Los culpables de esta crisis (y II): El nivel meso

Tal vez sea en el juego de los culpables a nivel meso donde la conspiración y la propaganda política se elevan a una categoría superior. Porque es en este punto donde entran en juego las instituciones de Estado y los gobiernos. El nivel meso de la responsabilidad de la crisis de Covid19 se sitúa en los ministerios de Sanidad y en los palacios del Gobierno. Hay quien acusa al Gobierno actual de España de falta de previsión: que esto se venía venir; que deberían haber cancelado las manifestaciones feministas del 8M cuando ya Europa estaba avisando de lo que se venía encima. También se critica cierta falta de estrategia frente a la crisis: día sí y otro también los diferentes ministros anuncian nuevas medidas que en realidad a veces son bandazos sin sentido (como el anuncio de la suspensión de toda actividad económica no esencial, en la que no se especificaban las actividades que se considerarían esenciales, y la posterior moratoria a dicha suspensión). Se le achaca una tremenda falta de coordinación entre proveedores y hospitales, entre diferentes servicios autonómicos de salud, entre sus propios ministros… Por otra parte, el gobierno acusa a la oposición de haber esquilmado el sistema público de salud, de haberlo transformado en un ente inerte, sin capacidad de respuesta ante esta crisis; de haber desmantelado el sistema público de salud para “hacer caja” con sus amigos empresarios.

Toda esta mala leche se vehiculiza a través de las redes sociales. Whatssap es un hervidero de mensajes, videos, audios y memes que narran la estulticia e impavidez de nuestros políticos, bien del gobierno, bien de la oposición. Todo depende de qué color sea la fuente del meme. O de quién le pague para crearlos. Porque las cadenas de estos mensajes, con claros objetivos propagandísticos, suelen ser iniciadas, no desde un ciudadano anónimo y cabreado, sino desde un laboratorio de trolls donde cocinan mensajes de odio y los venden al mejor postor. Es por eso que, cuando cualquiera de nosotros difundimos entre nuestros contactos uno de estos mensajes que critica al gobierno, a un ministro, a un líder de la oposición… sin haberlo previamente verificado, nos estamos comportando como meros vehículos de propaganda y manipulación política.

Es cierto que el Gobierno ha cometido errores de previsión. Si comparamos sus decisiones, no ya con la de países que probablemente se habían tomado en serio la epidemia desde antes de que esta cruzara sus fronteras (como pueden ser Alemania o Corea del Sur), sino con la de países con economías, formas de vida y situaciones políticas similares (por ejemplo, Grecia y Portugal), podremos observar que la decisión del confinamiento se ha hecho tarde y, tal vez, mal. Pero el cierre de un país es un tema demasiado serio como para tomarlo a la ligera. Las implicaciones económicas, sociales y sanitarias (porque en España la gente sigue enfermando de otras patologías diferentes al Covid19, y el confinamiento agrava estas patologías) son catastróficas. A un gobernante, por muy sólido y robusto que sea, le debe temblar el pulso a la hora de tomar semejante decisión. Que las medidas de aislamiento se hayan iniciado un día después de las manifestaciones del 8M son una muestra más de que el empecinamiento ideológico mueve muchas de las decisiones de los gobernantes. Hay veces que las cosas no se hacen porque sean correctas, sino porque a) gustan a los potenciales votantes y b) están en consonancia con el ideario político que se construye en ese momento. Ahora bien, no es lo mismo que la ministra Carmen Calvo cancele esas manifestaciones, que las cancele un ministro del PP. Porque ella tenía una capacidad de maniobra y una ascendencia feminista a ojos de la sociedad, muchísimo mayor que la que hubiera tenido cualquier dirigente conservador. Con una explicación somera, habría desactivado cualquier duda acerca de la cancelación de este evento.

Otro flagrante error de previsión se detecta cuando se analiza la captación de material de protección y de tests de detección del Covid19. Cuando la OMS alerta de una potencial pandemia, avisa que hay que prepararse, incluso cuando los datos de China no son tan devastadores (recordemos, menos de 4000 fallecidos en un país de 1400 millones de habitantes), el Estado ha de proveerse de las armas necesarias para actuar, en caso de necesidad, contra el germen. Probablemente si China hubiera sufrido un ataque terrorista con una décima parte de las víctimas que ya ha producido el coronavirus en ese país, el ministerio de Interior y Defensa habrían activado protocolos para comprar el armamento más eficaz para defenderse de esos terroristas. Si, además, Italia hubiera sido víctima de un ataque terrorista similar al chino, las medidas excepcionales habrían sido activadas en el minuto 1 de la confirmación del mismo.

Estrategia, táctica y operación. La estrategia es el horizonte a largo plazo de lo que se quiere conseguir: metas realizables, sólidas, realistas. Para el diseño de una buena estrategia es necesario, sobre todo, un buen olfato político: saber discernir de todos los cientos, miles de datos, a veces contradictorios, cuál es la dirección que hay que trazar para alcanzar el éxito. Y esto es lo que diferencia un buen político de un buen tecnócrata: el político sabe navegar en la incertidumbre, sabe trabajar en escenarios complejos con información sesgada e incompleta. El tecnócrata es un especialista que tiene un conocimiento exhaustivo sobre un tema concreto. El político particulariza desde un saber generalista. El tecnócrata generaliza desde su ámbito limitado de conocimiento. En momentos de crisis, el gobierno debe estar llevado por buenos políticos y no buenos tecnócratas. Estos últimos deben aceptar ser desplazados a otras áreas de decisión política, como lo son el asesoramiento científico y el planteamiento táctico. España, sin embargo, ha cometido el error, no ya de dejarse aconsejar por técnicos (eso es necesario y obligado), sino de no ser capaz de traducir a la acción política los consejos más o menos certeros que estos ofrecían. O, como en el desgraciado caso español, con el ejemplo de Fernando Simón, estos expertos han sido fagocitados por la política y se han convertido en meros títeres del Gobierno, con todos sus defectos. Los políticos españoles han abandonado cualquier estrategia, cualquier dirección fija que sirva de referencia, y han basado todo su trabajo en tácticas dispersas, desparramadas e incoherentes. El pollo sin cabeza camina sin dirección. Pero camina. Y si, tiene suerte, incluso hay veces que llega a la meta, que en su caso es el puchero.

El Gobierno posee un ejército de medios de comunicación progubernamentales, trolls y bots, a través de los cuales trata de descargar el pesado fardo de la responsabilidad con el argumento de la “herencia recibida”. Puede ser cierto que el Partido Popular, partido que hasta hace dos años y medio detentó el poder en el Gobierno de España, realizó ciertos recortes (bien por devoción ideológica, bien por imposición presupuestaria) en Sanidad e introdujo nuevas formas de gestión de lo público como lo son los hospitales de gestión directa con personalidad jurídica propia (empresas públicas, fundaciones públicas, consorcios públicos…). Hay quien afirma que si la Sanidad ha reaccionado tarde y mal, ha sido por culpa de los recortes y cambios jurídico-administrativos que legó el gobierno de Rajoy a Pedro Sánchez. Que fueron ellos, los conservadores, los que dejaron al Sistema Público de Salud en un estado de ruina tal, que ahora es incompetente en el freno de la pandemia. Sin embargo, por muy impactantes que fueran los recortes que se le atribuyen a Mariano Rajoy, la sanidad española seguía encabezando, por lo menos hasta hace pocos meses, los rankings mundiales de calidad, eficiencia y equidad. Puede que los supuestos recortes a los que se aferran los entusiastas de Pedro Sanchez hayan mermado la capacidad de nuestro sistema sanitario a la hora de tratar patología crónica, dependencia o listas de espera quirúrgicas. Pero en una situación de emergencia aguda, como lo es la pandemia de Covid19, esto no cuenta. Porque la sanidad pública española tiene recursos suficientes como para hacer frente a esta enfermedad. Lo que pasa que hay que dirigir eficazmente estos recursos hacia la lucha contra el coronavirus. Algo de lo que ya no tiene responsabilidad (salvo en las comunidades autónomas donde gobierna) el PP. Y tampoco se puede achacarle la falta de respiradores en las UCIs. Es verdad que Alemania tiene más camas de UCIs que España. Pero, hasta la fecha del inicio de la pandemia en nuestro país, este número de camas cubría las necesidades de la población, y con creces. Una sanidad pública con un millón de repiradores, así como un número similar de sanitarios especializados en su manejo, sería insostenible. No es, pues, un problema de recorte crónico de recursos, sino de mala gestión aguda de los mismos.

No es menos cierto que la oposición, con sus medios de comunicación afines, sus trolls y bots, atacan inmisericordemente la gestión de un gobierno desbordado (lógicamente) por una situación catastrófica. Le acusan de una serie de malas prácticas que, posiblemente, el gobierno no tenga responsabilidad ello. Cada cierto tiempo se activa una alerta de epidemia en el sur de Asia. En 2002 se produjo en Catón (China) un brote de SARS que, aunque no llegó a convertirse en pandemia, tenía todos los ingredientes para ello. En 2012 el MERS puso en jaque a la OMS y las autoridades sanitarias de Oriente Medio. El Covid19 era muy similar a estos dos virus. La diferencia ha sido que este último ha sido capaz de extenderse sin medida por los cinco continentes. El gobierno español no tiene responsabilidad en la gestión que se ha hecho a nivel “macro” de este virus.

Por lo tanto, culpa no. Responsabilidad. El gobierno español deberá rendir cuentas por su falta de previsión a la hora de manejar la pandemia, y su incapacidad de activar los recursos sanitarios disponibles en tiempo y forma para proteger al mayor número de personas posible. Ahora bien, en situaciones de histeria y descontrol, donde la información es inestable y poco fidedigna, comete errores el que tiene que tomar decisiones. No le falta parte de razón a Pedro Sanchez cuando habla del “sesgo retrospectivo”. Pero este sesgo, ni los supuestos recortes en Sanidad del PP, sirven para ocultar las sombras de una gestión más que deficiente.

El coronavirus como dispositivo de control social

Llamaré dispositivo literalmente a cualquier cosa que de algún modo tenga la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivientes. Por lo tanto, no sólo las prisiones, los manicomios, el Panóptico, las escuelas, la confesión, las fábricas, las disciplinas, las medidas jurídicas, etc., cuya conexión con el poder es de algún modo evidente, sino también la pluma, la escritura, la literatura, la filosofía, la agricultura, el cigarrillo, la navegación, los ordenadores, los teléfonos móviles y – por qué no – el lenguaje mismo, que quizás es el más antiguo de los dispositivos, en el que miles y miles de años atrás un primate – probablemente sin darse cuenta de las consecuencias a las que se exponía– tuvo la inconsciencia de dejarse captura.
Giorgio Agamben. ¿Qué es un dispositivo?

Los seres humanos creamos objetos culturales que nos permiten superar las limitaciones físicas que nos imponen tanto nuestros genes como las condiciones ambientales que nos rodean. Aquellos objetos que son útiles y tienen éxito en la consecución de su objetivo, que es alejar a la persona de los condicionantes naturales, se transmiten a través de la comunidad y a lo largo de las generaciones, por lo menos, hasta que aparezca un nuevo objeto cultural que le sustituya. Al contrario de la información genética, que encuentra su “disco duro” en el ADN que contienen los nucleos celulares, la información cultural carece de un acumulador de datos físico, material. Es la sociedad misma la que asume ese rol, de modo que esta debe adquirir herramientas para evitar una ruptura en la transmisión del saber cultural que provoque una pérdida irrecuperable del mismo. El control social no solo son las instituciones defendiéndose de los individuos; es también la sociedad defendiéndose de las instituciones y los individuos que la forman.

El dispositivo de control social se podría definir como la mínima estructura de control social con existencia plena e independiente. Ella sola contiene todos los atributos necesarios para realizar ciertas acciones de control, más o menos evidentes, sobre el individuo que forma parte de una sociedad. Posiblemente, todo objeto cultural que ha tenido éxito a lo largo y ancho de una sociedad contenga o forme parte de un dispositivo de control social. Tecnologías como los teléfonos móviles y las redes sociales son objetos absolutamente no-naturales que, además de permitirnos realizar una serie de actividades comunicativas que, solo con la connivencia de nuestra voz natural, no podrían llevarse a cabo, son claros ejemplos de dispositivos de control social. Pero también lo es, por ejemplo, la dieta humana, la cual nos abre las posibilidades a modos de alimentación no incluidos en el repertorio genético pero que, a la vez, nos exige ciertos modos obligados de consumo. O el mero concepto de Verdad es una creación cultural absolutamente humana que, además de ser la puerta a una serie de formidables herramientas abstractas y concretas, también nos coerce a la hora de seguir sendas no marcadas e iluminadas por esa Verdad. Los objetos culturales, sean cuales sean, nos liberan del camino de la servidumbre al que nos hallamos atados por nuestra carga genética, pero nos exigen sumisión y obediencia a la sociedad que los ha producido.

Alguien podría decir que el coronavirus Covid19, que asola en estos momentos a medio mundo, es un ser vivo objetual (los virus solo reciben la apelación de “vivos” cuando permanecen en el interior del nucleo celular al que parasitan) y, como tal, presenta una existencia independiente a toda la cultura que haya podido producir el ser humano. Eso es inapelable. Mas aún, quién sabe si ese virus no ha permanecido durante largo tiempo en la naturaleza, invisible al ojo escudriñador del ser humano, infectando y matando a otros mamíferos; hasta el mal día que alguno de nosotros tuvo el infortunio de entrar en contacto con él. Pero, a pesar de la inherencia natural del Covid19, todo el constructo teórico-científico-social que se ha creado entorno a él es absolutamente artificial y, por lo tanto, cultural. Para haber logrado el conocimiento acerca de este virus que hoy en día manejan los médicos y científicos ha sido necesaria, primero, la edificación del paradigma anatomo-clínico, a través del cual se considera que toda enfermedad está producida por un daño a nivel de un órgano, tejido, célula, o material genético. Sin ese cambio de paradigma médico, que se produjo en el siglo XIX, los médicos no estarían hoy en día buscando causas reales que provoquen daños cuantificables en nuestros organismos. Seguirían interpretando síntomas, y tratando de calmar la enfermedad mediante su mitigamiento. También han sido vitales los descubrimientos de Pasteur acerca de la existencia de microorganismos patógenos y, como no, toda la parafernalia tecnológica que parte del microscopio electrónico y alcanza a las técnicas más novedosas de detección de material genético. El Covid19 ha dejado de ser un virus natural para así culturizarse: transformarse en un objeto definido y estandarizado según ciertos patrones de conocimiento que son los que actualmente se consideran válidos.

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Las ventajas de la apropiación cultural del Covid19 con enormes. Sin ellas, sin la posibilidad de explicar y entender el funcionamiento de este virus, la Humanidad en su conjunto habría sido víctima de una acción sin medida de este patógeno, del mismo modo que este actuaba, antes de ser descubierto, entre los mamíferos a los que infectaba. Incluso durante las graves epidemias de la Edad Media la sociedad había construido un modelo culturizado de enfermedad, al que atacaba o, por lo menos, del que se defendía, haciendo uso de los materiales culturales de los que disponía (cuarentenas, invocaciones a Dios…). No hay duda de que un Covid19 absolutamente natural causaría más muertes que ese Covid19 culturizado. Ahora bien, el precio a pagar por el individuo por esa protección que le ofrece la sociedad es la de un mayor control social: el confinamiento de personas sanas es una medida absolutamente necesaria, pero no deja de ser una limitación de actividad obligada por un agente externo (sociedad) a un individuo. En un estado natural, la persona no estaría sujeta a una restricción de movimientos, pero el precio de esa libertad es el de un mayor riesgo de contagio y muerte por esta infección.  El concepto de “flattening the curve” es una herramienta para colaborar con ese control social, necesario para frenar la expansión de la enfermedad y evitar el colapso sanitario. Solo en el futuro se podrá saber si este concepto se trata de un modelo matemático que predice la realidad, o tan solo un mito inexacto, pero absolutamente necesario para concienciar a los más reacios.

Por lo tanto, la apropiación que ha hecho la sociedad del Covid19 es un ejemplo, como otros muchos que se pueden encontrar en el amplísimo repertorio de la Humanidad, de objeto cultural que nos aleja de la amenaza natural pero, a la vez, nos somete a los ferreos controles de la sociedad. Por suerte o por desgracia, solo tenemos dos opciones: o esclavos de la naturaleza, o súbditos de la sociedad. Toda otra alternativa que pongamos en práctica fracasará, por muy racional que sea, y ese fracaso nos llevará de nuevo a la casilla de salida, aquella en la que teníamos que elegir entre naturaleza o sociedad. Por lo menos podemos elegir. Los animales no pueden construir una sociedad cultural con la que protegerse de los desmanes tiránicos de la naturaleza. Ellos no pueden elegir el color de sus barrotes. Y no se quejan.

Criterios de autoridad en la ciencia contemporánea (y II): la estadística

La naturaleza es ordenada, pero no porque así lo sea en realidad, sino porque desde una perspectiva humana no se puede comprender lo caótico. Aprehendemos un universo que contiene leyes universales, ciclos, tendencias inamovibles… Si no fuera así, si no tuviéramos la capacidad de reducir la naturaleza a un conjunto limitado y predecible de acontecimientos, nos sería imposible soñar con poseer, acaparar, y utilizarla. Necesitamos, pues, orden en la información que nos llega del exterior, aunque eso no implica obligatoriamente que esa naturaleza, que está en relación con nosotros, siga única y exclusivamente esas leyes, ciclos y tendencias inamovibles que nosotros hemos descubierto. Todo lo que tiene de caótico la naturaleza, bien lo despreciamos casi de modo automático, inconsciente, bien aceptamos nuestra incapacidad, aunque con la esperanza de que algún día podremos llegar a ordenar y comprender esos datos embarullados.

La ciencia moderna, a través del empirismo y el método científico, produce cantidades ingentes de datos que pueden ser estandarizados, transformados en números y encerrados dentro de una tabla de filas y columnas. Estos datos matemáticos son filtrados a través de fórmulas matemáticas estadísticas, las cuales ofrecen unos resultados que pueden ser interpretados por los científicos. Con el advenimiento de los superordenadores, se pueden aplicar sofisticados algoritmos matemáticos a tablas cada vez más extensas y complejas de datos. Muchas veces el público solo tiene acceso al resultado final de esos estudios, sin poder acceder a ese algoritmo responsable de tal resultado.

La estadística, pues, se ha convertido en un elemento clave de poder dentro de las disciplinas científicas: quien posee los medios y el conocimiento necesario, puede ordenar datos masivos e ilegibles. Y según sea el método de ordenamiento de datos empleado, así se obtendrá un resultado u otro. Eso se observa, sobre todo, en los ensayos clínicos con medicamentos novedosos, en los que una gran compañía farmacéutica puede haber invertido importantes fortunas. Los métodos estadísticos de los ensayos clínicos que tienen obligación de publicar antes de que ese fármaco pueda ser utilizado por el gran público (Ensayos clínicos de fase I, II y, sobre todo, III) generalmente están trufados de irregularidades, excepciones mal explicadas o, directamente, mentiras estadísticas. Es por ello que, desde las instituciones que velan por la seguridad de los medicamentos, se exige, entre otras cosas, que el método estadístico que se vaya a emplear esté definido antes de iniciar el ensayo clínico. Simplemente porque, si yo pudiera elegir el método estadístico, una vez que he recopilado mis datos, no tendría problema alguno en probar decenas o cientos de posibilidades hasta dar con la que mejor se adapte a la hipótesis que quiero comprobar. Pero, hecha la ley, hecha la trampa: porque, mucho antes de que un ensayo clínico se haya puesto en marcha, los expertos estadistas ya han pronosticado a priori qué resultados van a obtenerse y, en base a esos pronósticos, se pueden diseñar métodos estadísticos que beneficien al novedoso medicamento.

Un ejemplo de esta manipulación estadística ad hoc se puede observar en el artículo publicado por la prestigiosa revista médica New England Journal of Medicine en octubre de 2017: Romosozumab versus Alendronate and Fracture Risk in Women with Osteoporosis. En este ensayo clínico, patrocinado por la empresa farmacéutica Amgen se comparan los resultados en términos de disminución de riesgo de fractura (vertebral y no vertebral) en pacientes con alto riesgo de fractura osteoporótica. Se compara el gold-standard, que es el alendronato, con una nueva farmacopea fabricada y comercializada por Amgen, denominada romosozumab.

 

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Como se observa en la figura de arriba, nos ofrecen los resultados de disminución de riesgo de fractura vertebral a los 12 y 24 meses en términos de riesgo relativo (el romosozumab disminuye el riesgo relativo de sufrir una nueva fractura vertebral en un 48%) y, aunque no nos ofrecen el valor del riesgo absoluto, que es el que realmente interesa al médico y al científico, se puede extraer fácilmente de la gráfica y de los datos incluidos en el artículo: 5,7%. El resultado es significativamente estadístico (p<0,05).

También nos ofrecen una disminución de fracturas “clínicas”, un burdo composite que mezcla resultados de fracturas vertebrales clínicas (esto es, las que duelen), con fracturas no vertebrales (cadera, hombro, muñeca…). Aunque sigue siendo significativamente estadístico, no podemos calcular ni el riesgo relativo, ni el absoluto, pues los datos se ofrecen en relación al hazard ratio, una razón de impacto que está relacionada con el tiempo, y a partir de la cual no se puede calcular el riesgo absoluto.

No es azar esta composición de resultados. Si nos ofrecen unos datos muy transparentes en relación a la reducción del riesgo de fractura vertebral, es porque, a priori, sabían que estos resultados iban a ser buenos (no en vano el romosozumab se comporta como otra medicación antiosteoporótica, la teriparatida, cuya literatura muestra un importante descenso de las fracturas vertebrales). En el caso de las fracturas no vertebrales, se podía suponer que la reducción iba a ser similar a la del alendronato. Pero había que ocultar esa información. Primero, oscureciendo toda la posibilidad de intervención estadística de interés, impidiendo todo cálculo del riesgo absoluto o Número de Pacientes Necesario a Tratar (en inglés, NNT). Segundo, confundiendo a los lectores con el composite de fracturas “clínicas”: se mejoran así los resultados de las fracturas no vertebrales a costa de la disminución estadísticamente significativa de las fracturas vertebrales.

 

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Podríamos ir a los suplementos del artículo para encontrar información más detallada respecto a las diferencias entre el alendronato y romosozumab. Pero no. Como se puede observar en la figura anterior, los datos se publican fragmentados en tres epígrafes. El primero, disminución de las fracturas en los primeros 12 meses. Nos ofrecen 10 ítems diferentes, bien claros y establecidos. Sin embargo, los resultados a los 24 meses se dividen en un supuesto “análisis a los 24 meses”, y un turbio “análisis primario”. Se podrían haber ofrecido los datos a 2 años, tal como se muestran en los primeros 12 meses. Posiblemente la razón de esta segregación se debía a que existían dudas sobre los resultados a 24 meses con el romosozumab, y se decidió alterar a priori el método estadístico para cubrirse las espaldas en caso de fracaso. No fue así, y el romosozumab logró resultados tímidamente mejores que el alendronato, incluso a 24 meses.

El ordenamiento  de los datos es tan indispensable para la comprensión de la naturaleza desde el punto de vista científico, que las estadísticas poseen cierto componente de criterio de autoridad: si un resultado demuestra su validez y consistencia desde la estadística, entonces se considera verdadero. Si el romosozumab demuestra que es estadísticamente superior al alendronato en la reducción de fracturas osteoporóticas, entonces hay que creerlo. Y la propaganda farmacéutica de Amgen nos querrá convencer de las bondades del romosozumab, medicación que la FDA ha tenido bajo sospecha por graves eventos cerebrovasculares.

Sin embargo, una lectura sosegada de este artículo delata una verdad: que solo se van a beneficiar del romosozumab 1 de 18 pacientes, y nada más que en disminución de fracturas vertebrales. En cuestión de fracturas más graves, como la de cadera, alendronato y romosozumab son casi equivalentes. El tratamiento anual de alendronato cuesta en EEUU 90$. El de romosozumab, 21.900$. Evitar una fractura vertebral con romosozumab, respecto al alendronato, saldría al erario público casi 400.000$. Pero eso no se dice en el artículo. Y no hay en él ningún dato que nos oriente hacia este cálculo.

Toda estadística implica una manipulación. Por ello, resulta peligrosa esa tendencia contemporánea a elevar a esta ciencia matemática al trono de las autoridades sagradas. Si se aceptan la limitaciones de la estadística, la existencia de datos-clave que no pueden ser descritos matemáticamente (y son excluidos de la estadística) y que los algoritmos matemáticos que se utilizan han sido diseñados por personas humanas con sesgos, deseos, necesidades y ambiciones, entonces la lectura de estos datos supondrá un útil formidable a la hora de tomar las decisiones más acertadas en el día a día

 

Ciencia, pseudociencia y algoritmos

No hace muchos años y, tal vez, todavía aún en algunos lugares y ámbitos, se daba gran importancia al horóscopo. Se suponía que la vida y el carácter de una persona venían, no solo influenciados, sino hasta predestinados, según la posición de las estrellas en el momento de nacer. Si tomamos cualquier horóscopo de periódico o de revista, podremos leer vaticinios o recomendaciones  a los nacidos en las diferentes “casas” del Zodiaco. Generalmente se tratan de textos muy vagos, genéricos y poco específicos, que responden generalmente a asuntos de la vida cotidiana: un catarro en invierno, un problema laboral habitual en cualquier trabajo, desavenencias familiares típicas… Quien crea que las estrellas poseen gran influencia sobre la vida de los mortales, podrá encontrar en estos horóscopos un excelente material de verificación. Pero si esta fe en la astrología le lleva a pedir consultas más específicas sobre su vida, los vaticinios que de ella realicen los adivinos tendrán mayor riesgo de error y fracaso. Aun así, se puede dar el caso de una “profecia autocumplida”, esto es, que el devoto de los astros se tome los consejos esotéricos tan en serio que él mismo, de manera consciente o inconsciente, ejecute ciertas acciones que acaben, indefectiblemente, en el cumplimiento del augurio.

En la actualidad los profetas ya no levantan la mirada hacia los cielos, ni siquiera concentran su atención sobre una bola de cristal. Porque tienen las matemáticas o, mejor dicho, los algoritmos. Las predicciones de hoy en día tienen muy poco de esotéricas, y mucho de científicas, o pseudocientíficas. Por ejemplo, a partir de un conjunto de datos y unas modas o tendencias observadas, se puede generar una fórmula matemática que sea capaz de predecir cómo va a ser el futuro. Así es como se desarrollan los modelos complejos de predicción, que tienen una gran influencia a la hora de tomar medidas políticas (medio ambiente, economía…). En las ciencias médicas tienen una gran influencia los metaanálisis, estudios que se confeccionan a partir de los resultados de otros estudios científicos médicos, generalmente ensayos clínicos aleatorizados. La suma de datos obtenidos en cada uno de estos estudios permite diseñar un “macroensayo” clínico, en el que el número de pacientes incluidos supera las limitaciones técnicas que se encuentran a la hora de realizar las investigaciones. Sin embargo, el autor de estos trabajos no tiene necesariamente que saber de la patología, el medicamento o el tratamiento quirúrgico sobre el que trata su metaanálisis. Le vale más una gran experiencia en estadística aplicada que todo el conocimiento adquirido a lo largo de una vida de práctica médica junto al paciente. Los metaanálisis se consideran que son la cima de la evidencia científica médica, cuando para su realización no se precisa de, ni siquiera, haber visto a un solo enfermo.

Como colofón de estos sistemas de predicción basados en algoritmos matemáticos, se encontraría la llamada “ciencia Google”, que Byung-Chul Han la definiría como “ciencia aditiva o detectiva, y no narrativa o hermenéutica”. A través de una masiva recepción de información de miles de millones de usuarios, bien recabada a través de sus búsquedas on-line o de sus perfiles en redes sociales, y su procesamiento mediante complejas fórmulas matemáticas, se obtienen conclusiones muy exactas de nuestra vida, gustos e, incluso, decisiones futuras. Así, se dice que con un “like” en facebook se extrae más información de nuestra vida privada de lo que nosotros nunca jamás llegaremos a creer.

Vivimos una época en la que las matemáticas ya no se ponen al servicio de las otras ciencias para extraer de sus estudios unas conclusiones más válidas y certeras. Sino que, al contrario, el poder de las matemáticas es tan grande que son las demás ciencias las que  subordinan a ella. Es tanta la ingente información (millones de terabytes) que se manejan hoy en día que se precisan de potentes ordenadores con softwares algorítmicos que “muevan” y “expriman” todos esos datos. La cuestión es ¿cómo se crea ese algoritmo? ¿Qué relación tiene este con la realidad social, política, cultural, científica de la cual se han obtenido los números con los que opera?

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Los modelos complejos de predicción, como ya comentamos en un anterior artículo, basan sus vaticinios en una pequeña parte de la información de la total que sería precisa para alcanzar su objetivo. Incapaces de predecir lo impredecible, de conocer las variables que, en el momento de creación del algoritmo no se conocen y de expresar en una fórmula matemática variables que no pueden ser reducidas a un número, los modelos complejos solo cuentan con aquellos datos conocidos y que pueden ser formulados según una expresión matemática. Inevitablemente, los modelos complejos fallarán. Aun así, a pesar de su escasa fiabilidad, influyen de manera decisiva en nuestras vidas. Las proyecciones económicas que realizan los organismos internacionales van a repercutir en las políticas presupuestarias de los gobiernos hasta el punto que uno podría preguntarse si los aciertos de, por ejemplo, el FMI se deben a su riguroso cálculo o a que sus informes presionan tanto a los agentes económicos, que estos se pliegan finalmente a ese destino. Otro ejemplo se puede encontrar en las encuestas de intención de voto que realizan agencias públicas y privadas de demoscopia: a pesar de que el número de encuestados sea alto, a pesar de que existan ya datos previos comparables que permiten ajustar los cálculos, a pesar de los potentísimos algoritmos que estas empresas utilizan, todas las encuestas fracasan en sus predicciones. Si aciertan, podría ser debido más al azar que a la buena gestión de los datos. Pero, independientemente de ello, la publicación de una encuesta, por poco certera que sea, puede cambiar la decisión de voto de decenas de miles de ciudadanos. Y eso lo saben muy bien los gobiernos, que utilizan los sondeos, más que para conocer la realidad del país, para manipular esa misma realidad.

En cuanto a los metaanálisis, a pesar de los controles internos y externos a los que se ven sometidos, son fácilmente manipulables. La no inclusión de un artículo científico que altere el resultado final que desea obtener el investigador puede ser fácilmente excusada a través de unos criterios de inclusión y exclusión que penalicen ese artículo. Por otra parte, el “peso” de los artículos incluidos en un metaanálisis depende de su calidad, que es medida a través de una serie de criterios (número de pacientes, técnicas de enmascaramiento…). La industria farmacéutica sabe de ello y, gracias a su poder tanto en recursos económicos como en medios técnicos, desarrollan unos ensayos clínicos tales que puntúan muy alto en los scores de inclusión de los metaanálisis. De este modo las conclusiones pro-industria prevalecerán frente a otras más objetivas.

Pero, tal vez, el mayor peligro de estas “ciencias monopolizadas por las matemáticas” se ubica en la “ciencia Google”. Y no es por el acúmulo de información sobre nuestras vidas privadas que atesoran en sus data centers. Estas empresas pueden revertir los algoritmos, esto es, en vez de extraer conclusiones a partir de nuestra información, crear conclusiones a la medida de estas empresas mediante la manipulación de la información que nos ofrecen. Por ejemplo, si quisieran que ganara un político X frente a otro Y, los sistemas de búsqueda online y las redes sociales primarían, en las primeras páginas y en los espacios más visibles los datos positivos de X y solo datos negativos de Y. De este modo la opinión pública se decantaría por el primer candidato frente al segundo. Hoy en día ya no es necesario censurar una información; tan solo hace falta ocultarla entre otras tantas decenas de miles de piezas de información para que así, se invisibilizen.

Cuando las ciencias se ponen al servicio de las matemáticas, y no al contrario, se pierde el relato sobre el que se construye nuestro conocimiento. Ya no es necesario el cómo se ha llegado a una conclusión, ni cuál ha sido el proceso de constitución del fenómeno a estudio. Se aceptan  los resultados por fe en el algoritmo que un matemático ha diseñado, como antaño los fieles de la astrología creían en los horóscopos.

Es cierto que las matemáticas son un instrumento esencial para el conocimiento de nuestra realidad. Sin ellas no se podría haber alcanzado el grado de desarrollo cultural que poseemos en la actualidad. Pero la exageración de su importancia la convierten en una arma peligrosa en manos de poderes económicos y políticos.

La Singularidad y los modelos complejos

La singularidad tecnológica es el advenimiento hipotético de inteligencia artificial general. La singularidad tecnológica implica que un equipo de cómputo, red informática, o un robot podrían ser capaces de auto-mejorarse recursivamente, o en el diseño y construcción de computadoras o robots mejores que él mismo. Se dice que las repeticiones de este ciclo probablemente darían lugar a un efecto fuera de control -una explosión de inteligencia-​ donde las máquinas inteligentes podrían diseñar generaciones de máquinas sucesivamente más potentes. La creación de inteligencia sería muy superior al control y la capacidad intelectual humana.
Fuente: Wikipedia

Somos humanos. Necesitamos predecir el futuro. Antiguamente se echaba mano de los oráculos, pitonisos y brujos. Aún hoy en día ciertas profecías, generalmente dentro de un contexto religioso, son consideradas como válidas por muchos fieles (como, por ejemplo, las profecías de Nostradamus y de Fátima, o el mismísimo fin del mundo detallado en el Apocalipsis). Sin embargo, desde el advenimiento del Racionalismo, allá en la Edad Moderna, los científicos y filósofos rechazan estos métodos de adivinamiento. Consideran que las predicciones acerca de nuestro futuro deben ser realizadas siguiendo criterios racionales, esto es, analizando los datos presentes, comparándolos con los pasados y, a partir de complejos cálculos de interacciones multivariantes,  obtener un resultado satisfactorio que, en este caso, no es otro que una predicción. Es lo que se llama modelo.

Uno de los temas acerca del futuro más comentado en los corrillos tecnológicos es el supuesto advenimiento de la Singularidad: ese momento en el que las máquinas sean capaces por sí solas de autocrearse y automejorarse y, por lo tanto, superen las barreras de control impuestas por los humanos. Desde un punto de vista científico, se trata de un tema muy interesante, pues la Singularidad exigiría una importante dosis de innovación y la necesidad de un conocimiento muy exhaustivo de las tecnologías de pensamiento y aprehensión. La literatura y el cine han aprovechado la Singularidad en cientos de obras futuristas que muestran una humanidad sometida al imperio de las máquinas (The Matrix).

Nada que reprochar a aquellos que trabajan y viven alrededor del concepto de la amenaza de la Singularidad. Como es humano preocuparse por el futuro, también es humano escudriñar potenciales enemigos que nos puedan superar en capacidad tecnológica e inteligencia y, por lo tanto, bien esclavizarnos y dominarnos, bien eliminarnos de la faz de la Tierra. De hecho, esa es una de las metas de la búsqueda de vida extraterrestre: conjurar la amenaza del advenimiento de una posible raza superior de alienígenas. Ahora bien, el problema viene cuando la Singularidad está cerca o, con otras palabras, cuando ponemos fecha y hora a la llegada de tal acontecimiento. ¿Por qué la llegada de la Singularidad se producirá en 2045, y no antes ni después?

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Moore’s Law Transistor Count 1971-2016

Esta predicción no ha sido realizada con bolas de cristal o cartas de tarot, sino que es el fruto de un complejo cálculo en el que se tienen en cuenta ciertas variables que influyen en la adquisición y desarrollo de inteligencia artificial. Una de estas variables es, por ejemplo, la ley de Moore, que explica cómo  el número de transistores incluidos en la fabricación de un ordenador se duplican cada dos años. Y, a mayor número de transistores, mayor capacidad y rapidez de cálculo. Hecho que se considera imprescindible para la consecución de la Singularidad.

Los modelos sobre los que se basan estas predicciones solo pueden tener en cuenta aquellas variables conocidas y controladas que afectan al objeto de predicción. La ley de Moore es una variable conocida (por lo menos, se supone que la inteligencia artificial precisa de sistemas ultrarrápidos y eficientes de cálculo numérico) y controlable (puede ser medida, registrada, clasificada y comparada). Sin embargo existen otras variables que no pueden ser incluidas en la ecuación del modelo de predicción. Algunas, que son conocidas, no se incluyen en el cálculo porque, simplemente, no existen ni tecnología ni medios para su medición, registro, clasificación y comparación. Así, por ejemplo, se sabe que la inteligencia humana no puede ser reducida a un simple coeficiente de inteligencia obtenido a través de unos tests. Se sabe de su existencia, pero su comprensión es limitada. Así, no puede compararse realmente la inteligencia humana con una supuesta inteligencia computacional y, por ende, se trata de una variable que no puede incluirse en la ecuación predicitiva de la Singularidad.

Por otra parte existen variables ignoradas que, de conocerse, tendrían una influencia definitiva en el modelo. Como no existen, por lo menos, desde un punto de vista científico, no se pueden tener en consideración.

Las variables controlables, no controlables y desconocidas existen en el momento en el que se diseña el modelo. Evidentes o no, existen cuando el grupo de científicos realiza el complejo cálculo multivariante con el que predecirá el destino de la Humanidad. Pero, aunque se diera el caso que todas esas variables pudieran entrar en esa ecuación, que todas fueran conocidas, controlables y transformadas en un número, el resultado no sería del todo fiable. Porque todas ellas solo constituyen una parte del fenómeno futuro, que es lo predecible, esto es, el conjunto de procesos preexistentes y necesarios para que se produzca un suceso.

Además de lo predecible, también existe una parte impredecible que va a influir decisivamente en el fenómeno. Lo impredecible surge del azar, de novo, sin necesidad de que existan en el ambiente componentes preexistentes que le den forma y contenido.

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Los modelos solo pueden controlar una pequeña parte de los sucesos que van a influir en el futuro. De ahí que su capacidad de predicción sea similar a la del adivino de circo. En el caso de la Singularidad, se está tratando de mostrar un futuro, tal vez desolador, tal vez feliz, en el cual el ser humano se convertirá, bien en una marioneta de las máquinas, bien en un ser todopoderoso cuya única labor será la de pulsar el botón de encendido y apagado de esas supuestas superinteligencias artificiales. Y para ello, se basan única y exclusivamente en unos pocos parámetros que tienen que ver más con la tecnología que hoy en día se está desarrollando (supercalculadoras, sistemas con capacidad de autoaprendizaje…) que con la verdadera y real definición de inteligencia.

Hace medio siglo los modelos que calculaban la realidad del ser humano para principios del III milenio indicaban que ya, para entones, se habrían establecido colonias en otros planetas del sistema solar (sobre todo en Marte). Para ello tenían en cuenta el espectacular avance que la tecnología aeroespacial había sufrido en doce años, desde el lanzamiento del Sputnik I, en 1957, hasta la llegada de Neil Armstrong a la Luna, en 1969. Sin embargo, a fecha de hoy, la situación es otra. Por no ir, no se va ni a nuestro satélite vecino. Incluso la mayor potencia mundial, que es EEUU, ha perdido la capacidad de envío de misiones tripuladas al espacio. Tan solo Rusia, y tal vez China, poseen el equipamiento necesario para transportar astronautas al espacio de modo regular. Marte es una quimera, un sueño que se sabe imposible. ¿Qué falló en ese modelo que predecía una humanidad vagando felizmente por el Universo? Pues falló que solo tenía en cuenta ciertas variables. Se despreciaron incluso algunas que sí se conocían, y sí podían ser calculadas (como el impacto económico de enviar una misión tripulada a Marte, teniendo en cuenta del oneroso dispendio del proyecto Apolo). Por ejemplo, no se pensó que, una vez enviados unos astronautas a Marte, estos tenían que volver (y si es posible, sanos y salvos). Pero Marte se trata de un planeta similar a la Tierra, con una gravedad y una atmósfera que hay que salvar para reintegrarse al espacio. Esa tecnología no existía entonces (no era necesaria, pues las misiones tripuladas trabajaban en ambientes de gravedad casi cero) ni existe ahora.

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Concorde. Fotografía de Eduard Marmet.

Otro ejemplo de modelo fallido podemos encontrarlo en la industria aeronáutica. El Concorde, que realizaba vuelos comerciales transatlánticos a velocidad supersónica, hacía suponer que, en el futuro, que es hoy, cualquier distancia entre dos puntos cualesquiera de la Tierra podría ser cruzada en menos de dos horas, gracias a la implementación comercial de vuelos suborbitales (con aviones del tipo North American X-15). Hoy, en realidad, ya no existen vuelos comerciales supersónicos. El Concorde resultaba muy atractivo, pero a la postre era un cacharro muy poco rentable. Curiosamente, los modelos predictivos de transportes ultrarrápidos han abandonado la variable aérea (vuelos supersónicos o suborbitales) y recurren ahora a otras tecnologías mucho menos desarrolladas, con límites y fronteras poco definidos y, por lo tanto, con mayor tolerancia a la fantasía. El Hyperloop es uno de ellos.

Como conclusión, no creo que la Singularidad llegue en 2045. Tampoco que el Hyperloop sea el medio de transporte del futuro. Sin embargo, las visiones tanto de una como otro permiten a los científicos y tecnólogos poner un horizonte, un objetivo, hacia los cuales dirigir sus esfuerzos. También son un instrumento ágil y atractivo para comunicar a los legos tanto los avances de la ciencia como las proyecciones futuras de la misma. Sin embargo, los modelos predictivos son lo que son y fallan lo que fallan. Sus resultados hay que tomarlos con cautela. Y todas las acciones políticas y sociales que se implementen en base a los resultados de estos modelos deben ser, ante todo, mesuradas, supervisables y, sobre todo, reversibles: no sea que hayamos tomado decisiones políticas erróneas basados en predicciones inexactas.

No todo son datos científicos

 

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meme aparecido en Bioblibioteca

En mi opinión, el problema de la masiva aceptación de las supersticiones va más allá de una deficiente cultura científica o de un presentador de televisión que las aliente. Mas aún, posiblemente muchos antivacunas o escépticos con el cambio climático estén mucho más informados que la inmensa mayoría de las personas que creemos en las vacunas o en la realidad de un cambio climático provocado por el ser humano. Otra cosa es que sus fuentes sean dudosamente “científicas” y sufran de un fuerte sesgo de autoconfirmación.

Por una parte, el cientificismo ha hecho mucho daño a la ciencia. La ciencia no es un instrumento capaz de dar respuestas generales a problemas generales, y sin embargo, en nombre de la ciencia, se ofrecen todo tipo de conjeturas que no pueden ser demostradas científicamente. La teoría del “gen egoísta” de Richard Dawkins, por ejemplo, por mucha base científica que posea, está al mismo nivel que las hipótesis creacionistas a la hora de explicar el origen de la vida. Lo único que diferencia a Dawkins de los creacionistas (en este caso concreto) es que el primero puede hacer uso del criterio de autoridad de la ciencia para defender su tesis. ¿Principio de autoridad? ¡Si lo primero que hicieron los científicos modernos (Descartes, Galileo Galilei, Vesalio…) fue destruir el principio de autoridad no apoyado en evidencias empíricas o científicas!

Por otra parte, hay que tener cuidado con exigir a la ciencia predicciones exactas basadas en modelos complejos. Ya avisó Karl Popper de esta limitación en la “Miseria del historicismo”. Cuando los científicos del clima predicen que la Tierra se calentará exactamente x grados en n años, lo están calculando en base a unos modelos predictivos muy complejos, con gran cantidad de variables no controlables. Todos los modelos climáticos fracasarán tarde o temprano si se les exige una precisión tan grande en sus predicciones. Y junto a todo fracaso de la ciencia hay un escéptico que se está frotando las manos. Como dijo el matemático George Box “Essentially, all models are wrong, but some are useful”.

Finalmente hay aceptar que los límites de la ciencia básica no son los mismos que los de la ciencia aplicada. Por ello, muchos pacientes cuyas patologías no se encuadran dentro de un cuadro anatomo-clínico teórico, y solo presentan síntomas (cefaleas, lumbalgias, dolores abdominales…) son marginados por la medicina científica: se les considera “no físicamente enfermos” y se les dice que su enfermedad “está en la cabeza”. Esto genera una desconfianza en estos pacientes quienes, muchas veces, abandonan la medicina científica para buscar soluciones en la homeopatía, curanderismo y demás “terapias” alternativas.

Por ello, además de datos científicos brutos, a la gente hay que enseñarles a “leer la ciencia”, a “criticar la ciencia” y a “utilizar la ciencia”. Y esto se consigue justamente con disciplinas que están siendo arrinconadas en los currículums educativos, esto es, las humanísticas: sociología, historia y filosofía.

Más allá de la libertad de expresión en redes sociales e internet

Hoy en día es frecuente escuchar noticias acerca de personas que son detenidas o juzgadas a raíz de un comentario realizado en redes sociales. Desde los tuits que, supuestamente, enaltecían el terrorismo de ETA de César Strawberry, hasta los “trolls” que se alegraban de la muerte de cierto torero,  internet se ha convertido en un interesante campo de batalla de la libertad de expresión.

La explosión magnífica de internet, y todos los potenciales beneficios que se le atribuían, allá en los años 90 del siglo pasado, trajo consigo también no bastantes problemas. Internet era la libertad de expresión llevada al máximo exponente, donde cualquier persona tenía la posibilidad de encontrar cualquier legajo de información que necesitara, pero, también, un lugar donde las expresiones de la conciencia individual se veían aflorar bajo el dulce paraguas de un multitudinario enjambre de opiniones. Internet era el infinito… sin reglas, sin límites… un estado que, aunque a priori anárquico, supuestos mecanismos de autorregulación acabarían finalmente por equilibrar.

El fracaso de la autorregulación de lo ilimitado ha sido notorio en otros aspectos de la vida política y social. Por ejemplo, no hay autorregulación del mercado totalmente liberalizado, salvo que se imponga un límite de capital (patrón-oro). Tampoco es posible alcanzar esa autorregulación social soñada por los libertarios, si no es para caer en oligarquías y cacicatos. Del mismo modo que los “neocon” y libertarios, internet debe aceptar que fracasará en su idealizada búsqueda de una libertad de expresión absoluta y autorregulada.

La sociedad ya ha establecido un necesario y fructífero debate acerca de cuáles deben ser los límites a la libertad de expresión en redes sociales e internet, esto es, hasta dónde debe llegar la acción del legislador y del juez. Pero, al mismo tiempo que la sociedad busca encajar en un marco legal una libertad de expresión que antes se antojaba ilimitada,  el Poder está desarrollando una sistemática más profunda de control del discurso en internet y redes sociales, que precedería a cualquier ley y se activaría de manera inconsciente a nivel individual y/o colectivo.

Michel Foucault nos ha enseñado cómo el Discurso es un mecanismo, probablemente inevitable y necesario, para escapar de las procelosas aguas de un infinito de datos inabarcable y desorientador. A través del Discurso se eligen qué datos hay que tener en cuenta, y cuáles hay que rechazar. Uno de los procedimientos por los que el Discurso es capaz de homogeneizar, sistematizar y clasificar la información que manejamos, es la prohibición y el tabú. Aunque, a priori, la ley protege y ampara nuestra libre conciencia, hay ciertos argumentos que nunca llegaremos a nombrar, manejar, utilizar… antes incluso que una ley pueda actuar contra nosotros.

Se prohíbe a tres niveles: a nivel de contenido, de circunstancia y de emisor. Aunque en España exista libertad de expresión, a nadie se le ocurriría publicar un artículo en un periódico apoyando la eugenesia, el holocausto nazi, o los sacrificios humanos para honrar a cierto dios. Hay contenidos que no son posibles. El Discurso los bloquea, impide su expresión antes que actúe la legislación vigente. Por otra parte, un chiste puede ser contado en una tertulia de amigos, alrededor de unas buenas cervezas. Pero ese mismo chiste es tabú en un velatorio. Las circunstancias, los momentos vitales van a condicionar, no sólo la expresión de nuestra conciencia, sino que van a forjar y dar forma a los pensamientos que acuden a ella. Finalmente, es función del sacerdote católico dar misa, algo vetado para cualquier otra persona. También, solamente un médico puede, oficialmente, establecer el diagnóstico de una enfermedad. El “quién habla” también importa en la expresión.

Los tabús del Discurso no se legislan. La sociedad tiene mecanismos prelegales que van a coartar diferentes expresiones sin necesidad de acudir a la policía y, mucho menos, entablar batalla judicial. A la persona no consagrada en el sacramento del sacerdocio, y que se suba a un altar para oficiar misa, se le considerará loco. Al que trate enfermedades sin título de medicina, curandero o charlatán. Lo que el Discurso no contiene, o no ha normalizado, aunque pueda abarcar una gran verdad, descoloca, heterogeneiza, corrompe la sistemática clasificatoria en la que se basa el equilibrio discursivo del Poder. Y, por ello, debe ser eliminado.

Internet es un espacio de inestabilidad que supone una amenaza para el Discurso y, por ende, para el Poder. En primer lugar, ha introducido nuevos elementos que superan las trabas del Discurso: el ilimitado acceso a la información, por una parte, y el de una supuesta extensión de la libertad de expresión, por otra. En segundo lugar, se revuelve contra los tres niveles de prohibición del discurso. Y es que, en internet, circulan contenidos que, en otros medios, estarían bloqueados por el tabú. No son ya contenidos ilegales, cuya simple difusión debería iniciar una pronta investigación policial, sino de contenidos que, si no fuera por internet, probablemente nunca habrían sido difundidos (por ejemplo, la polémica creada alrededor de la maternidad y la pérdida de calidad de vida). Además, el anonimato bajo el cual se pueden publicar noticias y opiniones, rompe en cierta manera con ese principio de autoridad que exige que ciertos asuntos sólo sean tratados por ciertas personas. En internet la fuente de origen de la información ya no es tan importante. Otro aspecto que supera al discurso actual es la disrupción del paradigma canónico-estable del texto escrito. Cualquier publicación que se realice a través de internet está sujeta a reapropiaciones, reinterpretaciones y recontextualizaciones. Desaparece, pues, la circunstancia para la que se escribió, y donde se escribió. Tanto el autor primigenio de una cita, como su intención a la hora de publicarla, se desvanecen en el torrente de “memes” que provoca.

El Discurso entra en crisis. El Discurso se transforma. Evoluciona, rápida o lentamente, mas es un hecho inexorable, pues de él depende la estabilidad del Poder. Se trata de un cambio en el que participan todos los actores que concurren en el Poder: ciudadanos de aquí y acullá; poderes políticos, económicos, sociales; referencias culturales propias y extrañas; ejemplos internos y externos de otros discursos, de otros poderes… El cambio en el Discurso se llevará a cabo a través de dos mecanismos principales: el de prueba-error (se pondrán en acción modificaciones discursivas que demostrarán su valía o su fracaso), y el de acción-reacción (lucha ideológica entre diferentes facciones del Poder, que lucharán por “legitimar” sus “voluntades de verdad”).

El discurso post-internet, de alguna manera, aliviará tensiones entorno a la libertad de expresión en este medio, ya que resolverá ciertas polémicas desde un nivel prelegal, incluso preconsciente. Limitará lo ilimitado y acotará normas de juego. Pero a costa de control social, de control mental. Probablemente, inevitable. Tal vez, necesario.

Sobre los “manipulados” de las redes sociales

Siempre me han llamado la atención los posts que aparecen en diferentes redes sociales en los que se critican las decisiones, posturas u opiniones de otros usuarios, en base a que éstas están “manipuladas” por los poderes fácticos. Tal vez, si realizara un análisis retrospectivo de mis “posts” en facebook, no podría decir que estoy libre de culpa.

Así, si no voto al partido político mayoritario en las redes sociales es porque, o bien soy un imbecil, o bien estoy “mediatizado”. Si cuelgo en mi muro una foto solidarizándome con los atentados de Bruselas y Niza (y no con los acaecidos en Aleppo o Lagos), es porque estoy “mediatizado”. Si mi opinión acerca de cierto tema es “políticamente correcta” o se aleja de cierto “mainstream” de la red social, soy un producto de la “mediatización” de las corporaciones industriales y los políticos corruptos.

Quien acusa a otra persona de estar mediatizada, además de invalidar su opinión, está sugeriendo que él mismo no está mediatizado. Que su toma de decisiones no se ve empañada por ningún prejuicio, ni ningún “poder” mediatizante. Que es poseedor de la Verdad Absoluta, y que la ha obtenido a través de informaciones absolutamente imparciales y objetivas.

Quien acusa a otra persona de estar mediatizada, está colocandose varios peldaños por encima de su interlocutor, en lo que a inteligencia, moral y capacidad de discernimiento de la verdad se refiere. Si tú estás mediatizado, y yo no lo estoy, entonces no hay discusión posible: tienes que renegar de tus opiniones y aceptar con fe religiosa todo aquello que te digo.

Pero, en verdad, nadie poseemos la Verdad Absoluta, y de una manera u otra, nuestras opiniones y tomas de posición se verán indefectiblemente empañadas por informaciones manipuladas desde cualquiera de los múltiples medios de comunicación que pueblan el universo social y político del siglo XXI.

Existen Verdades Universales que, independientemente de nuestra religión, idioma o país de origen, aceptamos como verdad. De esas verdades raramente se va a discutir en una red social, porque sería como discutir acerca de la veracidad de la ley de la gravedad de Newton. Así, en realidad, quien acusa a otra persona de estar manipulada, lo que está realmente sugiriendo que su verdad manipulada es superior a la de su interlocutor.

Más peligroso que estar manipulado, es creerse libre de manipulación. Todos estamos manipulados, así que critiquemos las opiniones y tomas de postura de los otros en base a argumentos diferentes al de la “manipulación”.