Intolerantes: microrracismos, micromachismos, microhomofobias

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La esposa (The beloved). Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)

Desde hace varios años vivimos en una especie de esquizofrenia hard, en la cual existe una clara discrepancia entre nuestros modos de pensar y los modos de expresar nuestros pensamientos. Así, todavía cogitamos según las estructuras adquiridas por las sociedades alfabetizadas mediante textos impresos, de manera que todo aquello que leemos en un libro, un panfleto o, mismamente, en este blog, lo asimilamos como si el contenido fuera estable (que lo es, en mucha medida, sobre todo en el papel impreso), unidireccional (del autor hacia el lector, sin que haya lugar a feed-back) y canónico (en el texto se reconoce indudablemente la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito). Sin embargo, la revoluciones tecnológicas en el ámbito de la cultura han ido demoliendo, desde los años 70, ese modelo de pensamiento “a lo Gutenberg” en el cual hemos sido educados, y en el cual todavía aún educamos a las futuras generaciones. Y es que el texto ya no es estable. Cualquiera puede apropiarse de una pieza de cultura para transformarla según sus deseos y necesidades, como podemos observar todos los días en los miles de memes que recibimos por mensajería instantánea y redes sociales. Además, sobre todo desde la aparición de la web 2.0, el lector puede interactuar, no ya solamente con el mismo el autor, sino también con miles de otros lectores, editores, supervisores de foros… Toda estas reinterpretaciones, recontextualizaciones y publicaciones de opiniones destruyen todo atisbo de canonicidad del texto impreso: este ya nunca más expresará la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito, sino de todos aquellos que lo leen.

Y es en este ecosistema cultural ciertamente esquizofrénico en el cual todos nosotros expresamos de manera más o menos libre nuestras opiniones e ideas. Creemos que estas dan forma y contenido a nuestros pensamientos más íntimos y verdaderos y que son recibidos por los demás de este modo. Sin embargo, no es así: en el momento en el que publicamos algo en un blog o una red social estamos corriendo el riesgo de que nuestro texto sea interpretado y contextualizado en modos muy lejanos de aquel que dio origen a nuestro primer impulso creador. Y, así, de una inocente (o no tan inocente) opinión política pueden extraerse una serie de interpretaciones racistas, machistas y homófobas que, en ningún momento, habían ni siquiera rondado por la mente dela autor.

Hay intolerantes. Estos se expresan clara y abiertamente, sobre todo en los actuales tiempos del populismo, donde un establishment analfabeto e inculto justifica, alienta e incita la cizaña. Ahora los intolerantes, libres de censuras, pueden expresar libremente su odio al moro o al negro; su convencimiento de que las mujeres son más débiles e intelectualmente inferiores a los hombres; o la idea mezquina de que el colectivo LGTB+ está enfermo. Los intolerantes siempre han existido, pero el discurso imperante en la sociedad coartaba la manifestación de sus opiniones. Ahora, desde los altavoces de la política, la ciencia y la cultura se les arenga a que escupan todo ese odio y esa rabia que han contenido durante décadas de “represión”, perpetrada a mano de hierro por los “buenistas”, las “feminazis”, y los “depravados sexuales”.

Pero hay que diferenciar la macrointolerancia que acabo de describir de esas microintolerancias que trufan la expresión pública de nuestras ideas y opiniones. Aunque no seamos, ideológica o emocionalmente, racistas, machistas o homófobos, hemos de comprender, aceptar y tolerar que parte de la estructura de nuestro pensamiento y, sobre todo, la expresión oral y escrita del mismo, viene condicionada por automatismos sociales que aprendemos desde nuestra infancia y que recuperamos un día tras otro en nuestra comunicación cotidiana con el otro. Y, dentro de esos automatismos sociales, hay algunos que, sin duda alguna, están influenciados por tendencias racistas, machistas u homófobas. No es que seamos intolerantes, ni siquiera que la misma sociedad sea intolerante, pero el Discurso que manejamos, aunque trata (o trataba hasta no hace mucho) de censurar la expresión de ciertos contenidos no tolerados, acepta ciertas formas de expresión de esas intolerancias. Hasta no hace mucho, muchas personas que hoy se escandalizan, reían con el sketch de Martes y Trece de “mi marido me pega”. No es que antes fueran unos apologistas del feminicidio y hoy unos activistas radicales contra la violencia machista. Es que el Discurso de época en la que se concibió ese sketch no había integrado este tipo de violencia dentro de su repertorio de censuras. No es que en 1991 fuéramos más machistas que en 2020, sino que en 1991 el marco epistémico en el que nos movíamos no imponía un tabú a los chistes de mujeres maltratadas. Y aún en 2020 existen ciertas expresiones toleradas que contienen, o se puede interpretar que contienen, microrracismos, micromachismos o microhomofobias. Las cuales se expresan libremente porque, como sucedía a Martes y Trece hace casi 30 años, no existe un tabú o censura que los elimine.

Nadie está libre, pues, de expresar o publicar una microintolerancia. Muchas veces no nos daremos ni cuenta, y tan solo cuando la reinterpretación y recontextualización de un receptor que sí haya descifrado esa microintolerancia llegue a nuestros oídos, entonces será cuando podremos analizarla y juzgarla. La respuesta que demos a nuestra microintolerancia no es única. Puede que aquel que la haya detectado sea un ofendidito que afee nuestra opinión hasta el punto de juzgar todo nuestro sistema de pensamiento a partir de esa minúscula pieza de información. Probablemente nuestra postura ante tal escarnio sea el de defensa y ataque; puede incluso que el sentimiento de indignación que nos provoque el ofendidito nos lleve a justificar a aquellos que defienden la expresión de macrointolerancias. No éramos machistas, pero el hecho de que una asociación antipatriarcado nos acuse de genocidas de mujeres por expresar ciertas dudas acerca de su ideario, puede llevarnos a abrazar el machismo más recalcitrante. Pero también puede suceder que aquel que ha decodificado la microintolerancia, lo exprese de modo tranquilo, justificado y nada hiriente. “¡Eh tú, cuidado! Fíjate lo que has dicho. Puede ser malinterpretado por alguien”. Es entonces cuando podemos asimilarlo y, así, aprender de nuestros errores.

Lo malo no son los microrracismos, los micromachismos o las microhomofobias. Que el que esté libre de culpa tire la primera piedra. Lo malo es interpretar esas microintolerancias como macrointolerancias que invaden todo nuestro sistema de pensamiento. Lo malo es no aceptar que, a veces, nos “pasamos de frenada” en nuestras conversaciones y publicaciones en redes sociales. Lo malo es, tanto el exceso (la macrointolerancia), como el defecto (la censura).

Pocos somos racistas, machistas y homófobos. Pero todos somos microrracistas, micromachistas y microhomófobos. No tenemos que rasgarnos las vestiduras, ni flagelarnos por ello. Pero tampoco aceptar esas debilidades como “inherentes de la naturaleza humana”, para así no corregirlas. Simplemente , comprenderlas, aceptarlas y, a través de ellas, mejorar como personas.

Los “blackface” y “minstrels” tras el cierre del paréntesis Gutenberg

El disfraz es atractivo porque permite, a través de la imaginación y las herramientas que ofrecen los ropajes y el maquillaje, transformarse, aunque sea solo durante unas horas, en otra persona… u objeto. La finalidad última del disfraz es la diversión, la desvinculación temporal con la vida rutinaria, llena de deberes y obligaciones. Y, en España, desde siempre, se ha utilizado el pigmento negro para dar color a nuestras teces, ya de por sí oscuras, cuando nos hemos enfundado un disfraz de aires africanos y orientales: de masai, de cazador de la selva ecuatorial, de Mil y una Noches… Bien podría haberse utilizado para tales efectos el único acompañamiento de una manta roja, taparrabos y lanza, o turbante y cimitarra… Pero la apropiación del personaje era completa cuando el color de la piel se asemejaba a aquel de los dueños originales de esas mantas, esas lanzas, esas cimitarras.

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Alberto Ruíz Gallardón disfrazado de rey Baltasar

Hasta hace un par de décadas la mayor parte de los reyes Baltasar que recorrían los pueblos y ciudades curante las tradicionales cabalgatas de los Reyes Magos llevaban una buena capa de betún en sus rostros, pues era el único recurso disponible en una sociedad española donde la tez negra no era aún muy usual. Todavía hoy en día, en ciertas regiones de España, la cabalgata es organizada por algún grupo específico del municipio (peñas, cofradías, miembros electos del ayuntamiento…) donde tal vez no encuentren un color de piel apropiado para caracterizar a Baltasar, y se precisa de maquillaje para que los niños puedan pedir sus regalos a un rey Baltasar como marca la tradición.

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El Equipo A

En los ya lejanos años 80, uno de los héroes televisivos que yo más admiraba era M.A Barracus de la serie “El Equipo A”. No solo me atraía el personaje, aquel fornido ex-soldado, capaz de construir cualquier vehículo (terrestre o acuatico, jamás volador) armado de un soplete y un pedazo de hojalata. Y también conducirlo temerariamente bajo el incesante fuego enemigo. O tal vez eran sus biceps musculados, o las toneladas de collares de oro que colgaban de su cuello. Pero también veneraba al M.A Barracus de carne y hueso, el de fuera del plató de televisión. Porque M.A Barracus era también el Mr. T de las revistas que, como Teleindiscreta, los chavales de la época devorábamos con pasión. En las entrevistas que se publicaban de Mr. T, el actor contaba cómo de dura había resultado su infancia. Y cómo esa terrible experiencia le había infundido amor y respeto por todos los niños del mundo… Muchos queríamos ser como M.A Barracus. Pero para eso, necesitábamos, además de un estrafalario peinado y unos collares de pega, oscurecernos el rostro con betún.

Hasta no hace muchos años no había nada malo en pintarse la cara de negro. Se hacía de manera inocente, sin la intención de herir la sensibilidad de nadie, pues ni siquiera existía  la percepción que el acto de teñirse de negro pudiera suponer una afrenta. Las caracterizaciones de los carnavales, de las cabalgatas de los Reyes Magos o de los fans de personajes negros (No solo M.A Barracus; también el aún negro Michael Jackson o Tina Turner con su salvaje melena…) formaban parte de la vida cotidiana y, de ninguna manera, se podían mezclar con actos de racismo u odio. Nadie criticaba al niño que, para disfrazarse de Steve Wonder, además de unas enormes gafas oscuras, se untaba la cara con témpera negra. No se buscaban segundas lecturas entrelíneas, más allá del verdadero significado de esa caracterización infantil, que eran, sin más, el juego y la admiración por un personaje famoso.

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Cartel anunciante de un “minstrel”, a principios de siglo XX. (Fuente: Strobridge & Co)

La historia de los rostros pintados de negro en Estados Unidos es más bien diferente. Los “blackface” de finales del XIX y principios del XX eran burlas despectivas hacia los ciudadanos norteamericanos de piel negra, que no hacía muchos años acababan de liberarse de las cadenas de la esclavitud. Actores blancos se disfrazaban de negros para, en actuaciones cómicas denominadas “minstrels”, denigrar a la raza negra a través de los estereotipos de la época. Hoy en día, en muchas regiones de EEUU pintarse la cara de negro equivale a rememorar esas actuaciones racistas, y la carga emocional que envuelve ese maquillaje está llena de polémicas y conflictos.

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Foto del Primer Ministro de Canadá, Justin Trudeau, disfrazado de Aladino, en una fiesta de disfraces de 2001

Recientemente, durante la campaña electoral  de Canadá, en la que Justin Trudeau se presentaba a la reelección como Primer Ministro, vieron la luz una serie de fotografías en las que se ve al político canadiense con el rostro pintado de negro en diferentes fiestas de disfraces. La polémica saltó al espacio público y no fueron pocos los medios de comunicación que le tildaron de racista. El tratamiento de la información no fue la misma en los medios anglosajones que en los francófonos. Los primeros, muy influenciados por la corriente cultural de los EEUU, interpretaron las fotografías de Justin Trudeau desde la órbita de los “blackface” y los “minstrels”, a pesar de que este tipo de espectáculos nunca se han representado en Canada. Desde Quebec, sin embargo, no se le dió apenas importancia al asunto de la pintura negra, y consideraron la publicación de esas fotos como una repugnante artimaña electoral que tenía como único fin el desprestigio del actual Primer Ministro. Ni unos ni otros, sin embargo, se pararon a imaginar cuáles fueron las verdaderas intenciones de los disfraces de Justin Trudeau quien, nada más publicarse esas fotografías, pidió disculpas a los cuatro vientos a todos aquellos que se podían haber sentido ofendidos.

El paréntesis Gutenberg  debutó con la invención de la imprenta, y ha visto su final más o menos abrupto, más o menos suave,  con la aparición de los medios digitales de edición y la publicación en redes sociales. Durante esta franja temporal de aproximadamente cinco siglos se han producido unos importantes cambios, no solo desde el punto de vista cultural, sino también en la constitución de las estructuras de pensamiento y manejo de datos, muy diferentes con respecto a las sociedades orales y caligráficas. Por ejemplo, el paréntesis Gutenberg fijó la autoría de las obras impresas (previamente casi toda la información que se manejaba procedía de fuentes anónimas), concibió una comunicación unívoca (dirigida desde el autor del libro impreso hacia el lector, al contrario de una comunicación oral, donde el oyente puede influenciar al orador), y una estabilidad textual (todos los volúmenes de una misma edición contienen el mismo número de páginas, y el mismo número de palabras) que no existía en la época de los juglares y los monjes copistas. Todo ello generó la percepción de que el texto impreso contenía la verdadera revelación de la expresión del autor. La labor del lector era, pues, descifrar de toda esa amalgama de signos ortográficos, aquello que el autor había querido realmente decir.

Con el final del Paréntesis Gutenberg el texto ha dejado de ser propiedad del autor. Cualquiera puede apropiarse de una fotografía, frase, video… y modificarlo. Además, el lector ya no tiene porqué escudriñar los sentimientos del autor de un poema, canción o novela, sino que es el mismo lector quien interpreta y contextualiza esas palabras escritas, según su experiencia, deseos y necesidades. Las intenciones reales del autor original desaparecen por completo en esa amalgama incesante de memes, opiniones 2.0 y cuentas de twitter. De toda esa masa informe de opiniones tan solo relucen aquellas que son más extremas, más polémicas, más agudas. La moderación se disuelve en los cientos de terabytes de información que se generan cada día. Es por ello que la voz de los ofendidos y de los trolls resuena con fuerza en el universo virtual de la World Wide Web.

Las libres reinterpretaciones y recontextualizaciones que ofrece la Segunda Oralidad no son signo de libertad de expresión, ni tan siquiera como una ampliación de las opciones de pensamiento que poseen los ciudadanos del mundo. Porque la Segunda Oralidad también coharta la libre expresión individual de los sentimientos y opiniones, que tienen que estar tamizadas, controladas y dispuestas de tal modo que no se conviertan en blanco fácil de los ofendidos y los trolls. No hay ampliación de la libertad de expresión en el cierre del paréntesis Gutenberg, sino más bien una traslación; de modo que la censura de los gobiernos se ha trasladado a la autocensura del propio individuo.

La colonización cultural de los Estados Unidos, no solo nos aporta fiestas de Halloween y anglicismos, sino que también asimilamos sus prejuicios, tabús y taras históricas. Así como nos adaptamos a sus pudores en cuestiones de exhibición sexual (como ejemplo, los bloqueos de cuentas de facebook donde se muestran pezones, aunque tengan un transfondo absolutamente no sexual), también estamos cambiando nuestro parecer entorno al tema del maquillaje negro. Poco importa si se trata de una diversión inocente, de un costumbrismo centenario, o incluso de un acto de respeto y admiración: ahora, cuando nos pintamos la cara de color negro resuena una única interpretación de ese gesto: la de los actores racistas norteamericanos de finales del siglo XIX que, maquillados de negro, despreciaban a las personas con piel de ese color.

 

A proposito de un cruce de tweets

Ante la masiva llegada de información que recibimos a través de los mass-media y redes sociales, a veces es difícil diferenciar lo verdadero de lo falso. Muchos de estos datos no solo no están contrastados, sino que a veces resulta casi imposible encontrar fuentes de contraste. Cuando eso sucede, el escepticismo ante la información recibida es, tal vez, la postura inicial más adecuada para evitar que se nos manipule más de lo que ya, incluso tomando las medidas más extremas de vigilancia informativa, se nos manipula.

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Como ejemplo, una muestra. Un supuesto “Orgullo Nacional de España” recibe un “zasca” de un supuesto cabo de bomberos de Gran Canarias. Aquí hablo de “supuestos”: desconozco si “Orgullo Nacional de España” es realmente un usuario de facebook con grandes inquietudes patrióticas o un trol que se esconde detrás de un nombre y una bandera para proferir barbaridades. Incluso puede que sea un “supertrol”, esto es, un trol, en este caso, de izquierdas que se haga pasar por un trol de derechas; vía libre para que los cyberactivistas de izquierdas den rienda suelta a sus comentarios y eslóganes más ocurrentes. Tampoco puedo saber si un cabo de bomberos que se llama Jose Luís González Díaz se encuentra de servicio en las Islas Canarias; y, si realmente es así, si la cuenta de facebook desde donde se lanza el “zasca” es de su propiedad.

Analizemos el tweet de “Orgullo Nacional”: realmente, solo se queja de que el Gobierno Español ha enviado una fragata para traer hasta España a un grupo de personas que han llegado a Lampedusa en el Open Arms. Y también critica que los bomberos no tengan habitaciones adecuadas donde encontrar descanso tras una dura jornada de lucha contra los incendios que asolan Gran Canaria (si eso eso es cierto o no, lo desconozco). No se oye, sin embargo, una sola crítica contra el Open Arms, que es objetivo frecuente de la extrema derecha (y de la tampoco tan extrema derecha). Tampoco contra acogida de estas personas por parte de España, algo que debería cabrear al más facha. En su comentario, critica el exceso presupuestario que supone el envío de un buque militar a aguas italianas. Y es que, en verdad, aunque “Orgullo Nacional” no lo diga, sería mucho más cómodo, barato y seguro fletar un avión para dicho viaje. Algo que también pensaban los portavoces de Open Arms.

Ahora veamos lo que comenta el cabo de bomberos. No contesta directamente al tweet de “Orgullo Nacional”. De hecho le da la razón en algo: reconoce que está exhausto, como todos sus compañeros. A partir de ahí, acomete todo un “ejercicio de humildad”: él y sus compañeros son los más valientes porque son el último bastión contra el incendio. Más cerca que ellos del fuego solo queda la muerte. También explica, bastante explicitamente cómo, en su tiempo libre, rescata a personas del mar. Personas a las que tipos como “Orgullo Nacional” se dedica a ahogar… (no sé qué pruebas tiene contra semejante atentado contra la vida humana). Finalmente, juzga oportunista y despreciable el comentario del abanderado español, aunque no ha dado ninguna razón del porqué.

Si yo estuviera tan agotado como el cabo (y a veces lo he llegado a estar) apago mi teléfono móvil y me echo a descansar. Pero este bombero, antes de acostarse, se ha puesto a revisar el facebook y se ha encontrado con este comentario de “Orgullo Nacional”. Casualidad. Lógicamente, no ha podido morderse la lengua y contestar.

No hay “zasca” en este cruce de mensajes, porque el cabo de bomberos no contesta a la denuncia de “Orgullo Nacional” acerca del dispendio en fragatas. El cabo de bomberos publica únicamente sus hazañas para colocarse en una posición moral superior a la de su contrincante. Y, así, desde la justificación que le proporciona esa superioridad moral, se cree con derecho a insultar a “Orgullo Nacional” con toda impunidad.

Tal vez me confunda. Pero creo que este cruce de comentarios es un montaje instigado por algún grupo afín del gobierno, que trata de desprestigiar a aquellos que critican el envío de la fragata Audaz a Lampedusa. “Orgullo Nacional” afina demasiado en la problemática de la fragata como para que sea algo casual. La bandera de España y el nombre lo colocan en la trinchera política de la extrema derecha. Aparece un bombero, que heroicamente apaga fuegos en Gran Canarias y rescata a naufragos en Libia. Un héroe contra un facha. Solo que el héroe no es capaz de argumentar en contra del facha: solo se queda en una contundente exegesis de sus logros como bombero.

Esta fue mi primera impresión nada más leer esta discusión. Postura escéptica. Ante todo lo que llega de tweeter o facebook, dudo de su veracidad. Si luego resulta que me he confundido y “Orgullo Nacional España” y el cabo Jorge Luis González Díaz existen, no tendré problema alguno en aceptar mi error y cambiar de opinión. Pero eso no cambiaría la conclusión y crítica final de este cruce de comentarios: Uno, no hay una verdadera dialéctica de ideas, porque cada uno habla de lo que le interesa. Dos, “Orgullo Nacional de España” tiene en parte razón, pues es más que cuestionable la decisión política del Gobierno de España a la hora de enviar esa fragata a Lampedusa.

Postdata: El cabo de bomberos existe. Y la publicación realmente fue de su puño y letra.

Ciencia, pseudociencia y algoritmos

No hace muchos años y, tal vez, todavía aún en algunos lugares y ámbitos, se daba gran importancia al horóscopo. Se suponía que la vida y el carácter de una persona venían, no solo influenciados, sino hasta predestinados, según la posición de las estrellas en el momento de nacer. Si tomamos cualquier horóscopo de periódico o de revista, podremos leer vaticinios o recomendaciones  a los nacidos en las diferentes “casas” del Zodiaco. Generalmente se tratan de textos muy vagos, genéricos y poco específicos, que responden generalmente a asuntos de la vida cotidiana: un catarro en invierno, un problema laboral habitual en cualquier trabajo, desavenencias familiares típicas… Quien crea que las estrellas poseen gran influencia sobre la vida de los mortales, podrá encontrar en estos horóscopos un excelente material de verificación. Pero si esta fe en la astrología le lleva a pedir consultas más específicas sobre su vida, los vaticinios que de ella realicen los adivinos tendrán mayor riesgo de error y fracaso. Aun así, se puede dar el caso de una “profecia autocumplida”, esto es, que el devoto de los astros se tome los consejos esotéricos tan en serio que él mismo, de manera consciente o inconsciente, ejecute ciertas acciones que acaben, indefectiblemente, en el cumplimiento del augurio.

En la actualidad los profetas ya no levantan la mirada hacia los cielos, ni siquiera concentran su atención sobre una bola de cristal. Porque tienen las matemáticas o, mejor dicho, los algoritmos. Las predicciones de hoy en día tienen muy poco de esotéricas, y mucho de científicas, o pseudocientíficas. Por ejemplo, a partir de un conjunto de datos y unas modas o tendencias observadas, se puede generar una fórmula matemática que sea capaz de predecir cómo va a ser el futuro. Así es como se desarrollan los modelos complejos de predicción, que tienen una gran influencia a la hora de tomar medidas políticas (medio ambiente, economía…). En las ciencias médicas tienen una gran influencia los metaanálisis, estudios que se confeccionan a partir de los resultados de otros estudios científicos médicos, generalmente ensayos clínicos aleatorizados. La suma de datos obtenidos en cada uno de estos estudios permite diseñar un “macroensayo” clínico, en el que el número de pacientes incluidos supera las limitaciones técnicas que se encuentran a la hora de realizar las investigaciones. Sin embargo, el autor de estos trabajos no tiene necesariamente que saber de la patología, el medicamento o el tratamiento quirúrgico sobre el que trata su metaanálisis. Le vale más una gran experiencia en estadística aplicada que todo el conocimiento adquirido a lo largo de una vida de práctica médica junto al paciente. Los metaanálisis se consideran que son la cima de la evidencia científica médica, cuando para su realización no se precisa de, ni siquiera, haber visto a un solo enfermo.

Como colofón de estos sistemas de predicción basados en algoritmos matemáticos, se encontraría la llamada “ciencia Google”, que Byung-Chul Han la definiría como “ciencia aditiva o detectiva, y no narrativa o hermenéutica”. A través de una masiva recepción de información de miles de millones de usuarios, bien recabada a través de sus búsquedas on-line o de sus perfiles en redes sociales, y su procesamiento mediante complejas fórmulas matemáticas, se obtienen conclusiones muy exactas de nuestra vida, gustos e, incluso, decisiones futuras. Así, se dice que con un “like” en facebook se extrae más información de nuestra vida privada de lo que nosotros nunca jamás llegaremos a creer.

Vivimos una época en la que las matemáticas ya no se ponen al servicio de las otras ciencias para extraer de sus estudios unas conclusiones más válidas y certeras. Sino que, al contrario, el poder de las matemáticas es tan grande que son las demás ciencias las que  subordinan a ella. Es tanta la ingente información (millones de terabytes) que se manejan hoy en día que se precisan de potentes ordenadores con softwares algorítmicos que “muevan” y “expriman” todos esos datos. La cuestión es ¿cómo se crea ese algoritmo? ¿Qué relación tiene este con la realidad social, política, cultural, científica de la cual se han obtenido los números con los que opera?

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Los modelos complejos de predicción, como ya comentamos en un anterior artículo, basan sus vaticinios en una pequeña parte de la información de la total que sería precisa para alcanzar su objetivo. Incapaces de predecir lo impredecible, de conocer las variables que, en el momento de creación del algoritmo no se conocen y de expresar en una fórmula matemática variables que no pueden ser reducidas a un número, los modelos complejos solo cuentan con aquellos datos conocidos y que pueden ser formulados según una expresión matemática. Inevitablemente, los modelos complejos fallarán. Aun así, a pesar de su escasa fiabilidad, influyen de manera decisiva en nuestras vidas. Las proyecciones económicas que realizan los organismos internacionales van a repercutir en las políticas presupuestarias de los gobiernos hasta el punto que uno podría preguntarse si los aciertos de, por ejemplo, el FMI se deben a su riguroso cálculo o a que sus informes presionan tanto a los agentes económicos, que estos se pliegan finalmente a ese destino. Otro ejemplo se puede encontrar en las encuestas de intención de voto que realizan agencias públicas y privadas de demoscopia: a pesar de que el número de encuestados sea alto, a pesar de que existan ya datos previos comparables que permiten ajustar los cálculos, a pesar de los potentísimos algoritmos que estas empresas utilizan, todas las encuestas fracasan en sus predicciones. Si aciertan, podría ser debido más al azar que a la buena gestión de los datos. Pero, independientemente de ello, la publicación de una encuesta, por poco certera que sea, puede cambiar la decisión de voto de decenas de miles de ciudadanos. Y eso lo saben muy bien los gobiernos, que utilizan los sondeos, más que para conocer la realidad del país, para manipular esa misma realidad.

En cuanto a los metaanálisis, a pesar de los controles internos y externos a los que se ven sometidos, son fácilmente manipulables. La no inclusión de un artículo científico que altere el resultado final que desea obtener el investigador puede ser fácilmente excusada a través de unos criterios de inclusión y exclusión que penalicen ese artículo. Por otra parte, el “peso” de los artículos incluidos en un metaanálisis depende de su calidad, que es medida a través de una serie de criterios (número de pacientes, técnicas de enmascaramiento…). La industria farmacéutica sabe de ello y, gracias a su poder tanto en recursos económicos como en medios técnicos, desarrollan unos ensayos clínicos tales que puntúan muy alto en los scores de inclusión de los metaanálisis. De este modo las conclusiones pro-industria prevalecerán frente a otras más objetivas.

Pero, tal vez, el mayor peligro de estas “ciencias monopolizadas por las matemáticas” se ubica en la “ciencia Google”. Y no es por el acúmulo de información sobre nuestras vidas privadas que atesoran en sus data centers. Estas empresas pueden revertir los algoritmos, esto es, en vez de extraer conclusiones a partir de nuestra información, crear conclusiones a la medida de estas empresas mediante la manipulación de la información que nos ofrecen. Por ejemplo, si quisieran que ganara un político X frente a otro Y, los sistemas de búsqueda online y las redes sociales primarían, en las primeras páginas y en los espacios más visibles los datos positivos de X y solo datos negativos de Y. De este modo la opinión pública se decantaría por el primer candidato frente al segundo. Hoy en día ya no es necesario censurar una información; tan solo hace falta ocultarla entre otras tantas decenas de miles de piezas de información para que así, se invisibilizen.

Cuando las ciencias se ponen al servicio de las matemáticas, y no al contrario, se pierde el relato sobre el que se construye nuestro conocimiento. Ya no es necesario el cómo se ha llegado a una conclusión, ni cuál ha sido el proceso de constitución del fenómeno a estudio. Se aceptan  los resultados por fe en el algoritmo que un matemático ha diseñado, como antaño los fieles de la astrología creían en los horóscopos.

Es cierto que las matemáticas son un instrumento esencial para el conocimiento de nuestra realidad. Sin ellas no se podría haber alcanzado el grado de desarrollo cultural que poseemos en la actualidad. Pero la exageración de su importancia la convierten en una arma peligrosa en manos de poderes económicos y políticos.

La Justicia fuera del Paréntesis Gutenberg

El sistema judicial con el que nos hemos provisto en las democracias liberales tiene unos fundamentos absolutamente modernos, fruto de la experiencia y del pensamiento de los siglos XVIII y XIX. Aunque encuentran sus raíces en el derecho romano, los códigos legislativos actuales funcionan según una ley escrita e impresa, que es aplicada, en principio, de modo riguroso, por el juez. Como modernos que son, los sistemas judiciales podrían considerarse basados en ideas positivistas, esto es, que aunque aún no se haya conseguido una ley perfecta y universal, válida para todos los individuos de todas las sociedades y todos los tiempos, ésta se conseguirá en un futuro más o menos cercano, gracias al uso de la razón.

El Paréntesis Gutenberg es esa franja teórica de tiempo, que va desde la invención de la imprenta de tipos móviles por Johannes Gutenberg hasta la aparición de los primeros sistemas digitales de manejo de la información. Durante ese corto periodo el texto impreso recibió un estatus de autoridad, aquél que había sido arrebatado a los doctores y sabios de la Antigüedad. El texto impreso era estable, podía ser leído por decenas, cientos, miles de personas sin que éste cambiara un solo punto, una sola coma (al contrario de la tradiciones caligráfica y oral, volubles e inestables). Pero, además, se atribuyó que todas las personas que leían un mismo texto interpretaban y contextualizaban el mismo de modo parecido, y que coincidían con las interpretaciones y contextualizaciones con las que había creado el autor esa obra. Por lo tanto, la ley impresa también debía de ser interpretada y contextualizada de modo similar por cualquier experto jurista que la leyera. El ámbito de interpretación de la ley por el juez era muy limitado: tan solo le quedaba libertad a la hora de interpretar los hechos que exponían las diferentes partes en conflicto.

Por otra parte, a ese criterio de autoridad que se atribuía al texto legal escrito, se le unía la autoridad que otorgaba el Estado al juez. Éste, dotado de un prolijo conocimiento de las leyes y de una personalidad estable y conciliadora, interpretaba los hechos que tanto parte acusadora como defensora le entregaban y, en base a esa interpretación, decidía cómo había que aplicar la ley. Nadie ponía en tela de juicio ni su honestidad ni sus conocimientos. Así como un paciente acepta que el médico es quien más sabe de su enfermedad, cualquier ciudadano de a pie era consciente de que el juez poseía información privilegiada a la que él nunca accedería (y si podía acceder, jamás podría llegar a comprender).

Sin embargo, el supuesto Paréntesis Gutenberg empieza a cerrarse, y la Justicia, como otros aspectos sociales de la vida del día a día, sufre sus consecuencias. Sufre las consecuencias de seguir funcionando del mismo modo que si el texto impreso fuera tan estable y canónico como lo era antes de la democratización internet y de los sistemas de edición digital de texto. Pero ya no lo es. En primer lugar, porque probablemente su solidez era una fantasía: todo abogado, todo legalista, todo juez siempre han interpretado y contextualizado las leyes según sus conocimientos y experiencia previa. No solo el juez interpretaba los hechos: también daba un sentido personal a la ley que había sido publicada en el BOE o en la Constitución. Pero es que, además, junto a la pérdida de autoridad del texto escrito y, por ende, de la ley impresa, el juez también se ha visto mermado de esa patina de incontestabilidad con la que durante siglos se vio reconocido. En una época en la que tenemos acceso a todo conocimiento, a toda información, nos creemos que estamos en derecho a contestar y rebatir a los profesionales. Todos somos un poco médicos, arquitectos, fotógrafos, abogados, políticos… Sin embargo, poseer información no es sinónimo de comprenderla y, mucho menos, de saber utilizarla de manera juiciosa. Más aún, el torrente de datos que todos los días nos ofrecen los periódicos digitales, las redes sociales y otros vehículos de información masiva, inhiben nuestra capacidad de contraste y crítica de los datos recibidos. Nos los creemos porque no tenemos tiempo para digerirlos. Y aun así, nos creemos en condiciones de atacar decisiones tomadas por expertos que han adquirido sus conocimientos en base a un análisis crítico.

Otro aspecto específico del fin del Paréntesis Gutenberg es el ilimitado derecho de ofensa que nos conceden internet y las redes sociales. Antaño, quien no estaba de acuerdo con la sentencia de un juez tenía dos opciones: aceptarla (y criticarla en el ámbito privado con su familia y allegados) o presentar una apelación en una instancia superior. Hoy en día existe una tercera vía: publicar su versión de los hechos (su interpretación y contextualización) a la opinión pública a través de las redes sociales. Publicar el agravio sufrido por un sistema judicial imperfecto. Él (o ella), que es tan buena persona, ha sido insultado por un juez (o jueza) al recibir semejante pena (o al no recibirla el acusado o acusada). Salvo excepciones, caerá en saco roto: la masa informativa que recorre internet es tan vasta y basta que casi nadie prestará atención a sus ofensas. Sin embargo, si acepta a convertirse en juguete manipulado de alguna causa justa, podrá recibir un eco mediático con el que jamás podría soñar. Y, desde entonces, una causa particular se transforma en causa pública, general, universal. Los hechos (tanto los sucesos que sucedieron antes del juicio, como el proceso judicial en sí) se manipulan, tegiversan y se transforman en relatos míticos del bien contra el mal, de la mujer contra el heteropatriarcado, de la minoría étnica contra el racismo… Una oleada de consternación y apoyo a la víctima de la sentencia judicial recorrerá la sociedad: la Justicia está podrida y hay que echar de la jurisprudencia a los jueces que han cometido tan vil ofensa.

No voy a negar que este cambio en el modo de ver la Justicia tiene su lado bueno: la sociedad puede así concienciarse acerca de injustas situaciones que hoy son moneda de cambio habitual, pero que mañana deberían ser erradicadas por completo. El caso de “La Manada”, por ejemplo, ejemplifica ese movimiento de rechazo a una decisión judicial que, además, visibiliza una violencia sufrida, muchas veces en silencio, por decenas de miles de mujeres en España. No dudo que la información vertida acerca de este tema en facebook y twitter está manipulada. Pero, visto los datos objetivos (y probados), no es necesario entrar en disquisiciones del procedimiento judicial para comprender que la sentencia ha sido muy liviana para los presuntos violadores (digo presuntos porque en estos momentos son, legalmente, abusadores).

Otro asunto es el de Juana Rivas. La sentencia que la condena a cinco años de cárcel y seis sin patria potestad está siendo utilizada por ciertas plataformas pro-Juana y anti-Juana para criticar a la Justicia por un supuesto machismo heteropatriarcal o una excesiva benevolencia con ella. Aparecen mensajes que acusan al marido de ser un cruel y despiadado maltratador, o un mal padre (de lo que, según los jueces, no hay evidencia), así como a Juana Rivas (o al entorno que le aconseja cómo actuar) de falso testimonio. Aparecen noticias en las que Juana Rivas habría dejado los hijos al supuesto cruel y despiadado ex-marido para irse de viaje de vacaciones con su nuevo novio. El caso está rodeado de propaganda a favor y en contra de ella y de él, de modo que llega un momento que no se sabe qué es verdad, y qué pura mentira. ¿Han actuado bien los jueces en este asunto? Tal vez, al contrario que en el caso de “La Manada” sea necesario conocer más a fondo el sumario, y poseer conocimientos legales especializados, para poder dar respuesta cabal a esta pregunta. Sin embargo, la sociedad se posiciona, a favor de uno o de otro. Pero siempre en contra de la Justicia, demasiado machista o demasiado feminista.

fake
Opinión aparecida en una noticia de “El Mundo” del 29 de julio de 2018. No existe constancia de tal viaje, por lo que se podría considerar claramente como un fake.

Mientras no se interprete la Justicia de otra manera diferente, ésta seguirá funcionando dentro Paréntesis Gutenberg en el que fue concebida. Una Justicia desajustada en un mundo que se mueve dentro de una Segunda Oralidad. No quedan ni siquiera las sombras de la estabilidad  y canonicidad del texto jurídico, si es alguna vez existieron. Además, las partes en conflicto aprovechan la democratización de la edición y publicación de información a través de internet y redes sociales para, a través de la opinión pública, alterar el criterio de jueces y fiscales. Si no lo consiguen, siempre podrán echar mano del victimismo y del sentimiento de ofensa, con el que, tal vez, sin obtener réditos legales, si se consigue cierta satisfacción psicológica. Es la pena a la que se ve sometida una justicia democrática, pero de clase, que aún no ha realizado una revolución más allá de la Modernidad.

 

 

 

El debate sin vencidos ni convencidos como instrumento de reconciliación social

 

Lectura de Molière. Jean-François de Troy (1679-1752)

 

Vivimos en una época en la que recibimos un exceso de información a través de un gran número de canales (radio, televisión, prensa escrita, internet, redes sociales…), la cual no podemos analizar en profundidad. Decenas de miles de megabytes transitan delante de nuestras mentes sin que éstas puedan digerir siquiera una décima parte. Así, toda aquella información que, habiendo llegado hasta nosotros, no es asimilable, pasa directamente la barrera del discernimiento y penetra en los territorios de la visceralidad y de la emoción.

Pero no sólo ese ingente excedente de datos entra en nuestra psique sin ser filtrado por la razón y el sentido. El slogan, el tweet, la frase ingeniosa… son afilados instrumentos de comunicación que son capaces de evitar esa barrera de discernimiento, incluso cuando realizamos una labor activa de análisis sobre ellos. El exceso de información y la propaganda son poderosas armas de control social. Lejos de informar, desinforman; impiden una correcta digestión de los datos y, con ello, sitúan al ciudadano en una posición más frágil a la hora de enfrentarse contra áquel que ejerce el poder (y controla el flujo informativo).

El ciudadano, su raciocinio arrasado por el big data, se siente perdido en un caos de noticias, contranoticias, contra-contranoticias, bulos, fakes, postverdades… El caos es descontrol, y el descontrol genera miedo. No hay vida en el caos; se necesita de un orden. Y a falta de un ordenamiento propio y claro de las ideas, el Poder ofrece al ciudadano un instrumento eficaz para que éste ordene la información recibida y, con ella, supere esa terrible fase de caos. Ese instrumento es el Discurso.

Como muchas veces hemos comentado en este blog, Poder se escribe con mayúscula cuando nos referimos a un poder horizontal, ejercido por todos y para todos (e incluso contra todos). No es democrático, sino predemocrático, parademocrático. Todos participamos de él, pero con cuotas desiguales: Hay quien que, por poseer ciertos atributos (por ejemplo: hombre, blanco, católico, de altos recursos económicos y que viva en ciudad), se beneficia del Poder, mientras hay quien, por carecer de ellos (mujer negra inmigrante musulmana de bajos recursos económicos y que viva en los extrarradios), bien es excluido del Poder, bien se le ofrece una raquítica porción del mismo. El Discurso se escribe en mayúscula cuando nos referimos a aquel conjunto de saberes e informaciones que el Poder elije de entre todo el marasmo de datos que contiene la sociedad, y les asigna los atributos de verdad y realidad. Toda aquella información que queda fuera de los estrechos márgenes del Discurso se convierten en mentira y tabú, territorio de los locos y los proscritos.

El Discurso es necesario para la pervivencia del Poder. Y el Poder es condición sine qua non para la estabilidad de la sociedad. Sin embargo, eso no significa que, en pos de la armonía de la sociedad, haya que aceptar el Discurso como si se tratara de un acto de fe. Dentro del Discurso hay elementos, tal vez justos y necesarios, que favorecen sanos mecanismos de socialización, pero también hay otros que son más discutibles, injustos, que colocan a cierta parte de la sociedad en franca desventaja. Todo cambio en el Discurso provoca una marejadilla, una tormenta o una revolución en el seno del Poder. Las batallas ganadas (y las que aún estar por ganar) de l@s feministas y de los colectivos LGTB son un claro ejemplo de ello.

Puede darse la situación que, dentro de una sociedad, existan dos Discursos o, por lo menos, que una parte de un mismo Discurso sea diferente para dos colectividades de una misma sociedad. Podemos observarlo estos últimos tiempos, con gran tristeza, en el asunto catalán. Dos Discursos, dos Poderes, y una sociedad en conflicto.

Frente al Discurso de “nuestro” Poder, ordenado, comprensible y lógico, se sitúa el Discurso del Poder de los “otros”, que nos llega embarullado, caótico, deforme. Un amasijo impenetrable de información que no podemos asimilarlo, no podemos controlarlo. Y lo que no podemos controlar es amenazante, pues sentimos que puede llegar a someternos. Además, “nuestro” Discurso selecciona de modo muy poco ponderado su información acerca de los “otros”, de modo que se les margina de la realidad y la verdad. Son, pues, desalineados del Poder: se les considera locos, enemigos, malas personas… Así, desde la atalaya independentista catalana se observa al “español” como un intolerante que no acepta el sano ejercicio de la discrepancia política; al mismo tiempo, desde la torre españolista se atisba a un “catalán” fanatizado, irracional, impermeable al sentido común.

Es en esos momentos de crispación y disputa cuando debemos tratar de volver a enfocar nuestra razón. Sí, es verdad, está sobrepasada. Está sesgada por la propaganda, los tweets, las frases grandilocuentes de los líderes. Pero sigue siendo nuestra razón; es de nuestra propiedad. Por ello, un excelente (y muy saludable) ejercicio para ahuyentar dogmatismos es el intercambio de opiniones e ideas con aquellos que están “al otro lado”. No frases hechas, tweets y propaganda (para eso ya están las redes sociales), sino debates razonados en los que cada uno, de manera no agresiva, pueda expresar su enfoque personal del conflicto. En esos debates no hay que buscar el consenso. Pocas veces se conseguirá. Ni derrotar al contrario, pues existe el riesgo de generar enroques perniciosos para el diálogo. La finalidad del debate debería ser, simplemente, recibir esa información acerca del “otro” a través de otras fuentes diferentes al del amasijo caótico de los mass media, y de los filtros de un Poder interesado en su propia supervivencia.

Debatir sin buscar convencer ni ser convencido. Tan sólo escuchar y ser escuchado.  Volver a esas tertulias de salón, como en las que intervenía La Rochefoucauld, allá en el siglo XVII, donde se conversaba sobre lo humano y lo divino, y con ello se elevaba el espíritu. Ahuyentar así el miedo que genera el caos con el que percibimos a los “otros”. Mantendremos firmes nuestras convicciones. Incluso éstas serán más fuertes, pues las habremos verbalizado, las habremos razonado. Pero lo que habremos debilitado por completo es ese miedo al “otro”, esa demonización malsana que convierte a una persona igual que yo, pero con diferentes ideales, en un monstruo que, ante la imposibilidad de imponerle nuestra “razón”, sólo quedan dos opciones: someterlo o eliminarlo. La violencia, al fin y al cabo.

Aconsejo ese tipo de debate. Yo lo he probado. Y merece la pena.

Sobre el tabú en el humor

La sensibilidad a la ofensa y al agravio ha ido en aumento en las sociedades contemporáneas ultraconectadas. Cualquier producto publicado en una de las múltiples modalidades de mass media es duramente analizado, no por un equipo especializado de censores (como sucede en las dictaduras), sino por una horda infinita de activistas, ciberactivistas, asociaciones cívicas y sociales, trolls, bufetes de abogados y buitres… Todo lo publicado (discurso en un acto académico, opinión en un periódico, comentario de twitter, canción, anuncio publicitario…), por muy neutro que sea su mensaje, siempre podrá ser víctima de algún neocensor que descubra, escondida entre las líneas de texto u oculto en oscuros fotogramas, algún contenido pernicioso o humillante para la causa neocensora. Que si tal canción ampara el imperio del heteropatriarcado violento y machista; que si en tal comentario ha podido utilizar la palabra “islam” con cierto tono peyorativo; que si tal humorista pervierte la imagen de Carrero Blanco, asesinado por ETA (aunque la imagen de éste sea ya de por sí execrable por haber sido uno de los más altos cargos de la dictadura franquista), y así un interminable etcétera…

Según los expertos en lingüística e historia del pensamiento, el paréntesis Gutenberg se está cerrando. Este paréntesis se abrió cuando Johannes Gutenberg imprimió en su taller de Maguncia la Biblia de 42 líneas mediante la aplicación de los tipos móviles. Esta técnica permitió difundir el conocimiento y, con ello, promover una revolución cultural y científica sin parangón en la historia de la Humanidad. La base de esta expansión del conocimiento fue el texto impreso: libros, revistas y panfletos. Si bien el acceso a la información se democratizó, la impresión de textos era limitada, pues las imprentas eran pocas y la edición de un libro precisaba de fuertes y riesgosas inversiones: de ahí que se considerara que si un texto había sido publicado, esto es, impreso en tipos móviles, era porque tenía algo de significativo y trascendental. De ahí la autoridad otorgada al texto impreso, que se suponía inmóvil, estable (las palabras contenidas en un libro no podían ser modificadas), individual (tiene un sólo autor o grupo de autores) y canónico (recoge fielmente la expresión de su autor). Pero la democratización de los sistemas de edición (simplificados con el software de ordenadores personales), impresión (impresoras de inyección de tinta, tiendas especializadas en reprografía…) y publicación (internet) ha corrompido la autoridad del texto impreso. Es por lo que se considera que, actualmente, se está cerrando el paréntesis Gutenberg para dar entrada a una Segunda Oralidad.

Fuera del paréntesis Gutenberg toda expresión pública corre el riesgo de sufrir recontextualizaciones por parte de los receptores. Eso significa que la intención primaria con la que el emisor creó su mensaje poca o ninguna importancia tiene en el imperio de la Segunda Oralidad. Lo que prevalece es la emoción que dicho mensaje produce sobre el que lo recibe o, mejor aún, sobre los potenciales miles de millones de receptores. El texto se disecciona, se recontextualiza, se reinterpreta y, finalmente, se republica, aún bajo la autoría de su creador, pero transformado por alguno de los receptores. El impacto de esta recontextualización puede ser superior a la del texto original, sobre todo si la primera implica ciertos resortes emocionales y polémicos de los que carece la segunda. Un claro (y dramático) ejemplo de este proceso de fagocitación del texto original por parte del texto reinterpretado está en la condena a muerte por parte del régimen de los ayatolahs a Salman Rusdhie cuando se publicaron sus “Versos Satánicos”. En las imágenes de televisión de la época se podían ver turbas enfurecidas de exaltados que quemaban libros del autor en piras similares a la «Aktion wider den undeutschen Geist» nazi. Probablemente ninguno de los que lanzaban los libros al fuego habían leído una sola página de “Versos Satánicos”. Y digo “probablemente”, porque la edición del libro que se veía en sus manos era la inglesa, idioma que gran parte de ellos no dominaba. Los exaltados no hacían caso de lo que Salman Rusdhie había querido expresar en su novela, sino de la reinterpretación que unos fanáticos de oficina habían orquestado a su alrededor. Frente al mensaje del primer autor, se extiende la versión más dramática, más polémica del lector ofendido, contrariado.

El humor es una de las víctimas propicias de esta oleada de ofensas y agravios que ha surgido en las postrimerías del paréntesis Gutenberg. Que si es humor machista, que si es un chiste racista, que si ofende a los catalanes, andaluces, musulmanes, católicos, taxistas, bomberos… Hoy en día el humorismo es una profesión de riesgo: el más mínimo desliz que suponga una ofensa a uno de los innumerables colectivos de esta sociedad puede dar al traste con la carrera de cualquier cómico o monologuista. Al día siguiente de su actuación saldrán en tropel cientos de asociaciones que protegen la dignidad de los agraviados, y  bien exigirán humillación públicas, bien promoverán un boicot contra quien les ha ofendido (y quienes le apoyan).

Difícil tarea, pues, la de humorista, al quien sólo le quedan tres salidas si quiere seguir subiéndose en los escenarios en busca del aplauso. La primera es cultivar el humor blanco, inocuo e inocente, en el cual nadie se sienta reflejado y, por lo tanto, ofendido. Se corre el riesgo de acabar matando de aburrimiento al respetable público. El segundo es buscar nichos de humor vírgenes a la ofensa y agravio. Suelen tratarse de grupos sociales que no se han reconocido como tales y, por tanto, no han constituido (aún) plataformas en defensa de su dignidad. Son los frikis, nerds, hipsters… Puede suceder que un buen día algún miembro de estas comunidades se conciencie de su identidad y, tras una eficaz campaña por internet (“¡Stop Frikifobia!”), el humorista se vea obligado a censurar gran parte de su repertorio de chistes.

En la tercera opción, tal vez la más eficaz, se trata de utilizar al Poder como objetivo del humor. Cuando aquí se habla de Poder con mayúsculas es para denominar los resortes de autoridad y dominación que dan forma y aglutinan la sociedad. No se trata de un poder vertical, ejercido por unos pocos y poderosos a unos muchos y débiles; sino más bien de un poder horizontal, ejercido por todos sobre todos. Un poder parademocrático, prelegal. Existe un arquetipo de ciudadano que representa el modelo perfecto de Poder. Un ciudadano homogeneizado que, aunque no tiene por qué ser mayoritario, sí posee características que le otorgan un mayor acceso al Poder. En España podría ser varón, blanco, laico, que hable español “normalizado” y viva en ciudad. Este individuo, tal vez inexistente, tal vez omnipresente, representa tanto al Poder, se siente tan poderoso, que ningún chiste o broma pueden afectarle. No puede ser ofendido ni sentirse agraviado, porque es él quien maneja el juego de identidades de la sociedad. Así, un chiste en el que se critique a los hombres tendrá mejor acogida que otro donde se hable de las mujeres. Si no se utiliza ningún acento regional para ridiculizar al objeto del chiste, tanto más tolerable. Se podrá mofar de actitudes y manías de los habitantes de la gran ciudad, pero, ¡ay si se mete con el sacrificado y mil veces caricaturizado hombre de campo! Al día siguiente arrearán las azadas sobre la cabeza del humorista.

Atacar al Poder no es políticamente incorrecto, a pesar de que algunos se vanaglorien de ello. Tal vez sea así en las dictaduras, o en democracias donde el paréntesis Gutenberg esté aún vigente (si es que aún las hay). Al cierre de este paréntesis, lo políticamente incorrecto no es un ataque a las estructuras de Poder, sino más bien al contrario: es la ridiculización, solfa o desprecio de los marginados del Poder; grupo representado por aquellos colectivos ciudadanos que, aunque empoderados y reconocidos, no se sienten ni visibilizados ni reconocidos por el Poder. Ellos son los nuevos tabús de la Segunda Oralidad.

El derecho de ofensa fuera del Paréntesis Gutenberg

En un mundo cada vez más conectado, y donde las expresiones de sentimientos más extremas encuentran, no sólo cabida, sino una publicidad y una audiencia más grande que lo moderado y lo normal, es habitual que recibamos a través de medios de comunicación y redes sociales noticias acerca de comentarios ofensivos y personas ofendidas. Y de las medidas legales que éstas últimas exigen para satisfacer su dignidad.

Ejemplos hay cientos: desde la familia de un almirante franquista asesinado por ETA, a las buenas mamás dolidas por ciertos comentarios realizados por una presentadora de televisión, pasando por los chistes de regusto machista de algún humorista. Todas las víctimas, o supuestas víctimas, se sienten dolidas por ciertos comentarios realizados por unos terceros, y cuyo eco suele ser amplificado en la caja de resonancia de las redes sociales (facebook, twitter…). A veces se llega al extremo de hacer uso del sistema judicial para dirimir esas desafecciones, y multar al ofensor (o incluso encarcelarlo, si se tipifica que es delito de odio o de enaltecimiento del terrorismo).

Hasta el advenimiento de los sistemas digitales de procesamiento de texto, un documento impreso y publicado en un medio de comunicación se consideraba como un elemento canónico y estable, el cual contenía, supuestamente de manera meridianamente eficaz, la expresión de los sentimientos y de la conciencia del autor. Era el lector quien, a través de las palabras del texto, trataba de comprender lo que quería decir el autor. Se producía un diálogo escritor-lector unidireccional y unívoco, que partía desde el primero y llegaba al segundo.

Sin embargo, esta relación con el texto impreso y publicado ha sido superada. La primera causa de este cambio es la universalización del acceso al procesamiento y edición. La segunda, que ese texto, a veces autoprocesado y autoeditado, y que antes de internet era usado para consumo propio o de una audiencia limitada, ahora puede llegar a un público potencial de cientos de millones de lectores. Millones de lectores que, a su vez, pueden “apropiarse” de ese texto, “reinterpretarlo”, “recontextualizarlo” y, al mismo tiempo, realizar un juicio de valor del mismo en base a esas apropiación, reinterpretación y recontextualización. El autor tal vez siga siendo el propietario firmante del texto, pero ya no controla su significación.

Así como antaño los sentimientos y conciencia del autor del texto jugaban un papel determinante en su interpretación, hoy en día la psique, las vivencias, experiencias del lector también cuentan. Éstos, al apropiarse del texto, van a añadirle sus propios aspectos emocionales. Es por ello que, cuando hoy en día se publica una opinión, se corre el riesgo de que se acabe extendiendo una alter-opinión muy diferente a la que en realidad se quiso decir, y ser juzgado y criticado en función a ella. En la masiva, casi ilimitada, emisión de información digital, es difícil hacer hueco a todos los comentarios moderados que recibe una opinión, una comunicación, una noticia. Serán los extremos, los más polémicos, los más absurdos, los más extraños… los que despunten y, por lo tanto, puedan convertirse en “trending topic”. Es el momento de los trolls, de los rabiosos, de los intolerantes… y de los ofendidos.

No es que hoy en día tengamos la piel más fina y nos ofendamos más fácilmente que antaño, sino que el que se pueda sentir ofendido por una publicación tiene más instrumentos a su alcance para hacerse oír. Además, su extrema emoción negativa va atraer a la audiencia, la cual suele ponerse de parte de ese ofendido. Así las cosas, un comentario que, posiblemente, tenía una función no agresiva, es reinterpretado por alguien que se siente ofendido, le atribuye un aspecto violento-despectivo, y es esta reinterpretación la que llega a preponderar. De ahí, a que se acuda a los tribunales para exigir el procesamiento por enaltecimiento del terrorismo, racismo, machismo, xenofobia… hay un pequeño paso.

La actual libertad de expresión y los delitos vinculados con ésta (como el de injurias) han sido codificados según una concepción de la comunicación que se producía dentro del Paréntesis Gutenberg. Pero muchas de las expresiones que hoy en día recibimos a través de los medios de comunicación y redes sociales se sitúan fuera, o en los límites de ese paréntesis. Cuando una ley que afecta a un entorno limitado, amplía su área de influencia sin que se modifique su naturaleza, genera áreas de inegalidad. Y así, es lo que está sucediendo actualmente entorno a las leyes que protegen nuestra libre expresión y conciencia. No es que hayamos perdido libertades, sino que las leyes que modulan nuestras libertades no son capaces de protegernos fuera de esa área de expresión limitada por el Paréntesis Gutenberg; y que es unilateral, unívoca, canónica y estable.

Cuando tratamos de adaptar nuestra expresión generada fuera de estos límites a esa ley, entonces precisamos de sobremodularla, esto es, criticarla, censurarla… prohibirla. Es por ello que la sociedad actual debería replantearse las leyes que protegen la libertad de expresión, y adaptarlas a los nuevas formas de comunicación, y no al revés. Un código normativo que se expanda más allá de los paradigmas creados entorno al texto impreso que nos han acompañado desde la publicación de la Biblia de 42 líneas. Debe amparar al insultado, injuriado, amenazado… pero no al ofendido. El delito de ofensa debería dirimirse fuera del espacio jurídico. Si no, cualquier ofendido que sea capaz de elevar la voz por encima de los demás, tendrá en su mano la posibilidad de paralizar, incluso castigar, cualquier comunicación que le desagrade y no se aliene con sus creencias.

Más allá de la libertad de expresión en redes sociales e internet

Hoy en día es frecuente escuchar noticias acerca de personas que son detenidas o juzgadas a raíz de un comentario realizado en redes sociales. Desde los tuits que, supuestamente, enaltecían el terrorismo de ETA de César Strawberry, hasta los “trolls” que se alegraban de la muerte de cierto torero,  internet se ha convertido en un interesante campo de batalla de la libertad de expresión.

La explosión magnífica de internet, y todos los potenciales beneficios que se le atribuían, allá en los años 90 del siglo pasado, trajo consigo también no bastantes problemas. Internet era la libertad de expresión llevada al máximo exponente, donde cualquier persona tenía la posibilidad de encontrar cualquier legajo de información que necesitara, pero, también, un lugar donde las expresiones de la conciencia individual se veían aflorar bajo el dulce paraguas de un multitudinario enjambre de opiniones. Internet era el infinito… sin reglas, sin límites… un estado que, aunque a priori anárquico, supuestos mecanismos de autorregulación acabarían finalmente por equilibrar.

El fracaso de la autorregulación de lo ilimitado ha sido notorio en otros aspectos de la vida política y social. Por ejemplo, no hay autorregulación del mercado totalmente liberalizado, salvo que se imponga un límite de capital (patrón-oro). Tampoco es posible alcanzar esa autorregulación social soñada por los libertarios, si no es para caer en oligarquías y cacicatos. Del mismo modo que los “neocon” y libertarios, internet debe aceptar que fracasará en su idealizada búsqueda de una libertad de expresión absoluta y autorregulada.

La sociedad ya ha establecido un necesario y fructífero debate acerca de cuáles deben ser los límites a la libertad de expresión en redes sociales e internet, esto es, hasta dónde debe llegar la acción del legislador y del juez. Pero, al mismo tiempo que la sociedad busca encajar en un marco legal una libertad de expresión que antes se antojaba ilimitada,  el Poder está desarrollando una sistemática más profunda de control del discurso en internet y redes sociales, que precedería a cualquier ley y se activaría de manera inconsciente a nivel individual y/o colectivo.

Michel Foucault nos ha enseñado cómo el Discurso es un mecanismo, probablemente inevitable y necesario, para escapar de las procelosas aguas de un infinito de datos inabarcable y desorientador. A través del Discurso se eligen qué datos hay que tener en cuenta, y cuáles hay que rechazar. Uno de los procedimientos por los que el Discurso es capaz de homogeneizar, sistematizar y clasificar la información que manejamos, es la prohibición y el tabú. Aunque, a priori, la ley protege y ampara nuestra libre conciencia, hay ciertos argumentos que nunca llegaremos a nombrar, manejar, utilizar… antes incluso que una ley pueda actuar contra nosotros.

Se prohíbe a tres niveles: a nivel de contenido, de circunstancia y de emisor. Aunque en España exista libertad de expresión, a nadie se le ocurriría publicar un artículo en un periódico apoyando la eugenesia, el holocausto nazi, o los sacrificios humanos para honrar a cierto dios. Hay contenidos que no son posibles. El Discurso los bloquea, impide su expresión antes que actúe la legislación vigente. Por otra parte, un chiste puede ser contado en una tertulia de amigos, alrededor de unas buenas cervezas. Pero ese mismo chiste es tabú en un velatorio. Las circunstancias, los momentos vitales van a condicionar, no sólo la expresión de nuestra conciencia, sino que van a forjar y dar forma a los pensamientos que acuden a ella. Finalmente, es función del sacerdote católico dar misa, algo vetado para cualquier otra persona. También, solamente un médico puede, oficialmente, establecer el diagnóstico de una enfermedad. El “quién habla” también importa en la expresión.

Los tabús del Discurso no se legislan. La sociedad tiene mecanismos prelegales que van a coartar diferentes expresiones sin necesidad de acudir a la policía y, mucho menos, entablar batalla judicial. A la persona no consagrada en el sacramento del sacerdocio, y que se suba a un altar para oficiar misa, se le considerará loco. Al que trate enfermedades sin título de medicina, curandero o charlatán. Lo que el Discurso no contiene, o no ha normalizado, aunque pueda abarcar una gran verdad, descoloca, heterogeneiza, corrompe la sistemática clasificatoria en la que se basa el equilibrio discursivo del Poder. Y, por ello, debe ser eliminado.

Internet es un espacio de inestabilidad que supone una amenaza para el Discurso y, por ende, para el Poder. En primer lugar, ha introducido nuevos elementos que superan las trabas del Discurso: el ilimitado acceso a la información, por una parte, y el de una supuesta extensión de la libertad de expresión, por otra. En segundo lugar, se revuelve contra los tres niveles de prohibición del discurso. Y es que, en internet, circulan contenidos que, en otros medios, estarían bloqueados por el tabú. No son ya contenidos ilegales, cuya simple difusión debería iniciar una pronta investigación policial, sino de contenidos que, si no fuera por internet, probablemente nunca habrían sido difundidos (por ejemplo, la polémica creada alrededor de la maternidad y la pérdida de calidad de vida). Además, el anonimato bajo el cual se pueden publicar noticias y opiniones, rompe en cierta manera con ese principio de autoridad que exige que ciertos asuntos sólo sean tratados por ciertas personas. En internet la fuente de origen de la información ya no es tan importante. Otro aspecto que supera al discurso actual es la disrupción del paradigma canónico-estable del texto escrito. Cualquier publicación que se realice a través de internet está sujeta a reapropiaciones, reinterpretaciones y recontextualizaciones. Desaparece, pues, la circunstancia para la que se escribió, y donde se escribió. Tanto el autor primigenio de una cita, como su intención a la hora de publicarla, se desvanecen en el torrente de “memes” que provoca.

El Discurso entra en crisis. El Discurso se transforma. Evoluciona, rápida o lentamente, mas es un hecho inexorable, pues de él depende la estabilidad del Poder. Se trata de un cambio en el que participan todos los actores que concurren en el Poder: ciudadanos de aquí y acullá; poderes políticos, económicos, sociales; referencias culturales propias y extrañas; ejemplos internos y externos de otros discursos, de otros poderes… El cambio en el Discurso se llevará a cabo a través de dos mecanismos principales: el de prueba-error (se pondrán en acción modificaciones discursivas que demostrarán su valía o su fracaso), y el de acción-reacción (lucha ideológica entre diferentes facciones del Poder, que lucharán por “legitimar” sus “voluntades de verdad”).

El discurso post-internet, de alguna manera, aliviará tensiones entorno a la libertad de expresión en este medio, ya que resolverá ciertas polémicas desde un nivel prelegal, incluso preconsciente. Limitará lo ilimitado y acotará normas de juego. Pero a costa de control social, de control mental. Probablemente, inevitable. Tal vez, necesario.

Qué es la democracia liberal, y qué es el populismo

Dentro del amplísimo espectro ideológico político de las democracias liberales europeas, empiezan surgir grupos que defienden el desprecio de las leyes, bien en nombre de la supuesta voluntad de un pueblo al que dicen representar, bien en nombre de un probable pero incierto bien mayor (lucha contra la pobreza, contra la desigualdad…), al cual las leyes aparentemente no permiten acceder.

Las leyes en democracia tienen, entre sus misiones, la de servir de muralla contra los deseos de poder de dictadores. Esto supone que la ley debe ser un freno contra las actuaciones de un gobernante; de cualquier gobernante, pues todo aquel que accede al poder corre el riesgo de convertirse en un sátrapa. La ley no sólo contendrá acciones y actitudes “negativas” (desmantelamiento de los poderes democráticos, leyes injustas…), sino que también supondrá una rémora para otras medidas que se podrían denominar “positivas” o “justas”. Y es que, al final, la función última de las leyes es el enlentecimiento sosegado de la acción política.

Frente a este lento sosiego de la ley democrática liberal, donde toda acción política se ve apaciguada y ralentizada por el cumplimiento necesario de las leyes, está la ley autoritaria, liberada de condicionantes constitucionales, como sucede en dictaduras y regímenes mixtos (China, Rusia…). Los gobernantes de estas naciones pueden tomar medidas vertiginosas, rápidas, eficaces, sin necesidad de que éstas sean conformes a la ley, pues éstos tienen poder para que ésta se adapte a sus acciones políticas (y no al contrario).

Ante los supuestos éxitos (intensificados por los altavoces mediáticos) y la ausencia de fracasos (velados por la censura), el poder de los autoritarios, en comparación con el de los demócratas, es más eficaz, contundente. Mientras en las democracias liberales los gobiernos tienen que velar por un trato justo y ecuánime de las partes, en los regímenes autoritarios sirven las interpretaciones simplificadas de hechos complejos para acusar y desacreditar a la parte contraria; y así actuar, sin ningún tipo de traba judicial, contra ellos. La democracia liberal es la del gobernante débil, indeciso, ineficaz. La de las dictaduras, el líder carismático y eficiente. La política en las democracias es una lucha contra la decepción; en las dictaduras, una guerra contra el desenmascaramiento.

En tiempos de crisis política, hay quienes miran, no con recelo, sino más bien con envidia, a los gobernantes de regímenes autoritarios que, con mano de hierro, son capaces de tomar decisiones que los nuestros, bien nunca se atreverían a tomar (pues se les vendría encima una opinión pública abierta y librepensante), bien están atados por las leyes.

Imagino que políticos de todo signo político querrían, sobre el papel, llevar a cabo muchas más acciones de las que en realidad realizan. El deseo del político por cambiar la vida de los ciudadanos se ve también, en cierta manera, modelado, encadenado por el espíritu de las leyes. Sin embargo, empiezan a aparecer en Europa movimientos políticos que se están aprovechando de la indignación popular para difundir un ideario absolutamente alejado de la moderación que exigen las leyes. Consideran que estas son un impedimento para que mejore la vida de los ciudadanos (¿o son súbditos?), y hay que superarlas, poner la acción del gobernante por encima de unas leyes inútiles, injustas y opresivas… ¡Sedición!

Es cierto que las leyes no son siempre justas, y por ello existen mecanismos para modificarlas y así mejorarlas. Pero eso no importa al populista. El populista no desea cambiar la ley; quiere gobernar por encima de la ley, a pesar de la ley. Toma como role models a los gobernantes autoritarios de otros países, eligiéndolos según su espectro ideológico. Simplifica al absurdo temas espinosos y complejos, cargando las culpas en las espaldas de ciertos chivos expiatorios (acá españoles, allá refugiados, acullá musulmanes), y tomando medidas excepcionales contra ellos. Se erige como el representante de la voluntad de un pueblo, y sitúa a esta supuesta voluntad en un rango superior al de la obediencia a las leyes.

Cuando triunfa un populista y pone en marcha su proyecto de destrucción del sistema legislativo liberal, éste debe modificar también su comunicación con los ciudadanos a los que supuestamente representa. Una vez trocada la ley democrática a ley autoritaria, toca trabajar para reconstruir la dignidad de la ley, y así obligar al pueblo y a la oposición a plegarse bajo las nuevas normas de juego: igual de imperfectas que las leyes democráticas; tal vez más injustas.

Desconfiemos, pues, de aquel que antepone la voluntad de un pueblo o un supuesto bien mayor al riguroso imperio de la ley democrática. Porque lo que, en realidad, está haciendo, es utilizar esas coartadas para modificar el código legislativo a su capricho, y por sus intereses.