sus rostros, pues era el único recurso disponible en una sociedad española donde la tez negra no era aún muy usual. Todavía hoy en día, en ciertas regiones de España, la cabalgata es organizada por algún grupo específico del municipio (peñas, cofradías, miembros electos del ayuntamiento…) donde tal vez no encuentren un color de piel apropiado para caracterizar a Baltasar, y se precisa de maquillaje para que los niños puedan pedir sus regalos a un rey Baltasar como marca la tradición.

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El Equipo A

En los ya lejanos años 80, uno de los héroes televisivos que yo más admiraba era M.A Barracus de la serie “El Equipo A”. No solo me atraía el personaje, aquel fornido ex-soldado, capaz de construir cualquier vehículo (terrestre o acuatico, jamás volador) armado de un soplete y un pedazo de hojalata. Y también conducirlo temerariamente bajo el incesante fuego enemigo. O tal vez eran sus biceps musculados, o las toneladas de collares de oro que colgaban de su cuello. Pero también veneraba al M.A Barracus de carne y hueso, el de fuera del plató de televisión. Porque M.A Barracus era también el Mr. T de las revistas que, como Teleindiscreta, los chavales de la época devorábamos con pasión. En las entrevistas que se publicaban de Mr. T, el actor contaba cómo de dura había resultado su infancia. Y cómo esa terrible experiencia le había infundido amor y respeto por todos los niños del mundo… Muchos queríamos ser como M.A Barracus. Pero para eso, necesitábamos, además de un estrafalario peinado y unos collares de pega, oscurecernos el rostro con betún.

Hasta no hace muchos años no había nada malo en pintarse la cara de negro. Se hacía de manera inocente, sin la intención de herir la sensibilidad de nadie, pues ni siquiera existía  la percepción que el acto de teñirse de negro pudiera suponer una afrenta. Las caracterizaciones de los carnavales, de las cabalgatas de los Reyes Magos o de los fans de personajes negros (No solo M.A Barracus; también el aún negro Michael Jackson o Tina Turner con su salvaje melena…) formaban parte de la vida cotidiana y, de ninguna manera, se podían mezclar con actos de racismo u odio. Nadie criticaba al niño que, para disfrazarse de Steve Wonder, además de unas enormes gafas oscuras, se untaba la cara con témpera negra. No se buscaban segundas lecturas entrelíneas, más allá del verdadero significado de esa caracterización infantil, que eran, sin más, el juego y la admiración por un personaje famoso.

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Cartel anunciante de un “minstrel”, a principios de siglo XX. (Fuente: Strobridge & Co)

La historia de los rostros pintados de negro en Estados Unidos es más bien diferente. Los “blackface” de finales del XIX y principios del XX eran burlas despectivas hacia los ciudadanos norteamericanos de piel negra, que no hacía muchos años acababan de liberarse de las cadenas de la esclavitud. Actores blancos se disfrazaban de negros para, en actuaciones cómicas denominadas “minstrels”, denigrar a la raza negra a través de los estereotipos de la época. Hoy en día, en muchas regiones de EEUU pintarse la cara de negro equivale a rememorar esas actuaciones racistas, y la carga emocional que envuelve ese maquillaje está llena de polémicas y conflictos.

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Foto del Primer Ministro de Canadá, Justin Trudeau, disfrazado de Aladino, en una fiesta de disfraces de 2001

Recientemente, durante la campaña electoral  de Canadá, en la que Justin Trudeau se presentaba a la reelección como Primer Ministro, vieron la luz una serie de fotografías en las que se ve al político canadiense con el rostro pintado de negro en diferentes fiestas de disfraces. La polémica saltó al espacio público y no fueron pocos los medios de comunicación que le tildaron de racista. El tratamiento de la información no fue la misma en los medios anglosajones que en los francófonos. Los primeros, muy influenciados por la corriente cultural de los EEUU, interpretaron las fotografías de Justin Trudeau desde la órbita de los “blackface” y los “minstrels”, a pesar de que este tipo de espectáculos nunca se han representado en Canada. Desde Quebec, sin embargo, no se le dió apenas importancia al asunto de la pintura negra, y consideraron la publicación de esas fotos como una repugnante artimaña electoral que tenía como único fin el desprestigio del actual Primer Ministro. Ni unos ni otros, sin embargo, se pararon a imaginar cuáles fueron las verdaderas intenciones de los disfraces de Justin Trudeau quien, nada más publicarse esas fotografías, pidió disculpas a los cuatro vientos a todos aquellos que se podían haber sentido ofendidos.

El paréntesis Gutenberg  debutó con la invención de la imprenta, y ha visto su final más o menos abrupto, más o menos suave,  con la aparición de los medios digitales de edición y la publicación en redes sociales. Durante esta franja temporal de aproximadamente cinco siglos se han producido unos importantes cambios, no solo desde el punto de vista cultural, sino también en la constitución de las estructuras de pensamiento y manejo de datos, muy diferentes con respecto a las sociedades orales y caligráficas. Por ejemplo, el paréntesis Gutenberg fijó la autoría de las obras impresas (previamente casi toda la información que se manejaba procedía de fuentes anónimas), concibió una comunicación unívoca (dirigida desde el autor del libro impreso hacia el lector, al contrario de una comunicación oral, donde el oyente puede influenciar al orador), y una estabilidad textual (todos los volúmenes de una misma edición contienen el mismo número de páginas, y el mismo número de palabras) que no existía en la época de los juglares y los monjes copistas. Todo ello generó la percepción de que el texto impreso contenía la verdadera revelación de la expresión del autor. La labor del lector era, pues, descifrar de toda esa amalgama de signos ortográficos, aquello que el autor había querido realmente decir.

Con el final del Paréntesis Gutenberg el texto ha dejado de ser propiedad del autor. Cualquiera puede apropiarse de una fotografía, frase, video… y modificarlo. Además, el lector ya no tiene porqué escudriñar los sentimientos del autor de un poema, canción o novela, sino que es el mismo lector quien interpreta y contextualiza esas palabras escritas, según su experiencia, deseos y necesidades. Las intenciones reales del autor original desaparecen por completo en esa amalgama incesante de memes, opiniones 2.0 y cuentas de twitter. De toda esa masa informe de opiniones tan solo relucen aquellas que son más extremas, más polémicas, más agudas. La moderación se disuelve en los cientos de terabytes de información que se generan cada día. Es por ello que la voz de los ofendidos y de los trolls resuena con fuerza en el universo virtual de la World Wide Web.

Las libres reinterpretaciones y recontextualizaciones que ofrece la Segunda Oralidad no son signo de libertad de expresión, ni tan siquiera como una ampliación de las opciones de pensamiento que poseen los ciudadanos del mundo. Porque la Segunda Oralidad también coharta la libre expresión individual de los sentimientos y opiniones, que tienen que estar tamizadas, controladas y dispuestas de tal modo que no se conviertan en blanco fácil de los ofendidos y los trolls. No hay ampliación de la libertad de expresión en el cierre del paréntesis Gutenberg, sino más bien una traslación; de modo que la censura de los gobiernos se ha trasladado a la autocensura del propio individuo.

La colonización cultural de los Estados Unidos, no solo nos aporta fiestas de Halloween y anglicismos, sino que también asimilamos sus prejuicios, tabús y taras históricas. Así como nos adaptamos a sus pudores en cuestiones de exhibición sexual (como ejemplo, los bloqueos de cuentas de facebook donde se muestran pezones, aunque tengan un transfondo absolutamente no sexual), también estamos cambiando nuestro parecer entorno al tema del maquillaje negro. Poco importa si se trata de una diversión inocente, de un costumbrismo centenario, o incluso de un acto de respeto y admiración: ahora, cuando nos pintamos la cara de color negro resuena una única interpretación de ese gesto: la de los actores racistas norteamericanos de finales del siglo XIX que, maquillados de negro, despreciaban a las personas con piel de ese color.

 

Del “Spain, sit and talk” al “Let’s sit and talk, please”

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Pancartas colgadas por Tsunami Democratic en el Camp Nou (18-12-2019)

Hay veces que un slogan dice mucho más de quien lo ha compuesto, que de a quién va dirigido. En primer lugar, porque para su comprensión muchas veces exige aceptar una serie de convencionalismos y lugares comunes, que coinciden con los del emisor, pero pueden que no lo sean tanto para el receptor. En un tweet, por ejemplo, el autor impone su visión del tema sobre el que trata, el cual puede que no coincida con la del lector. Aquellos que son escritos con fines propagandísticos suelen contener, además, más falsedad que verdad. Un claro ejemplo de visión manipulada es el del “derecho a decidir nacionalista”: según su férreo doctrinario, se considera que todo demócrata debe aceptar que existe un derecho a decidir que en realidad se trata de un arma que la élite utiliza contra la plebe. Todo aquel que no esté de acuerdo con ese principio patricio, será juzgado como fascista indigno de derechos políticos.

Durante estos días de agitación, nervios y trincheras doctrinales, ha aparecido en Cataluña un movimiento supremacista cuyo objetivo es perpetuar en la sociedad catalana el malestar y la confusión generada por el frustrado proceso de independencia unilateral llevado a cabo por el huído Puigdemont, entre otros. Se hace llamar “Tsunami Democratic”, aunque de democrático tiene poco, como poco de democráticas tienen la República Popular Democrática de Corea, o la extinta República Democrática de Alemania.

Conocedores del valor del tweet, slogan o frase corta lanzada en el momento adecuado, los miembros del “Tsunami Antidemocratic” decidieron convertirse en protagonistas únicos del partido de fútbol que se jugó en el Camp Nou el pasado 18 de diciembre. Con veladas y no tan veladas amenazas, el “Tsunami Antidemocratic” exigió visibilidad de sus postulados ideológicos tanto en las gradas como en el cesped del campo culé. Para ello, quería obligar que se desplegara una pancarta donde se podía leer: “Spain, sit and talk”. Parece ser que con ese slogan los miembros del “Tsunami Antidemocratic” querían mostrar al mundo entero (pues ese partido se vió en las cadenas deportivas de todo el mundo) que el Estado español (sic) no está dispuesto a sentarse en una mesa de negociación con agentes que, al contrario de España, sí son democráticos (llámense Quim Torra, Carles Puigdemont o cualquier político que avale las tesis del independentismo catalán).

Sin embargo, como hemos comentado al principio, este slogan dice más del carácter e ideario del “Tsunami Antidemocratic” que lo que dice de ese Estado español corrupto y fascistoide. La brevedad de la frase ayuda a su análisis pormenorizado. Así, ese “Spain” con el que empieza la oración imperativa denota una disrupción entre emisor y receptor, que son considerados sujetos diferentes. Y cuando alguien, en una conversación, alude a una diferencia para con su contertulio, es para dejar clara la superioridad (racial, intelectual, cultural, moral) del primero sobre el interlocutor. Así, ese “Spain” disgrega el espacio de conversación en dos grupos, dos frentes, dos elementos antagónicos, y abre una controntación dialéctica en la cual el Tsunami Antidemocratic se sitúa en posición de superioridad.

Todo lo que venga después de “Spain”  solo incluirá y afectará a “Spain”. Por ejemplo, ese verbo “sit”. “Spain está obligada por imperativo (racial, intelectual, cultural, moral) a sentarse. No sabemos cual es la posición en la mesa de diálogo de Tsunami Antidemocratic. Puede que se siente. O puede permanecer de pie, como exigiría su status de superioridad. Incluso, podría subirse al altar sagrado de su incorruptibilidad moral para, desde esa posición de clarividencia, realizar un control paternalista a una “Spain” menor de edad.

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Un ejemplo de “sit and talk”. “The Holdout” de Norman Rockwell (1894-1978)

Tampoco está obligado Tsunami Antidemocratic a “talk”, pues el único que tiene que hablar es “Spain”. Del slogan se puede deducir que “Spain” no puede hablar libremente de cualquier tema, ni siquiera pronunciar una opinión personal. Tienen que repetir palabra por palabra todo aquello que Tsunami Antidemocratic quiere oir. Que Cataluña es una nación. Que los catalanes tienen derecho patricio a decidir. Que 46 millones de españoles deben quedar desprovistos de voz y voto en una decisión que les afecta tanto o más como a los españoles que viven en un territorio político-geográfico que Tsunami Democratic considera diferente, esto es, racial, intelectual, cultural y moralmente superior a las tierras plebeyas no catalanas. Si “Spain” se niega a aceptar esas condiciones, será tildada de fascista, antidemocrática.

Frente a ese “Spain, sit and talk” podría haberse diseñado otro slogan, mucho más integrador y menos imperativo como el “Let’s sit and talk, please”. El “Let’s”, en primer lugar, reduce la tensión autoritaria de la frase de Tsunami antidemocratic. Desaparecen los imperativos: ya no hay imposición, sino invitación. El “‘s” es agregante. “Nosotros” tenemos que sentarnos y hablar. Tu y yo. “Spain” y quien Tsunami Antidemocratic considere que no es “Spain”. Ese “‘s” no diferencia entre unos y otros; no coloca a unos en una posición de superioridad frente a otros. Así, cuando se invita a “sit”, todos se sentarán en la misma mesa. Y, además, todos hablaremos “talk”, de modo que nuestras ideas, opiniones y sentimientos no serán prejuzgados y triturados por un supuesto criterio de autoridad de Tsunami Antidemocratic. Como colofón a la frase, la incorporación de un “please”, como muestra de cortesía, elimina todo lo que de imperativo categórico podría todavía quedar en “Let’s sit and talk”.

Como hemos inciado este artículo, hay veces que una frase corta dice más del que la dice, que de aquel a quien va dirigida. El análisis que hemos realizado deja claro que Tsunami Antidemocratic es un grupo autoritario, con ínfulas supremacistas, cuyo objetivo es imponer mediante instrumentos no democráticos sus ideales a una inmensa mayoría de ciudadanos, a los que consideran seres inferiores desprovistos de todo derecho elemental en democracia.

Tiranía, totalitarismo y dictadura epistémica (y III)

El dictador totalitario, al contrario del tirano antiguo y del napoleónico, busca encarnar en su figura aquellos objetos de poder que, bien se sitúan fuera de la esfera política, bien la Política no es capaz de manejar eficientemente. Y, de este modo, se crean ideologías cuya misión no es ya la de controlar la Tradición y el Mercado, sino en convertir a la Política en Tradición y Mercado. Eliminar todo intermediario en el control social; gobernar desde un único asiento los cuerpos, almas y objetos de los ciudadanos.

Pero el dictador totalitario erra en su intento monopolizador. Su búsqueda del control absoluto queda restringido a unas pequeñas zonas acotadas de estos poderes. Porque la Tradición va más allá de patrias e iglesias. En la Tradición se engloban un innumerable número de prejuicios y mores que van mucho más allá de los códigos legislativos que un totalitario o  el máximo responsable de una iglesia puedan decretar. Como parademocrática que es, la Tradición no pertenece en exclusiva a una institución de poder vertical, como lo puede ser un gobierno o la Iglesia. Sí pueden (y así lo hacen) influir decisivamente sobre ellas, pero a sabiendas de que todas las personas incluidas en la sociedad detentan una cuota de participación en ese poder. Un totalitario o un papa nunca obtendrá un control absoluto de la Tradición. Es más, probablemente, tampoco sea capaz de capitalizar una cuota tan grande que le permita manejar  la Tradición a su antojo. Lo mismo sucede con el otro poder parademocrático: el Mercado. Las regulaciones económicas que un gobierno puede llevar a cabo a golpe de ley no son capaces de controlar todos y cada uno de los intercambios de objetos. Entre otras razones, porque no todo es monetizable. Las aduanas, los impuestos y las acciones del mercado de valores representan una ínfima parte de los intercambios que, todos los días, se dan en cualquier sociedad.

El totalitario fracasará porque actúa creyendo que él encarna todos los poderes de control social, cuando en realidad solo maneja a su antojo el poder político, que es el único no parademocrático. Borracho de poder, el totalitario será incapaz de percibir todos aquellos movimientos de cuerpos, almas y objetos que se escapan a su férreo control. Si los descubre, actuará implacablemente, pero no para arrebatar a esos díscolos súbditos esa parcela de poder que hasta entonces se le escapaba de las manos. La represión totalitaria no es  castigo-confiscatoria, sino destructora. El totalitario ya ha arrebatado a la sociedad todo el poder con el que se puede investir: todo lo que queda fuera de sí mismo tiene que ser aniquilado.

Los totalitarios contemporáneos saben de las limitaciones de la Política. El control absoluto no se puede obtener a través de ella: ni al modo antiguo (a través de su monopolio y la creación de lazos de unión con la Tradición y el Mercado), ni al modo totalitario (mediante el apoderamiento de la Tradición y el Mercado a través de la Política). Es preciso, pues, acudir a lugares más profundos del control social para descubrir mecanismos tiranizadores más eficaces y menos propensos a crisis sociales y rebeliones. Hay un territorio inexplorado, no-consciente, que conforma una tupida base a partir de la cual se levanta todo el orden social: las tecnologías del poder, del deber, y del permitir. Demasiado impenetrable, demasiado alejado del día a día de la vida en sociedad, pero cuyo control permitiría un manejo dócil y adiestrado de una sociedad completa, sin que ninguno de sus miembros tuviera, ni siquiera, la percepción consciente de que se ha convertido en un títere de un caudillo.

A camino entre estas tecnologías y la Política se ubica la episteme: el marco de conocimiento sobre el cual se estructura todo el conocimiento manejado por las personas. El conocimiento que alberga, o que puede albergar dentro de ese marco es absolutamente consciente, pero no lo son tanto los límites positivos y negativos del mismo. Una sociedad, en un punto fijo del tiempo, no es capaz de discernir esos límites, simplemente, porque considera que toda su producción cognitiva es correcta, a la vez que todo lo que queda fuera de la epísteme se envía, de modo automático, al pozo de la marginalidad y la locura. Si la episteme marca qué pensamiento es correcto y cual incorrecto, y yo vivo dentro de un marco epistémico, difícilmente voy a poder juzgar supraepistemicamente, esto es, independientemente de esos límites, el valor e importancia de una cogitación.

La episteme es dinámica. Más que datos, representa el ordenamiento y la relación con los que esos datos van a estructurarse e interrelacionarse para dar lugar así a la matriz de conocimiento. No puede observarse en un punto estático de la historia del pensamiento, sino que exige realizar un análisis arqueológico, comparando diferentes formas de pensar en diferentes momentos históricos. Es entonces cuando aflora el modo de transformarse nuestras opiniones acerca de lo válido y lo inválido, lo correcto y lo erróneo, lo sano y lo enfermo.

Los tiranos y, sobre todo, los totalitarios, han tratado de influir y manipular la episteme a través de maquinarias de propaganda más o menos desarrolladas. Alteraban la episteme sin que esa modificación significara una fagocitación de la misma por parte del poder político. Así como los tiranos antiguos hacían uso de la Tradición y el Mercado, sin necesidad de apoderarse de ellos, también manejaban la episteme sin buscar una absorción monopolística de la misma.

Existe actualmente una tercera vía hacia la dictadura, y esta ya no viene a través de la Política, como sucedía con los tiranos y los totalitarios. Conocedores, o no, de que en el control social juegan un papel importante una serie de mecanismos que no pueden ser manejados con eficacia desde los gobiernos y los estados, los dictadores contemporáneos anhelan el poder absoluto desde fuera de ese ámbito de poder político. Grandes imperios económicos y tecnológicos aprovechan la potencia de cálculo de los superordenadores para, a través de las redes sociales e internet, recopilar cientos, millones de datos acerca de la vida, los deseos, las opiniones de los individuos que las utilizan. Y así, a través de complejos algoritmos, generar un espacio controlado de información que es ofrecido a estos individuos. Sus pensamientos, sus opiniones, su libertad, quedará encerrada en ese espacio de información que, aunque pueda parecer ilimitado, posee unos límites muy bien definidos que nunca llegarán a ser rebasados, primero, porque nadie tiene la conciencia de información restringida, y segundo, porque la avalancha masiva de datos-basura hace imposible un juicio crítico de los mismos.

La dictadura epistémica se trata de una tiranía light donde los gobernantes, ya no solo se adueñan de los cuerpos (como en el caso de los tiranos antiguos), o de cuerpos, alma y objetos (como en el caso de los totalitarios), sino también de ese espacio entre lo consciente e inconsciente, que está en la base de toda cogitación, y que es el marco a partir del cual generamos todos nuestros pensamientos, deseos y opiniones. No son necesarios poderosos cuerpos policiales o crueles tribunales eclesiales para ejercer el control sobre la sociedad y los individuos. Si se impusiera tal dictadura,  áctuaríamos, pensaríamos e intercambiaríamos objetos utilizando como sola referencia un marco común de conocimiento diseñado a capricho por las grandes corporaciones industriales. En el seno de la dictadura epistémica se vive en jaulas de barrotes de oro, donde el preso no solo no es consciente de su propio encierro, sino que además se rebela contra todo aquel que rebata su supuesta libertad.

Ahora bien, la dictadura epistémica, como la tiranía antigua o el totalitarismo moderno tiene sus limitaciones ejecutivas. Tal vez se apropien de la episteme, pero siempre quedarán resquicios emocionales, animales, instintivos que ni siquiera un monopolio absoluto del marco de conocimiento (lo cual dudo que algún día pueda llegarse a obtenerse) jamás alcanzará a domar. Y es a través de este resquicio, de este punto débil, que, tal vez, si algún día la dictadura epistémica llega a dominar nuestras vidas, tarde o temprano fracasará.

 

El trágico destino del centro político

Acabamos de asistir a unas elecciones donde un partido político que se posicionaba, teóricamente, en el centro liberal, ha sufrido un  varapalo tan tremendo que lo ha dejado al borde de la extinción. Digo teóricamente situado en el centro liberal porque, en sus inicios, Ciudadanos (C’s) hacía gala de una capacidad de diálogo a izquierda y derecha, de una política social progresista, de un programa económico liberal, y de un alejamiento de las tesis nacionalistas conservadoras (independiente del “apellido” que se pusiera a ese apelativo: catalán, vasco, español…). Ya antes de las elecciones generales de abril de 2019 C’s había virado a posiciones mucho más de derecha: eliminación de conversaciones con partidos de izquierda, apoyo de medidas sociales conservadoras propuestas por el PP, adopción del nacionalismo español como carta de presentación del partido… hasta el punto de que a C’s le era más asumible apoyar, o dejarse ser apoyado por un partido de extrema derecha como lo es Vox, que por un partido socialdemócrata como el PSOE. Aun así, a pesar de las cavernas propagandísticas que tratan de encasillar a los adversarios con los atributos más abyectos (nazi, fascista, batasuno, estalinista, maoista…), y que consideran a C’s como un partido de ultraderecha, es cierto que aún hoy todavía C’s conserva en su programa electoral un cierto aroma de centrismo.

No hay duda de que una de las razones del fracaso de C’s ha sido ese viraje hacia la derecha que inició tras la moción de censura de Pedro Sánchez de la primavera de 2018. La caída de Mariano Rajoy, las sentencias condenatorias por corrupción contra el mismo PP, y la toma de riendas de este partido por Pablo Casado, un político inexperto, y con el dudoso honor de ser el único graduado en derecho que se ha sacado el 70% de una carrera de 5 años en dos, abrieron el bote de la codicia de C’s. Este vio en ese PP malherido un jugoso nicho electoral. C’s se alejó del centro porque quiso aniquilar al PP. Y casi lo consiguió, pues en abril de 2018 se quedó a 9 escaños del famoso sorpasso. La estrategia de derechización de C’s había, por lo tanto, tenido éxito. Hasta entonces.

Sin embargo, posteriormente, C’s cometió el error de atarse demasiado al destino político del PP. Albert Rivera se comprometió a apoyar solamente a un gobierno en el que estuviera Pablo Casado de presidente. Y eso a pesar de que C’s tenía en sus manos la constitución de un gobierno, gobierno sólido además, con mayoría absoluta, dirigido por Pedro Sánchez. Albert Rivera se empecinó en fagocitar al partido conservador. Pero, a medida que lo comía, C’s se iba pareciendo cada vez más al PP, hasta el punto de que ya no había apenas diferencias estratégicas entre uno y otro partido.

De lo que no se dio cuenta Albert Rivera es que todo centro político, independientemente del país donde participe políticamente, sufre de una maldición inevitable, y que se puede definir en pocas palabras como la falta de base sólida de votantes. Todo partido de centro tiene que saber que aquellos que les votan pueden no hacerlo en las siguientes elecciones. El centro no puede desarrollar un contenido ideológico-identitario sólido para atraer y fidelizar. Razones de ello hay varias:

  1. Como moderados que se supone que son, no pueden utilizar el insulto, la descalificación, la fake news contra el adversario.
  2. El centrista no agita banderas, ni identidades segregadas, sean estas autonómicas o nacionales.
  3. No existen biblias centristas que, como “El capital” de Karl Marx o “El camino de la servidumbre” de Friederich Hayek, ayudan a construir un cuerpo ideológico sobre el que los adeptos puedan sentir que sus opiniones son no-contradictorias.
  4. Están obligados a hablar y pactar con todos los partidos no extremistas, lo cual provocará reacciones adversas de uno y otro lado.
  5. En el momento en el que los centristas insultan, mienten, agitan el miedo al “otro” o prefieren pactar con extremistas que con moderados, dejan de ser de centro, y es en ese momento cuando quedan en evidencia a los ojos de los ciudadanos (si no, que se lo digan a Albert Rivera).

El trágico destino del centro político en Europa es el de ser un instrumento de quita y pon; ahora sirves, ahora no. Ahora obtienes un rédito electoral que te envalentona; ahora te hundes en la pura insignificancia con 10 miserables escaños. Mientras no se acepte este destino, y los partidos políticos de centro no asuman su inevitable falta de base social, vivirán los éxitos y los fracasos como si se trataran de los tradicionales partidos fuertemente ideologizados, que basan su estabilidad casi inquebrantable en la existencia de un electorado fiel, quizás no a un partido, pero sí a unas banderas, una identidad nacional, a un credo político; un granero de votos más o menos estable que siempre estará ahí, independientemente de los malos datos económicos, las noticias de corrupción o los deslices de los líderes políticos. El centro será útil siempre que acepte su papel de intermediario, de moderador de opiniones, de relajador de crispaciones. Y siempre que asuma que habrá veces que ese papel le aupará al gobierno, del mismo modo que le podrá hundir en el olvido. El centro puede, y podrá ser el lugar desde donde se tomen medidas políticas y sociales a medio-largo plazo, sean estas populares o demonizadas por los ciudadanos, a sabiendas que la existencia de ese partido siempre estará amenazada a corto plazo. Hacer, pues, política de futuro sin pensar en el futuro de aquellos políticos que la hacen.

Tiranía, totalitarismo y dictadura epistémica (II)

El tirano napoleónico poco difiere del antiguo: toma el control de la parte política del poder social, se ocupa y preocupa de perpetuarse en él; busca el modo de arrebatar a Tradición y Mercado de todo poder político que estas, en sus interacciones con la Política, puedan haber arrastrado; e intenta influir sobre estos poderes parademocráticos para que se alineen lo más próximos a sus deseos y necesidades. Sin embargo, un nuevo modo de control político nacerá a partir de este tirano napoleónico: el totalitarismo. Este ya no aceptará la división de poderes de control social (Tradición, Política y Mercado), y tratará de integrarlos alrededor de su figura.

En el totalitarismo la Tradición ya no trabaja a las órdenes del tirano: el tirano es la Tradición. El desarrollo del historicismo y de los nacionalismos supuso la adopción de la idea de patria como símbolo de unidad entre las personas que viven dentro de un estado-nación. Esa patria fue diseñada a partir de moldes míticos, cuando no místicos. No solo sustituyó en muchos aspectos a la idea de dios, sino que también generó una auténtica religión de estado, cuyas repercusiones aún hoy en día vivimos y sufrimos. Con la mistificación de la patria, el tirano totalitario ya no precisa de la Iglesia para manejar los engranajes de la Tradición: el tirano se convierte en el representante de la voluntad de la patria. Omnisciente, sabe todo lo que ella necesita. Oponerse al tirano significa situarse en contra del pueblo, de la nación: quien ataca al totalitario es excluido de la sociedad edificada sobre el culto a esa supuesta nación.

El tirano antiguo o napoleónico, desde su posición ventajista, siempre ha influido sobre el Mercado. El control de aduanas, las levas de impuestos, los monopolios sobre ciertas industrias, o la creación de fábricas nacionales permitían un uso controlado de este poder parademocrático. El Mercado se ponía al servicio de la Política, pero jamás se confundieron Mercado y Política. Tan solo a partir de las primeras teorías científicas de la economía la Política pudo, como Crono con sus hijos, devorar al Mercado e integrarlo en el interior de su estructura de poder. La dictadura comunista que sufrieron, y aún sufren, diversos países es un claro ejemplo de totalitarismo donde se trata de jibarizar el Mercado a expensas del crecimiento desaforado de los poderes políticos del tirano.

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Artur Mas, ejemplo de político que se cree representante único de la voluntad de un pueblo (Fuente: La Vanguardia)

Pero Tradición no solo es Iglesia. No solo es culto a mitos nacionales hipertrofiados por la pluma de los historiadores que comen de la mano del poder. La Tradición es un poder parademocrático, y siempre lo será. Es la sociedad ejerciendo de árbitro para proteger, no al individuo, no al tirano, no al sacerdote, sino a la sociedad misma. Los objetos de la Tradición no existen porque los haya dicho el Papa, o porque aparezcan en un libro de texto de historia adoctrinadora para educación infantil, sino porque son útiles a la sociedad que, a través de ellos, asegura su propia supervivencia. Las leyes tradicionales van más allá de la sharia o de la barretina bajo la cual el tal Quim Torra disimula sus carencias democráticas. La Política jamás podrá dominar toda la Tradición, pero el totalitario gobierna con la asunción de que él es la Tradición. Y, cuando un gobernante desconoce los límites de su propio poder, suele acabar bien pegándose un tiro en la sien, bien su cadáver expuesto en una plaza pública, como sucedió a Benito Mussolini

Del mismo modo, el Mercado no son solo aduanas, impuestos, fábricas. El Mercado rige todo el intercambio de objetos físicos y teóricos que se da en la sociedad, sean estos o no monetizables. La Política puede llegar a adueñarse de lo monetizable, pero siempre quedará una cantidad nada desdeñable de intercambios de los que nunca jamás podrá ni siquiera conocer su existencia. La ausencia de autoridad sobre esos intercambios no monetizables impedirá al totalitario ejercer un control absoluto sobre el Mercado. Si actúa con la convicción de lo contrario, acabará arrastrando al país a la mayor de las ruinas.

El totalitarismo no es más que el uso torticero de los resultados de la aplicación del método científico a las Ciencias Humanas. Economistas como Adam Smith y Karl Marx nos convencieron de que la economía podía ser manejada con el mismo rigor científico que la física o la química. Sociólogos e historiadores historicistas y positivistas creyeron que la condición humana podía ser reducida a ecuaciones y fórmulas. Los resultados de esas investigaciones fueron considerados, ya no solo válidos, sino objetivamente verdaderos, y se emplearon de modo generalizado a ámbitos cada vez más amplios de la política. Los totalitarismos nazis o estalinistas están construidos sobre el cientifismo. No solo el sueño, como decía Goya, sino también la vigilia de la razón produce monstruos. Es así que, a través de la llamada al rigor científico y al progreso continuo de la Humanidad, se han desencadenado los regímenes políticos más perversos e inhumanos de la historia, los cuales se creían con la capacidad, no solo de monopolizar el poder político, sino también de usurpar las funciones que, en otros tiempos, desempeñaban el Mercado y la Tradición.

Aitor Esteban vs. Pablo Abascal

 

Me parece muy bien que Aitor Esteban haya negado el saludo a Pablo Abascal. Yo también lo habría hecho. También se lo habría negado a Arnaldo Otegui y sus secuaces. Y me lo pensaría dos veces antes de dar la mano a gente como Quim Torra (en este caso, dependería de las circunstancias del encuentro).

Ahora bien, por muy filofascista que sea Vox, no hay que olvidar que hay otro tipo de racismo, mucho más blando, más integrado en nuestra sociedad pero que, por ser racismo, es igual de denunciable.

Si alguien de otra comunidad autónoma viene a vivir al País Vasco se va a convertir, de facto, en ciudadano de segunda clase. Porque no va a poder optar a un puesto en la administración pública: no va a tener la más mínima oportunidad de pasar una oposición, por extremadamente preparado que esté y por mucha experiencia que tenga en su disciplina laboral. Si, por alguna circunstancia es necesario, lo contratarán, firmará un contrato de mierda y, cuando aparezca un pimpollo con título de euskera se irá directamente a la calle, independientemente de que ese pimpollo euskaldún sea un inútil. Lo importante es el título de euskera, da igual que hable bien o mal ese idioma. En esta sociedad, el Gobierno Vasco utiliza el EGA y el perfil 2 de euskera como estrellas de David inversas: quien no las tiene queda marcado administrativamente.

En el colegio, sus hijos solo podrán optar a un modelo lingüistico en el cual el recien llegado no podrá ayudarles en los deberes y, en caso de que los niños tengan algún problema de aprendizaje, van a ir de culo cuesta abajo. Sí, le ofrecerán la posibilidad de escolarización en castellano, pero solo en colegios que gente como Aitor Esteban se ha preocupado en convertir en guetos donde los profesores no aguantan ni dos meses antes de coger la baja por depresión.

Las altas esferas políticas y de administración están copadas por apellidos vascos. Si te apellidas García, que es el apellido más frecuente en el País Vasco, date por jodid@. No lo digo yo, lo dicen las estadísticas.

Entre otras muchas, una de las diferencias que separan a Santiago Abascal y Aitor Esteban radica en que, mientras el primero tiene como objetivo principal en su acción política el “Spain First” (como el “America First” de Donald Trump), el segundo hace décadas que ha alcanzado su “Euskadi First”.

Todo nacionalismo, independientemente de la bandera que agite, contiene un poso de racismo mejor o peor digerido; más o menos evidente. No existe una identidad vasca, española, catalana, canaria… La identidad es un concepto singular, individual e intransferible. La identidad no puede ser plural, agregante, indiscriminada. Pero el nacionalista no lo entiende así.  En el momento en el que el tal Torra dice “nosotros los catalanes somos…” está indicando una ruptura, una escisión, entre unos (los catalanes), y los otros (los no-catalanes). Si “nosotros los españoles somos honrados”, estamos señalando que la honradez es un hecho diferencial con respecto a los no-españoles, a los que, aunque sea de manera disimulada, consideramos mala gente. Cuando Aitor Esteban alude, a veces a “nosotros los vascos”, tengo la sensación de que  excluye, invisibiliza y amputa una parte de la identidad multívoca, compleja e inabarcable de cientos de miles de ciudadanos vascos.

Santiago Abascal y Aitor Esteban utilizan las mismas armas, pero de manera diferente. Frente al racismo sin disimulo del que hace ostentación el dirigente de Vox, el diputado nacionalista vasco manipula a la ciudadanía, con sosiego y grandes dosis de diplomacia, hasta el punto que muchos de aquellos que, en nombre de la defensa de una supuesta identidad cultural, son marginados, defienden hasta con uñas y dientes a esa aristocracia racial que dirige y controla sus vidas.

No, Aitor Esteban: no eres tan diferente de Santiago Abascal como nos quieres hacer creer. Eso sí: yo nunca te negaría la mano.

Tiranía, totalitarismo y dictadura epistémica (I)

El control social  representa una importante parte de esas fuerzas aglutinadoras que resultan necesarias para que una sociedad humana sea, a fin de cuentas, humana y no animal. El alejamiento de las personas de la dictadura de la naturaleza y de las leyes genéticas exige de una serie de herramientas culturales, no contenidas en nuestros cromosomas. Y para la consecución de estas herramientas es necesaria la obtención de un excedente con el que fabricarlas, y de un gradiente de desigualdad a partir del cual se crea un reducido grupo de personas que acumulan excedente y tiempo libre. Estos disfrutan del usufructo de los instrumentos culturales, a costa de una mayoría de productores que no se aprovecharán de todos los bienes que cosechen a partir de su sudor y esfuerzo.  Sin excedente y sin desigualdad no hay cultura, y sin cultura la especie humana vagaría aún por los bosques de la Tierra alimentándose de frutas y de carroña; durmiendo en agujeros y cuevas. El control social es ese conjunto de herramientas culturales que, entre otras cosas, concreta, estabiliza y justifica ese gradiente de desigualdad a lo ancho de una sociedad y a lo largo del tiempo histórico.

La democracia, ese gobierno por todos y para todos que hemos adquirido gracias a las luchas revolucionarias de los últimos tres siglos, afecta y atañe a la parte política del control social. La Política desarrolla leyes e instrumentos de justicia para la aplicación de esas leyes que afectan a un importante ámbito de la vida de las personas, y es que la Política es la concreción del control de nuestros cuerpos dentro del espacio social. La localización geográfica de los mismos y el rol que van a jugar dentro de la sociedad (acaparadores o productores de excedente) dependerá en gran parte de la Política. La democracia pretende repartir la representatividad política entre todos los individuos, independientemente de su estatus de acaparador o productor, nivel cultural, sexo, religión, raza… Todos poseemos la misma cuota de poder político y, por ende, del control social que esta maneja.

Democrática o no democrática, la Política está íntimamente ligada a la Tradición y al Mercado, de modo que la primera puede influir sobre las otras dos de manera eficaz. Pero, al mismo tiempo, Tradición y Mercado, ambas siempre parademocráticas, van a condicionar también a la Política. Desde un punto de vista de control social, por lo tanto, la democracia no puede aspirar a monopolizar todo el espacio social, político y económico; sus límites y su espectro de acción son los mismos que los de la Política.

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Enrique VII. Hans Holbein el Joven (1497-1543)

Y es que la democracia moderna nació en una época de tiranía, donde la Política estaba en manos de un único soberano, el rey absolutista. Los grandes pensadores políticos de los siglos XVII y XVIII centraron sus esfuerzos teóricos en aquella parte del control social que atañía a los cuerpos, a la posición social de los mismos, la cual era propiedad monopolística del rey soberano. El poder del tirano era poder político; es cierto que estaba íntimamente asociado al poder tradicional-religioso, hasta el punto de que el poder real emanaba directamente de Dios. También establecía fuertes relaciones con el poder económico, a través de una economía controlada y dirigida por la corte real. Pero el tirano no aspiraba a monopolizar la Tradición y el Mercado. Por ejemplo, el rey podía ser ungido desde su cuna por la mano divina, pero jamás se le ocurriría autoproclamarse Papa. Alguno podía extender sus atribuciones religiosas a la de cabeza visible de alguna iglesia, como la anglicana (Enrique VIII de Inglaterra), pero eso solo lo era desde el aspecto más puramente político e institucional, jamás espiritual. El tirano, simplemente, hacía usufructo de la Tradición, y trataba de orientarla hacia sus intereses y necesidades.

Las revoluciones modernas fueron absolutamente políticas porque solo derribaron la tiranía de la Política. No dieron cuenta de la parademocracia que, independientemente del régimen político, se ejerce desde la Tradición y el Poder. Los dictadores modernos, aquellos que se erigieron a base de alzamientos y proclamaciones, buscaron y anhelaron el control absoluto de la Política, despreciando en cierto modo la Tradición y el Mercado o, como mucho, estableciendo una relación de interés no destructivo con ellos. Los límites del tirano moderno son los mismos que los de la democracia o el rey absoluto, y que coinciden con los de la Política.

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La consagración de Napoleón. Jacques-Louis David (1748-1825)

En su coronación como emperador de Francia, Napoleón Bonaparte “invitó” al  Pío VII a presenciar tal ceremonia, como mero objeto pasivo y decorativo. Los papas, que hasta entonces habían hecho y deshecho a reyes y emperadores, se convirtieron a partir de entonces en comparsas cuyo único cometido era avalar las decisiones de los tiranos modernos. Aun así, Napoleón no monopolizó la Tradición, ni tan siquiera la Iglesia Católica. Tan solo eliminó ciertos poderes políticos que la Iglesia aún ostentaba, ellos ya muy mermados tras el final de la Guerra de los 30 Años y la Paz de Westfalia.

Es durante aquella época que empiezan a desarrollarse ideas políticas que superan la Política. Se tratan de ideologías que ya no fijan como objetivo absorber parte o  limitar la influencia política de Tradición y Mercado. Van más allá: anhelan convertir a la Política en Tradición y Mercado; anular así estos dos poderes parademocráticos y entregarlos a una todopoderosa Política. De este modo, por lo menos desde el plano teórico, la Política podría asumir un rol más amplio, capaz de superar, por ejemplo en el ámbito democrático, las barreras en justicia social que los estados, con sus limitaciones inherentes, no podían hasta entonces dedicar tiempo y esfuerzo. Así, la ideología marxista eliminaba racionalmente la Tradición y entregaba a la Política los roles que, desde que la sociedad humana es humana, había asumido el Mercado. El nacionalismo desacralizaba la figura de Dios: la patria, una patria controlada completamente por la Política, se convertía en un nuevo objeto de veneración, compitiendo por los mismos espacios que, hasta entonces, habían sido dominios de la Tradición.

Respuesta a la pregunta: ¿es más digno pactar con Bildu que con Vox?

Hay una sentencia del maestro Aranguren que siempre recuerdo cuando se comparan los extremismos de derechas e izquierdas: “Es menester declarar que el totalitarismo comunista es menos malo que el fascista. No porque uno sea más o menos dictatorial que el otro, pues, por principio, ambos han de serlo absolutamente; sino porque, en el comunismo, la dictadura está puesta –al menos teóricamente- al servicio de la igualdad y de un humanismo racionalista, todo lo deficiente que se quiera (…) en tanto que el totalitarismo fascista se funda en la desigualdad –en el mito de la raza superior y las razas inferiores- y, por lo tanto, no en el racionalismo, sino en el biologismo”.

Con Bildu y Vox tal vez se pueda entrar en una comparación ideológica sobre si es más moral la izquierda de Bildu que la derecha de Vox. Pero, más allá de esas diferencias, unos y otros comparten un mismo objetivo: poner la política al servicio no de la persona, sino de una idea: la patria. Idea esta, sino falsa, por lo menos discutible, del mismo modo que es discutible la existencia de un dios, o del alma.

Bildu fracciona, clasifica y ordena a las personas en función de unos criterios patrióticos, que pueden ser dispares y variados: afiliación política, lengua, lugar de origen o de domicilio, cultura, Rh… Y así les otorgan un valor de ciudadanía. Yo, por ejemplo, para Bildu, soy un poco-vasco, o incluso un no-vasco. A fin y al cabo, como mi voluntad no es vasca, o no entra dentro de sus parámetros de vasquidad, me convierto en un enemigo de la voluntad del pueblo vasco.

Hace unos años aquellos que se atrevían a demostrar su voluntad no-vasca o poco-vasca se convertían en homini sacri: los acribillaban a tiros o, cuando menos, lo insultaban, amenazaban y trataban de excluir de la sociedad. Hoy en día, afortunadamente, la violencia física ha desaparecido, bien por convencimiento de que no es el camino, bien porque la capacidad de producir violencia ha sido aniquilada. Resta esa violencia institucional que relega a una ciudadanía de segunda a todo aquel que no cumple con los criterios patrióticos, y que, en caso de que Bildu obtuviera un respaldo significativo del electorado, sin duda la pondría en práctica.

La perversión de Vox no viene de pedir la privatización de las pensiones, el fin del aborto libre y gratuito, o la centralización del estado, temas que podrían ser considerados de derechas-liberales-tradicionalistas-jacobinos. La perversión viene de tratar de diferenciar la dignidad de los seres humanos que viven en España según unos parámetros, sí diferentes, pero tan miserables como los de Bildu: sexo, religión, lugar de origen y residencia, lengua, cultura, nivel económico…

Por lo tanto, creo correcto poner a Vox y a Bildu en el mismo cesto ideológico: no es izquierda democrática contra derecha democrática; tan siquiera es totalitarismo de izquierdas contra de derechas. Porque el totalitarismo ideológico de ambos no está puesto al servicio del bien de la persona, de la Humanidad, sino que se fundamenta en la desigualdad y en el mito de que existen personas superiores e inferiores, y es deber del político el proteger y justificar las primeras contra las segundas.

Lo ecológico… ¿es de izquierdas?

La primera reacción que suscita la pregunta con la que se abre este artículo es, probablemente, la de “no te quede la menor duda: lo ecológico es de izquierdas”. Razones hay para pensar así: una gran parte de la derecha mundial, sobre todo la más populista, se ha posicionado en contra del dogma del calentamiento global o, por lo menos, contra la tesis acerca de la implicación de la actividad humana en tal efecto climático. Las primeras medidas que suelen tomar estos políticos, autoritarios o deseosos de serlo, es la de eliminar todas las trabas medioambientales que limitan ciertas actividades industriales (prospecciones petroleras, tala de árboles, fabricación de motores contaminantes…). Frente a ellos se levantan los partidos de izquierdas, muchos de los cuales han tomado posiciones a favor del ecologismo, y decretan leyes a favor de la protección del medio ambiente.

El ecologismo, en parte, se ha falsamente ideologizado. Falsamente porque el espíritu ecologista va más allá de un posicionamiento político, sino que su recorrido alcanza resortes más profundos y críticos de la sociedad. La ecología exige resituar el rol de las personas en el mundo: desde el altar de guardianes y dueños de la Creación que Dios ha dejado en sus manos, se ha de pasar a un lugar mucho más humilde: el de formar parte de un complejo entramado ecológico en el cual no somos más que un piñón en el engranaje: movemos la máquina del mundo, pero al moverla, la máquina del mundo nos mueve a nosotros. Lo ecológico exige un cambio radical, copernicano, de paradigma social: hay que descender de la cúspide de la pirámide de la Creación, donde se haya anclado el ser humano desde hace siglos.  Ninguna ideología política, cualquiera que sea su espíritu, no abarca todos los aspectos, muchos de ellos contradictorios, incluso deletéreos para la propia sociedad humana, que se precisa para esta revolución humana.

Lo ecológico es más que política, pero también es política. Y es por ello que la política trata de apropiarse de ello. Transformar el discurso ecologista a medida de los intereses de una u otra ideología. Seleccionar, de entre todos los aspectos que son exigidos y exigibles para la consecución de un auténtico cambio de paradigma social, aquellos que casan tanto con los principios ideológicos como con las posibilidades técnicas. Así, lo ecológico es comprar un automóvil eléctrico. Prohibir la entrada de vehículos contaminantes a los centros de ciudad. No consumir plástico. Reducir los alimentos de origen animal de la dieta. Comprar productos de kilómetro 0 y con etiqueta ecológica. Instalar células fotovoltaicas en el domicilio…

El coche eléctrico emite menos CO2 que un automóvil  con motor de explosión. Pero no deja de ser muy contaminante: así, para la fabricación de baterias de litio se ensucian cientos de miles de litros de agua en países donde el acceso a agua potable es casi un privilegio de ricos. Es más: parece ser que es más sucio cambiar de coche, por muy viejo diésel que sea, por otro, por muy ecoeléctrico que se venda, si el primero aún no ha llegado al final de su vida útil. Ergo, el estímulo para la sustitución del parque automovilístico actual genera muchos más residuos medioambientales de lo que, en realidad, evita. Se trata, por lo tanto, de una política no solo ruinosa para el medio ambiente, sino también clasista y elitista: el pobre no puede adquirir uno de los costosísimos vehículos eléctricos que hay en el mercado, y se ve abocado a seguir conduciendo su viejo y vilipendiado coche de motor de explosión.

¿Quién podrá acceder al centro de ciudad sin restricciones? El rico. Aquel que se ha podido permitir comprar un automóvil eléctrico. El pobre verá dificultada su acceso al corazón de la ciudad, de aquel que desde hace unos años está siendo expulsado debido al proceso de gentrificación y el auge de los alquileres turísticos. La expulsión del pobre de los centros urbanos no vendría ya solo argumentada en base a una inferioridad económica (no puede permitirse los arrendamientos que sí pagan los nuevos burgueses y los turistas extranjeros), sino también en base a una inferioridad moral (contaminan más y son perjudiciales para el medioambiente y la salud).

Ni que decir que otras acciones con sello ecológico son económicamente inasumibles para el pobre, que a duras penas puede adquirir la marca blanca del supermercado, como para gastarse un extra en adquirir alimentos de “kilómetro 0”, huevos de gallinas que viven en libertad, o instalar paneles solares en su (inexistente o minúscula) terraza.

La izquierda basa su ideario en la justicia social y un reparto equitativo de la riqueza. La acción política se centra en aquella parte de la sociedad que posee menos recursos, y en aquellos colectivos que se ven infrarrepresentados, invisibilizados, excluidos de las decisiones políticas. Si ha incorporado el ecologismo en su doctrina, es más por contrapunto a una derecha neoliberal que vela por los intereses del capital, insensible este al destino de la naturaleza, que a un real convencimiento de que los intereses de la madre Tierra coincidan con los de los más miserables. Porque la subida del precio de los carburantes por “motivos de protección del medio ambiente” afecta más a los bolsillos humildes que a los más acomodados. Porque la gentrificación, los alquileres turísticos y la prohibición de circulación de vehículos contaminantes generan una exclusión social de facto. Porque el consumo responsable y (supuestamente) ecológico que se estimula desde los gobiernos excluye moralmente a los que no pueden permitírselo.

Así, la izquierda, más que proteger el medio ambiente, alimenta un ecocapitalismo cuyo beneficio real sobre la naturaleza está aún por cuantificar. Y estoy seguro de que las políticas económicas de decrecimiento, que tratan de limitar el efecto nocivo de la ambición neoliberal, de llevarse algún día a cabo, tendrían efectos deletéreos sobre las capas más humildes de la sociedad. Porque estas serían incapaces de adaptarse a los nuevos esquemas de trabajo y producción, y porque la pérdida económica que pueda suponer una economía estacionaria o con PIB en descenso, no se imputaría a los más ricos, ni a las clases medias empoderadas políticamente, sino sobre aquellos que ni pueden acaparar, ni pueden exigir.

Es lógico, pues, que el discurso trumpista antiecológico triunfe en las barriadas más pobres, y entre los ciudadanos con menor poder adquisitivo. Los populistas no culpan a estos de ser unos sucios, inmorales y contaminantes. Más aún, atacan a aquellos que lo dicen. Protegen la dignidad del electorado más humilde, aunque sea a costa de denigrar y expulsar a los más humildes entre los humildes, desposeidos de todo derecho político, auténtica plebe en la era de las democracias: los inmigrantes, los refugiados. Y a costa de degradar la salud del planeta. El antiecologismo defiende los intereses de aquellos a los que la izquierda ha tomado, desde siempre, como centro de sus políticas. Y a los que, por lo menos, en este asunto, ha abandonado.

Lo ecológico ejemplifica el uso maniqueo de algunos cambios de paradigma que van más allá de lo político-social, y que afectan a todos y cada uno de los ámbitos de la sociedad. Se ideologiza, se reduce a un conjunto de medidas políticas, se jibariza la acción social necesaria, y todo ello en pos de una fotografía instantánea en la que un grupo político muestra vigor y responsabilidad frente alguno de los más importantes retos de la civilización humana contemporánea. También sucede con el feminismo, un movimiento coral, inagotable, inacaparable, pero que ciertos colectivos y partidos políticos tratan de personalizar y considerar como dominio privado. Sin embargo, el ecologismo, como el feminismo, no pertenece a nadie. Sobrepasa los límites del ámbito de acción política, va más allá de la clásica división entre izquierda y derecha, conservadores y progresistas, realpolíticos y populistas. Porque lo ecológico es más que política.

El derecho a decidir no existe

La gente no puede decidir hasta que alguien no decide quién es el pueblo
Ivor Jennings. The Approach to Self-Government

La democracia representativa ofrece a todos y cada uno de los ciudadanos la posibilidad de involucrarse en algunas decisiones políticas que les afectan directamente. Esta toma de decisiones suele consistir básicamente en la elección de los representantes políticos de cada una de las partes en las que se dividen los poderes ejecutivos y legislativos (ayuntamientos, comunidades autónomas, parlamentos nacionales y europeos…). Pero también hay veces que a la ciudadanía se le pregunta directamente acerca de temas cruciales que tienen gran peso en el futuro del país, y que suelen tomar forma de consulta o referendum (por ejemplo, OTAN sí/no, Constitución Europea sí/no…).

Todo ciudadano, por el hecho de serlo, tiene, de facto, derecho a decidir en una democracia representativa. De hecho democracia y derecho a decidir van unidos de la mano; no existiría el primero, sin el segundo, y vicecersa. Y todo ciudadano debería tener derecho a decidir siempre que su vida política se vea afectada. Un madrileño no podrá, ni deberá, votar en las elecciones municipales de Barcelona, pues el órgano legislativo y ejecutivo de la ciudad condal queda fuera de su ámbito de decisión de un madrileño. Del mismo modo, no se podrá excluir, por ejemplo, a un madrileño de Vallecas, o del barrio de Salamanca, de las elecciones a la alcaldía de Madrid, aludiendo cualquier excusa (que siempre posee cierto tinte ideológico). En democracia tiene derecho a decidir  toda persona incluida en el ámbito de decisión; y no puede pedir derecho a decidir si está excluida de ese ámbito. El ámbito democrático de decisión no conoce de fronteras, razas, sexo, religión, afiliación política, educación… Si el ciudadano se ve afectado por la decisión a tomar, deberá incluirse en el ámbito de decisión.

Sin embargo, desde los espacios políticos nacionalistas se trata de tegiversar el concepto de ese derecho a decidir democrático. Por una parte introducen una falacia: el pueblo decide. Realmente no decide el pueblo; decide cada una de las personas individuales a las que les afecta la decisión planteada. Por otra parte segregan la ciudadanía en dos grupos: aquellos que tienen derecho a decidir (los patricios), y aquellos a los que se les niega tal derecho (los plebeyos). Para ello introducen en el ámbito democrático de decisión un “hecho diferencial” que consideran imprescindible para obtener derecho a tal privilegio. Que vivan en un lugar, y no en otro. Que pertenezcan a una raza, que adoren a un dios concreto, que hablen un idioma o hayan sido educados en función a una ideología… Cualquier excusa es válida si se consigue eliminar del derecho a decidir democrático a todos los ciudadanos que, probablemente, con su voto, puedan impedir la consecución de los fines que tanto ansían aquellos políticos.

Así, por muy legal que haya sido el referéndum del Brexit, no fue muy democrático. Se dejó fuera del ámbito de decisión a cientos de millones de ciudadanos europeos a los que la decisión de Reino Unido de abandonar o no la Unión Europea les afectaba tan directamente, o más (vease el caso irlandés), como a los ciudadanos británicos. El problema actual sobre el desenlace del Brexit, y que tantas crisis políticas está desencadenando, viene, sobre todo, de una falta de consideración de las necesidades e intereses de aquellos a los que se les ha negado decidir.

Tampoco era necesario que el referéndum del Brexit hubiera sido aplicado a todos los habitantes de la Unión Europea. Valía con que, aprovechando la transnacionalidad de la gobernanza europea, todos los países europeos pudieran haber dado, a través de sus gobiernos y sus representantes políticos de instituciones europeas, su opinión acerca del Brexit. En fin, una negociación sobre las condiciones de una posible salida del Reino Unido que fueran aceptadas por la mayoría de naciones europeas.

Lo mismo sucede con el procès catalán. No es necesario que todos los españoles voten si están a favor o en contra de la independencia, sino que, previo a un supuesto referéndum, habría que preguntar al conjunto de ciudadanos que están afectados por esa decisión, si están dispuestos a ceder su derecho de decisión y entregarlo a los ciudadanos que viven en Cataluña. Y, además, a cambio de qué se permite esa cesión, o bajo qué condiciones. Esto se puede realizar de manera directa, mediante un referendum o consulta, o indirectamente a través de un cambio constitucional. Solo si se incluye, se representa y se visibiliza al conjunto de personas que están incluidas en el ámbito de decisión, entonces se podrá hablar de derecho a decidir democrático.

El derecho a decidir, por lo tanto, no existe. No existe, en cuanto a derecho democrático, tal y como es enunciado desde los altavoces mediáticos nacionalistas. Tan solo podría hablarse de tal derecho a decidir si este recoge, acoge y representa la voz de todos los ciudadanos involucrados en la decisión política, independientemente del lugar donde vivan, la lengua que hablen o la bandera que amen.