Intolerantes: microrracismos, micromachismos, microhomofobias

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La esposa (The beloved). Dante Gabriel Rossetti (1828-1882)

Desde hace varios años vivimos en una especie de esquizofrenia hard, en la cual existe una clara discrepancia entre nuestros modos de pensar y los modos de expresar nuestros pensamientos. Así, todavía cogitamos según las estructuras adquiridas por las sociedades alfabetizadas mediante textos impresos, de manera que todo aquello que leemos en un libro, un panfleto o, mismamente, en este blog, lo asimilamos como si el contenido fuera estable (que lo es, en mucha medida, sobre todo en el papel impreso), unidireccional (del autor hacia el lector, sin que haya lugar a feed-back) y canónico (en el texto se reconoce indudablemente la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito). Sin embargo, la revoluciones tecnológicas en el ámbito de la cultura han ido demoliendo, desde los años 70, ese modelo de pensamiento “a lo Gutenberg” en el cual hemos sido educados, y en el cual todavía aún educamos a las futuras generaciones. Y es que el texto ya no es estable. Cualquiera puede apropiarse de una pieza de cultura para transformarla según sus deseos y necesidades, como podemos observar todos los días en los miles de memes que recibimos por mensajería instantánea y redes sociales. Además, sobre todo desde la aparición de la web 2.0, el lector puede interactuar, no ya solamente con el mismo el autor, sino también con miles de otros lectores, editores, supervisores de foros… Toda estas reinterpretaciones, recontextualizaciones y publicaciones de opiniones destruyen todo atisbo de canonicidad del texto impreso: este ya nunca más expresará la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito, sino de todos aquellos que lo leen.

Y es en este ecosistema cultural ciertamente esquizofrénico en el cual todos nosotros expresamos de manera más o menos libre nuestras opiniones e ideas. Creemos que estas dan forma y contenido a nuestros pensamientos más íntimos y verdaderos y que son recibidos por los demás de este modo. Sin embargo, no es así: en el momento en el que publicamos algo en un blog o una red social estamos corriendo el riesgo de que nuestro texto sea interpretado y contextualizado en modos muy lejanos de aquel que dio origen a nuestro primer impulso creador. Y, así, de una inocente (o no tan inocente) opinión política pueden extraerse una serie de interpretaciones racistas, machistas y homófobas que, en ningún momento, habían ni siquiera rondado por la mente dela autor.

Hay intolerantes. Estos se expresan clara y abiertamente, sobre todo en los actuales tiempos del populismo, donde un establishment analfabeto e inculto justifica, alienta e incita la cizaña. Ahora los intolerantes, libres de censuras, pueden expresar libremente su odio al moro o al negro; su convencimiento de que las mujeres son más débiles e intelectualmente inferiores a los hombres; o la idea mezquina de que el colectivo LGTB+ está enfermo. Los intolerantes siempre han existido, pero el discurso imperante en la sociedad coartaba la manifestación de sus opiniones. Ahora, desde los altavoces de la política, la ciencia y la cultura se les arenga a que escupan todo ese odio y esa rabia que han contenido durante décadas de “represión”, perpetrada a mano de hierro por los “buenistas”, las “feminazis”, y los “depravados sexuales”.

Pero hay que diferenciar la macrointolerancia que acabo de describir de esas microintolerancias que trufan la expresión pública de nuestras ideas y opiniones. Aunque no seamos, ideológica o emocionalmente, racistas, machistas o homófobos, hemos de comprender, aceptar y tolerar que parte de la estructura de nuestro pensamiento y, sobre todo, la expresión oral y escrita del mismo, viene condicionada por automatismos sociales que aprendemos desde nuestra infancia y que recuperamos un día tras otro en nuestra comunicación cotidiana con el otro. Y, dentro de esos automatismos sociales, hay algunos que, sin duda alguna, están influenciados por tendencias racistas, machistas u homófobas. No es que seamos intolerantes, ni siquiera que la misma sociedad sea intolerante, pero el Discurso que manejamos, aunque trata (o trataba hasta no hace mucho) de censurar la expresión de ciertos contenidos no tolerados, acepta ciertas formas de expresión de esas intolerancias. Hasta no hace mucho, muchas personas que hoy se escandalizan, reían con el sketch de Martes y Trece de “mi marido me pega”. No es que antes fueran unos apologistas del feminicidio y hoy unos activistas radicales contra la violencia machista. Es que el Discurso de época en la que se concibió ese sketch no había integrado este tipo de violencia dentro de su repertorio de censuras. No es que en 1991 fuéramos más machistas que en 2020, sino que en 1991 el marco epistémico en el que nos movíamos no imponía un tabú a los chistes de mujeres maltratadas. Y aún en 2020 existen ciertas expresiones toleradas que contienen, o se puede interpretar que contienen, microrracismos, micromachismos o microhomofobias. Las cuales se expresan libremente porque, como sucedía a Martes y Trece hace casi 30 años, no existe un tabú o censura que los elimine.

Nadie está libre, pues, de expresar o publicar una microintolerancia. Muchas veces no nos daremos ni cuenta, y tan solo cuando la reinterpretación y recontextualización de un receptor que sí haya descifrado esa microintolerancia llegue a nuestros oídos, entonces será cuando podremos analizarla y juzgarla. La respuesta que demos a nuestra microintolerancia no es única. Puede que aquel que la haya detectado sea un ofendidito que afee nuestra opinión hasta el punto de juzgar todo nuestro sistema de pensamiento a partir de esa minúscula pieza de información. Probablemente nuestra postura ante tal escarnio sea el de defensa y ataque; puede incluso que el sentimiento de indignación que nos provoque el ofendidito nos lleve a justificar a aquellos que defienden la expresión de macrointolerancias. No éramos machistas, pero el hecho de que una asociación antipatriarcado nos acuse de genocidas de mujeres por expresar ciertas dudas acerca de su ideario, puede llevarnos a abrazar el machismo más recalcitrante. Pero también puede suceder que aquel que ha decodificado la microintolerancia, lo exprese de modo tranquilo, justificado y nada hiriente. “¡Eh tú, cuidado! Fíjate lo que has dicho. Puede ser malinterpretado por alguien”. Es entonces cuando podemos asimilarlo y, así, aprender de nuestros errores.

Lo malo no son los microrracismos, los micromachismos o las microhomofobias. Que el que esté libre de culpa tire la primera piedra. Lo malo es interpretar esas microintolerancias como macrointolerancias que invaden todo nuestro sistema de pensamiento. Lo malo es no aceptar que, a veces, nos “pasamos de frenada” en nuestras conversaciones y publicaciones en redes sociales. Lo malo es, tanto el exceso (la macrointolerancia), como el defecto (la censura).

Pocos somos racistas, machistas y homófobos. Pero todos somos microrracistas, micromachistas y microhomófobos. No tenemos que rasgarnos las vestiduras, ni flagelarnos por ello. Pero tampoco aceptar esas debilidades como “inherentes de la naturaleza humana”, para así no corregirlas. Simplemente , comprenderlas, aceptarlas y, a través de ellas, mejorar como personas.

Yugoslavia: elegía por un país sin nación

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Muchas páginas acusatorias se han vertido contra Peter Handke tras la publicación de su ensayo-libro de viaje “Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Morava, Save y Drina, o justicia para Serbia”. Desde periódicos de diferentes sensibilidades hasta las voces intelectuales más respetadas, pasando por organizaciones no gubernamentales y políticos de turno, todos ellos han dictaminado que las páginas del libro Peter Handke son un panfleto destinado a justificar las barbaridades que las autoridades serbias y serbo-croatas cometieron durante las terribles guerras de los Balcanes.

Nada más lejos de la realidad.

Una lectura sosegada y desprejuiciada de este corto ensayo mostrará al lector que Peter Handke en ningún momento trató de rebajar las responsabilidades de los señores de la guerra serbios, pero sí, y esto es cierto, quiso descargar a la población de Serbia de la gran losa de culpa que la comunidad internacional había lanzado contra ella. Porque gran parte de la opinión pública, sobre todo en Europa y Norteamérica, convirtió a los serbios en “lobos”, cazadores sin escrúpulos de inocentes croatas, kosovares o musulmanes bosnios. Como si el serbio, por haber nacido de esa condición (o, mejor dicho, por haber sido clasificado social y políticamente desde su nacimiento como tal), poseería un irrefrenable odio por los no-serbios, a los que trataría con inusitada crueldad y desprecio. El lobo serbio sería así responsable de todas las matanzas de inocentes civiles no-serbios que se perpetraron en esta guerra. Pero también la maldición de su estirpe justificaría acciones deletéreas que los no-serbios lanzaron contra ellos: matanzas de civiles serbios (como la de Kazani, cerca de Sarajevo), éxodos masivos (Krajina), bombardeo de civiles a la fuga (Mjha) o aparheids de facto, internacionalmente  promovidos y aceptados, como sucede, todavía hoy en día, en Kosovo Norte.

Que Handke defienda al serbio de a pie no significa que esté amparando las carnicerías de los paramilitares que portaban estandartes y banderas serbias. Es cierto que hay un pasaje del libro que ciertamente puede ser malinterpretado: aquel en el cual, mientras el autor observa el cauce del río Drina en la frontera entre Bosnia y Serbia, reflexiona sobre la matanza de Sbrenica. Las víctimas bosnias de aquella matanza pueden sentirse ofendidas por ese párrafo en el que el filósofo austriaco pone en duda, no la realidad de la matanza en sí, sino las razones técnicas-operativas que podrían haber llevado a los paramilitares serbobosnios a perpetrar semejante barbaridad. Se comprende que los bosnios se ofendan con este pasaje, hasta el punto de acusar al autor de negacionista del genocidio. Pero, los que no somos bosnios y podemos alejarnos emocionalmente de los trágicos hechos que acontecieron en Sbrenica, deberíamos ser capaces de aproximar nuestra interpretación y contextualización del texto a aquella que Peter Handke quiso, en verdad, otorgarle, cuando escribió lo que escribió.

Yugoslavia fue creada artificialmente en base a unos movimientos geopolíticos particulares, y que fueron aquellos que alteraron la conformación de los Estados-nación de Europa tras las dos guerras mundiales. Mitificado desde Occidente, que lo veía como un país comunista afable, desarrollado y, sobre todo, alejado de la órbita soviética, Yugoslavia no dejó de ser nunca una tiranía comunista dirigida por un poderoso líder: Tito. Pero, más allá de los mitos, Yugoslavia fue un país sin nación, donde la identidad de sus habitantes no estaba monopolizada por la pertenencia a una supuesta etnia, raza o religión. La identidad del yugoslavo era plural y heterogénea, e iba más allá de esa concepción retrógrada de hechos nacionales aislados y herméticos que tanto había hecho sufrir a los balcánicos desde la irrupción del nacionalismo político, allá en el siglo XIX. Por primera vez en un siglo, el ciudadano yugoslavo no necesitaba identificarse con una supuesta nación; por primera vez en cien años no era clasificado, distribuido y jerarquizado según un supuesto “pecado original”. Eso no significa que el yugoslavo fuera un ente absolutamente libre de controles estatales (¡muy al contrario!), pero esos controles no implicaban una identificación nacional obligatoria.

Cuando Tito murió, los viejos nacionalismos, acallados durante décadas por la férrea mano de un comunismo que no sabía de patrias, no solo reverdecieron, sino que mostraron al mundo su lado más egoísta y salvaje. Tan salvaje que negaban derecho de ciudadanía a aquellos habitantes que no se ajustaran a un modelo racial que, lejos de ser real, había sido diseñado a propósito por esos nuevos dirigentes. Serbios que habían vivido durante siglos en tierras de Bosnia, se convirtieron de la noche a la mañana en ciudadanos de segunda o, lo que es más políticamente correcto, en una “minoría étnica”. Lo mismo sucedió con bosnios, croatas, kosovares… El crisol identitario yugoslavo era tan intrincado que hacía casi imposible crear naciones identitariamente puras, con fronteras perfectas. Aun así, los poderosos, ávidos de poder, lograron su objetivo, a costa de leyes segregatorias, desplazamientos masivos, batallas, matanzas, genocidios…

El error de Serbia no fue asesinar y matar a inocentes. Eso también lo hicieron otros criminales de guerra, como los paramilitares de inspiración ustacha que sembraron el terror entre los civiles serbios en Croacia. O los radicales bosnios y kosovares. El grave error que cometieron los dirigentes serbios fue el de alinearse estratégicamente con una Rusia, entonces menguante y debilitada, y no con un Occidente que, en el ocaso de la URSS cantaba loas al unilateralismo a ese neoliberal “final de la historia”. La incorrecta elección del bando internacional convirtió a Serbia en carne de propaganda y leyendas negras. En los Balcanes solo había unos lobos, y esos eran los serbios.

Peter Handke no pide justicia para Serbia, ni para los criminales de guerra que se escondieron detrás de su bandera, sino para los serbios y para todos aquellos que, por razones geopolíticas, fueron apuntados con el dedo acusador de la supuestamente superior moral occidental como los malos de una guerra que, como bien escribe el nóbel austriaco, fue orquestada desde fuera de los territorios yugoslavos. Su libro que evoca el viaje de invierno que realizó a Serbia durante la guerra es una elegía por un país, Yugoslavia, que por casi cinco décadas consiguió acallar las rencillas y ambiciones étnicas de diferentes grupos que se autodenominaban “naciones”, sin necesidad de destruir y homogeneizar los riquísimos recursos culturales que acumulaban esas tierras. El pesar de una anciana serbia que ya no puede comunicarse con sus amigos musulmanes, al otro margen del río Drina. El de otro ciudadano, que recuerda con dulzura las manzanas bosnias, cultivadas a pocos kilómetros de su hogar. El de cientos de miles de ciudadanos transformados, por obra y gracia de la propaganda occidental, en los paganos de una guerra que ni ellos iniciaron, ni jamás desearon.

El ejemplo de la Yugoslavia de Tito puede ser aplicado al de la España democrática. Tras la muerte de Franco, España, como Yugoslavia, evolucionó a un país sin nación, donde los recursos culturales que habían sobrevivido a décadas de rodillo nacionalcatolicista pudieron desarrollarse sin temor a ser arruinados. Donde los españoles no necesitaban de un himno con letra, ni de una bandera sagrada. Ni siquiera, desde las altas esferas de la nación, se exacerbaba un sentimiento de pertenencia a una patria, a una identidad pura. El español, al contrario del francés, o del alemán, era multívoco, plural, heterogéneo, chaquetero, bastardo y modesto. Pocos estaban orgullosos de ser españoles, tal vez, porque no había ningún tótem sagrado que sirviera de espejo deformado de una identidad unívoca, unitaria. Sin embargo, como en Yugoslavia, este país ibérico sin nación ha sufrido el cáncer de los ultranacionalismos, periféricos o centrales. Estos, ávidos de ambición por el poder, han manipulado a cientos de miles, millones de ciudadanos, prometiéndoles una falsa identidad pura, una falsa cultura nacional aislada y diferenciada, y unas falsas fronteras perfectas que delimiten y protejan a los buenos patriotas contra una plebe que, como diría Quim Torra, son “bestias”, esto es, animales sacrificables. Así como en Yugoslavia no había diferencias reales entre un croata o un serbio, en el País Vasco (o Cataluña) de hoy en día nadie podría diferenciar al vasco (o catalán) “aborigen” del español “invasor”. Pero eso no es obstáculo para generar clasificaciones y jerarquías poblacionales. Llegará el día en el que tú serás un vasco (o catalán) auténtico, y tú un ciudadano de segunda clase, sin derechos civiles o políticos. Los criterios no serán objetivos (nunca los han sido): los marcará el que ostente el poder, apoyado por viciados dictámenes de supuestos expertos; perros que comerán de la mano del gobernante, y recibirán luego una cátedra en alguna universidad.

España puede balcanizarse. Y el español que hasta hace poco tiempo ni siquiera se había dado cuenta de que era español, asumirá el rol del serbio, aquel que tuvo que cargar con el fardo de la culpa de la guerra, las torturas, los exilios forzados y los genocidios. Aquel que, aunque sufrió en su piel la ignominia de la guerra, nunca se le ha permitido quejarse. La elegía de otro país sin nación ha empezado ya a resonar, hace tiempo, dentro de las fronteras imperfectas que hoy en día, oficialmente, son declaradas como territorio español.

 

Del “Spain, sit and talk” al “Let’s sit and talk, please”

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Pancartas colgadas por Tsunami Democratic en el Camp Nou (18-12-2019)

Hay veces que un slogan dice mucho más de quien lo ha compuesto, que de a quién va dirigido. En primer lugar, porque para su comprensión muchas veces exige aceptar una serie de convencionalismos y lugares comunes, que coinciden con los del emisor, pero pueden que no lo sean tanto para el receptor. En un tweet, por ejemplo, el autor impone su visión del tema sobre el que trata, el cual puede que no coincida con la del lector. Aquellos que son escritos con fines propagandísticos suelen contener, además, más falsedad que verdad. Un claro ejemplo de visión manipulada es el del “derecho a decidir nacionalista”: según su férreo doctrinario, se considera que todo demócrata debe aceptar que existe un derecho a decidir que en realidad se trata de un arma que la élite utiliza contra la plebe. Todo aquel que no esté de acuerdo con ese principio patricio, será juzgado como fascista indigno de derechos políticos.

Durante estos días de agitación, nervios y trincheras doctrinales, ha aparecido en Cataluña un movimiento supremacista cuyo objetivo es perpetuar en la sociedad catalana el malestar y la confusión generada por el frustrado proceso de independencia unilateral llevado a cabo por el huído Puigdemont, entre otros. Se hace llamar “Tsunami Democratic”, aunque de democrático tiene poco, como poco de democráticas tienen la República Popular Democrática de Corea, o la extinta República Democrática de Alemania.

Conocedores del valor del tweet, slogan o frase corta lanzada en el momento adecuado, los miembros del “Tsunami Antidemocratic” decidieron convertirse en protagonistas únicos del partido de fútbol que se jugó en el Camp Nou el pasado 18 de diciembre. Con veladas y no tan veladas amenazas, el “Tsunami Antidemocratic” exigió visibilidad de sus postulados ideológicos tanto en las gradas como en el cesped del campo culé. Para ello, quería obligar que se desplegara una pancarta donde se podía leer: “Spain, sit and talk”. Parece ser que con ese slogan los miembros del “Tsunami Antidemocratic” querían mostrar al mundo entero (pues ese partido se vió en las cadenas deportivas de todo el mundo) que el Estado español (sic) no está dispuesto a sentarse en una mesa de negociación con agentes que, al contrario de España, sí son democráticos (llámense Quim Torra, Carles Puigdemont o cualquier político que avale las tesis del independentismo catalán).

Sin embargo, como hemos comentado al principio, este slogan dice más del carácter e ideario del “Tsunami Antidemocratic” que lo que dice de ese Estado español corrupto y fascistoide. La brevedad de la frase ayuda a su análisis pormenorizado. Así, ese “Spain” con el que empieza la oración imperativa denota una disrupción entre emisor y receptor, que son considerados sujetos diferentes. Y cuando alguien, en una conversación, alude a una diferencia para con su contertulio, es para dejar clara la superioridad (racial, intelectual, cultural, moral) del primero sobre el interlocutor. Así, ese “Spain” disgrega el espacio de conversación en dos grupos, dos frentes, dos elementos antagónicos, y abre una controntación dialéctica en la cual el Tsunami Antidemocratic se sitúa en posición de superioridad.

Todo lo que venga después de “Spain”  solo incluirá y afectará a “Spain”. Por ejemplo, ese verbo “sit”. “Spain está obligada por imperativo (racial, intelectual, cultural, moral) a sentarse. No sabemos cual es la posición en la mesa de diálogo de Tsunami Antidemocratic. Puede que se siente. O puede permanecer de pie, como exigiría su status de superioridad. Incluso, podría subirse al altar sagrado de su incorruptibilidad moral para, desde esa posición de clarividencia, realizar un control paternalista a una “Spain” menor de edad.

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Un ejemplo de “sit and talk”. “The Holdout” de Norman Rockwell (1894-1978)

Tampoco está obligado Tsunami Antidemocratic a “talk”, pues el único que tiene que hablar es “Spain”. Del slogan se puede deducir que “Spain” no puede hablar libremente de cualquier tema, ni siquiera pronunciar una opinión personal. Tienen que repetir palabra por palabra todo aquello que Tsunami Antidemocratic quiere oir. Que Cataluña es una nación. Que los catalanes tienen derecho patricio a decidir. Que 46 millones de españoles deben quedar desprovistos de voz y voto en una decisión que les afecta tanto o más como a los españoles que viven en un territorio político-geográfico que Tsunami Democratic considera diferente, esto es, racial, intelectual, cultural y moralmente superior a las tierras plebeyas no catalanas. Si “Spain” se niega a aceptar esas condiciones, será tildada de fascista, antidemocrática.

Frente a ese “Spain, sit and talk” podría haberse diseñado otro slogan, mucho más integrador y menos imperativo como el “Let’s sit and talk, please”. El “Let’s”, en primer lugar, reduce la tensión autoritaria de la frase de Tsunami antidemocratic. Desaparecen los imperativos: ya no hay imposición, sino invitación. El “‘s” es agregante. “Nosotros” tenemos que sentarnos y hablar. Tu y yo. “Spain” y quien Tsunami Antidemocratic considere que no es “Spain”. Ese “‘s” no diferencia entre unos y otros; no coloca a unos en una posición de superioridad frente a otros. Así, cuando se invita a “sit”, todos se sentarán en la misma mesa. Y, además, todos hablaremos “talk”, de modo que nuestras ideas, opiniones y sentimientos no serán prejuzgados y triturados por un supuesto criterio de autoridad de Tsunami Antidemocratic. Como colofón a la frase, la incorporación de un “please”, como muestra de cortesía, elimina todo lo que de imperativo categórico podría todavía quedar en “Let’s sit and talk”.

Como hemos inciado este artículo, hay veces que una frase corta dice más del que la dice, que de aquel a quien va dirigida. El análisis que hemos realizado deja claro que Tsunami Antidemocratic es un grupo autoritario, con ínfulas supremacistas, cuyo objetivo es imponer mediante instrumentos no democráticos sus ideales a una inmensa mayoría de ciudadanos, a los que consideran seres inferiores desprovistos de todo derecho elemental en democracia.

El derecho a decidir no existe

La gente no puede decidir hasta que alguien no decide quién es el pueblo
Ivor Jennings. The Approach to Self-Government

La democracia representativa ofrece a todos y cada uno de los ciudadanos la posibilidad de involucrarse en algunas decisiones políticas que les afectan directamente. Esta toma de decisiones suele consistir básicamente en la elección de los representantes políticos de cada una de las partes en las que se dividen los poderes ejecutivos y legislativos (ayuntamientos, comunidades autónomas, parlamentos nacionales y europeos…). Pero también hay veces que a la ciudadanía se le pregunta directamente acerca de temas cruciales que tienen gran peso en el futuro del país, y que suelen tomar forma de consulta o referendum (por ejemplo, OTAN sí/no, Constitución Europea sí/no…).

Todo ciudadano, por el hecho de serlo, tiene, de facto, derecho a decidir en una democracia representativa. De hecho democracia y derecho a decidir van unidos de la mano; no existiría el primero, sin el segundo, y vicecersa. Y todo ciudadano debería tener derecho a decidir siempre que su vida política se vea afectada. Un madrileño no podrá, ni deberá, votar en las elecciones municipales de Barcelona, pues el órgano legislativo y ejecutivo de la ciudad condal queda fuera de su ámbito de decisión de un madrileño. Del mismo modo, no se podrá excluir, por ejemplo, a un madrileño de Vallecas, o del barrio de Salamanca, de las elecciones a la alcaldía de Madrid, aludiendo cualquier excusa (que siempre posee cierto tinte ideológico). En democracia tiene derecho a decidir  toda persona incluida en el ámbito de decisión; y no puede pedir derecho a decidir si está excluida de ese ámbito. El ámbito democrático de decisión no conoce de fronteras, razas, sexo, religión, afiliación política, educación… Si el ciudadano se ve afectado por la decisión a tomar, deberá incluirse en el ámbito de decisión.

Sin embargo, desde los espacios políticos nacionalistas se trata de tegiversar el concepto de ese derecho a decidir democrático. Por una parte introducen una falacia: el pueblo decide. Realmente no decide el pueblo; decide cada una de las personas individuales a las que les afecta la decisión planteada. Por otra parte segregan la ciudadanía en dos grupos: aquellos que tienen derecho a decidir (los patricios), y aquellos a los que se les niega tal derecho (los plebeyos). Para ello introducen en el ámbito democrático de decisión un “hecho diferencial” que consideran imprescindible para obtener derecho a tal privilegio. Que vivan en un lugar, y no en otro. Que pertenezcan a una raza, que adoren a un dios concreto, que hablen un idioma o hayan sido educados en función a una ideología… Cualquier excusa es válida si se consigue eliminar del derecho a decidir democrático a todos los ciudadanos que, probablemente, con su voto, puedan impedir la consecución de los fines que tanto ansían aquellos políticos.

Así, por muy legal que haya sido el referéndum del Brexit, no fue muy democrático. Se dejó fuera del ámbito de decisión a cientos de millones de ciudadanos europeos a los que la decisión de Reino Unido de abandonar o no la Unión Europea les afectaba tan directamente, o más (vease el caso irlandés), como a los ciudadanos británicos. El problema actual sobre el desenlace del Brexit, y que tantas crisis políticas está desencadenando, viene, sobre todo, de una falta de consideración de las necesidades e intereses de aquellos a los que se les ha negado decidir.

Tampoco era necesario que el referéndum del Brexit hubiera sido aplicado a todos los habitantes de la Unión Europea. Valía con que, aprovechando la transnacionalidad de la gobernanza europea, todos los países europeos pudieran haber dado, a través de sus gobiernos y sus representantes políticos de instituciones europeas, su opinión acerca del Brexit. En fin, una negociación sobre las condiciones de una posible salida del Reino Unido que fueran aceptadas por la mayoría de naciones europeas.

Lo mismo sucede con el procès catalán. No es necesario que todos los españoles voten si están a favor o en contra de la independencia, sino que, previo a un supuesto referéndum, habría que preguntar al conjunto de ciudadanos que están afectados por esa decisión, si están dispuestos a ceder su derecho de decisión y entregarlo a los ciudadanos que viven en Cataluña. Y, además, a cambio de qué se permite esa cesión, o bajo qué condiciones. Esto se puede realizar de manera directa, mediante un referendum o consulta, o indirectamente a través de un cambio constitucional. Solo si se incluye, se representa y se visibiliza al conjunto de personas que están incluidas en el ámbito de decisión, entonces se podrá hablar de derecho a decidir democrático.

El derecho a decidir, por lo tanto, no existe. No existe, en cuanto a derecho democrático, tal y como es enunciado desde los altavoces mediáticos nacionalistas. Tan solo podría hablarse de tal derecho a decidir si este recoge, acoge y representa la voz de todos los ciudadanos involucrados en la decisión política, independientemente del lugar donde vivan, la lengua que hablen o la bandera que amen.

¿Qué significa hoy ser patriota?

“Hoy en este país se han manifestado pensionistas reclamando una pensión digna, que han tenido una subida, en el mejor de los casos, de un euro y medio. Una vergüenza. Para mí esos son los patriotas y no Marta Sánchez haciendo la letra de un himno mientras tributa su dinero fuera de España”.
Jordi Évole

Vivimos en un mundo muy contradictorio: mientras la globalización se extiende y va derribando fronteras a los capitales, bienes y cultura, hay ciertos sectores de la sociedad, prácticamente en todos los países democráticos, que exigen la construcción de murallas contra las personas. A la vez que se establece un liberalismo económico y, hasta cierto punto, cultural, se impone un  estricto conservadurismo nacionalista en las mentes de los ciudadanos. Así sucede con el Brexit, con los movimientos populistas europeos, con Trump o con el independentismo catalán. Todos ellos suponen que un muro, una frontera o una aduana va a proteger a los nacionales de los males de la globalización. A pesar de la evidencia categórica e innegable de que las fronteras ya nunca más serán estancas, persisten en su delirio proteccionista de una supuesta identidad pura (independentistas catalanes), una supuesta seguridad económica y social (británicos pro-Brexit), o de unos míticos Estados Unidos de Norteamérica que nunca existieron en realidad (Trump).

Por una parte, los procesos de integración supranacionales, tanto económicos (globalización) o políticos (Unión Europea) no reportan beneficios a todos los ciudadanos: a pesar de sus  claras ventajas generales, estas desnacionalizaciones dejan tras de sí inmensas minorías de perdedores. Muchos de estos perdedores ya lo eran en la era pre-global. Por otra parte, el nacionalismo genera un patriciado democrático, dentro del cual todos los que pertenecen a la nación, ricos o pobres, listos o tontos, pueden considerarse privilegiados frente a la chusma exterior, plebe generadora de todos los males imaginables. La globalización y la Unión Europea rompen con esa falsa ilusión: los que antes eran extranjeros y plebeyos, ahora pertenecen a ese mismo club, y tienen que repartir con ellos sus raciones de miseria. La globalización despoja al perdedor de su enemigo exterior; lo enfrenta a sus propias limitaciones y frustraciones sin que éste pueda hacer uso de su chivo expiatorio.

Por lo tanto, las (supuestas) identidades nacionales viven una época de esquizofrenia paranoide: mientras están obligadas a abrirse al exterior (económica, política, social, culturalmente) para disfrutar de las ventajas de una sociedad abierta, consideran a ese exterior-interiorizado como una amenaza. De ahí la contrarreación populista-nacionalista enfrentada a la reacción globalizadora. Este paisaje tan oscuro y contradictorio obliga a modificar ciertas articulaciones del paradigma de nación: ¿qué significa ser español, catalán, francés? ¿Qué significa hoy ser patriota? ¿Dónde se hallan los aspectos originales, inmodificables, estancos que constituyen el core de la nación, y que la diferencian (y sitúan en una posición superior) del resto de naciones?

Cada cuál articula el paradigma nacionalista según le convenga: a pesar de que los patriotas catalanes y españoles coinciden en lo esencial (creen que pertenecen a un grupo humano con unas características absolutamente diferenciadas de las de sus vecinos, y consideran deber sagrado la defensa de esos caracteres), discrepan en lo accesorio (el color de la bandera, la lengua, los mitos fundacionales…). Hay quien cree que Marta Sánchez es una patriota porque ha compuesto la letra a un himno nacional de tradición instrumental. Otros miden el patriotismo según dónde se tribute. También se entablan batallas de banderas (¡a ver quién tiene el asta más larga!) para demostrar el amor a la patria. Y así un incansable y absurdo etcétera.

La ventaja que tiene un himno nacional instrumental es que cada cual puede interpretarlo como mejor le plazca, y colocar en sus notas aquellas palabras o versos (o incluso silbidos) que más gusten. En un acontecimiento multitudinario, el himno español sin letra dispersa los pensamientos de la muchedumbre, no genera un sentimiento de identidad unitario. El himno cantado, por contra, exige unificar las gargantas y los cerebros de los congregados en un único modo de interpretar ese símbolo nacional. Marta Sánchez ama una idea de España, pero que es una entre las miles, millones de ideas de España que pululan por el país. Y ha puesto letra a ese modo de sentirse española, el cual es compartido por muchos compatriotas, pero no por todos.  Marta Sánchez es una patriota: nadie, ni siquiera Jordi Évole, puede arrebatarle tal atributo. Pero también es verdad que no podemos permitir que su modo de “sentir España” sea considerado el “oficial”, “único” o “verdadero”. Se rompería así esa multivocidad de la identidad española que, tal vez, sea una de sus grandes virtudes… y uno de sus más horribles defectos.

Jordi Évole compara el patriotismo de Marta Sánchez con el de los jubilados que se manifestaron no hace muchos días a favor de unas pensiones dignas. Ellos tributan en España. Marta Sánchez, que vive en el extranjero, tributa fuera de España. Ergo, según este periodista, los pensionistas son más patriotas que la cantante. Confunde patria con fiscalidad. Confunde el “ser buen ciudadano” con “ser patriota” (aunque también cabe preguntarse si pagar impuestos en tu país te convierten automáticamente en “buen ciudadano”).

No hay una respuesta única a la pregunta: ¿qué significa hoy ser patriota? En estos momentos, el patriotismo se parece mucho a la afición de un equipo de fútbol. Se puede ser del Barcelona viviendo en Madrid. Y viceversa. Tal vez haya quien no haya acudido una sola vez al estadio de su equipo favorito, ni siga con pasión los partidos por televisión o radio. Incluso puede que nunca haya poseído una bandera, bufanda o camiseta. Habrá quien exteriorice más su pasión; habrá radicales que transformen en violencia su supuesto amor a unos colores. Algunos de los aficionados serán bellísimas personas, otros unos trúhanes sin remordimientos. Cada cuál puede vivir su amor por el fútbol como le plazca, sin que nadie (¡ni siquiera Jordi Évole!) pueda robarle su ilusión por sentirse identificado con su equipo.

Sobre el tabú en el humor

La sensibilidad a la ofensa y al agravio ha ido en aumento en las sociedades contemporáneas ultraconectadas. Cualquier producto publicado en una de las múltiples modalidades de mass media es duramente analizado, no por un equipo especializado de censores (como sucede en las dictaduras), sino por una horda infinita de activistas, ciberactivistas, asociaciones cívicas y sociales, trolls, bufetes de abogados y buitres… Todo lo publicado (discurso en un acto académico, opinión en un periódico, comentario de twitter, canción, anuncio publicitario…), por muy neutro que sea su mensaje, siempre podrá ser víctima de algún neocensor que descubra, escondida entre las líneas de texto u oculto en oscuros fotogramas, algún contenido pernicioso o humillante para la causa neocensora. Que si tal canción ampara el imperio del heteropatriarcado violento y machista; que si en tal comentario ha podido utilizar la palabra “islam” con cierto tono peyorativo; que si tal humorista pervierte la imagen de Carrero Blanco, asesinado por ETA (aunque la imagen de éste sea ya de por sí execrable por haber sido uno de los más altos cargos de la dictadura franquista), y así un interminable etcétera…

Según los expertos en lingüística e historia del pensamiento, el paréntesis Gutenberg se está cerrando. Este paréntesis se abrió cuando Johannes Gutenberg imprimió en su taller de Maguncia la Biblia de 42 líneas mediante la aplicación de los tipos móviles. Esta técnica permitió difundir el conocimiento y, con ello, promover una revolución cultural y científica sin parangón en la historia de la Humanidad. La base de esta expansión del conocimiento fue el texto impreso: libros, revistas y panfletos. Si bien el acceso a la información se democratizó, la impresión de textos era limitada, pues las imprentas eran pocas y la edición de un libro precisaba de fuertes y riesgosas inversiones: de ahí que se considerara que si un texto había sido publicado, esto es, impreso en tipos móviles, era porque tenía algo de significativo y trascendental. De ahí la autoridad otorgada al texto impreso, que se suponía inmóvil, estable (las palabras contenidas en un libro no podían ser modificadas), individual (tiene un sólo autor o grupo de autores) y canónico (recoge fielmente la expresión de su autor). Pero la democratización de los sistemas de edición (simplificados con el software de ordenadores personales), impresión (impresoras de inyección de tinta, tiendas especializadas en reprografía…) y publicación (internet) ha corrompido la autoridad del texto impreso. Es por lo que se considera que, actualmente, se está cerrando el paréntesis Gutenberg para dar entrada a una Segunda Oralidad.

Fuera del paréntesis Gutenberg toda expresión pública corre el riesgo de sufrir recontextualizaciones por parte de los receptores. Eso significa que la intención primaria con la que el emisor creó su mensaje poca o ninguna importancia tiene en el imperio de la Segunda Oralidad. Lo que prevalece es la emoción que dicho mensaje produce sobre el que lo recibe o, mejor aún, sobre los potenciales miles de millones de receptores. El texto se disecciona, se recontextualiza, se reinterpreta y, finalmente, se republica, aún bajo la autoría de su creador, pero transformado por alguno de los receptores. El impacto de esta recontextualización puede ser superior a la del texto original, sobre todo si la primera implica ciertos resortes emocionales y polémicos de los que carece la segunda. Un claro (y dramático) ejemplo de este proceso de fagocitación del texto original por parte del texto reinterpretado está en la condena a muerte por parte del régimen de los ayatolahs a Salman Rusdhie cuando se publicaron sus “Versos Satánicos”. En las imágenes de televisión de la época se podían ver turbas enfurecidas de exaltados que quemaban libros del autor en piras similares a la «Aktion wider den undeutschen Geist» nazi. Probablemente ninguno de los que lanzaban los libros al fuego habían leído una sola página de “Versos Satánicos”. Y digo “probablemente”, porque la edición del libro que se veía en sus manos era la inglesa, idioma que gran parte de ellos no dominaba. Los exaltados no hacían caso de lo que Salman Rusdhie había querido expresar en su novela, sino de la reinterpretación que unos fanáticos de oficina habían orquestado a su alrededor. Frente al mensaje del primer autor, se extiende la versión más dramática, más polémica del lector ofendido, contrariado.

El humor es una de las víctimas propicias de esta oleada de ofensas y agravios que ha surgido en las postrimerías del paréntesis Gutenberg. Que si es humor machista, que si es un chiste racista, que si ofende a los catalanes, andaluces, musulmanes, católicos, taxistas, bomberos… Hoy en día el humorismo es una profesión de riesgo: el más mínimo desliz que suponga una ofensa a uno de los innumerables colectivos de esta sociedad puede dar al traste con la carrera de cualquier cómico o monologuista. Al día siguiente de su actuación saldrán en tropel cientos de asociaciones que protegen la dignidad de los agraviados, y  bien exigirán humillación públicas, bien promoverán un boicot contra quien les ha ofendido (y quienes le apoyan).

Difícil tarea, pues, la de humorista, al quien sólo le quedan tres salidas si quiere seguir subiéndose en los escenarios en busca del aplauso. La primera es cultivar el humor blanco, inocuo e inocente, en el cual nadie se sienta reflejado y, por lo tanto, ofendido. Se corre el riesgo de acabar matando de aburrimiento al respetable público. El segundo es buscar nichos de humor vírgenes a la ofensa y agravio. Suelen tratarse de grupos sociales que no se han reconocido como tales y, por tanto, no han constituido (aún) plataformas en defensa de su dignidad. Son los frikis, nerds, hipsters… Puede suceder que un buen día algún miembro de estas comunidades se conciencie de su identidad y, tras una eficaz campaña por internet (“¡Stop Frikifobia!”), el humorista se vea obligado a censurar gran parte de su repertorio de chistes.

En la tercera opción, tal vez la más eficaz, se trata de utilizar al Poder como objetivo del humor. Cuando aquí se habla de Poder con mayúsculas es para denominar los resortes de autoridad y dominación que dan forma y aglutinan la sociedad. No se trata de un poder vertical, ejercido por unos pocos y poderosos a unos muchos y débiles; sino más bien de un poder horizontal, ejercido por todos sobre todos. Un poder parademocrático, prelegal. Existe un arquetipo de ciudadano que representa el modelo perfecto de Poder. Un ciudadano homogeneizado que, aunque no tiene por qué ser mayoritario, sí posee características que le otorgan un mayor acceso al Poder. En España podría ser varón, blanco, laico, que hable español “normalizado” y viva en ciudad. Este individuo, tal vez inexistente, tal vez omnipresente, representa tanto al Poder, se siente tan poderoso, que ningún chiste o broma pueden afectarle. No puede ser ofendido ni sentirse agraviado, porque es él quien maneja el juego de identidades de la sociedad. Así, un chiste en el que se critique a los hombres tendrá mejor acogida que otro donde se hable de las mujeres. Si no se utiliza ningún acento regional para ridiculizar al objeto del chiste, tanto más tolerable. Se podrá mofar de actitudes y manías de los habitantes de la gran ciudad, pero, ¡ay si se mete con el sacrificado y mil veces caricaturizado hombre de campo! Al día siguiente arrearán las azadas sobre la cabeza del humorista.

Atacar al Poder no es políticamente incorrecto, a pesar de que algunos se vanaglorien de ello. Tal vez sea así en las dictaduras, o en democracias donde el paréntesis Gutenberg esté aún vigente (si es que aún las hay). Al cierre de este paréntesis, lo políticamente incorrecto no es un ataque a las estructuras de Poder, sino más bien al contrario: es la ridiculización, solfa o desprecio de los marginados del Poder; grupo representado por aquellos colectivos ciudadanos que, aunque empoderados y reconocidos, no se sienten ni visibilizados ni reconocidos por el Poder. Ellos son los nuevos tabús de la Segunda Oralidad.

Los errores de Podemos ante los independentismos

Ver: El ala izquierda de Podemos apoya el referéndum independentista en Cataluña

En democracia, el estado no tiene por qué erigirse como representante de la identidad de los ciudadanos. Tampoco entre sus funciones está la de proteger la identidad nacional y patriótica de los mismos, sino la de asegurar que éstos puedan expresarse libremente, y actuar conforme a lo que les dicte su conciencia. Porque en sociedades libres no existe una sola identidad, sino miles, millones, que son las de todos y cada uno de los individuos que las componen.

Así, el gobierno de España, como parte constituyente fundamental del estado español, no puede, ni debe exigir a los españoles que se sientan españoles; que sean patriotas y amen los símbolos que representan la nación (bandera, himno, mitos fundadores…). Debe aceptar y defender las expresiones de las conciencias individuales de cada uno de los ciudadanos: de los que se sienten españoles; de los que, como Fernando Trueba, no se han sentido españoles ni durante cinco minutos; o de los que reniegan de su españolidad y se acogen a otras construcciones patrióticas (catalana, vasca…).

Cuando la libre expresión de la conciencia individual está asegurada y la legislación vigente en una nación es la misma para todos los ciudadanos (y todos ellos son iguales ante la ley), poco más puede hacer un estado en cuestión de libertades. Podrá (y deberá) trabajar para que todos los habitantes de la nación se sientan visibilizados, representados e incluidos en sus estructuras políticas, sociales y económicas. Podrá hacer uso de los poderes legislativo y ejecutivo para mejorar el día a día de los ciudadanos. Pero todo ello tendrá que ser realizado con el mayor respeto posible a las múltiples y heterogéneas identidades que pueblan la nación.

Por circunstancias de la historia España podría hoy en día no ser una nación independiente. Si, durante la guerra de la Independencia, los ejércitos napoleónicos hubieran sofocado la resistencia española, hoy en día los territorios que conforman el estado español formarían parte de Francia. Tal vez, por azares que nos permite la historia-ficción, Cataluña hubiera visto reconocida su singularidad nacional, y hoy cumpliría doscientos diez años de independencia. La España del siglo XXI sería una provincia francesa en la que todos los ciudadanos, con pasaporte francés, tendrían los mismos derechos que los parisinos, o los bordeleses: libertad de expresión, libertad de lengua (¿quién sabe si, por la fuerza del español, Francia se hubiera convertido en un estado bilingüe?), derecho a voto, uniformidad legislativa… ¡Y en la Unión Europea!

Probablemente aparecerían movimientos políticos y sociales que exigieran un supuesto derecho a decidir de los españoles; esto es, que reclamarían su independencia de Francia. Enarbolarían los siglos de historia de la antigua nación española; sus cultura y lengua diferenciadas de la francesa. Se hablaría de una raza española. Se buscarían (y sin duda, se encontrarían) ejemplos de tratos diferenciados e injustos, los cuales servirían para alegar la discriminación francesa hacia los nativos españoles. Sin embargo… ¿estaría justificado un referéndum de independencia para que España se separara de Francia? En mi opinión, no, mientras el estado (francés) no exija lealtad sentimental o patriótica, y proteja del mismo modo a los que se sientan franceses como a los que no. Cuando un ciudadano es libre, querrá serlo en la mayor extensión geográfica y humana posible. Una nueva frontera entre España y Francia acotaría su espacio de libertad individual. Además, quién sabe si el nuevo estado (español), para diferenciarse del francés, impondría severas restricciones a aquellos que no estuvieran de acuerdo con el nuevo status político de la región española, y siguieran sintiéndose franceses.

Los dos grandes errores de Podemos ante el independentismo catalán son tanto la asimilación de la definición conservadora de nación como la apropiación de la manipulación nacionalista del derecho a decidir. Aceptan que las funciones de un estado democrático van más allá de proteger las libertades, y de garantizar los medios materiales para que todos podamos hacer uso de esas libertades. Muy al contrario consideran que, además de todo ello, los estados tienen que proteger una supuesta identidad nacional frente a otras.

Hace flaco favor Podemos al espíritu universalista del que debería enorgullecerse. En vez de posicionarse a favor de un derecho a decidir aristocrático, de las élites, deberían luchar por ampliarlo: esto es, exigir que los excluidos del ámbito de decisión (p.e: los inmigrantes que, aunque lleven viviendo años en nuestro país, no tienen aún derecho a voto) puedan también participar en pleno derecho en las elecciones, consultas y referéndums. En vez de ayudar a infectar el estado de identidades obligadas, abogar por un “laicismo nacional”. Fomentar el “anacionalismo”, y no los plurinacionalismos y unitarismos. España, no frente al espejo del Reino Unido (plurinacional) o Francia (unitaria), sino al de la ecuménica, desprejuiciada y mil veces vilipendiada Unión Europea.

 

Marginados del nacionalismo. Olvidados del multiculturalismo

“The world is not a ghetto and a ghetto is not the world. People in the ghetto suffer because there be people who live for making them suffer. Good time is bad time for somebody too”

Marlon James “A brief history of seven killings”

Las sociedades son elementos complejos porque están compuestas de miles, millones, cientos de millones de unidades, todos ellas diferentes, únicas e irrepetibles. Esas unidades somos nosotros, los seres humanos. Y no hay estructura societaria que sea capaz de dar cabida a los deseos, anhelos y necesidades que encierra cada una de esas unidades, de cada una de esas conciencias; entre otras razones, porque muchas veces contienen múltiples aspiraciones que son incompatibles, incluso antagónicas entre ellas.

Como hemos comentado en anteriores artículos, la democracia liberal tan sólo es capaz de asegurar que las estructuras etáticas dispensen una justicia igual para todos, en base a un código legislativo que incluya a todos los habitantes de una nación. Que no es poco. Pero no es suficiente. La vida en sociedad es mucho más que leyes, normativas y tribunales. La vida diaria precisa de engranajes que van más allá del ámbito de la Ley. El ciudadano necesita sentirse que forma parte de la sociedad en la que vive (inclusión), que sus atributos diferenciadores sean reconocidos (visibilización); y verse representado por sus líderes políticos (representatividad). Además, el día a día está fuertemente influenciado por dos elementos paralegales y parademocráticos, con igual incluso mayor importancia que las propias leyes democráticas: el Poder y el Mercado. Se podrá legislar sobre inclusión, visibilidad, representatividad y Mercado, pero el poder de la ley suele ser débil en aquellos derroteros y, muchas veces, ineficaz. Demasiados elementos, pues, que quedan fuera del ámbito de autoridad de una democracia liberal.

Casi todas las democracias liberales han sufrido la “contaminación” historicista del nacionalismo, lo que supone que el término “nación” se delimite en base a unos criterios de historia, cultura, lengua, raza, religión o cualquier otro elemento que se considere sagrado y diferenciador de una realidad nacional. Es por ello que las democracias liberales tienden a homogeneizar al ciudadano, de modo que las estructuras etáticas tenderían sólo a visibilizar y representar a aquel que cumpla con los criterios nacionales. A estos criterios habría que sumar los atributos seleccionados por el Poder que, nunca incompatibles con el nacionalismo, muchas veces coinciden con los de éste. El modelo nacionalista de representatividad etática y social homogeneizada visibiliza a un importante grupo de ciudadanos, aquellos que cumplen con las exigencias de los principios nacionales (historia, cultura, lengua, raza, religión…) y del Poder (sexo, nivel económico y social)… Sin embargo, margina a otros grupos de ciudadanos que, bien no cumplen con los criterios, bien forman parte de los silenciados por el Discurso del Poder.

No es de extrañar, pues, que arrecien los conflictos identitarios a medida que los marginados por el nacionalismo y el Poder se empoderan y exigen mayores cuotas de representación. Que no piden leyes distintas ni privilegios, sino reconocimiento de sus singularidades y diferencias para con el patrón homogeneizado nacionalista. Y es que la visibilización y representatividad va más allá de una alcaldesa musulmana, un presentador de informativos sudamericano, o un jugador de fútbol homosexual. Significa un acceso a puestos de administración pública. Significa entrar en cargos de responsabilidad de empresas privadas. Significa establecer relaciones de amistad con compañeros de trabajo, vecinos, padres de otros niños del colegio. En resumen, significa evitar la exclusión y marginación a las que apela el nacionalismo.

Frente a este modelo homogeneizador se erige el concepto de muliculturalismo, en el cual importan menos los atributos sagrados historicistas, y más el respeto hacia la heterogeneicidad real de la sociedad. Respeto hacia el otro, independientemente de su sexo, creencias, raza, ideología o equipo de fútbol. Valorar al ciudadano por lo positivo que puede aportar, y no por el grupo al que, en teoría, pertenece. Sin embargo, un modelo multiculturalista perfecto no es posible en naciones definidas según criterios historicistas-nacionalistas. Si se considera que una nación es un elemento estanco que atesora una serie de valores históricos, culturales y raciales únicos e irrepetibles, todo valor extraño, extranjero será siempre considerado como invasor, destructor de la identidad nacional. Así, por más que haya partidos políticos, organizaciones sociales o gobiernos supranacionales (Unión Europea) que luchen en pos del multiculturalismo, siempre se enfrentarán a la tremenda fuerza inercial del nacionalismo.

Además, el multiculturalismo exige compartir poder entre todos los ciudadanos. Y esto no es posible en un medio en el que el Poder está controlado por una parte de la sociedad (y no quiere desprenderse de él). El único modo con el que las democracias liberales pueden  romper ese círculo vicioso es mediante cuotas obligatorias de representatividad, de visibilidad, de puestos de responsabilidad en empresa privada, de cargos públicos… En resumen, discriminación positiva a favor de los marginados del nacionalismo y del Poder.

Como bien apuntan Tzvetan Todorov (La peur des barbares, 2008) o Daniel Innerarity, el multiculturalismo sólo beneficia a aquellos que se suben al tren de la globalización. Generalmente se trata de gente culta, con amplia formación académica, puestos de trabajo de responsabilidad y status social aisé. En estos casos, la ampliación de los horizontes culturales y sociales no se siente como amenaza, sino más bien como oportunidad. El resto de ciudadanos, aquellos con formación básica, empleos precarios, de baja responsabilidad y que vivan en barrios de la periferia observarán el multiculturalismo con temor y rechazo. Porque, a instancias de esa discriminación positiva, de ese empoderamiento del extraño, extranjero… del otro… verán peligrar sus trabajos poco cualificados,  sentirán que sus calles son “invadidas”, tendrán que compartir las (cada vez más escasas) ayudas sociales con forasteros. Y, mientras los hijos de estos “no nacionales” obtienen mejores resultados académicos, estudian en las universidades y acceden a mejores puestos de trabajo que la primera generación, los retoños de los “indígenas”, que no pasan de la formación básica, se ven relegados a escalafones más bajos de la pirámide social.

La imposición del multiculturalismo en nuestras sociedades, genera un grupo más o menos importante de “olvidados”: ciudadanos que, cumpliendo los criterios de homogeneización nacional y, por tanto, sintiéndose “ciudadanos de primera”, no son capaces de subirse al tren de la globalización y son superados por los “ciudadanos de segunda”, aquellos que no cumplen con aquellos atributos (raza, religión, lengua, historia, cultura…) que se consideran “sagrados” según la concepción historicista de nación.

Los olvidados del multiculturalismo desearán, por tanto, cerrar fronteras. Expulsar a los extraños. Arrebatarles “privilegios”, que no son más que los derechos que otorga la democracia liberal a todos y cada uno de los ciudadanos. Recuperar un ideal de nación que, si bien nunca existió, ellos creen reconocer a través de los mitos nacionales. En eso se basa el populismo: devolver a los miserables su propia miseria.

Las democracias liberales se encuentran ante una encrucijada: o aislamiento nacionalista o apertura multicultural. Cualquiera de las dos opciones generará un grupo de marginados, de olvidados, con la consiguiente conflictividad política y social. Y es que, los buenos tiempos son también malos tiempos para alguien.

España ante la oportunidad de Eurovisión

Las democracias liberales se enfrentan a continuos conflictos entre las diferentes identidades  que existen en su seno. Y es que, aunque el sistema busque igualar a la sociedad, ésta siempre tenderá a agruparse en comunidades, dentro de las cuales se acentúan ciertos hechos diferenciales. Si no es una disputa identitaria con la religión, lo será con la lengua, la raza, la historia, el equipo de fútbol o la ideología política. La sociedad se moviliza en bloques identitarios y estos bloques, a veces, colisionan.

La democracia liberal no está diseñada para controlar las tensiones identitarias. Fue desarrollada bajo el prisma de garantizar una ley justa e igual para todos los ciudadanos, porque en el momento en el que apareció (siglos XVIII y XIX), la mayor de las injusticias procedía de la existencia de códigos legislativos diferenciados según el status social o estamentario del individuo. La democracia liberal, más bien que mal, asegura que todos los ciudadanos tendrán igual trato legislativo y judicial. Y hasta ahí llega la capacidad igualitaria de este sistema.

Que todos seamos iguales ante la ley, y que la ley sea igual para todos, homogeneiza al ciudadano desde el plano legal. Pero esta homogeneización que, sólo está, o sólo debería estar vinculada al corpus legislativo, se desborda en sus atribuciones y penetra en territorios donde, bien no tiene cabida, bien incluso no es bienvenida. Y uno de esos espacios que la democracia liberal homogeneiza, sin tener que por ello hacerlo, es el de la identidad y representatividad en política, cultura y sociedad.

¿Cómo puede un estado acoger y representar los anhelos, visiones y objetivos de una sociedad tan plural y poliédrica, incluso ambigua? ¿Cómo se puede visibilizar, a la vez y de modo estrictamente proporcionado, a los hombres y mujeres; a los cristianos, musulmanes, ateos; a los castellanoparlantes, los catalanoparlantes o euskaldunes; a los de derechas e izquierdas; a los originarios y a los naturalizados; a los heterosexuales, homosexuales, bisexuales, altersexuales? Difíciles cuestiones a las que, tal vez, no se pueda encontrar una respuesta en el seno de una democracia liberal.

La tendencia natural del sistema democrático liberal es la de visibilizar un patrón homogeneizado de identidad nacional. Y el modelo de ciudadano homogeneizado sería el de un hombre, heterosexual, blanco, cristiano-laico, castellanoparlante… Este modelo se crea a partir de un patrón que no tiene nada que ver con la distribución y predominio demográfico de unas identidades sobre otras (por ejemplo, el número de hombres en España es similar al de mujeres, y la visibilización del primero predomina claramente sobre el de la segunda), sino que refleja qué comunidades o bloques sociales tienen acceso al Poder, y cuáles no. Por lo tanto, en un sistema democrático liberal, el acceso a la visibilidad no tiene que ver nada con la democracia: se trata de un atributo exclusivo del Poder, prelegal, predemocrático.

La visibilización de una sola identidad homogeneizada provoca un grave sentimiento de injusticia en aquellos ciudadanos que no se sienten representados con ese modelo. El ciudadano que no se sienta visibilizado por el estado al que pertenece deseará invertir la situación e imponer su identidad. Caldo de cultivo ideal, pues, para conflictos interreligiosos o movimientos independentistas.

El festival de Eurovisión es un acontecimiento anual en el que países de toda Europa presentan sus propuestas musicales a un concurso abierto a la audiencia. Se trata de un evento inocuo, inocente, sin ningún tipo de pretensión, en el que poca importancia se da a la victoria o a la derrota. El objetivo no es vencer, sino pasar un buen rato. Eso no significa que esté libre de polémicas “blandas”, chismorreos políticos e historietas de bambalinas: quién nos vota, quién deja de votarnos, esos países que siempre se votan entre sí, esos otros que no se pueden ni ver…

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A pesar de la ola nacionalista y aislacionista del país, Kasia Moś representó a Polonia en Eurovisión con una canción en inglés, desprovista de cualquier elemento cultural propio de esa nación. Fuente: eurovisionworld

Un fenómeno interesante que se viene produciendo desde hace años en este certamen es el desvanecimiento de las identidades de las diferentes naciones concurrentes. Salvo contadas excepciones (como por ejemplo, Francia y algunos países mediterráneos), la mayor parte de los participantes ofrecen actuaciones absolutamente homogeneizadas según un modelo internacional: pop melódico y bailable cantado en inglés. ¿Por qué todos estos países se aprestan de modo voluntario, incluso ávido, a borrar sus valores nacionales, tan intrínsecos, tan sagrados, de este escaparate internacional? Probablemente sea porque, a este nivel, baste la representatividad que ofrecen los símbolos nacionales. No es necesario diferenciarse de los otros, más allá de la bandera bajo la que compite el cantante. Más vale que esa bandera venga acompañada de una buena puntuación en la clasificación final, que no del idioma o de valores culturales patrios Al mismo tiempo que favorece esa “disolución de la identidad”, el festival de Eurovisión también da visibilidad a colectivos minoritarios, a veces estigmatizados (¡todavía!) en algunas latitudes. De ello hay ejemplos varios: así, algunos participantes no han ocultado (incluso amplificado para dar mayor eco mediático) su pertenencia al colectivo LGTB. También, en el último festival de mayo de 2017, actuó un cantante húngaro gitano.

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La minoría gitana sufre una fuerte estigmatización en Hungría. Sin embargo, su voz estuvo representada en Eurovisión por el cantante Joci Pápai. Fuente: wiwibloggs

Parece ser que en Eurovisión se alivia la presión identitaria nacional homogeneizadora, y se permite dar rienda suelta tanto a formas identitarias globalizadas como minoritarias. Sin las constricciones de las “excepciones nacionales” se abren puertas a lo general y a lo particular.

Cuando en el título de este artículo aludía a “la oportunidad de España en Eurovisión” no me refería, por supuesto, a una receta mágica que adecentara el raquítico palmarés de España en este concurso. Al contrario, teniendo en cuenta que en el festival de Eurovisión no existe una “tensión” por la victoria, se podría aprovechar su laxitud identitaria para dar visibilidad a identidades que quedan cegadas y ocultas por el monolítico y totipresente modelo cultural español. De este modo se podrían presentar propuestas musicales en catalán, euskera o gallego. También se podrían aprovechar elementos regionales, más allá del flamenco o las sevillanas, y asociarlos con melodías más “mainstream”: ¿Por qué no mezclar ritmos extraídos de un sintetizador con los de una txalaparta o una gaita asturiana?

El siguiente paso sería dar cabida a identidades “nuevas”, de reciente aparición en nuestro país. Seguro que una canción con ritmos caribeños cantada por un cantante de origenes colombianos haría las delicias de los fríos oídos del norte del continente. O, por qué no, aunar elementos magrebíes, senegaleses o chinos a música más europeizante. Como alguna vez hemos comentado en este blog, aunque actualmente callan, en el futuro estos colectivos de inmigrantes empezarán a exigir su cuota de representatividad. Y con razón.

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Alma representó a Francia en el certamen de Eurovisión 2017. Uno de los pocos ejemplos de reivindicación de la “excepcionalidad cultural nacional”. Fuente: RTVE

Sería de ingenuos pensar que, porque España sea representada en Eurovisión por una canción en catalán, desaparezcan las reivindicaciones nacionalistas de aquellos que no se sienten visibilizados por el modelo homogeneizado de lo español. Pero, por lo menos, sería un paso hacia adelante en un trabajo que, no sólo España, sino todas las naciones democráticas tendrán que realizar algún día: aceptar que, más allá de ese patrón de identidad nacional homogeneizado, existen otras formas de sentir, de pensar, de vivir… y que todas tienen que tener que tener cabida (visibilidad, representatividad e inclusión) en las estructuras etáticas de la nación.

España-Cataluña, choque de articulaciones del paradigma

Nota: En el presente artículo se habla de gobiernos español y catalán como protagonistas de las desavenencias políticas entre España y Cataluña. Se evita así enfocar ese conflicto como un problema entre dos naciones (España-Cataluña), dos estados (estado español-estado catalán) o dos pueblos (pueblo español-pueblo catalán).

El conflicto político abierto entre los gobiernos español y catalán desde hace ya varios años es un claro ejemplo de fallo del paradigma nacional historicista. Esto sucede incluso a pesar de que ambos gobiernos sitúan la definición de nación según unos criterios idénticos, esto es, que se denomina nación a un territorio habitado por un conjunto de personas que tienen en común una serie de características: historia, cultura, idioma, raza, religión… ¿Cómo puede ser que, si ambos contendientes están de acuerdo en la definición de nación, sus “naciones” sean tan diferentes, a punto de incompatibles? ¿Por qué, estando de acuerdo en el fondo del problema, elementos más superficiales provoquen división y zozobra?

Thomas S. Kuhn nos explica que, cuando un paradigma es incapaz de dar una explicación a cierto hecho (él sólo habla de hechos naturales, pero aquí se aplicará también a política), éste entra en crisis. Puede que la crisis se resuelva a través de investigaciones más profundas alrededor del paradigma. De este modo, el hecho inexplicable se incluirá dentro del paradigma de modo convincente y eficaz. Pero ningún paradigma explica todo hecho. Sus herramientas no siempre facilitan una demostración plausible. Hay hechos que quedan en penumbra, otros incluso en el lado oscuro del paradigma. Entonces, hay que tomar dos tipos de estrategias: o salvar el paradigma y con él, toda la investigación, todos los resultados, todo el constructo gnoseológico que se ha edificado a través de los datos paradigmáticos; o cambiarlo a través de una revolución científica. De lo segundo, se trató en un artículo anterior.

Cuando se intenta salvar el paradigma, los investigadores toman dos caminos: bien desprecian el hecho en cuestión que pone en tela de juicio la disciplina científica constituida a través del paradigma (se considera como un hecho “acientífico”); bien tratan de buscar explicaciones alternativas o construir excepciones. Los paradigmas de las ciencias naturales, que son fuertes, no permiten articular una gran cantidad de alternativas y excepciones, pues el paradigma puede verse ahogado y debilitado por un cuerpo de explicaciones no paradigmáticas que superen, incluso entierren, al propio paradigma. Por el contrario, en ciencias sociales y humanas, los débiles paradigmas no sólo aceptan excepciones, sino que tal vez su pervivencia dependa de encontrar explicaciones extraparadigmáticas que fortalezcan el propio paradigma, o dicho de otra manera: tienen que encontrar en el exterior del paradigma datos que den soporte al mismo.

Los gobiernos español y catalán articulan dos excepciones diferentes, incompatibles y contradictorias al modelo historicista de nación. Por una parte, desde el gobierno español se considera a Cataluña como parte de la nación española, esto es, que sus características históricas, culturales, lingüísticas, raciales y religiosas están incluidas dentro de la idiosincrasia de lo español. En este caso se superpondrían unos valores formadores de una nación (española) a otra (catalana): un catalán es catalán y, por encima de su catalanidad, es español. España reconocería así los atributos específicos de los catalanes, su diferencia con los del resto de españoles pero, a la vez, añadiría a estos atributos otros, de orden superior, que darían forma a la españolidad, no sólo de los catalanes, sino de todos los españoles.

En la práctica, el gobierno español reconoce valores historicistas propios catalanes, aunque no les otorga valor formador de nación. También acepta la heterogeneidad de la nación española. Esto significaría que la españolidad estaría compuesta por un conjunto de características comunes que definen a los ciudadanos españoles, y que los diferencia de nacionalidades extranjeras; pero, además, también contendría otros caracteres que reflejarían el hecho diferencial regional de cada español. Tanto los atributos españoles como los regionales cumplirían con los requisitos de la nación historicista: únicos, diferenciadores  y estancos frente a influencias externas. Lo español es único y diferenciado respecto a lo, por ejemplo, francés, inglés o ruso; pero también lo catalán es diferente de lo vasco, gallego o extremeño.

Ante el crisol de caracteres regionales diferenciadores, el gobierno español “homogeneiza” la representación de los españoles a través de la visibilización única de los caracteres comunes (los españoles). Así, aunque un catalán posea atributos españoles y catalanes, sólo se verá representada en la estructura etática su “parte española”.

Por el contrario, el gobierno catalán realiza una articulación del paradigma diferente al español. Ellos consideran que la nación catalana está tan aislada de la española como esta última de la francesa. Lo catalán no es de orden inferior a lo español; como poco, está al mismo nivel jerárquico. En el contexto de una Cataluña dentro de España no se produciría esa supeditación de lo español a lo catalán como cree el gobierno español, sino más bien una “fagocitosis”, que es a fin de cuentas, la destrucción sistemática de la identidad catalana por parte de la identidad española. Rechazan que los caracteres identitarios españoles sean compatibles con los catalanes.

Así las cosas, un catalán identificado con ese modelo de nacionalidad, esto es, desprovisto de lo español, verá al gobierno español como algo extraño, extranjero, impuesto a su realidad nacional. Amputado de sus atributos españoles, el catalán no se verá identificado con España. Lógicamente, deseará la independencia, que es el único camino posible para que un gobierno de visibilidad a su representación mental de nación.

El conflicto entre los gobiernos español y catalán es un diálogo de sordos, no porque uno no quiera hablar con el otro, sino porque las articulaciones que realizan al paradigma nacional historicista son inconmensurables, incompatibles. De esta falta de acuerdo no hay que culpar al gobierno español, por supuesta intransigencia ante las reivindicaciones nacionales catalanas. Tampoco al gobierno catalán, presuntamente implicado en un “lavado de cerebro” masivo del pueblo de Cataluña. La razón a este desatino está en que ambos consideran que una nación es un elemento estático, cerrado, perfecto; y que su protección y salvaguarda depende de impedir que elementos extraños la penetren y contaminen. Pero no hay acuerdo sobre dónde empieza la nación española, dónde la catalana; y en qué momento la identidad española comienza a pervertir la catalana.

La historicista es una concepción imperfecta de nación, que se ve sometida a incesantes revisiones y que, hoy por hoy, es fuente de desacuerdos en prácticamente todos los países del orbe. Como comentamos en un anterior artículo, estamos muy lejos de sustituir ese paradigma, por lo que nos quedan no pocos años de conflictos, luchas y enemistades.