Ser, sentir, pertenecer (y III): pertenecer

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Escena de invierno en canal congelado. Hendrick Ayercamp (1585-1634)

El rasgo indentitario es genético y pasivo. El símbolo identitario es cultural y activo. Ambos delimitan en el imaginario dos regiones particulares de la geografía humana: nosotros y los otros. Rasgo y símbolo son elementos individuales que sirven a la persona para identificarse con un grupo que presenta esos mismos rasgos y símbolos, frente a otros posibles grupos y personas que carecen de ellos.

Pero rasgo y símbolo son unidireccionales. Parten de la persona y se dirigen hacia el exterior de la misma, allá donde se encuentran otras personas con las que esta convive. Ellas recibirán la imagen identitaria, bien impuesta trágicamente por sus rasgos genéticos, bien elegida voluntariamente a través de la adquisición de unos símbolos. Y será ese grupo el que decidirá, a través de esa imagen percibida, si la persona merece ser incluida o no en el “nosotros”. O por contra, desterrarla a ese indefinido “otros”, donde pululan cientos, miles, millones que conciencias que no tienen derecho a participar de los privilegios comunitarios.

Por lo tanto, para pertenecer a un grupo no solo hay que ser (poseer rasgos) y sentir (adquirir símbolos), sino que se precisa de la aceptación del grupo. Esta aceptación, de nuevo, como el rasgo y el símbolo, es unidireccional; pero, al contrario los dos últimos, la aceptación parte del grupo y se dirige hacia la persona. Es el grupo el juez que decide, finalmente, la identidad grupal de esa persona. No importa que los rasgos que posea genéticamente sean “puros” y “limpios”, perfectamente compatibles con los exigidos por la comunidad donde vive. No importa que los símbolos a los que la persona se haya adherido a lo largo de su aprendizaje en la vida en sociedad sean los “correctos”. Si la imagen que transmite al grupo no es la correcta, la persona quedará excluida automáticamente del grupo.

Pero no es menos cierto que, cuanto más rasgos se posean y más esfuerzo simbólico se realice, tantas más posibilidades tendrá la persona de ser admitida. Un nativo que presente un color de piel y unos rasgos faciales compatibles con el arquetipo grupal, tendrá más posibilidades de pertenecer a la comunidad que un extranjero de piel más o menos clara o de nariz más o menos grande. Alguien que exteriorice ciertos símbolos políticos (banderas, camisetas reivindicativas), culturales (vestimenta, lengua, asistencia a templos) o sociales (equipos deportivos, agrupaciones vecinales) ganará más “puntos” identitarios, y le harán más proclive a la aceptación. También se puede dar el efecto de “techo de cristal”: teniendo en cuenta el importante efecto aglutinador del rasgo, puede suceder que aquellos que no los presentan, a pesar de haberse “trabajado” la identidad a través de la adquisición de símbolos, no sean admitidos completamente en el grupo, o vean vetada la entrada e inclusión en ciertos “cotos privados”, exclusivos para los nativos que poseen rasgos genéticos puros. Esto se puede ver, por ejemplo, en la composición de la XII Legislatura del Gobierno Vasco: de los 12 miembros (lehendakari y 11 consejeros), tan solo uno posee apellido no euskaldún: Javier Hurtado (Turismo, Comercio y Consumo). Cuando menos del 40% de la población vasca cuenta con un primer apellido euskaldún, estos copan más del 90% de los cargos de más alta responsabilidad política de la comunidad autónoma. El rasgo “genético” del apellido elimina a más de un 60% de la población vasca de poder entrar en algunas instituciones vascas. Hasta la proclamación como lehendakari del barakaldes Patxi López, en 2009, el traspaso de la lehendakaritza a alguien que no poseyera apellidos vascos era un verdadero tabú.

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Fragmento del cuadro “Escena de invierno en canal congelado”.

Los seres humanos, mientras no cambiemos de modus operandi, necesitaremos a otro ser humano “enfrente”, incluso “contra”. A la vez que ese enfrentamiento genera diferencias entre personas, también implica o necesita de la creación de grupos que presenten ciertos elementos que les hagan ser, sentirse diferentes, únicos y aislados de los “otros”. Pero para pertenecer no solo hace falta ser y sentirse parte del grupo, sino también que el propio grupo acepte la inclusión, completa o parcial, del individuo.

Ser, sentir, pertenecer (II): sentir

El rasgo identitario es un elemento pasivo de la identidad individual, frente al cual la persona poco o nada puede hacer para modificarlo. La aceptación o rechazo del grupo social en el que vive y convive se decidirá en base a una serie de atributos externos y, prácticamente, inalterables: color de piel, rasgos faciales, acento… Sin embargo, este “ser” identitario no es siempre suficiente para crear un sentimiento grupal fuerte, sobre todo en épocas y regiones en las que las comunicaciones entre diferentes comunidades son complicadas y, a la larga, a fuerza de endogamia, se produce una homogeneización de los rasgos identitarios.

El símbolo identitario es un paso más allá del rasgo en la estructuración y consolidación de una comunidad “frente” a otra comunidad. Mucho más refinado, mucho más cultural que el rasgo identitario, este último condicionado inexorablemente por la carga genética individual. El símbolo identitario se trata de un objeto, bien físico, bien abstracto, que es adquirido por la persona y, a través del cual esta demuestra su pertenencia a la comunidad. Puede ser una forma de vestir. Una insignia que se porta al cuello, en la solapa del abrigo. Un tatuaje. Una bandera que se coloca en el balcón de casa. Una religión que se profesa. Un equipo de fútbol al que se anima. E incluso, a camino entre rasgo y símbolo, la lengua que se habla.

Al contrario del rasgo, la adquisición del símbolo exige un esfuerzo activo por parte de la persona. Esta no nace con el símbolo bajo el brazo (con la excepción del idioma-símbolo, que se aprende a lo largo de la infancia). Hay símbolos que pueden ser adquiridos por cualquier miembro de la comunidad: por ejemplo, una bandera, o una camiseta del club de fútbol. Otros están restringidos a ciertas personas: vestir con ropas de patricio, portar armas en la Edad Media, adquirir el don de la lengua y la escritura de los sacerdotes, entrar a formar parte de ciertos clubs selectos… Los símbolos restringidos, entre los que se podría también encontrar la lengua-símbolo (por su dificultad a la hora de ser adquirida), tratan de generar diferencias duras entre los miembros de una misma comunidad; tan duras como lo pueden ser los rasgos identitarios del color de piel y las características faciales. Los símbolos blandos, por el contrario, están a disposición de toda la comunidad, de modo que cualquiera puede adquirirlos sin ningún tipo de obstáculo.

El rasgo es el “ser” identitario. Es un elemento pasivo. El símbolo es el “sentir”. Es el elemento activo. La persona, a través de los símbolos, puede reforzar su adscripción a la identidad que ya venía dada desde nacimiento por sus rasgos. O, por el contrario, negarla o contradecirla (por ejemplo, en la Sudáfrica del Aparheid, un nacido blanco que abraza la causa por la defensa de los derechos de los negros). Los símbolos también generan divisiones en el seno de una sociedad donde los rasgos hayan adquirido una homogeneidad tal que apenas se den diferencias genéticas entre individuos. Pueden ser diferencias duras, tan duras como las que ofrece el rasgo, difícilmente eliminables (riqueza, posición social de la familia, religión) o blandas, de las que la persona puede hacer y deshacerse incluso de manera frívola (ideología política, club deportivo, moda de vestir…).

El rasgo y el símbolo van a configurar las relaciones y la estructura interna de una sociedad, estratificando a las personas, creando lazos de unión y coordinación, pero también generando desavenencias, competitividad y conflicto. En aquellas en las que no se ha producido una homogeneización de los rasgos por la acción de la endogamia, estos predominarán sobre todos los demás: dentro de una sociedad multiracial, como en la India o en EEUU, no solo se primará a un color de piel frente a otro, sino que no se reprimirá eficazmente los choques que entre ellos se produzcan, y siempre favorecerá a uno (el superior) frente a otros (los inferiores). Allí donde hay una uniformidad del rasgo, se impondrán los símbolos. Primero, los símbolos restringidos: los patricios frente a plebeyos en Roma; la religión católica frente a la judía o musulmana en la España del siglo XVI; parisinos frente a provincianos en la Francia moderna… Y, allí donde no hay opción a símbolos restringidos, se hará uso de otros símbolos más abiertos: en la Irlanda del Norte, donde el color de piel “aborigen” es único, hablan inglés, profesan el cristianismo y se atribuyen orígenes étnicos similares, se enfrentarán unos a otros a propósito de su catolicismo o protestantismo. En Cataluña o País Vasco, regiones bilingües, la diferencia se realizará en función de la lengua elegida para la comunicación social. En Sevilla habrá quien elija el Betis como equipo de sus amores, y otros, por el contrario, el Sevilla C.F. Ideologías políticas. Punks contra heavys. Antivacunas contra la civilización. Antitaurinos y protaurinos.

El símbolo nos permite apropiarnos de una identidad, a pesar incluso de que carezcamos de los rasgos que, en teoría, se exige para poseerla. Veneramos los símbolos porque proyectamos sobre esos objetos concretos (banderas, cruces, camisetas deportivas…) o abstractos (dioses, patrias, doctrinas políticas…) una parte importante, vital, de nosotros mismos, y que es la que concierne a nuestro yo social, nuestra posición geográfica dentro del ensamblaje de una comunidad, y de la ubicación de nuestra categoría dentro de esa estratificación entre buenos y malos, morales y amorales, amigos y enemigos… nosotros y los otros.

Ahora bien, aunque nuestros rasgos se amolden a una determinada identidad, y a pesar de que la rodeemos por todos los símbolos posibles, siempre será necesaria una aceptación externa de la pertenencia al grupo. Por mucho que yo “sea”, por mucho que yo “sienta”, si los demás no me acogen, no dejaré de ser un extraño a esa comunidad. Un “otro”. Un enemigo.

Ser, sentir, pertenecer (I): ser

Los seres humanos somos animales sociales y, por ello, necesitamos crear comunidades. Muchos animales precisan también de comunidades para sobrevivir. Tal vez lo que diferencia a unas y otras se sitúa en las leyes sobre las que se construyen: mientras que las comunidades humanas se inspiran en leyes culturales, no contenidas en gen alguno de nuestras células, las comunidades animales se constituyen en base al instinto, que es regulado exclusivamente por la información genética. De ahí que los sistemas de inclusión-exclusión de estos grupos sociales no sean del todo comparables.

La primera comunidad humana es la Humanidad al completo. Así lo pensaban los liberales ilustrados del siglo XVIII, y todos aquellos miembros de la izquierda internacionalista que han luchado y aún luchan por un mundo más justo para todos, sin ningún tipo de distinción según raza, sexo, nacionalidad, lengua o religión. Sin embargo, posiblemente, la raza humana es demasiado amplia como para crear lazos de unión fuertes y duraderos en el tiempo. Y es que un aspecto importante de desarrollo de la comunidad es la existencia de un “otro”, esto es, otra comunidad, vecina a esta, con la cual pueda compararse, competir y, por qué no, entrar en guerra. La Humanidad tomada como única comunidad no permite la construcción intelectual de un “otro”, pues este concepto ecuménico invade y acapara y absorbe todo lo que de humano y diferente tiene la Humanidad. Y así, mientras las personas funcionemos “frente” a otro y no “junto” a otro, el sueño de una única comunidad humana seguirá siendo eso: un sueño, una utopía.

El primer paso para diferenciar comunidades humanas se sitúa en los “rasgos”: atributos externos, incuestionables, que clasifican a una persona dentro de un grupo social. La localización geográfica del cuerpo de la persona podría ser el primer gran rasgo que surgió en nuestro proceso de “babelización”: un grupo de humanos se constituía como tribu-comunidad porque ocupaba una extensión de terreno que era diferente de la de la tribu vecina. Sin embargo, los primeros espacios geográficos eran muy volubles: las primeras comunidades humanas eran cazadoras-recolectoras y, por lo tanto, nómadas. Incluso con el advenimiento del sedentarismo, un pueblo, ciudad o región podía pasar de mano en mano de dictadores, monarcas o emperadores. Es por ello que, quizás, a pesar de ser el primer rasgo comunitario diferenciador, quizás solo la aparición de los Estados-nación, así como su justificación intelectual y política a través del historicismo y nacionalismo, generaron un sentimiento real de pertenencia incuestionable a un terruño.

Por lo tanto, el espacio físico era razón necesaria pero no suficiente como para que una comunidad se situara frente a otra comunidad. Más aún, en las épocas antiguas, donde los medios de comunicación eran lentos, tortuosos, y las posibilidades de entrar en contacto con otras comunidades era escasa, si no nula, cada grupo social se comportaba como una pequeña Humanidad. Todas las personas conocidas por esa comunidad vivían en el mismo espacio geográfico; todas pertenecían a ese mismo grupo ubicado en ese valle, en esa costa, en esas montañas. No había posibilidad, así, de crear un “otro” a partir del rasgo geográfico. Surgieron por ello otros rasgos diferenciadores, preclaros a los ojos de una comunidad que podía clasificar a sus propios vecinos en diferentes grupos: el color de la piel era el signo externo que más rápidamente podía permitir esta segregación. Pero también la constitución facial, el idioma y acento.

Pero pronto se volverá al problema que se daba anteriormente: si una comunidad vive aislada en un espacio geográfico, acabará igualando el color de la piel y los rasgos faciales en pocas generaciones. Además, en pos de una comunicación más clara y fluida, toda la población hablaría una misma lengua, con un acento homogéneo. Fin, así, a la fantasía de una “comunidad frente a otro comunidad”.

El rasgo es el “ser” de la identidad: elementos pasivos, inherentes al individuo, ante los cuales este no toma ninguna decisión respecto a la comunidad donde vive. Le vienen dados “de fábrica” y, difícilmente (salvo en el caso de la lengua) podrá modificarlos. El rasgo segrega y sitúa a la persona dentro de una comunidad, con sus clichés y prejuicios, con sus amigos y sus enemigos, con sus filias y fobias, a pesar de que esta persona, tal vez, se sienta emocional e intelectualmente más próxima a otra comunidad.

Si se pudiera estar orgulloso de la identidad de uno mismo (que no solo lo dudo, sino que lo combato con vehemencia), este orgullo no debería provenir de los rasgos identitarios: son elementos pasivos, previos a la aparición de la conciencia de quien se siente orgulloso, y sobre los cuales este no puede operar modificación alguna para alterarlos. Se es y punto. Sin orgullos ni vergüenzas. Yo soy español, entre otras razones, porque nací en un área geográfica más o menos estable que así se denomina durante mi tiempo histórico. Y soy vasco porque, dentro de las 17 regiones en las que se divide España, vine a ver la luz del mundo en el País Vasco. Pero no me puedo sentir orgulloso de mi identidad como español o vasco, por lo menos, por el simple hecho de que haya nacido dentro de esos territorios delimitados políticamente. Yo, ni nadie, han hecho nada para que esto sea así. Tampoco puedo estar orgulloso de que mi lengua materna sea el español, como no lo estaría de que fuera el euskera, el francés o el chino. Este sentimiento de orgullo encierra otro sentimiento, a veces ocultado por pudor y vergüenza, y es el de superioridad: “estoy orgulloso de pertenecer a una comunidad porque sus miembros son (física, intelectual, moral, espiritualmente) superiores a los de otras comunidades vecinas”. Siempre habrá alguna cualidad o atributo en la que los miembros de una comunidad se consideren sublimes y sobresalientes: hipertrofiarán su importancia y, con ello, mirarán por encima del hombro de aquellos que son incapaces, en teoría, de alcanzar su nivel.

Los rasgos identitarios etiquetan y estigmatizan al individuo. Acumulan ellos un vasto y rico surtido de prejuicios que encierran la voluntad de la persona dentro de un estrecho espacio de existencia, acción y pensamiento. Espacio tan limitado, que coarta la capacidad de la persona a la hora de expresar todo su ser, toda su creatividad, todas sus opiniones. Espacio que, a pesar de sus ya importantes constricciones, sufrirá una mayor reducción con la aplicación de nuevos atributos de diferenciación entre seres humanos, como veremos próximamente, con los símbolos identitarios.

Intolerantes: microrracismos, micromachismos, microhomofobias

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La esposa (The beloved). Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)

Desde hace varios años vivimos en una especie de esquizofrenia hard, en la cual existe una clara discrepancia entre nuestros modos de pensar y los modos de expresar nuestros pensamientos. Así, todavía cogitamos según las estructuras adquiridas por las sociedades alfabetizadas mediante textos impresos, de manera que todo aquello que leemos en un libro, un panfleto o, mismamente, en este blog, lo asimilamos como si el contenido fuera estable (que lo es, en mucha medida, sobre todo en el papel impreso), unidireccional (del autor hacia el lector, sin que haya lugar a feed-back) y canónico (en el texto se reconoce indudablemente la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito). Sin embargo, la revoluciones tecnológicas en el ámbito de la cultura han ido demoliendo, desde los años 70, ese modelo de pensamiento “a lo Gutenberg” en el cual hemos sido educados, y en el cual todavía aún educamos a las futuras generaciones. Y es que el texto ya no es estable. Cualquiera puede apropiarse de una pieza de cultura para transformarla según sus deseos y necesidades, como podemos observar todos los días en los miles de memes que recibimos por mensajería instantánea y redes sociales. Además, sobre todo desde la aparición de la web 2.0, el lector puede interactuar, no ya solamente con el mismo el autor, sino también con miles de otros lectores, editores, supervisores de foros… Toda estas reinterpretaciones, recontextualizaciones y publicaciones de opiniones destruyen todo atisbo de canonicidad del texto impreso: este ya nunca más expresará la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito, sino de todos aquellos que lo leen.

Y es en este ecosistema cultural ciertamente esquizofrénico en el cual todos nosotros expresamos de manera más o menos libre nuestras opiniones e ideas. Creemos que estas dan forma y contenido a nuestros pensamientos más íntimos y verdaderos y que son recibidos por los demás de este modo. Sin embargo, no es así: en el momento en el que publicamos algo en un blog o una red social estamos corriendo el riesgo de que nuestro texto sea interpretado y contextualizado en modos muy lejanos de aquel que dio origen a nuestro primer impulso creador. Y, así, de una inocente (o no tan inocente) opinión política pueden extraerse una serie de interpretaciones racistas, machistas y homófobas que, en ningún momento, habían ni siquiera rondado por la mente dela autor.

Hay intolerantes. Estos se expresan clara y abiertamente, sobre todo en los actuales tiempos del populismo, donde un establishment analfabeto e inculto justifica, alienta e incita la cizaña. Ahora los intolerantes, libres de censuras, pueden expresar libremente su odio al moro o al negro; su convencimiento de que las mujeres son más débiles e intelectualmente inferiores a los hombres; o la idea mezquina de que el colectivo LGTB+ está enfermo. Los intolerantes siempre han existido, pero el discurso imperante en la sociedad coartaba la manifestación de sus opiniones. Ahora, desde los altavoces de la política, la ciencia y la cultura se les arenga a que escupan todo ese odio y esa rabia que han contenido durante décadas de “represión”, perpetrada a mano de hierro por los “buenistas”, las “feminazis”, y los “depravados sexuales”.

Pero hay que diferenciar la macrointolerancia que acabo de describir de esas microintolerancias que trufan la expresión pública de nuestras ideas y opiniones. Aunque no seamos, ideológica o emocionalmente, racistas, machistas o homófobos, hemos de comprender, aceptar y tolerar que parte de la estructura de nuestro pensamiento y, sobre todo, la expresión oral y escrita del mismo, viene condicionada por automatismos sociales que aprendemos desde nuestra infancia y que recuperamos un día tras otro en nuestra comunicación cotidiana con el otro. Y, dentro de esos automatismos sociales, hay algunos que, sin duda alguna, están influenciados por tendencias racistas, machistas u homófobas. No es que seamos intolerantes, ni siquiera que la misma sociedad sea intolerante, pero el Discurso que manejamos, aunque trata (o trataba hasta no hace mucho) de censurar la expresión de ciertos contenidos no tolerados, acepta ciertas formas de expresión de esas intolerancias. Hasta no hace mucho, muchas personas que hoy se escandalizan, reían con el sketch de Martes y Trece de “mi marido me pega”. No es que antes fueran unos apologistas del feminicidio y hoy unos activistas radicales contra la violencia machista. Es que el Discurso de época en la que se concibió ese sketch no había integrado este tipo de violencia dentro de su repertorio de censuras. No es que en 1991 fuéramos más machistas que en 2020, sino que en 1991 el marco epistémico en el que nos movíamos no imponía un tabú a los chistes de mujeres maltratadas. Y aún en 2020 existen ciertas expresiones toleradas que contienen, o se puede interpretar que contienen, microrracismos, micromachismos o microhomofobias. Las cuales se expresan libremente porque, como sucedía a Martes y Trece hace casi 30 años, no existe un tabú o censura que los elimine.

Nadie está libre, pues, de expresar o publicar una microintolerancia. Muchas veces no nos daremos ni cuenta, y tan solo cuando la reinterpretación y recontextualización de un receptor que sí haya descifrado esa microintolerancia llegue a nuestros oídos, entonces será cuando podremos analizarla y juzgarla. La respuesta que demos a nuestra microintolerancia no es única. Puede que aquel que la haya detectado sea un ofendidito que afee nuestra opinión hasta el punto de juzgar todo nuestro sistema de pensamiento a partir de esa minúscula pieza de información. Probablemente nuestra postura ante tal escarnio sea el de defensa y ataque; puede incluso que el sentimiento de indignación que nos provoque el ofendidito nos lleve a justificar a aquellos que defienden la expresión de macrointolerancias. No éramos machistas, pero el hecho de que una asociación antipatriarcado nos acuse de genocidas de mujeres por expresar ciertas dudas acerca de su ideario, puede llevarnos a abrazar el machismo más recalcitrante. Pero también puede suceder que aquel que ha decodificado la microintolerancia, lo exprese de modo tranquilo, justificado y nada hiriente. “¡Eh tú, cuidado! Fíjate lo que has dicho. Puede ser malinterpretado por alguien”. Es entonces cuando podemos asimilarlo y, así, aprender de nuestros errores.

Lo malo no son los microrracismos, los micromachismos o las microhomofobias. Que el que esté libre de culpa tire la primera piedra. Lo malo es interpretar esas microintolerancias como macrointolerancias que invaden todo nuestro sistema de pensamiento. Lo malo es no aceptar que, a veces, nos “pasamos de frenada” en nuestras conversaciones y publicaciones en redes sociales. Lo malo es, tanto el exceso (la macrointolerancia), como el defecto (la censura).

Pocos somos racistas, machistas y homófobos. Pero todos somos microrracistas, micromachistas y microhomófobos. No tenemos que rasgarnos las vestiduras, ni flagelarnos por ello. Pero tampoco aceptar esas debilidades como “inherentes de la naturaleza humana”, para así no corregirlas. Simplemente , comprenderlas, aceptarlas y, a través de ellas, mejorar como personas.

Yugoslavia: elegía por un país sin nación

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Muchas páginas acusatorias se han vertido contra Peter Handke tras la publicación de su ensayo-libro de viaje “Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Morava, Save y Drina, o justicia para Serbia”. Desde periódicos de diferentes sensibilidades hasta las voces intelectuales más respetadas, pasando por organizaciones no gubernamentales y políticos de turno, todos ellos han dictaminado que las páginas del libro Peter Handke son un panfleto destinado a justificar las barbaridades que las autoridades serbias y serbo-croatas cometieron durante las terribles guerras de los Balcanes.

Nada más lejos de la realidad.

Una lectura sosegada y desprejuiciada de este corto ensayo mostrará al lector que Peter Handke en ningún momento trató de rebajar las responsabilidades de los señores de la guerra serbios, pero sí, y esto es cierto, quiso descargar a la población de Serbia de la gran losa de culpa que la comunidad internacional había lanzado contra ella. Porque gran parte de la opinión pública, sobre todo en Europa y Norteamérica, convirtió a los serbios en “lobos”, cazadores sin escrúpulos de inocentes croatas, kosovares o musulmanes bosnios. Como si el serbio, por haber nacido de esa condición (o, mejor dicho, por haber sido clasificado social y políticamente desde su nacimiento como tal), poseería un irrefrenable odio por los no-serbios, a los que trataría con inusitada crueldad y desprecio. El lobo serbio sería así responsable de todas las matanzas de inocentes civiles no-serbios que se perpetraron en esta guerra. Pero también la maldición de su estirpe justificaría acciones deletéreas que los no-serbios lanzaron contra ellos: matanzas de civiles serbios (como la de Kazani, cerca de Sarajevo), éxodos masivos (Krajina), bombardeo de civiles a la fuga (Mjha) o aparheids de facto, internacionalmente  promovidos y aceptados, como sucede, todavía hoy en día, en Kosovo Norte.

Que Handke defienda al serbio de a pie no significa que esté amparando las carnicerías de los paramilitares que portaban estandartes y banderas serbias. Es cierto que hay un pasaje del libro que ciertamente puede ser malinterpretado: aquel en el cual, mientras el autor observa el cauce del río Drina en la frontera entre Bosnia y Serbia, reflexiona sobre la matanza de Sbrenica. Las víctimas bosnias de aquella matanza pueden sentirse ofendidas por ese párrafo en el que el filósofo austriaco pone en duda, no la realidad de la matanza en sí, sino las razones técnicas-operativas que podrían haber llevado a los paramilitares serbobosnios a perpetrar semejante barbaridad. Se comprende que los bosnios se ofendan con este pasaje, hasta el punto de acusar al autor de negacionista del genocidio. Pero, los que no somos bosnios y podemos alejarnos emocionalmente de los trágicos hechos que acontecieron en Sbrenica, deberíamos ser capaces de aproximar nuestra interpretación y contextualización del texto a aquella que Peter Handke quiso, en verdad, otorgarle, cuando escribió lo que escribió.

Yugoslavia fue creada artificialmente en base a unos movimientos geopolíticos particulares, y que fueron aquellos que alteraron la conformación de los Estados-nación de Europa tras las dos guerras mundiales. Mitificado desde Occidente, que lo veía como un país comunista afable, desarrollado y, sobre todo, alejado de la órbita soviética, Yugoslavia no dejó de ser nunca una tiranía comunista dirigida por un poderoso líder: Tito. Pero, más allá de los mitos, Yugoslavia fue un país sin nación, donde la identidad de sus habitantes no estaba monopolizada por la pertenencia a una supuesta etnia, raza o religión. La identidad del yugoslavo era plural y heterogénea, e iba más allá de esa concepción retrógrada de hechos nacionales aislados y herméticos que tanto había hecho sufrir a los balcánicos desde la irrupción del nacionalismo político, allá en el siglo XIX. Por primera vez en un siglo, el ciudadano yugoslavo no necesitaba identificarse con una supuesta nación; por primera vez en cien años no era clasificado, distribuido y jerarquizado según un supuesto “pecado original”. Eso no significa que el yugoslavo fuera un ente absolutamente libre de controles estatales (¡muy al contrario!), pero esos controles no implicaban una identificación nacional obligatoria.

Cuando Tito murió, los viejos nacionalismos, acallados durante décadas por la férrea mano de un comunismo que no sabía de patrias, no solo reverdecieron, sino que mostraron al mundo su lado más egoísta y salvaje. Tan salvaje que negaban derecho de ciudadanía a aquellos habitantes que no se ajustaran a un modelo racial que, lejos de ser real, había sido diseñado a propósito por esos nuevos dirigentes. Serbios que habían vivido durante siglos en tierras de Bosnia, se convirtieron de la noche a la mañana en ciudadanos de segunda o, lo que es más políticamente correcto, en una “minoría étnica”. Lo mismo sucedió con bosnios, croatas, kosovares… El crisol identitario yugoslavo era tan intrincado que hacía casi imposible crear naciones identitariamente puras, con fronteras perfectas. Aun así, los poderosos, ávidos de poder, lograron su objetivo, a costa de leyes segregatorias, desplazamientos masivos, batallas, matanzas, genocidios…

El error de Serbia no fue asesinar y matar a inocentes. Eso también lo hicieron otros criminales de guerra, como los paramilitares de inspiración ustacha que sembraron el terror entre los civiles serbios en Croacia. O los radicales bosnios y kosovares. El grave error que cometieron los dirigentes serbios fue el de alinearse estratégicamente con una Rusia, entonces menguante y debilitada, y no con un Occidente que, en el ocaso de la URSS cantaba loas al unilateralismo a ese neoliberal “final de la historia”. La incorrecta elección del bando internacional convirtió a Serbia en carne de propaganda y leyendas negras. En los Balcanes solo había unos lobos, y esos eran los serbios.

Peter Handke no pide justicia para Serbia, ni para los criminales de guerra que se escondieron detrás de su bandera, sino para los serbios y para todos aquellos que, por razones geopolíticas, fueron apuntados con el dedo acusador de la supuestamente superior moral occidental como los malos de una guerra que, como bien escribe el nóbel austriaco, fue orquestada desde fuera de los territorios yugoslavos. Su libro que evoca el viaje de invierno que realizó a Serbia durante la guerra es una elegía por un país, Yugoslavia, que por casi cinco décadas consiguió acallar las rencillas y ambiciones étnicas de diferentes grupos que se autodenominaban “naciones”, sin necesidad de destruir y homogeneizar los riquísimos recursos culturales que acumulaban esas tierras. El pesar de una anciana serbia que ya no puede comunicarse con sus amigos musulmanes, al otro margen del río Drina. El de otro ciudadano, que recuerda con dulzura las manzanas bosnias, cultivadas a pocos kilómetros de su hogar. El de cientos de miles de ciudadanos transformados, por obra y gracia de la propaganda occidental, en los paganos de una guerra que ni ellos iniciaron, ni jamás desearon.

El ejemplo de la Yugoslavia de Tito puede ser aplicado al de la España democrática. Tras la muerte de Franco, España, como Yugoslavia, evolucionó a un país sin nación, donde los recursos culturales que habían sobrevivido a décadas de rodillo nacionalcatolicista pudieron desarrollarse sin temor a ser arruinados. Donde los españoles no necesitaban de un himno con letra, ni de una bandera sagrada. Ni siquiera, desde las altas esferas de la nación, se exacerbaba un sentimiento de pertenencia a una patria, a una identidad pura. El español, al contrario del francés, o del alemán, era multívoco, plural, heterogéneo, chaquetero, bastardo y modesto. Pocos estaban orgullosos de ser españoles, tal vez, porque no había ningún tótem sagrado que sirviera de espejo deformado de una identidad unívoca, unitaria. Sin embargo, como en Yugoslavia, este país ibérico sin nación ha sufrido el cáncer de los ultranacionalismos, periféricos o centrales. Estos, ávidos de ambición por el poder, han manipulado a cientos de miles, millones de ciudadanos, prometiéndoles una falsa identidad pura, una falsa cultura nacional aislada y diferenciada, y unas falsas fronteras perfectas que delimiten y protejan a los buenos patriotas contra una plebe que, como diría Quim Torra, son “bestias”, esto es, animales sacrificables. Así como en Yugoslavia no había diferencias reales entre un croata o un serbio, en el País Vasco (o Cataluña) de hoy en día nadie podría diferenciar al vasco (o catalán) “aborigen” del español “invasor”. Pero eso no es obstáculo para generar clasificaciones y jerarquías poblacionales. Llegará el día en el que tú serás un vasco (o catalán) auténtico, y tú un ciudadano de segunda clase, sin derechos civiles o políticos. Los criterios no serán objetivos (nunca los han sido): los marcará el que ostente el poder, apoyado por viciados dictámenes de supuestos expertos; perros que comerán de la mano del gobernante, y recibirán luego una cátedra en alguna universidad.

España puede balcanizarse. Y el español que hasta hace poco tiempo ni siquiera se había dado cuenta de que era español, asumirá el rol del serbio, aquel que tuvo que cargar con el fardo de la culpa de la guerra, las torturas, los exilios forzados y los genocidios. Aquel que, aunque sufrió en su piel la ignominia de la guerra, nunca se le ha permitido quejarse. La elegía de otro país sin nación ha empezado ya a resonar, hace tiempo, dentro de las fronteras imperfectas que hoy en día, oficialmente, son declaradas como territorio español.

 

Del “Spain, sit and talk” al “Let’s sit and talk, please”

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Pancartas colgadas por Tsunami Democratic en el Camp Nou (18-12-2019)

Hay veces que un slogan dice mucho más de quien lo ha compuesto, que de a quién va dirigido. En primer lugar, porque para su comprensión muchas veces exige aceptar una serie de convencionalismos y lugares comunes, que coinciden con los del emisor, pero pueden que no lo sean tanto para el receptor. En un tweet, por ejemplo, el autor impone su visión del tema sobre el que trata, el cual puede que no coincida con la del lector. Aquellos que son escritos con fines propagandísticos suelen contener, además, más falsedad que verdad. Un claro ejemplo de visión manipulada es el del “derecho a decidir nacionalista”: según su férreo doctrinario, se considera que todo demócrata debe aceptar que existe un derecho a decidir que en realidad se trata de un arma que la élite utiliza contra la plebe. Todo aquel que no esté de acuerdo con ese principio patricio, será juzgado como fascista indigno de derechos políticos.

Durante estos días de agitación, nervios y trincheras doctrinales, ha aparecido en Cataluña un movimiento supremacista cuyo objetivo es perpetuar en la sociedad catalana el malestar y la confusión generada por el frustrado proceso de independencia unilateral llevado a cabo por el huído Puigdemont, entre otros. Se hace llamar “Tsunami Democratic”, aunque de democrático tiene poco, como poco de democráticas tienen la República Popular Democrática de Corea, o la extinta República Democrática de Alemania.

Conocedores del valor del tweet, slogan o frase corta lanzada en el momento adecuado, los miembros del “Tsunami Antidemocratic” decidieron convertirse en protagonistas únicos del partido de fútbol que se jugó en el Camp Nou el pasado 18 de diciembre. Con veladas y no tan veladas amenazas, el “Tsunami Antidemocratic” exigió visibilidad de sus postulados ideológicos tanto en las gradas como en el cesped del campo culé. Para ello, quería obligar que se desplegara una pancarta donde se podía leer: “Spain, sit and talk”. Parece ser que con ese slogan los miembros del “Tsunami Antidemocratic” querían mostrar al mundo entero (pues ese partido se vió en las cadenas deportivas de todo el mundo) que el Estado español (sic) no está dispuesto a sentarse en una mesa de negociación con agentes que, al contrario de España, sí son democráticos (llámense Quim Torra, Carles Puigdemont o cualquier político que avale las tesis del independentismo catalán).

Sin embargo, como hemos comentado al principio, este slogan dice más del carácter e ideario del “Tsunami Antidemocratic” que lo que dice de ese Estado español corrupto y fascistoide. La brevedad de la frase ayuda a su análisis pormenorizado. Así, ese “Spain” con el que empieza la oración imperativa denota una disrupción entre emisor y receptor, que son considerados sujetos diferentes. Y cuando alguien, en una conversación, alude a una diferencia para con su contertulio, es para dejar clara la superioridad (racial, intelectual, cultural, moral) del primero sobre el interlocutor. Así, ese “Spain” disgrega el espacio de conversación en dos grupos, dos frentes, dos elementos antagónicos, y abre una controntación dialéctica en la cual el Tsunami Antidemocratic se sitúa en posición de superioridad.

Todo lo que venga después de “Spain”  solo incluirá y afectará a “Spain”. Por ejemplo, ese verbo “sit”. “Spain está obligada por imperativo (racial, intelectual, cultural, moral) a sentarse. No sabemos cual es la posición en la mesa de diálogo de Tsunami Antidemocratic. Puede que se siente. O puede permanecer de pie, como exigiría su status de superioridad. Incluso, podría subirse al altar sagrado de su incorruptibilidad moral para, desde esa posición de clarividencia, realizar un control paternalista a una “Spain” menor de edad.

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Un ejemplo de “sit and talk”. “The Holdout” de Norman Rockwell (1894-1978)

Tampoco está obligado Tsunami Antidemocratic a “talk”, pues el único que tiene que hablar es “Spain”. Del slogan se puede deducir que “Spain” no puede hablar libremente de cualquier tema, ni siquiera pronunciar una opinión personal. Tienen que repetir palabra por palabra todo aquello que Tsunami Antidemocratic quiere oir. Que Cataluña es una nación. Que los catalanes tienen derecho patricio a decidir. Que 46 millones de españoles deben quedar desprovistos de voz y voto en una decisión que les afecta tanto o más como a los españoles que viven en un territorio político-geográfico que Tsunami Democratic considera diferente, esto es, racial, intelectual, cultural y moralmente superior a las tierras plebeyas no catalanas. Si “Spain” se niega a aceptar esas condiciones, será tildada de fascista, antidemocrática.

Frente a ese “Spain, sit and talk” podría haberse diseñado otro slogan, mucho más integrador y menos imperativo como el “Let’s sit and talk, please”. El “Let’s”, en primer lugar, reduce la tensión autoritaria de la frase de Tsunami antidemocratic. Desaparecen los imperativos: ya no hay imposición, sino invitación. El “‘s” es agregante. “Nosotros” tenemos que sentarnos y hablar. Tu y yo. “Spain” y quien Tsunami Antidemocratic considere que no es “Spain”. Ese “‘s” no diferencia entre unos y otros; no coloca a unos en una posición de superioridad frente a otros. Así, cuando se invita a “sit”, todos se sentarán en la misma mesa. Y, además, todos hablaremos “talk”, de modo que nuestras ideas, opiniones y sentimientos no serán prejuzgados y triturados por un supuesto criterio de autoridad de Tsunami Antidemocratic. Como colofón a la frase, la incorporación de un “please”, como muestra de cortesía, elimina todo lo que de imperativo categórico podría todavía quedar en “Let’s sit and talk”.

Como hemos inciado este artículo, hay veces que una frase corta dice más del que la dice, que de aquel a quien va dirigida. El análisis que hemos realizado deja claro que Tsunami Antidemocratic es un grupo autoritario, con ínfulas supremacistas, cuyo objetivo es imponer mediante instrumentos no democráticos sus ideales a una inmensa mayoría de ciudadanos, a los que consideran seres inferiores desprovistos de todo derecho elemental en democracia.

El derecho a decidir no existe

La gente no puede decidir hasta que alguien no decide quién es el pueblo
Ivor Jennings. The Approach to Self-Government

La democracia representativa ofrece a todos y cada uno de los ciudadanos la posibilidad de involucrarse en algunas decisiones políticas que les afectan directamente. Esta toma de decisiones suele consistir básicamente en la elección de los representantes políticos de cada una de las partes en las que se dividen los poderes ejecutivos y legislativos (ayuntamientos, comunidades autónomas, parlamentos nacionales y europeos…). Pero también hay veces que a la ciudadanía se le pregunta directamente acerca de temas cruciales que tienen gran peso en el futuro del país, y que suelen tomar forma de consulta o referendum (por ejemplo, OTAN sí/no, Constitución Europea sí/no…).

Todo ciudadano, por el hecho de serlo, tiene, de facto, derecho a decidir en una democracia representativa. De hecho democracia y derecho a decidir van unidos de la mano; no existiría el primero, sin el segundo, y vicecersa. Y todo ciudadano debería tener derecho a decidir siempre que su vida política se vea afectada. Un madrileño no podrá, ni deberá, votar en las elecciones municipales de Barcelona, pues el órgano legislativo y ejecutivo de la ciudad condal queda fuera de su ámbito de decisión de un madrileño. Del mismo modo, no se podrá excluir, por ejemplo, a un madrileño de Vallecas, o del barrio de Salamanca, de las elecciones a la alcaldía de Madrid, aludiendo cualquier excusa (que siempre posee cierto tinte ideológico). En democracia tiene derecho a decidir  toda persona incluida en el ámbito de decisión; y no puede pedir derecho a decidir si está excluida de ese ámbito. El ámbito democrático de decisión no conoce de fronteras, razas, sexo, religión, afiliación política, educación… Si el ciudadano se ve afectado por la decisión a tomar, deberá incluirse en el ámbito de decisión.

Sin embargo, desde los espacios políticos nacionalistas se trata de tegiversar el concepto de ese derecho a decidir democrático. Por una parte introducen una falacia: el pueblo decide. Realmente no decide el pueblo; decide cada una de las personas individuales a las que les afecta la decisión planteada. Por otra parte segregan la ciudadanía en dos grupos: aquellos que tienen derecho a decidir (los patricios), y aquellos a los que se les niega tal derecho (los plebeyos). Para ello introducen en el ámbito democrático de decisión un “hecho diferencial” que consideran imprescindible para obtener derecho a tal privilegio. Que vivan en un lugar, y no en otro. Que pertenezcan a una raza, que adoren a un dios concreto, que hablen un idioma o hayan sido educados en función a una ideología… Cualquier excusa es válida si se consigue eliminar del derecho a decidir democrático a todos los ciudadanos que, probablemente, con su voto, puedan impedir la consecución de los fines que tanto ansían aquellos políticos.

Así, por muy legal que haya sido el referéndum del Brexit, no fue muy democrático. Se dejó fuera del ámbito de decisión a cientos de millones de ciudadanos europeos a los que la decisión de Reino Unido de abandonar o no la Unión Europea les afectaba tan directamente, o más (vease el caso irlandés), como a los ciudadanos británicos. El problema actual sobre el desenlace del Brexit, y que tantas crisis políticas está desencadenando, viene, sobre todo, de una falta de consideración de las necesidades e intereses de aquellos a los que se les ha negado decidir.

Tampoco era necesario que el referéndum del Brexit hubiera sido aplicado a todos los habitantes de la Unión Europea. Valía con que, aprovechando la transnacionalidad de la gobernanza europea, todos los países europeos pudieran haber dado, a través de sus gobiernos y sus representantes políticos de instituciones europeas, su opinión acerca del Brexit. En fin, una negociación sobre las condiciones de una posible salida del Reino Unido que fueran aceptadas por la mayoría de naciones europeas.

Lo mismo sucede con el procès catalán. No es necesario que todos los españoles voten si están a favor o en contra de la independencia, sino que, previo a un supuesto referéndum, habría que preguntar al conjunto de ciudadanos que están afectados por esa decisión, si están dispuestos a ceder su derecho de decisión y entregarlo a los ciudadanos que viven en Cataluña. Y, además, a cambio de qué se permite esa cesión, o bajo qué condiciones. Esto se puede realizar de manera directa, mediante un referendum o consulta, o indirectamente a través de un cambio constitucional. Solo si se incluye, se representa y se visibiliza al conjunto de personas que están incluidas en el ámbito de decisión, entonces se podrá hablar de derecho a decidir democrático.

El derecho a decidir, por lo tanto, no existe. No existe, en cuanto a derecho democrático, tal y como es enunciado desde los altavoces mediáticos nacionalistas. Tan solo podría hablarse de tal derecho a decidir si este recoge, acoge y representa la voz de todos los ciudadanos involucrados en la decisión política, independientemente del lugar donde vivan, la lengua que hablen o la bandera que amen.

¿Qué significa hoy ser patriota?

“Hoy en este país se han manifestado pensionistas reclamando una pensión digna, que han tenido una subida, en el mejor de los casos, de un euro y medio. Una vergüenza. Para mí esos son los patriotas y no Marta Sánchez haciendo la letra de un himno mientras tributa su dinero fuera de España”.
Jordi Évole

Vivimos en un mundo muy contradictorio: mientras la globalización se extiende y va derribando fronteras a los capitales, bienes y cultura, hay ciertos sectores de la sociedad, prácticamente en todos los países democráticos, que exigen la construcción de murallas contra las personas. A la vez que se establece un liberalismo económico y, hasta cierto punto, cultural, se impone un  estricto conservadurismo nacionalista en las mentes de los ciudadanos. Así sucede con el Brexit, con los movimientos populistas europeos, con Trump o con el independentismo catalán. Todos ellos suponen que un muro, una frontera o una aduana va a proteger a los nacionales de los males de la globalización. A pesar de la evidencia categórica e innegable de que las fronteras ya nunca más serán estancas, persisten en su delirio proteccionista de una supuesta identidad pura (independentistas catalanes), una supuesta seguridad económica y social (británicos pro-Brexit), o de unos míticos Estados Unidos de Norteamérica que nunca existieron en realidad (Trump).

Por una parte, los procesos de integración supranacionales, tanto económicos (globalización) o políticos (Unión Europea) no reportan beneficios a todos los ciudadanos: a pesar de sus  claras ventajas generales, estas desnacionalizaciones dejan tras de sí inmensas minorías de perdedores. Muchos de estos perdedores ya lo eran en la era pre-global. Por otra parte, el nacionalismo genera un patriciado democrático, dentro del cual todos los que pertenecen a la nación, ricos o pobres, listos o tontos, pueden considerarse privilegiados frente a la chusma exterior, plebe generadora de todos los males imaginables. La globalización y la Unión Europea rompen con esa falsa ilusión: los que antes eran extranjeros y plebeyos, ahora pertenecen a ese mismo club, y tienen que repartir con ellos sus raciones de miseria. La globalización despoja al perdedor de su enemigo exterior; lo enfrenta a sus propias limitaciones y frustraciones sin que éste pueda hacer uso de su chivo expiatorio.

Por lo tanto, las (supuestas) identidades nacionales viven una época de esquizofrenia paranoide: mientras están obligadas a abrirse al exterior (económica, política, social, culturalmente) para disfrutar de las ventajas de una sociedad abierta, consideran a ese exterior-interiorizado como una amenaza. De ahí la contrarreación populista-nacionalista enfrentada a la reacción globalizadora. Este paisaje tan oscuro y contradictorio obliga a modificar ciertas articulaciones del paradigma de nación: ¿qué significa ser español, catalán, francés? ¿Qué significa hoy ser patriota? ¿Dónde se hallan los aspectos originales, inmodificables, estancos que constituyen el core de la nación, y que la diferencian (y sitúan en una posición superior) del resto de naciones?

Cada cuál articula el paradigma nacionalista según le convenga: a pesar de que los patriotas catalanes y españoles coinciden en lo esencial (creen que pertenecen a un grupo humano con unas características absolutamente diferenciadas de las de sus vecinos, y consideran deber sagrado la defensa de esos caracteres), discrepan en lo accesorio (el color de la bandera, la lengua, los mitos fundacionales…). Hay quien cree que Marta Sánchez es una patriota porque ha compuesto la letra a un himno nacional de tradición instrumental. Otros miden el patriotismo según dónde se tribute. También se entablan batallas de banderas (¡a ver quién tiene el asta más larga!) para demostrar el amor a la patria. Y así un incansable y absurdo etcétera.

La ventaja que tiene un himno nacional instrumental es que cada cual puede interpretarlo como mejor le plazca, y colocar en sus notas aquellas palabras o versos (o incluso silbidos) que más gusten. En un acontecimiento multitudinario, el himno español sin letra dispersa los pensamientos de la muchedumbre, no genera un sentimiento de identidad unitario. El himno cantado, por contra, exige unificar las gargantas y los cerebros de los congregados en un único modo de interpretar ese símbolo nacional. Marta Sánchez ama una idea de España, pero que es una entre las miles, millones de ideas de España que pululan por el país. Y ha puesto letra a ese modo de sentirse española, el cual es compartido por muchos compatriotas, pero no por todos.  Marta Sánchez es una patriota: nadie, ni siquiera Jordi Évole, puede arrebatarle tal atributo. Pero también es verdad que no podemos permitir que su modo de “sentir España” sea considerado el “oficial”, “único” o “verdadero”. Se rompería así esa multivocidad de la identidad española que, tal vez, sea una de sus grandes virtudes… y uno de sus más horribles defectos.

Jordi Évole compara el patriotismo de Marta Sánchez con el de los jubilados que se manifestaron no hace muchos días a favor de unas pensiones dignas. Ellos tributan en España. Marta Sánchez, que vive en el extranjero, tributa fuera de España. Ergo, según este periodista, los pensionistas son más patriotas que la cantante. Confunde patria con fiscalidad. Confunde el “ser buen ciudadano” con “ser patriota” (aunque también cabe preguntarse si pagar impuestos en tu país te convierten automáticamente en “buen ciudadano”).

No hay una respuesta única a la pregunta: ¿qué significa hoy ser patriota? En estos momentos, el patriotismo se parece mucho a la afición de un equipo de fútbol. Se puede ser del Barcelona viviendo en Madrid. Y viceversa. Tal vez haya quien no haya acudido una sola vez al estadio de su equipo favorito, ni siga con pasión los partidos por televisión o radio. Incluso puede que nunca haya poseído una bandera, bufanda o camiseta. Habrá quien exteriorice más su pasión; habrá radicales que transformen en violencia su supuesto amor a unos colores. Algunos de los aficionados serán bellísimas personas, otros unos trúhanes sin remordimientos. Cada cuál puede vivir su amor por el fútbol como le plazca, sin que nadie (¡ni siquiera Jordi Évole!) pueda robarle su ilusión por sentirse identificado con su equipo.

Sobre el tabú en el humor

La sensibilidad a la ofensa y al agravio ha ido en aumento en las sociedades contemporáneas ultraconectadas. Cualquier producto publicado en una de las múltiples modalidades de mass media es duramente analizado, no por un equipo especializado de censores (como sucede en las dictaduras), sino por una horda infinita de activistas, ciberactivistas, asociaciones cívicas y sociales, trolls, bufetes de abogados y buitres… Todo lo publicado (discurso en un acto académico, opinión en un periódico, comentario de twitter, canción, anuncio publicitario…), por muy neutro que sea su mensaje, siempre podrá ser víctima de algún neocensor que descubra, escondida entre las líneas de texto u oculto en oscuros fotogramas, algún contenido pernicioso o humillante para la causa neocensora. Que si tal canción ampara el imperio del heteropatriarcado violento y machista; que si en tal comentario ha podido utilizar la palabra “islam” con cierto tono peyorativo; que si tal humorista pervierte la imagen de Carrero Blanco, asesinado por ETA (aunque la imagen de éste sea ya de por sí execrable por haber sido uno de los más altos cargos de la dictadura franquista), y así un interminable etcétera…

Según los expertos en lingüística e historia del pensamiento, el paréntesis Gutenberg se está cerrando. Este paréntesis se abrió cuando Johannes Gutenberg imprimió en su taller de Maguncia la Biblia de 42 líneas mediante la aplicación de los tipos móviles. Esta técnica permitió difundir el conocimiento y, con ello, promover una revolución cultural y científica sin parangón en la historia de la Humanidad. La base de esta expansión del conocimiento fue el texto impreso: libros, revistas y panfletos. Si bien el acceso a la información se democratizó, la impresión de textos era limitada, pues las imprentas eran pocas y la edición de un libro precisaba de fuertes y riesgosas inversiones: de ahí que se considerara que si un texto había sido publicado, esto es, impreso en tipos móviles, era porque tenía algo de significativo y trascendental. De ahí la autoridad otorgada al texto impreso, que se suponía inmóvil, estable (las palabras contenidas en un libro no podían ser modificadas), individual (tiene un sólo autor o grupo de autores) y canónico (recoge fielmente la expresión de su autor). Pero la democratización de los sistemas de edición (simplificados con el software de ordenadores personales), impresión (impresoras de inyección de tinta, tiendas especializadas en reprografía…) y publicación (internet) ha corrompido la autoridad del texto impreso. Es por lo que se considera que, actualmente, se está cerrando el paréntesis Gutenberg para dar entrada a una Segunda Oralidad.

Fuera del paréntesis Gutenberg toda expresión pública corre el riesgo de sufrir recontextualizaciones por parte de los receptores. Eso significa que la intención primaria con la que el emisor creó su mensaje poca o ninguna importancia tiene en el imperio de la Segunda Oralidad. Lo que prevalece es la emoción que dicho mensaje produce sobre el que lo recibe o, mejor aún, sobre los potenciales miles de millones de receptores. El texto se disecciona, se recontextualiza, se reinterpreta y, finalmente, se republica, aún bajo la autoría de su creador, pero transformado por alguno de los receptores. El impacto de esta recontextualización puede ser superior a la del texto original, sobre todo si la primera implica ciertos resortes emocionales y polémicos de los que carece la segunda. Un claro (y dramático) ejemplo de este proceso de fagocitación del texto original por parte del texto reinterpretado está en la condena a muerte por parte del régimen de los ayatolahs a Salman Rusdhie cuando se publicaron sus “Versos Satánicos”. En las imágenes de televisión de la época se podían ver turbas enfurecidas de exaltados que quemaban libros del autor en piras similares a la «Aktion wider den undeutschen Geist» nazi. Probablemente ninguno de los que lanzaban los libros al fuego habían leído una sola página de “Versos Satánicos”. Y digo “probablemente”, porque la edición del libro que se veía en sus manos era la inglesa, idioma que gran parte de ellos no dominaba. Los exaltados no hacían caso de lo que Salman Rusdhie había querido expresar en su novela, sino de la reinterpretación que unos fanáticos de oficina habían orquestado a su alrededor. Frente al mensaje del primer autor, se extiende la versión más dramática, más polémica del lector ofendido, contrariado.

El humor es una de las víctimas propicias de esta oleada de ofensas y agravios que ha surgido en las postrimerías del paréntesis Gutenberg. Que si es humor machista, que si es un chiste racista, que si ofende a los catalanes, andaluces, musulmanes, católicos, taxistas, bomberos… Hoy en día el humorismo es una profesión de riesgo: el más mínimo desliz que suponga una ofensa a uno de los innumerables colectivos de esta sociedad puede dar al traste con la carrera de cualquier cómico o monologuista. Al día siguiente de su actuación saldrán en tropel cientos de asociaciones que protegen la dignidad de los agraviados, y  bien exigirán humillación públicas, bien promoverán un boicot contra quien les ha ofendido (y quienes le apoyan).

Difícil tarea, pues, la de humorista, al quien sólo le quedan tres salidas si quiere seguir subiéndose en los escenarios en busca del aplauso. La primera es cultivar el humor blanco, inocuo e inocente, en el cual nadie se sienta reflejado y, por lo tanto, ofendido. Se corre el riesgo de acabar matando de aburrimiento al respetable público. El segundo es buscar nichos de humor vírgenes a la ofensa y agravio. Suelen tratarse de grupos sociales que no se han reconocido como tales y, por tanto, no han constituido (aún) plataformas en defensa de su dignidad. Son los frikis, nerds, hipsters… Puede suceder que un buen día algún miembro de estas comunidades se conciencie de su identidad y, tras una eficaz campaña por internet (“¡Stop Frikifobia!”), el humorista se vea obligado a censurar gran parte de su repertorio de chistes.

En la tercera opción, tal vez la más eficaz, se trata de utilizar al Poder como objetivo del humor. Cuando aquí se habla de Poder con mayúsculas es para denominar los resortes de autoridad y dominación que dan forma y aglutinan la sociedad. No se trata de un poder vertical, ejercido por unos pocos y poderosos a unos muchos y débiles; sino más bien de un poder horizontal, ejercido por todos sobre todos. Un poder parademocrático, prelegal. Existe un arquetipo de ciudadano que representa el modelo perfecto de Poder. Un ciudadano homogeneizado que, aunque no tiene por qué ser mayoritario, sí posee características que le otorgan un mayor acceso al Poder. En España podría ser varón, blanco, laico, que hable español “normalizado” y viva en ciudad. Este individuo, tal vez inexistente, tal vez omnipresente, representa tanto al Poder, se siente tan poderoso, que ningún chiste o broma pueden afectarle. No puede ser ofendido ni sentirse agraviado, porque es él quien maneja el juego de identidades de la sociedad. Así, un chiste en el que se critique a los hombres tendrá mejor acogida que otro donde se hable de las mujeres. Si no se utiliza ningún acento regional para ridiculizar al objeto del chiste, tanto más tolerable. Se podrá mofar de actitudes y manías de los habitantes de la gran ciudad, pero, ¡ay si se mete con el sacrificado y mil veces caricaturizado hombre de campo! Al día siguiente arrearán las azadas sobre la cabeza del humorista.

Atacar al Poder no es políticamente incorrecto, a pesar de que algunos se vanaglorien de ello. Tal vez sea así en las dictaduras, o en democracias donde el paréntesis Gutenberg esté aún vigente (si es que aún las hay). Al cierre de este paréntesis, lo políticamente incorrecto no es un ataque a las estructuras de Poder, sino más bien al contrario: es la ridiculización, solfa o desprecio de los marginados del Poder; grupo representado por aquellos colectivos ciudadanos que, aunque empoderados y reconocidos, no se sienten ni visibilizados ni reconocidos por el Poder. Ellos son los nuevos tabús de la Segunda Oralidad.

Los errores de Podemos ante los independentismos

Ver: El ala izquierda de Podemos apoya el referéndum independentista en Cataluña

En democracia, el estado no tiene por qué erigirse como representante de la identidad de los ciudadanos. Tampoco entre sus funciones está la de proteger la identidad nacional y patriótica de los mismos, sino la de asegurar que éstos puedan expresarse libremente, y actuar conforme a lo que les dicte su conciencia. Porque en sociedades libres no existe una sola identidad, sino miles, millones, que son las de todos y cada uno de los individuos que las componen.

Así, el gobierno de España, como parte constituyente fundamental del estado español, no puede, ni debe exigir a los españoles que se sientan españoles; que sean patriotas y amen los símbolos que representan la nación (bandera, himno, mitos fundadores…). Debe aceptar y defender las expresiones de las conciencias individuales de cada uno de los ciudadanos: de los que se sienten españoles; de los que, como Fernando Trueba, no se han sentido españoles ni durante cinco minutos; o de los que reniegan de su españolidad y se acogen a otras construcciones patrióticas (catalana, vasca…).

Cuando la libre expresión de la conciencia individual está asegurada y la legislación vigente en una nación es la misma para todos los ciudadanos (y todos ellos son iguales ante la ley), poco más puede hacer un estado en cuestión de libertades. Podrá (y deberá) trabajar para que todos los habitantes de la nación se sientan visibilizados, representados e incluidos en sus estructuras políticas, sociales y económicas. Podrá hacer uso de los poderes legislativo y ejecutivo para mejorar el día a día de los ciudadanos. Pero todo ello tendrá que ser realizado con el mayor respeto posible a las múltiples y heterogéneas identidades que pueblan la nación.

Por circunstancias de la historia España podría hoy en día no ser una nación independiente. Si, durante la guerra de la Independencia, los ejércitos napoleónicos hubieran sofocado la resistencia española, hoy en día los territorios que conforman el estado español formarían parte de Francia. Tal vez, por azares que nos permite la historia-ficción, Cataluña hubiera visto reconocida su singularidad nacional, y hoy cumpliría doscientos diez años de independencia. La España del siglo XXI sería una provincia francesa en la que todos los ciudadanos, con pasaporte francés, tendrían los mismos derechos que los parisinos, o los bordeleses: libertad de expresión, libertad de lengua (¿quién sabe si, por la fuerza del español, Francia se hubiera convertido en un estado bilingüe?), derecho a voto, uniformidad legislativa… ¡Y en la Unión Europea!

Probablemente aparecerían movimientos políticos y sociales que exigieran un supuesto derecho a decidir de los españoles; esto es, que reclamarían su independencia de Francia. Enarbolarían los siglos de historia de la antigua nación española; sus cultura y lengua diferenciadas de la francesa. Se hablaría de una raza española. Se buscarían (y sin duda, se encontrarían) ejemplos de tratos diferenciados e injustos, los cuales servirían para alegar la discriminación francesa hacia los nativos españoles. Sin embargo… ¿estaría justificado un referéndum de independencia para que España se separara de Francia? En mi opinión, no, mientras el estado (francés) no exija lealtad sentimental o patriótica, y proteja del mismo modo a los que se sientan franceses como a los que no. Cuando un ciudadano es libre, querrá serlo en la mayor extensión geográfica y humana posible. Una nueva frontera entre España y Francia acotaría su espacio de libertad individual. Además, quién sabe si el nuevo estado (español), para diferenciarse del francés, impondría severas restricciones a aquellos que no estuvieran de acuerdo con el nuevo status político de la región española, y siguieran sintiéndose franceses.

Los dos grandes errores de Podemos ante el independentismo catalán son tanto la asimilación de la definición conservadora de nación como la apropiación de la manipulación nacionalista del derecho a decidir. Aceptan que las funciones de un estado democrático van más allá de proteger las libertades, y de garantizar los medios materiales para que todos podamos hacer uso de esas libertades. Muy al contrario consideran que, además de todo ello, los estados tienen que proteger una supuesta identidad nacional frente a otras.

Hace flaco favor Podemos al espíritu universalista del que debería enorgullecerse. En vez de posicionarse a favor de un derecho a decidir aristocrático, de las élites, deberían luchar por ampliarlo: esto es, exigir que los excluidos del ámbito de decisión (p.e: los inmigrantes que, aunque lleven viviendo años en nuestro país, no tienen aún derecho a voto) puedan también participar en pleno derecho en las elecciones, consultas y referéndums. En vez de ayudar a infectar el estado de identidades obligadas, abogar por un “laicismo nacional”. Fomentar el “anacionalismo”, y no los plurinacionalismos y unitarismos. España, no frente al espejo del Reino Unido (plurinacional) o Francia (unitaria), sino al de la ecuménica, desprejuiciada y mil veces vilipendiada Unión Europea.