Del relativismo a la incertidumbre: certidumbre o libertad

La verdad os hará libres
Juan 8:31-38

Hemos construido, por una parte, un mundo basado en el culto a la búsqueda de la Verdad, como si ese camino que recorremos con más pena que gloria a lo largo de nuestras vidas nos reportara, una vez llegada al destino, una felicidad completa. Por otra parte se ha llegado a relacionar Verdad con libertad, como si el hecho de alcanzar la completa aprehensión de todo aquello que nos rodea nos otorgara una capacidad ilimitada de albedrío en conciencia y acto.

No siempre hemos vivido apegados a la Verdad. Los antiguos, mucho menos arrogantes que los modernos, sabían de los límites del ser humano para alcanzar tan magna meta. Estos colocaban la Verdad en manos de Dios, y solo si este era único y todopoderoso. Porque los dioses politeístas, viciosos e imperfectos, jamás podrían alcanzarla. Existía entonces una Verdad pero, como mucho, esta podía ser revelada a los mortales a través de los oráculos y los libros santos. Que les fuera revelada no significa que fuera comprendida: las vías divinas de publicación de la Verdad eran tan tortuosas y equívocas. Pocas personas (los sacerdotes) habían sido ungidas con el don de la interpretación.

Tras el corto periodo escepticista del Humanismo, Descartes, por una parte, y Newton, por otra, forjaron las herramientas con las que las personas podrían, de una vez por todas, atrapar esa Verdad externa a sus cuerpos y sus mentes: el racionalismo y el método científico. Y al dominarla, utilizarla para construir un mundo, una polis de ciudadanos, cuyas normas de convivencia, usos y costumbres estuvieran invariablemente sometidos al arbitrio de esa Verdad. La no-verdad era un elemento indeseable que había que expulsar, tanto del interior de la sociedad, como del interior de la mente y alma de las personas que la habitaban.

Hay mucho de loable en ese intento de expulsar la no-verdad del espacio de lo humano. Es cierto que las personas podemos vivir en la no-verdad: de hecho, se han forjado grandes imperios, y se han creado fabulosas obras culturales en base a supuestos no-verdaderos. No es menos cierto que, desde que la Humanidad es humana, no ha habido un solo momento histórico y, tal vez, prehistórico, en el que una comunidad haya vivido en la Verdad. No-verdades hay muchas; tantas quizás como mentes humanas. Y algunas de esas no-verdades son incompatibles, incluso antagonistas entre ellas; fuente de discrepancias, querellas, e incluso guerras. Imponer una no-verdad sobre las otras no-verdades implica un acto de violencia, que es la de arrasar, arrebatar la supuesta razón de unos muchos para exigir obediencia plena para con la supuesta razón de otros pocos.

Verdad, a diferencia de las no-verdades, solo hay una. Una construcción política basada en la Verdad ofrecería a los ciudadanos un único camino a seguir, en el que confluirían todas las almas y cuerpos y un único punto de vista, al que todos obedecerían, no ciegamente o por acción de la violencia coercitiva, sino por la convicción de que se está enfrente de lo verdadero, de lo correcto, de lo no-contradictorio y no contradecible.

 

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El hombre controlador del Universo (Fragmento). Diego de Rivera (1886-1957). Fuente: Eclusette

Europa, desde el siglo XVII, se ha edificado desde la asunción de que el racionalismo cartesiano y el método científico ayudarían a la consecución en esa utópica “Cosmópolis”. Ha habido momentos, incluso, en los que se ha considerado que se había alcanzado la aprehensión de esa Verdad, y se ha intentado imponer con las armas, bien de la persuasión, bien de la destrucción. El resultado siempre ha sido ominoso: dictaduras totalitarias, guerras de aniquilamiento, y estados de opresión de la opinión pública con los que jamás soñó tirano antiguo alguno.

Aunque extraordinarias en pos de la búsqueda del progreso, el racionalismo y la ciencia tal vez no sean las herramientas más aptas para la consecución del fin que les fue encomendado en la Modernidad. A pesar de esa capacidad de revolucionar el pensamiento y los modos de vida, así como de ofrecer enormes posibilidades tecnológicas para la mejora de la calidad de vida, nunca podrá alcanzarse esa mítica Verdad a través de los métodos inaugurados por Descartes y Newton. Sin embargo, la sociedad moderna deposita su fe en estos instrumentos, del mismo modo que los antiguos creían en las revelaciones que los dioses transmitían a oráculos y profetas.

El producto que se obtiene a través del racionalismo y la ciencia no es la Verdad, sino la certidumbre, que no es más que una no-verdad investida de Verdad a través de un criterio de autoridad. En las épocas premodernas ese criterio de autoridad recaía en los sabios doctores de la Antigüedad y en los representantes de Dios en la Tierra. En la Modernidad, esta se entregó a los filósofos racionalistas y los científicos. Tanto antiguos como modernos ofrecían a la sociedad una certidumbre, más no una Verdad. Los primeros tenían la humildad de reconocer la debilidad de sus argumentos; humildad que contrasta con la insolencia de los modernos, sin reparos para asignar a sus no-verdades el atributo de Verdad.

Desconozco si la Verdad nos hará libres, como decía San Juan. Pero lo que sí creo es que la certidumbre, esa asunción de que ciertas no-verdades, o verdades incompletas son verdaderas, nos esclaviza. Porque nos exigen aceptar ciertos postulados que, aunque son falsos y contradictorios, las autoridades las imponen como verdaderas. Nos limitan nuestro rango de movimientos, de acción, de pensamiento. Porque si no estamos con ellas, si no pensamos como quieren que pensemos, no es que estamos en contra de ellos (que puede que sea verdad), sino que nos ponemos incluso en oposición a la Verdad no-contradictoria, esa verdad ecuménica que, en teoría, pone de acuerdo a la Humanidad entera y permite la constitución de una polis basada exclusivamente en ella.

Hoy en día abundan los profetas de la certidumbre, de verdades a medias que, aunque bien fundamentadas sobre  principios racionales y científicos, no dejan de ser no-verdades. Nos exigen obediencia a esos principios. Y nos prometen libertad. Sin embargo, todo es una mentira, porque nunca podremos ser libres si renunciamos a nuestras construcciones, racionales o irracionales, científicas o espirituales, del mundo que nos rodea. Nunca seremos libres si cedemos en nuestra errónea visión del mundo para abrazar otra visión del mundo, tan errónea como la nuestra. Eso no significa renunciar al entendimiento, a buscar nexos de unión, a compartir nuestra opinión y visión de las cosas. Eso no significa desafiar a la certidumbre que nos imponen las autoridades. Simplemente, lo que tenemos que hacer es dudar de ella, transformar la certidumbre en incertidumbre y, a pesar de ello, aprender a vivir con ella. Aceptar que ni ellos ni yo tenemos razón. Porque jamás persona alguna logrará alcanzar una certidumbre que, a la vez, sea enteramente verdadera.

 

 

Los culpables de esta crisis (I): El nivel macro

Acostumbro a escribir las entradas de este blog aproximadamente tres meses antes de que se publiquen, lo que me ofrece, por una parte, tiempo suficiente tanto para una revisión tranquila y relajada, como para observar con perspectiva las ideas que, unas semanas antes, aparecieron por mi mente. En este momento medio mundo se encuentra recluido en casa debido a la crisis sanitaria provocada por la pandemia del Covid19. Ojalá que, para cuando estas palabras vean la luz, todos nosotros ya deambulemos libres y desprejuiciados por las calles. Para entonces, algunos de los vaticinios que aquí recojo ya se habrán cumplido, o no. Independientemente de ello, expresan una opinión y un sentir personal en un tiempo y circunstancias concretas, por lo que no hay que juzgarlos en base a su veracidad, sino más bien en su voluntad de verdad.

Una de las reacciones más humanas que surge en momentos como el que vivimos es el de la búsqueda de culpables de la crisis que asola nuestras casas, calles, empresas y hospitales. Y, como no, solemos encontrar a nuestros chivos expiatorios en las figuras de los políticos que tienen que dar la cara día tras día en los medios de comunicación, además de tomar decisiones a veces drásticas e impopulares; pocas exitosas, muchas inefectivas y, todas, desde la incertidumbre. En el mundo en el que nos ha tocado vivir, poseemos unos excelentes sistemas de salud y de control de epidemias. Excelentes pero imperfectos: no podía ser de otro modo. Aunque los sistemas digitales y los algoritmos que cada vez más controlan nuestro día a día se afanen en convencernos de lo contrario, la vida humana no puede reducirse a hechos y acciones que puedan manejarse desde la no-contradicción aristotélica o el racionalismo cartesiano más estricto. Nuestros sistemas no son infalibles. El futuro no se controla a través de modelos complejos de predicción.

Esa parte trágica de la naturaleza de lo humano no es aceptada por la sociedad, la cual exige cabezas cada vez que algo sale mal. Y los políticos lo saben. Y se protegen. Cualquiera que estos días encienda un teléfono móvil o abra una cuenta de redes sociales va a recibir decenas, cientos, miles de mensajes “reenviados” donde bien se critica la gestión del gobierno, bien se achaca al gobierno anterior la incapacidad del sistema sanitario actual de absorber una avalancha masiva y sin precedentes de pacientes infectados con Covid19. Y eso dejando aparte las teorías conspiranoicas, los victimismos de unos, las ansias de heroicidad de los otros, los expertos en todo y en nada, o los “cuñaos” 2.0.

La culpa de la gestión de la crisis del coronavirus se puede repartir a nivel macro, meso y micro. Según cual sea el momento y las necesidades emocionales del sujeto en cuestión, este podrá echar mano de alguna de estas figuras para descargar la tensión que le supone el estar encerrado sine die en casa, haber perdido el empleo, o no tener noticias de algún allegado que ha sido ingresado en la UCI de un hospital colapsado. Y si el cuitado no posee imaginación suficiente como para tejer por su cuenta un hilo argumental que apoye ese sentimiento, solo tiene que encender la pantalla del ordenador para encontrar cientos de ejemplos y alternativas.

Los macroculpables imaginarios de la crisis del Covid19 son las naciones y grandes corporaciones industriales que, con la expansión del virus, buscan algún funesto beneficio. Así, hay quien cree que el coronavirus se gestó en algún laboratorio chino, con la complicidad de Corea del Sur, para acabar con la estirpe blanca occidental y, así, convertirse en dueños y señores del mundo. O que cierto magnate de la informática financió la gestación de esta pandemia para luego lucrarse con la venta de las vacunas que alguna de sus filiales farmacológicas ya habría sintetizado. La culpabilidad a nivel macro suele adolecer de tufo a telefilm de serie B: unos señores oscuros y poderosos, con capacidad de predecir y controlar el futuro, lanzan un virus mortal a través del cual conquistar el mundo. Sin embargo, la historia del coronavirus es tan insulsa y aburrida como la de cualquier vulgar virus de la gripe: pertenece a una familia de virus con alto potencial mutagénico. Entre las millones o miles de millones de posibilidades de mutación, una lo convierte en un potencial agente patógeno muy infectivo para la especie humana. Solo hace falta que el vector animal que contiene ese virus mutado entre en contacto con una persona para que este se disemine a lo largo y ancho del mundo. Sucede así, todos los años con el virus de la gripe y del catarro. Y este año, también le ha tocado el turno a un coronavirus. Se dice que el virus estaba en un pangolín, en un murciélago… Quién lo sabe. Tal vez sea imposible localizar el origen de la pandemia, y todas esas especulaciones alimentan la mítica y mística entorno al coronavirus.

A nivel macro hay dos grandes responsables en esta crisis: China y la OMS. El gigante asiático se ha visto desbordado por un problema que, primero ignoró, segundo silenció y tercero manipuló. El gobierno chino nunca sabrá realmente cuántas víctimas se ha llevado por delante el Covid19 en Wuhan y otras zonas del país. Pero, probablemente, maneja unas cifras de infectados y fallecidos que para nada tienen que ver con esas irrisorias estadísticas que ha publicado oficialmente (y que nadie se atreve a contestar). La censura a la que nos tiene acostumbrada esa tiranía ha permitido que no se conozca la realidad. Solo sabemos de China lo que el gobierno chino quiere que sepamos de ella. Tan solo hemos recibido la propaganda manipulada con la que China ha tratado de demostrar al mundo su capacidad a la hora de luchar contra el virus. La OMS tendría que haber sido más valiente en sus denuncias contra las autoridades chinas, y haber elevado el número de víctimas por Covid19 en ese país multiplicándolo por un factor logarítmico de 3.

A la vez que se lucha contra la enfermedad, en los gabinetes políticos de todo el mundo se está gestando una batalla geopolítica sin precedentes por silenciar las víctimas y mostrar al público una gestión sanitaria sin error ni mácula. Quien quede en lo más alto del pedestal contará con más medios y recursos financieros que aquellos que, aunque tal vez con menos víctimas y mejor sanidad, hayan sido demasiado transparentes en la comunicación de este desastre. No solo se está jugando ahora mismo la batalla por la vida presente de los enfermos, sino la vida futura de sociedades que ya han visto mermados sus recursos económicos y tienen que posicionarse en la línea de salida de una carrera por la recuperación donde decenas, sino cientos, de participantes se van a dar de codazos para ser los primeros en llegar a la meta.

Los Beatles y la episteme

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Paul, George y Jon. Fuente: Beeld en Geluidwiki

¿Son The Beatles la mejor banda de música popular de la Historia? Han pasado décadas desde la disolución del grupo de Liverpool y todavía resuenan en las cabezas del siglo XXI las canciones que compusieron e interpretaron. Todo el mundo conoce a The Beatles y, aunque pueden causar amores u odios, nadie niega la calidad de su música y el impacto que esta, no solo en la generación en la que permanecieron en activo, sino también en las posteriores.

Tal vez sea verdad que The Beatles sea el mejor grupo de música popular de la Historia. Tal vez no, pero si tenemos la impresión de que estos se sitúan en lo alto de la pirámide de la música popular contemporánea, junto con otros pocos más grupos (estos generalmente más discutibles, como pueden ser los Rolling Stones, Pink Floyd o Queen), esto es porque la música popular contemporánea se mide, se clasifica y se juzga en función de la música de The Beatles. Y me explicaré.

En los años sesenta no había una cantidad ingente de grupos musicales, como sucede hoy en día. La producción de un disco era costosa, y los escasos sellos discográficos editaban un número reducido de LPs al año. La variedad musical era escasa, por lo que todo el mundo escuchaba, bien en su aparato de alta fidelidad (los más afortunados), bien a través de la radio (el común de los mortales), los mismos grupos musicales y las mismas canciones. Y The Beatles apareció justo en ese momento donde la industria musical empezaba a dar sus primeros pasos.

Si The Beatles tuvo éxito, no lo fue por la ingente labor de marketing y propaganda que se llevó a cabo desde el sello Parlophone,  el productor de los primeros discos de este grupo, sino porque las canciones que esos LPs guardaban poseían un algo de genialidad que las convirtió en únicas e inigualables para la época. Todo el mundo escuchaba a The Beatles. Todo el mundo tarareaba sus canciones. Todo el mundo se mataba por obtener una entrada para acudir a uno de sus conciertos.

Y así, las canciones de The Beatles crearon, o formaron parte, de un marco epistémico de relaciones  hasta entonces desconocido, que daba soporte y dibujaba los límites de un nuevo mundo cultural que se abría, por lo menos, en Europa y EEUU: el de la música de consumo. Aunque puedan no gustarnos sus canciones, estas marcan las referencias de lo que es música de calidad y música miserable. Y. así, toda canción que escuchemos, ya no en los discos de 33 RPM, sino en nuestros dispositivos mp3 o aplicaciones de internet, la juzgaremos según un conjunto de reglas y relaciones que, impuesto por la sociedad donde vivimos, ha sido, en parte, elaborado siguiendo los ritmos y melodías de los geniales músicos de Liverpool.

Si The Beatles hubiera surgido en los años setenta, su estela de popularidad no habría sido tan amplia. Mucho menos en el siglo XXI donde, al contrario de los años 60, hay una oferta musical tan amplia, que lo difícil es elegir qué canción se va a escuchar en spotify o youtube. Tal vez haya hoy en día decenas de grupos tan grandes o mejores que The Beatles, pero las circunstancias son diferentes. Ahora es más fácil hacerse oír y publicar y disco, pero es imposible que todo el mundo escuche tu canción, y muchas veces. La capacidad de influir en el marco de conocimiento de la música de consumo se ve limitada por el exceso de oferta.

Extraordinarios o no tanto, lo más importante de The Beatles no ha sido la calidad de sus canciones, sino el momento en el aparecieron. Se han convertido, aunque inadvertidamente, en el patrón oro de la música de consumo. Si nos parecen que son la mejor banda de la Historia, no lo es porque en realidad lo sean; sino porque estamos juzgando la música contemporánea en base a sus “A hard day’s night”, “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” o “Abbey Road”. Lo que es bueno hoy, recuerda a los “The Beatles” de ayer.

Recursos culturales y madurez social

Hay un término que se utiliza de modo bastante corriente en la jerga popular, y es el de la “madurez” de una sociedad. Lo utilizó Jose María Aznar tras los resultados de las elecciones al parlamento vasco de 2001, atribuyendo a los vascos una “falta de madurez” para el cambio. Otros nacionalistas, como pueden ser los vascos o catalanes, también gustan de alardear acerca de la madurez de “sus” sociedades a la hora de poner en valor algunos éxitos sociales, económicos, culturales de sus comunidades autónomas. O, simplemente, utilizan la madurez como elemento de comparación frente a otra sociedad que ellos consideren inmadura.

Sin embargo, la madurez de una sociedad no puede ser medida. De hecho, se trata de un concepto indefinible, complejo, en el que intervienen múltiples factores multivariantes e interrelacionados. Si alguien define la madurez de una sociedad, es a riesgo de manipular los criterios de la definición para, posiblemente, obtener un resultado que ya había sido planteado a priori. La articulación y medición de la madurez social nos situan enfrente del mismo problema que el de los modelos complejos: la madurez social cuenta con elementos conocidos y medibles (o transformables en números), conocidos y no medibles (que no pueden ser trasladados a una fórmula matemática), conocidos e ignorados (que se rechazan por alterar, bien nuestra definición, bien el resultado deseado de nuestro cálculo), desconocidos y, finalmente, también con elementos impredecibles.

Un claro ejemplo de supuesta madurez social la encontramos en los países escandinavos. los diferentes modelos de construcción social encuentran aquí un lecho inmejorable de desarrollo, hasta el punto de que, naciones tan dispares como Noruega o Finlandia obtengan las notas más altas en los rankings de desarrollo, bienestar y felicidad. Tal vez incluso se podría ampliar la órbita escandinava a otros países que, aunque geográfica e históricamente están más distantes, presentan ciertas similitudes en el funcionamiento de estas sociedades, como lo pueden ser Holanda y Suiza.

Sin embargo, eso de que, por ejemplo, la sociedad noruega es más madura que la española, eso es absolutamente falso. Porque las variables que se utilizan están viciadas y sesgadas de entrada, además que se trata de una conclusión obtenida a partir de un análisis ad hoc. Pero, sobre todo, este resultado precisa de la omisión de otros criterios que, aunque influyen en la medición de la madurez social, su inclusión complicarían la medición y desvirtuarían los resultados que, de antemano, se desean conseguir.

En primer lugar cabe definir qué es un recurso cultural: un fragmento o unidad de cultura entendida como “repertorio total de pautas de comportamiento –técnicas materiales y también espirituales (magia, culto, etc.), mores o usos, interpretaciones de la realidad- de que dispone una comunidad, por transmisión a cada uno de sus miembros” (Jose Luís Aranguren). El recurso cultural es incompatible con la identidad cultural. La razón de existir del primero es su utilidad, uso y divulgación de mano de todas aquellas personas que, independientemente de su origen, raza o religión, desean hacer uso de ese recurso cultural. El recurso cultural no se protege; no pertenece a un grupo limitado de individuos cuya razón de ser y existir depende de la supervivencia de ese hecho cultural, como así sucede cuando se habla de identidad cultural. Es ciertos que existen recursos culturales extendidos: fragmentos de cultura que utiliza una parte considerable de una comunidad de personas. Por ejemplo, el castellano y el euskera serían recursos culturales extendidos en el País Vasco. Los vascos no poseerían el castellano o el euskera, no sería una propiedad o un vínculo sin el cual la existencia de esa comunidad se vería amenazada: se tratan de recursos culturales que los vascos utilizan, en este caso, para comunicarse. A pesar de la existencia de estos recursos culturales extendidos, cada persona crea su propio “composite” de recursos culturales, de modo que la sociedad se comportaría como un “metacomposite” de recursos culturales, sumatorio de todas las complejas interrelaciones culturales humanas que se producen en su seno.

A partir de ahí, y tomando la referencia (discutible) sobre la que Max Weber excribió su “Ética Protestante” , podríamos considerar que Noruega atesora un metacomposite de recursos culturales diferentes al de España. Y entre las diferencias se encuentra, por ejemplo, el recurso cultural extendido de la religión luterana. Hay dos diferencias importantísimas entre los credos católico y luterano. La primera es la diferencia en la concepción del éxito y el emprendimiento. Mientras que el catolicismo se centra en la misericordia hacia el pobre, en el luteranismo y, más aún en el calvinismo y puritanismo, se ha desarrollado una fe en el éxito económico como buen signo de “predestinación” divina.

Por otra parte, Max Weber diferencia entre la ética católica y la protestante. La primera se basa en el intentio, en el valor de cada acción: cada persona acumularía acciones buenas y acciones malas, las cuales computarían sobre su destino después de la muerte. La ética protestante, sin embargo, es más metódica, más sistematizada. No tendrá ya ninguna utilidad el saldo expiatorio católico, mediante el cual los pecados pueden “limpiarse” con buenas acciones; “porque los efectos de la gracia, la ascensión del hombre del status naturae al status gratiae, solo podían lograrse mediante una transformación del sentido de la vida en cada hora y en cada acción”.

Estas dos condiciones (apología del éxito empresarial y el character indelebelis de los buenos ciudadanos) son vitales para un paso más allá en la comprensión de la organización del control social. Byung-Chul Han diferencia las sociedades de la obediencia, controladas tanto por leyes externas como por jueces; y sociedades del rendimiento, en las que cada persona interioriza la ley y la satisface sin necesidad de un juez vigilante. España tendería a ser más una sociedad de la obediencia, y Noruega, una sociedad del rendimiento, sin que ni una ni otra se puedan considerar como sociedades puras de la obediencia o del rendimiento.

Tal vez pueda parecer que una sociedad del rendimiento sea más avanzada o madura que una del deber. Falso. Al fin y al cabo, lo que esconden una y otra detrás de esos mecanismos de control social, algunos de ellos muy sutiles y tremendamente eficaces, es una violencia, brutal y deshumanizadora, que somete al productor (en Noruega y España serían los inmigrantes, los marginados y, como vivimos en una sociedad global, también el Tercer Mundo) , empodera al acaparador (no solo los empresarios y banqueros, tú y yo también seríamos los acaparadores de una sociedad global) y ampara la distribución desigual del excedente, a favor de los últimos, y a costa de los primeros.

Por lo tanto, habría que utilizar el concepto de “madurez social” para realizar comparaciones entre diferentes comunidades humanas. Primero, porque según cómo se defina, se obtendrán unos u otros resultados. Segundo, porque las comunidades no son propietarias de unos contenidos culturales únicos e intransferibles, que no puedan ser extendidos y compartidos por otras comunidades. Y, tercero, porque más allá de la supuesta “madurez social”, existe unas estructuras de control que afectan a todas las sociedades y limitan la capacidad de pensar y actuar de todos sus miembros.

Globalización y nacionalismo

Ciertamente, los Estados-nación están en crisis. El concepto de soberanía nacional, que fue implantado en Europa cuando todavía resonaban los ecos de las últimas batallas de la Guerra de los Treinta Años, pierde vigencia en el mundo contemporáneo. Sin embargo, la construcción social basada en Estados-nación se trata de un paradigma que ha sobrevivido a múltiples crisis, ante las cuales ha sabido articularse y redefinirse para no perder así transcendencia. Y el momento actual no es una excepción.

Tal vez la mayor crisis vivida por este paradigma se produjo durante las revoluciones de los siglos XVIII y XIX. El Estado-nación clásico había sido diseñado ideológicamente en base a un solo soberano. Los monarcas europeos absolutos (con la única excepción de la monarquía parlamentaria británica) condensaban en su figura el poder soberano sobre un territorio demarcado geográficamente por unas fronteras, en aquella época bastante dudosas y muy lábiles. Previamente, antes del Tratado de Westfalia, en 1648, este poder estaba repartido en tres niveles: uno subnacional, en manos de una aristocracia todavía feudal; otro nacional, encarnado por el rey; y un último supra o transnacional, que era ejercido por el Papa de Roma. Los cambios socioeconómicos producidos en los últimas décadas, gracias a los descubrimientos geográficos; y el establecimiento de la Reforma de Lutero en varios estados del centro de Europa produjeron una profunda crisis en este sistema feudal, el cual fue sustituido, tal vez no sin muchos temores y dudas, por el del Estado-nación.

Durante las décadas que sucedieron a la Paz de Westfalia se fueron desarrollando argumentos intelectuales que apoyaban y fundamentaban ideológicamente esa transformación de la política europea. Así surgió el historicismo primitivo, basado en el análisis de la cultura del Estado-nación como un hecho único, exclusivo e irrepetible, solo reproducible dentro de las fronteras de dicho Estado-nación, y por las gentes autóctonas que, genética o racialmente, están destinadas a desarrollarlo. El historicismo cultural de Giambattista Vico o Johann Gottfried Herder ayudó a establecer, no solo unas fronteras políticas “naturales”, sino también a crear unos vínculos de unidad entre los súbditos que cumplían con las exigencias étnicas y culturales impuestas por estos protohistoricistas.

La caída de los monarcas absolutos podría haber acabado también con los Estados-nación. Porque durante las revoluciones liberales de los siglos XVIII y XIX desaparecen paulatinamente esas figuras absolutas que encarnaban el soberano del Estado-nación. Tras ellos, el soberano se fragmenta en cientos de miles, si no millones, de pedazos que son repartidos entre los ciudadanos de esas nuevas sociedades que empezaban a bostezar. Un modelo político como es el del Estado-nación, cimentado a hierro y fuego sobre las monarquías absolutas (un solo estado, un solo soberano) no tenía razón de ser en un nuevo modelo de soberanía compartida.

Sin embargo, tras el fracaso del ecumenismo ilustrado que forjó la Revolución Francesa y su primera constitución, ese protohistoricismo cultural que había sido desarrollado para sostener ideológicamente a los monarcas absolutos, fue reinterpretado con éxito en clave política por las facciones más conservadoras, no por ello menos modernas, de las Luces. Y fue así como nació el nacionalismo político, cuyos mimbres fundacionales son exactamente los mismos que los del historicismo cultural: unidad territorial “natural”, diferenciación étnica, mitificación de unos recursos culturales propios e intransferibles.  Para ello no dudo en manipular la historia para crear un modelo estandarizado de ciudadano-soberano, frente al cual todas las personas de una supuesta nación, bien se sentían identificadas, bien estaban obligadas a modificar su identidad para aproximarse a esa imagen. Aunque los criterios de homogeneización eran mucho más amplios, tal vez, por evidentes, hubo tres sobre los que se forjó el nuevo espíritu nacional: raza, lengua y religión. De este modo, el nacionalismo logró mantener la unidad del Estado-nación en un momento en el que se disgregaba el soberano. De estos tres, por lo menos en Europa, aún todavía el criterio de la lengua sobrevive como elemento fundador y segregador de naciones. El criterio racial se ha eliminado (oficialmente) por haberse convertido en tabú, y el religioso aún impera en ciertas regiones (Irlanda del Norte, Balcanes).

Tras la caída del muro de Berlín y el advenimiento (según la ideología neoliberal) del final de la historia, se inició un proceso político globalizador en el planeta. Las fronteras, hasta entonces herméticas y casi impenetrables, se transformaron en inoperantes aduanas que podían ser atravesadas, apenas sin trabas, por mercancías, capital y seres humanos. El paradigma del Estado-nación volvía a tambalearse: si en el siglo XIX sufrió la amenaza de la fragmentación del soberano, en el XXI se enfrentaba a una unificación transnacional de las economías, las políticas, las culturas y, hasta cierto punto, también las sociedades. La globalización, al transformar las fronteras en un elemento caduco, mostraba la debilidad de la idea de ese Estado-nación sobre el que se dibujaba el mapa político del planeta.

Globalización y nacionalismo se podrían considerar términos excluyentes. Pero eso solo sucede en la teoría. Porque, cuando ambos conceptos se aplican a la realidad política y social actual, no solo son capaces de convivir, sino que, además el primero potencia al segundo, y viceversa. La globalización naif de finales del siglo XX y principios de XXI ha sido sustituida por una supuestamente todorracionalista eliminación fragmentaria de bordes fronterizos. A pesar de su clamorosa asociación con el capitalismo más salvaje, la globalización primigenia abarcaba, no solo una libre circulación de bienes y capital, sino además, una normalización de las leyes, una apertura de fronteras a trabajadores extranjeros, un enrequicimiento cultural a partir de la comunión de múltiples recursos culturales sitos en diferentes países. La globalización iba a beneficiar a ricos y pobres, pues abría a todos ellos más oportunidades para medrar, enriquecerse y desarrollarse. Sin embargo, lo que nació como una globalización “global” pasó a transformarse en una globalización “parcial”, donde la única libertad de movimientos quedaba restringida a los bienes y capital. De este modo, la globalización solo beneficia a las élites: a aquellos que poseen más capital, más conocimientos o están más preparados para competir. Las clases altas y medias-altas prosperan. La clase media empobrece. La clase baja debe competir por las migajas de las ayudas sociales con unos inmigrantes, legales o ilegales, que malviven en peores condiciones. La confianza en la globalización neoliberal y elitista se resquebraja en el seno de una sociedad que, sin embargo, ya se ha convertido en dependiente de sus productos (teléfonos móviles inteligentes, monopolios de venta on-line, redes sociales…). El sistema está en crisis, y la globalización necesita de un buffer que sea capaz de neutralizar el malestar de las masas abandonadas y encolerizadas. Y ahí entra en juego el nacionalismo.

El político nacionalista arengará contra la globalización, acusándola de elitista. Pero a su vez, se dirigirá únicamente hacia un grupo de ciudadanos a los que ese político nacionalista atribuirá una supremacía moral, étnica, cultural… frente a una vasta plebe de rufianes y ladrones, cuyo únicos objetivos son tanto crear sensación de inseguridad en el ciudadano medio como destruir la nación que las buenas gentes tanto aman. El nacionalismo ofrece aquello que la globalización niega a las masas: sentimiento de superioridad. Gracias a ese sentimiento, las masas, no solo dormirán tranquilas, satisfechas por haber nacido en lugar concreto, hablar cierta lengua, o adorar a cierto dios, sino que esa satisfacción anestesiará los sentimientos contrarios a la globalización neoliberal. La élite global se unirá así a la élite nacional en contra de sus enemigos comunes: los metecos, los desposeídos, los marginados.

Ciertamente, los Estados-nación están en crisis. Pero la nueva articulación de este paradigma, a través del cual la ideología nacionalista se centra en alimentar un sentimiento de elitismo y superioridad, no solo le salva, sino que, al ir de la mano del poder económico y político reinante, que es el globalismo neoliberal, el nacionalismo se vigoriza, gana adeptos, pero, a la vez también, desgraciadamente, rompe comunidades antaño conciliadas. La globalización azuza el identarismo tribal y, con ello, desplaza el malestar de las gentes más humildes, que ya no odiarán a Uber, Amazon o Tik Tok, sino al español que vive en Cataluña, al magrebí que trabaja de jornalero en El Éjido, o al profesor donostiarra al que más pronto que tarde desterrarán de su ciudad por no hablar correctamente euskera.

La reinterpretación y recontextualización freudiana del mito de Edipo

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Edipo y Antígona. Charles Jalabert (1819-1901)

El mito de Edipo se basa en la obra “Edipo rey”, una tragedia escrita por Sófocles hacia el 430 a.C. En ella se narra las desventuras de un gran personaje, Edipo que, aunque lucha contra los designios de los dioses y los vaticinios de los oráculos, acabará sometido por la voluntad de los mismos.

Hijo de Layo y Yocasta, reyes de Tebas, fue entregado apenas recién nacido a un pastor para que lo abandonara en el monte Citerón. El pastor, sin embargo, se apiadó de él. Edipo acaba así en manos de Pólibo, el rey de Corinto, y su mujer Mérope, los cuales, incapaces de tener hijos, acogen a Edipo como miembro de su progenie.

Edipo crece y se convierte en un hombre ignorante de sus orígenes y de su destino. Hasta que un oráculo le augura que matará a su padre y acabará en la cama con su madre. Aterrado, huye de Corinto, con el fin de alejarse lo más posible de Pólibo y Mérope, a quienes considera sus progenitores naturales.

En un cruce de caminos Edipo se encuentra con un cortejo militar extranjero. Uno de los miembros trata de echarle del camino y, entonces, se produce una trifulca de trágico desenlace, pues allí muere accidentalmente un noble que viajaba en carro. Edipo desconoce aún que ese noble muerto se trata de Layo, su padre. Tras el altercado proseguirá su huida lejos de Corinto.

El destino lleva a Edipo hasta Tebas, ciudad arrasada por la maldición de la Esfinge, quien no abandonaría su ominosa tarea destructora hasta que un mortal sea capaz de resolver su enigma. Muchos son los que fallecieron tratando de acertarlo. Pero no Edipo. Este dio con la solución, se deshizo de la Esfinge y liberó al pueblo cadmeo de todos sus males. Como recompensa, coronaron a Edipo como rey de Tebas y le casaron con Yocasta, con la que tuvo varios hijos, sin saber ninguno de los dos de la relación incestuosa que estaban manteniendo.

Hasta el desenlace final de “Edipo rey” nadie, salvo los dioses, conocen el verdadero origen de Edipo. Es más: Yocasta cree que la maldición que le revelaron los oráculos al nacer su hijo había sido espantada tras la supuesta muerte del mismo en el monte Citerón. Y Edipo, lejos de quienes cree que son sus progenitores, se siente a salvo de las burlas de los dioses.

 

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Sigmund Freud

Sigmund Freud recuperará este pasaje de la inmortal tragedia de Sófocles para explicar un supuesto conflicto psicológico infantil que ha venido a denominarse “síndrome de Edipo”, a través del cual el niño, apegado a su madre, desearía la desaparición de su progenitor para así conquistar y monopolizar el amor materno. Se trataría, según el psicoanálisis, de un proceso natural y fisiológico pero que, de no resolverse, podría comprometer seriamente la maduración emocional del niño.

El tabú del incesto existe antes de Freud y de Sófocles. Comunidades humanas lejanas entre sí en el tiempo y en el espacio geográfico han ritualizado la prohibición de la unión carnal de los padres con los hijos. Más allá de razones éticas y morales, tal vez fundadas a posteriori del tabú, existen razones técnicas, biológicas, genéticas que aconsejan evitar este tipo de enlace. Sófocles, sin embargo, no intenta explicar el tabú: lo asume como un hecho lógico que cualquier persona sensata y cabal, como por ejemplo Edipo o su madre Yocasta, no solo rechazaría, sino que sentiría repulsión por tan solo  con planteárselo. Ni Edipo ni Yocasta desean el incesto. Ni siquiera lo imaginan como posible. Son los dioses, a través de sus triquiñuelas, quienes tratan de romper (y, en efecto, lo logran) ese tabú.

No hay celos ni odio hacia el padre que le lleven a Edipo a cometer el parricidio. Edipo es culpable ante los dioses de haber matado a su padre, a pesar de que no hubo intencionalidad en su acción. Más aún, hoy en día cualquier juez exoneraría a Edipo de cualquier pena por homicidio o asesinato, pues consideraría probado que Edipo actuó en defensa propia. Lo que aquí pone en juego Sófocles no es una relación padre-hijo perversa, sino la idea de culpabilidad pasiva, inconsciente, casi de pecado original; una culpa que tiene que cargar a sus espaldas el rey de Tebas. Tampoco hay intención consciente o inconsciente de romper el tabú del incesto entre Edipo y Yocasta. Ambos son meros juguetes del destino, míseros humanos sin poder para cambiar la voluntad divina.

No es posible reconocer el mito de Edipo freudiano en esta obra de Sófocles. Queda lejos el héroe griego que cae presa del engaño de los dioses, de ese Edipo creado por Freud, el cual siente una atracción sexual hacia su progenitora y, al mismo tiempo, celos contra el padre-hombre-amante. Pero Sigmund Freud no ocultó en ningún momento esta discrepancia en su obra “Interpretación de los sueños”. Tomó el texto del trágico griego y le ofreció una nueva interpretación, un nuevo contexto: adaptó “lo que Sófocles quería decir” a aquello que “Freud necesitaba explicar”. Hoy en día el Edipo freudiano ha eclipsado al griego en la cultura popular: pocos conocen la conmovedora historia del rey de Tebas que, incapaz de vencer a leyes que están por encima de los mortales, acaba convertido en el ser más abyecto, más triste, más desconsolado. En su lugar emerge la figura de un personaje que, según Freud, late en el inconsciente de todos y cada uno de los hombres de este planeta y que, de permitirle aflorar en el consciente, sería capaz de matar al padre para “casarse” con la madre.

Todos aquellos que utilizamos una cita para explicar o justificar una idea o una opinión, estamos, como Sigmund Freud, alterando el valor y el espíritu que el autor original quiso plasmar con esas palabras. Nos apropiamos del texto previo y lo desfiguramos a la medida del nuestro. No es una fatalidad, ni una crítica. Es un hecho inevitable que deberíamos asumir cuando hacemos uso de ese recurso y deberemos tenerlo en cuenta cuando citemos a alguien o leamos un texto cuya argumentación se justifique en las palabras de los otros. Durante el paréntesis Gutenberg hemos entregado al texto impreso unos valores que tal vez eran más míticos que reales: aquello que leemos en las páginas de un libro no es solo la expresión fija y estable de lo que un autor quería decir, sino también una puerta abierta a tantas reinterpretaciones y recontextualizaciones como lectores disponga el texto.

Sigmund Freud no solo nos ha impuesto un modelo de Edipo diferente del original. Además, ha influido en la interpretación que, durante generaciones, se ha realizado de ciertos comportamientos infantiles. Los niños, ricos en anécdotas y situaciones, muchas veces incomprensibles para los adultos, son reducidos a máquinas intelectuales con comportamientos predefinidos por la teoría del psicoanálisis. Aquellos comportamientos no explicados por el psicoanálisis y otras teorías pasan por meras extravagancias del momento sin importancia en el desarrollo futuro. Sin embargo, aquellas otras que tienen encaje en algún modelo descrito por los psicólogos, toman especial relevancia, se tienen en cuenta en el aspecto psicoeducativo e, incluso, pueden llegarse a tomar decisiones que sí van a alterar el desarrollo posterior del niño. Así, no es que el complejo de Edipo descrito por Freud tenga mayor o menor relevancia en la formación de la psique infantil, sino que la verdadera influencia sobre el niño viene de las reacciones  de unos adultos (padres, cuidadores, psicólogos) que dan poca, mucha o demasiada importancia a que el niño diga “de mayor me quiero casar con mamá” o que, en sus conversaciones, eludan mencionar la existencia de un padre, en muchas ocasiones, ausente durante la maduración psicoemotiva.

En resumen, creo que más valdría recuperar al Edipo original, a ese héroe griego que lucha hasta la última llama de esperanza contra un destino ineludible, escrito a fuego por la mano de dioses soberbios; y no seguir perseverando en la difusión de una genial caricatura que un día el excelso psiquiatra austriaco bosquejó en su “Interpretación de los sueños”.

 

Estrategia, plan, acción: desconfinamiento de niños y renta básica universal

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Bien. Aplausos. Ahora dejémosnos de tweets, slóganes y obviedades.

Está claro que vivimos una situación de emergencia social donde hay mucha gente, cientos de miles, si no millones, que se encuentran en el abismo de la pobreza. No hay duda de que el Estado, que somos a fin de cuentas todos nosotros, tiene que ayudarles en la medida que se pueda. Pero todo no vale para argumentar y justificar todo.

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Un problema puede tener varias soluciones. En sistemas complejos, como es el caso de la política, se debe decidir por qué salida optar en un ambiente de incertidumbre. La línea roja indica cuál es la estrategia a tomar, esto es, el objetivo de la acción política. En el momento de la decisión no es posible conocer si la salida elegida es la más conveniente.

En primer lugar: Estrategia. Visión a largo plazo. Dónde estamos y a dónde queremos ir. Objetivos razonables, realistas, cercanos a las circunstancias que se viven. Esa es la labor del político: navegar en la incertidumbre, sobre datos incompletos y contradictorios. Este Gobierno carece de una estrategia: modifica su rumbo dia a día, hora a hora, ministerio a ministerio. Por ejemplo, una renta básica universal, un salario social, o una renta anual garantizada pueden ser buenas medidas, pero solo si están dentro de una estrategia única, bien diseñada y, sobre todo, bien dirigida. Y, visto que en un tema más sencillo como lo es la organización de una estrategia de desconfinamiento limitado de niños, bien no hay estrategia, bien hay muchos vicepresidentes y ministros que la desconocen o la ignoran.

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Una vez decidida la estrategia, hay que organizar una táctica que afronte los obstáculos con los que se va a encontrar la acción política a la hora de alcanzar los objetivos. De todas las acciones posibles existentes, hay que elegir aquellas que se alineen con el objetivo. Así, en este caso, hay tres tácticas exitosas que nos llevarán a la salida elegida (la número uno): 1a-2a-3a, 1a-2a-3b, 1a-2b-3b. El resto de acciones, aunque bienintencionadas e, incluso, útiles en otras circunstancias, no pueden ser tomadas en cuenta, so pena de fracasar en el proyecto político.

 

En segundo lugar: Planificación. Visión a medio plazo. Desarrollar los cimientos que sostengan la estrategia. Trabajo de tecnócratas. Esto es: que las medidas, acciones y leyes se encaminen inequívocamente hacia el objetivo fijado por la estrategia. Por ejemplo, una renta básica universal, un salario social, o una renta anual garantizada serán buenas propuestas si están alineadas con la estrategia, con el objetivo. Si, por el contrario forma parte de un paquete de medidas propagandistas, que no tienen absolutamente ningún vínculo entre sí, por muy buena intención que se haya puesto en ella, fracasará. El gobierno va anunciando medidas sin ton ni son, sin una mínima coherencia interna, como pollo sin cabeza: es cierto que alguna vez el pollo sin cabeza alcanza su meta, que es el puchero. Pero eso es excepcional.

Por último: acción. Hay decenas de ejemplos pasados de medidas aprobadas por gobiernos de todos los colores que acabaron en el más absoluto fiasco: el cheque-bebé, plan E… Ahora mismo el Gobierno ha emprendido tres proyectos que tienen una vertiente más electoral y de autobombo que de verdadero desarrollo social: las ayudas de las empleadas del hogar (solo 1/3 de ellas pueden beneficiarse de las ayudas), ICO para PYMEs (El Estado solo avala una parte del crédito y se lleva el 50% de los intereses, lo que frena la aprobación de los creditos por parte de los bancos) y las ayudas para el alquiler (muy difíciles de conseguir, si no imposibles). Si la renta básica universal, el salario social o la renta anual garantizada que propone el Gobierno va por la misma senda, acabará en el baúl de los fracasos. Y lo que es peor, obstaculizará la puesta en marcha de otras medidas que, más o menos ambiciosas, pero sí alineadas con una estrategia y planificación claras, podrían mejorar la situación extrema que muchas personas viven en este país.

No todo vale. No todo puede justificarse con un discurso bienintencionado. Es tiempo de políticos. Y no solo de políticos en el Gobierno. También hace falta políticos en la Oposición

Crisis y decadencia

Hay quien utiliza indistintamente los términos crisis y decadencia para expresar una situación de malestar, de inestabilidad o de sensación de empeoramiento de las condiciones de vida en una sociedad. Sin embargo, no son lo mismo. Contienen una serie de conceptos previos de tal magnitud que aquel quien emplee cualquiera de estas dos palabras, tendría que hacer un esfuerzo en argumentarlas.

Para que se produzca una crisis, la sociedad debe de estar en un punto álgido (económico, cultural, científico, moral…), esto es, que haya alcanzado una cota de perfección jamás lograda. Es a partir de ese cénit que, por causas de carácter violento (una crisis económica, un desastre ecológico, una guerra…), la sociedad sufre un agudo retroceso en sus condiciones de vida. “Agudo” por dos razones: primera, porque la crisis suele ser intensa o, por lo menos, debe ser vivida intensamente. Segunda, porque cuando se habla de crisis, siempre se vislumbra una salida, una posibilidad de retorno a los niveles de satisfacción anteriores al detonante violento. A pesar del pesimismo que suele embargar los corazones de los ciudadanos, hablar de crisis también implica que, de un modo más o menos preclaro, se pueden anticipar cuáles serán los remedios que solventarán esa situación.

En la decadencia, por el contrario, se observa un estado crónico de deterioro de la sociedad. El cénit de la misma no se sitúa en el presente, o en un punto del pasado cercano a él, sino en una supuesta “Edad de Oro” de la que puede que ya no quede vivo protagonista alguno. Si en la crisis hay esperanza por un retorno, en la decadencia no se augura más que el fin mismo de la sociedad, su extinción del movimiento histórico de la Humanidad, y su transformación en un simple yacimiento arqueológico. No hay salida en la decadencia, porque la decadencia es a la sociedad lo que la ancianidad es a la vida: un proceso orgánico de declive físico y psíquico irreversible.

Crisis y decadencia son dos modos diferentes de interpretar una situación de fragilidad. Y de esta explicación, más o menos anclada en la realidad, pero siempre con un alto contenido de subjetividad, se puede saber más del autor del comentario que de la misma sociedad que el autor está tratando de analizar. Porque quien habla de crisis lo hace desde el “mejor de los mundos posible”, que para él se ubica en la cercanía del momento presente. No existen en el pasado referencias de forma de vida mejores que las más contemporáneas. El proceso de construcción social es positivo: tiende indefectiblemente a mejorar, aunque siempre existan vaivenes temporales que son los que definen las crisis. Sin un arquetipo, un modelo ideal de sociedad que sirva de referencia universal, siempre considerará el actual como el mejor; pero no porque así lo sea, sino porque los sistemas de clasificación y gradación de las sociedades históricas han sido diseñados según unos criterios que consideran más importantes y valiosos los logros del momento presente. Todo cambio se ve como un avance, cuando algunos de ellos son simplemente reubicaciones, o incluso deterioros, de derechos sociales. Cuando se cree que se ha alcanzado la culminación de la construcción social, también puede experimentarse la sensación de que, si a mejor no puede ir, tal vez lo que suceda sea lo contrario. Es por ello que, desde una construcción positiva, optimista, de la sociedad, también se vive continuamente con el presentimiento de que, próximamente, aparecerá una crisis.

Los decadentistas, por el contrario, han descubierto un modelo ideal de sociedad, el cual fue instaurado con éxito hace años, siglos o milenios. Es ante esa imagen de perfección que se tienen que mirar los ciudadanos contemporáneos. Para los decadentistas la sociedad es un ser vivo: nace, crece, madura, alcanza esplendor, decae y, finalmente, desaparece. Frente al modelo positivo-oscilante de los optimistas, los decadentistas construyen una sociedad más cercana a un modelo cíclico de creación-destrucción-creación. Mientras que los optimistas carecen de arquetipo de sociedad porque utilizan criterios de excelencia sesgados por la actualidad vigente, los decadentistas poseen grandes cantidades de datos históricos, de los cuales recogen aquello que les interesan mediante una técnica de “picoteo” arbitrario. Más tarde estos datos se ensamblarán dentro de un texto justificativo que tendrá más de novela o saga heroica que de texto científico-humanista. Ese texto o textos señalarán el origen de un mito (nacional, étnico, cultural…) que se convertirá en el arquetipo, el cénit civilizatorio, el punto de perfecta madurez, de una comunidad.

El desarrollo histórico de una sociedad no se ajusta al modelo optimista-crisis ni al decadentista-decadencia. Tanto uno como otro tratan de racionalizar, ajustar a una explicación comprensible, el devenir de una sociedad. El modelo optimista necesita crear la ilusión de que la sociedad tiene un fin, que es el del perfeccionamiento continuado; que el ser humano, como animal social que es, está programado, tal vez desde sus genes, para construir unas comunidades humanas cada vez mejores. El modelo decadentista, por el contrario, considera que ese fin, esa meta, ya ha sido alcanzado, y ahora toca penar en el lento y tortuoso declive. Para el decadentista es la sociedad, como cualquier organismo vivo, la que está programada para desarrollar un ciclo de vida que, inevitablemente, acabará en la muerte.

Sin embargo, todo es más caótico, informe, inesperado, inexplicable. La sociedad humana no posee ninguna meta, ningún fin programado de antemano. Son tantos los acontecimientos, pensamientos, relaciones, creaciones y desencuentros que acumulan todos los hombres y mujeres que viven y han vivido en este planeta, que resulta imposible explicar e interpretarlos todos en base a un modelo optimista o pesimista. Aun así, los seres humanos, por lo menos los seres humanos modernos, nacidos en esa Modernidad cartesiana, necesitamos comprender. Necesitamos comprender de dónde venimos, dónde estamos, a dónde vamos. Y para diseñar explicaciones convincentes, inevitablemente, hay que desarrollar un método. Almacenar en tablas aquellos datos que prueban nuestras hipótesis; expulsar aquellos que no se ajustan a nuestra opinión. Y, a partir de ese momento, siguiendo las instrucciones de la ideología científica, empírica o historicista, crear una interpretación del mundo, de la realidad, del presente, pasado y futuro. Todo intento de explicación de la sociedad contemporánea está sesgado; sí, es verdad. Pero eso no significa que haya que rechazarlos por ello. Pueden resultar útiles, pueden ayudarnos a orientarnos en este mundo tan salvaje. Sin embargo, durante su lectura conviene reunir grandes dosis de escepticismo, el cual nos salvará del fanatismo y la intolerancia que tanto optimistas como decadentistas, tratan de inculcarnos.

La crisis de la sanidad española. Retos a medio y largo plazo

NOTA: Redactado antes de la crisis del Covid19

Medios de comunicación, políticos, gestores, gente de la calle… Todos nos alertan de que el sistema sanitario está en crisis. Tal vez habría que preguntarse si ese sistema no ha estado alguna vez en situación de dificultad. A diferencia de otros ámbitos «humanos», como pueden ser la política o el arte, no existe un momento «mítico» de la sanidad, en el cual el sistema sanitario se considere ideal e inmejorable. Se habla de un «Siglo de Oro» de las letras españolas; pero nadie puede nombrar ni siquiera una década de esplendor sanitario donde tanto profesionales como pacientes estuvieran totalmente satisfechos con las atenciones y servicios sanitarios. A diferencia de los historiadores que comen de la mano del que manda, y que pueden construir, a través del «picoteo» de legajos y anaqueles, un pasado mítico (y casi místico) de una nación, cultura, o movimiento político; no hay erudito, por muy corrupto que sea, que se atreva a glosar las virtudes de un tiempo o un lugar donde la sanidad fuera mejor que la actual. Sin referencias pasadas sobre las que construir un relato de excelencia, el sistema sanitario ha estado, está y siempre estará en crisis permanente. Crisis, porque no hay arquetipo de sistema sanitario ideal a partir del cual construir nuestro propio modelo. Crisis, porque los avances tecnológicos no permiten actualizar los servicios a la misma velocidad que estos se ofertan. Pero crisis también del modo que se interpreta desde la cultura china: una oportunidad para mejorar y perfeccionar este complejísimo sistema que trata de ofrecer consuelo y alivio a los pacientes.

Cuando se habla de crisis generalmente siempre se halla implicado el factor económico. Y cuando el dinero con el que se cuenta es público, procedente de los impuestos de los ciudadanos, cualquier crisis exige plantear modelos más eficaces de financiación. En un sistema público, donde el proveedor de salud no paga directamente por los recursos que gasta, se está técnicamente abocado a consumir medios ilimitados con el fin obtener una cartera de servicios amplísima, aunque no siempre eficiente. El Estado, como financiador de servicios sanitarios, no posee los recursos ilimitados que exige esa cartera de servicios. Se hace, por lo tanto, perentorio, tomar medidas que favorezcan la sostenibilidad del sistema, sin que por ello se produzca merma tanto en la calidad como accesibilidad del mismo.

Por ejemplo, hasta no hace mucho tiempo era el jefe de un servicio hospitalario el que decidía, en base a criterios técnicos, qué productos y tecnologías sanitarias aplicar en los pacientes. Así, en un servicio de Traumatología público, la prótesis de cadera que se ofertaba había sido elegida por su calidad, durabilidad, instrumental y servicio de venta. Poco contaba el precio de la misma, por lo que, a veces, la industria farmacéutica «hinchaba» los precios de esos materiales. Con la llegada de la crisis de 2007-2008 se produjo un cambio radical. A partir de entonces, el factor económico pesó más que el técnico. El voto del gestor contaba más que la del jefe de servicio a la hora de optar por un tipo u otro de prótesis. Sin embargo, lo que en principio podía parecer eficiente, pronto se vio que estaba abocado al fracaso: primero, porque la bajada de precios de los proveedores solía ir asociada con una pérdida de calidad, a veces reprobable 1, lo que implicaba mayor número de complicaciones quirúrgicas y sobrecostes de segundas cirugías. Segundo, porque para abaratar costes, los proveedores centralizaban sus almacenes en puntos muy concretos de la geografía española, de modo que no podían suministrar encargos urgentes-emergentes a hospitales alejados de estos lugares. Es por ello que actualmente se está recuperando, ya no solo el coeficiente «calidad» del producto sanitario, sino también el valor añadido de la casa suministradora (cercanía, capacidad de hacer frente a casos complejos) e, incluso, otros factores más relacionados con aspectos sociales (planes de eficiencia energética, gestión de residuos…).

Otro problema relacionado con la financiación procede de la necesidad de mantenimiento de las infraestructuras hospitalarias. Para este mantenimiento y reorganización de servicios  se precisa de una visión a medio-largo plazo muy aguda: ¿Está sobredimensionado el servicio de Maternidad ante la bajada de la tasa de natalidad?; ¿los quirófanos de cirugía general están adaptados a un uso cada vez más extensivo de la laparoscopia?; ¿se ha previsto una ampliación de las Urgencias Generales debido a la llegada del metro al hospital?… Si hay una infraestructura que siempre está en peligro de quedar obsoleta, esa es la informática. La digitalización de la sanidad ofrece enormes ventajas: mayor y mejor flujo de información; interacción entre profesionales; rapidez en el acceso a la historia clínica… Pero también obliga a ampliar el número de ordenadores, software, un servicio de informáticos cada vez mayor, sistemas de seguridad, de almacenaje de datos… Y todo ello en constante renovación, con el costo que ello supone.

Asociado las infraestructuras (el «continente»), también se encuentra el problema del «contenido», esto es, de las nuevas tecnologías sanitarias que prometen mejores resultados en términos de salud sobre nuestros pacientes. Aquí el problema es más complejo. Por una parte, hay que valorar si, realmente, esas nuevas tecnologías son mejores que las antiguas (eficacia y efectividad), y si esa mejora compensa económicamente (eficiencia). Por otra parte, la presión de la industria farmacéutica y de los pacientes puede favorecer la aplicación y el uso de técnicas más novedosas, pero no más eficaces. Un claro ejemplo de ello es el aumento de la incidencia de tratamiento quirúrgico de ciertas fracturas de extremidad superior, como puede ser la clavícula. La evidencia científica ha demostrado que la inmensa mayoría de fracturas de clavícula obtienen mejores resultados si no se intervienen quirúrgicamente 2. Aun así, existe una presión comercial (cursos de las compañías que venden placas de osteosíntesis) y de los propios pacientes (deportistas amateur que exigen recuperar cuanto antes su nivel competitivo) que puede llevar al médico a elegir tratamientos más novedosos, más caros  y más agresivos, pero tal vez menos eficaces. El aprovechamiento de los informes de los servicios de evaluación de tecnologías sanitarias puede ayudar a alcanzar un equilibrio entre avances tecnológicos y ganancia en resultados clínicos.

He hablado de presión de los pacientes sobre el sistema sanitario, pero ¿por qué esta presión es cada vez mayor? Primero, por el aumento de la esperanza de vida de la población. A pesar de que se preconice un «envejecimiento saludable», es indiscutible que a mayor edad hay mayor riesgo de sufrir enfermedades agudas y crónicas. Si cada vez hay un número cada vez más grande de ancianos, por muchas políticas preventivas que se tomen, habrá indefectiblemente una merma en la calidad de vida de los mismos, y parte de esa pérdida de calidad de vida se intentará compensar por la vía de la medicalización. El tabú hacia la muerte que se ha instaurado en la sociedad occidental 3 implica un sobrediagnóstico y sobreactuación terapéutica sobre pacientes ancianos muy deteriorados que, posiblemente, merecerían un trato menos invasivo y una muerte más digna.  En segundo lugar, a la ciudadanía se le ha inculcado la salud como un derecho inexcusable. De modo que se exige a los profesionales sanitarios que hagan efectivo ese derecho. Así, dolencias leves que antaño no pasaban por la consulta del ambulatorio, ahora colapsan las abarrotadas agendas de los centros de salud. Problemas que bien podrían solventarse con la reducción de nivel de actividad (por ejemplo, un aficionado a correr maratones que sufra de dolores de rodilla), pasan inexorablemente por quirófano, pues se considera intolerable esa reducción del nivel de actividad. Internet y medios de comunicación alientan la sobremedicalización de la vida cotidiana. Si el sistema sanitario no es capaz de hacer frente a estos dos problemas (tabú de la muerte e hiperconsumismo médico) perderá en eficiencia y en calidad.

Hasta aquí he ido enumerando varios de los «culpables» de la crisis del sistema sanitario: políticos, burócratas, ancianos, pacientes intransigentes, industria farmacéutica, mass-media… Pero, tal vez, sean los propios trabajadores de los sistemas sanitarios los que, no solo tengan tanta o más responsabilidad, sino también mayor capacidad de acción y enmienda para mejorar la situación de la sanidad. Por una parte, no hay una uniformidad en el criterio de actuación clínica de gran parte de médicos, independientemente de su especialidad. Existen actos médicos que ya han demostrado su ineficacia, y aún se siguen realizando 4. Otras intervenciones que, aunque eficaces, pueden presentar muchos efectos adversos, son realizadas sin una verdadera consciencia por parte del sanitario o sin un seguimiento posterior adecuado. El uso de guías de decisión clínica, como puede ser el NICE británico, podría reducir esta variabilidad y la consiguiente inseguridad. También puede resultar interesante el manejo de la inteligencia artificial en el diagnóstico de enfermedades, aunque en este caso existen enormes cuestiones éticas y epistemológicas a resolver 5. La aplicación generalizada de estas dos herramientas no puede venir desde la imposición, pues esto generaría malestar, reticencias, e incluso firme oposición de muchos sanitarios. Si, de alguna manera, se consiguiera convencer a los profesionales de las ventajas de la aplicación de una terapéutica más homogénea, basada en la evidencia científica, ganaríamos todos: como pacientes, como profesionales y, en fin, como sociedad.

En resumen, la crisis continuada del sistema sanitario exige soluciones a corto, medio y largo plazo. Como medidas más urgentes a tomar, caben destacar una política de compras racional, que vaya más allá del análisis calidad/ precio; mayor peso de los servicios de evaluación de tecnologías sanitarias en la toma de decisiones estratégicas; educación para el cambio del paradigma sanitario hiperconsumista en el que se ha instalado la sociedad; educación de los trabajadores sanitarios para que comprendan su imprescindible rol en el sostenimiento del sistema; y, por último, destacar la importancia del uso de guías clínicas y, en el futuro, de algoritmos basados en inteligencia artificial, para unificar criterios y acciones clínicas.

 

BIBLIOGRAFÍA

1- Güell O. Traiber vendía prótesis ortopédicas que llevaban hasta 11 años caducadas. 2015. Recuperado de: https://elpais.com/ccaa/2015/05/23/catalunya/1432389457_661317.html

2- Lenza  M. Surgical versus conservative interventions for treating fractures of the middle third of the clavicle. Cochrane Database of Systematic Reviews 2013, Issue 6.

3- Novoa A. Sin paliativos. Análisis clínico-existencial de Seamus O´Mahony sobre la muerte y el morir en la era del individualismo y la medicina tecnocientífica. 2020. Recuperado de: https://wordpress.com/read/feeds/99954171/posts/2550248513

4- Morgan DJ. Update on Medical Overuse. JAMA. 2019;179:240–246.

5-  Healy D. Clinical judgments, not algorithms, are key to patient safety—an essay by David Healy and Dee Mangin BMJ 2019; 367 :l5777.

Transparencia democrática en tiempos del cólera

ANTÍGONA: ¿Pero quién osará a seguirte cuando se entere de qué calamidades os vaticinó el hombre aquí presente?
POLINICES: Tampoco voy a comunicar malas noticias, pues es cosa de buen general referir sus ventajas y no los fallos.
Sófocles. Edipo en Colono.

Que los dirigentes políticos del gobierno de un país democrático sean sinceros con sus ciudadanos y expongan al público tanto las cuentas como las acciones ejecutivas y legislativas que llevan a cabo, es un ejercicio de salubridad democrática. De este modo los ciudadanos no solo pueden conocer de primera mano cómo se están dirigiendo asuntos que les pueden afectar en primera persona, sino que favorece dos herramientas básicas para el buen funcionamiento de una democracia liberal: la educación política y el debate constructivo basado en datos lo más fiables posibles. La educación política es esencial en unos democracia saneada: los ciudadanos deben comprender el funcionamiento y los ritmos de la cultura política, sin los cuales serían fuertemente manipulables frente a charlatanes que traten de sacar tajada de su analfabetismo político. El hecho que la ciudadanía critique, se siente decepcionada y muestre su desencanto hacia los gobernantes es otro aspecto beneficioso de la transparencia política: a través de esa crítica se pueden crear corrientes de opinión que alteren positivamente el discurrir de las leyes que nos gobiernan, así como de las medidas ejecutivas necesarias para que el país funcione.

Hay límites en la transparencia. Por una parte, no puede, ni debe permitirse una transparencia tal y como se construye en las cuentas de las redes sociales. Porque un perfil de facebook o instagram no es un ejemplo de transparencia de la vida personal, sino más bien de exhibicionismo. Porque lo que leemos allí de nuestros amigos, compañeros de trabajo y familiares solo contiene aquello que estos quieren mostrar al público: suelen hipertofiar los aspectos positivos y las circunstancias de las cuales se pueden considerarse víctimas, mientras esconden las vergüenzas y debilidades. Un perfil de una red social no es un ejemplo de transparecia, sino de propaganda. Por otra parte la transparencia absoluta no existe, ni debe existir. Cualquier negociación que un gobernante realice con los miembros de la oposición, gobiernos extranjeros, agentes sociales o empresas no debe estar siempre sesgada por la “luz y taquígrafos”. Porque no es lo mismo una actitud negociadora off the record, la cual permite al negociador mostrar con calma y tranquilidad todas las cartas sin la sensación de sentirse juzgado, que un debate televisivo donde el encorsetamiento de los contertulios impide un veradero diálogo fructífero.

No hay duda que la transparencia es tanto una virtud democrática como una herramienta que educa y fortalece la sociedad. Sin embargo hay momentos en los que, tal vez, demasiada transparencia puede, al contrario, debilitar las estructuras democráticas de un país y generar una crispación innecesaria entre los ciudadanos. Y es que, durante las grandes crisis, el ejercicio de transparencia democrático puede convertirse en un arma de doble filo para aquel quien la ejerce.

Vivimos tiempos del cólera. Tiempos de Covid19. Encerrados en nuestras casas, recibimos información en tiempo real acerca de la evolución de la pandemia. No solo eso: podemos comparar el estado de nuestros hospitales, residencias de ancianos, industrias y arcas públicas con las de otros países. El uso de estas comparativas es peligroso si los criterios y la información de la que se dispone no es homogénea, clara y accesible. En tiempos del cólera, el hecho de situarte en un peldaño o en otro de un ranking de desastres (número de infectados, número de muertos, porcentaje de sanitarios infectados…),no solo puede afectar al ánimo de la ciudadanía (que puede sentirse reconfortada o hastiada al ver que su gobierno está tomando medidas más o menos eficaces que las del vecino), sino que, posteriormente, a largo plazo, puede influir en decisiones de calado de los inversores y contratistas. Por lo tanto, en tiempos del cólera, demasiada transparencia puede ser contraproducente, pues elimina la posibilidad de manejar con eficacia los procelosos hilos de la propaganda política, y da ventaja a aquellos que, de un modo u otro, han conseguido ocultar mejor sus carencias y defectos.

No hay duda que el gobierno chino ha manipulado los datos de sus infectados de Covid19. Nadie se cree sus cifras, a pesar de que ningún gobierno, ni ningún organismo internacional se atreva a declararlo públicamente, por temor a las represalias que China pueda tomar contra los críticos. No solo es autocensura. La absoluta opacidad del gobierno chino en el manejo de la crisis del Covid19 impide que se puedan obtener pruebas de que el coronavirus ha causado una morbimortalidad tal vez mil veces superior a la declarada. Tal vez ni siquiera las autoridades chinas conozcan el alcance total de la crisis en un país con más de 160 millones de ancianos. Sin pruebas, y con acceso únicamente a información manipulada, no puede construirse una acusación firme contra ellos.

Tampoco nadie puede dudar de que Corea del Sur ha tomado medidas preventivas eficaces para atajar la crisis, y que poseen una infraestructura sanitaria mucho más sólida que la de China, e incluso que la de muchos países europeos. Sin embargo, no es discutible la falsedad de ese dato que jalean a cuatro vientos: 0% de infecciones entre su personal sanitario. El riesgo cero no existe. Por muy bien que protejan a sus médicos y enfermeras, estos pueden contraer la infección, no solo en las instalaciones hospitalarias, sino también en el hogar, en el supermercado, en el medio de transporte que utilizan para volver a casa. Si se hace un ejercicio de opacidad, y se considera que toda infección por Covid19 de personal hospitalario ha sido debida por actividades fuera de su lugar de trabajo, entonces obtendremos un 0% de infecciones intrahospitalarias. España o Italia no diferencian el lugar de posible infección: que se hayan infectado cuando acudieron a un concierto (antes del confinamiento) o en la UCI mientras intubaban a un paciente, todo sanitario infectado cuenta para la estadística.

España, Alemania o Francia no hacen tests de detección de Covid19 a los ancianos que fallecen sin diagnosticar en sus casas o en residencias, y no los contabilizan como víctimas de la pandemia. Incluso estos dos últimos países no suman los fallecidos extrahospitalarios con coronavirus. Imaginemos que la tasa de mortalidad de estos pacientes es del 20%. Pongamos que en Alemania solo se ingresan (y se contabilizan) al 10% de los ancianos mayores de 80 años con Covid19. En España, al 80% (supongamos que hay un 20% de pérdidas de seguimiento por fallecimiento sin test Covid19). De cada mil ancianos enfermos, Alemania declararía tan solo 20 fallecidos, mientras en España se contabilizarían 160. Varapalo moral para las agotadas huestes de sanitarios españoles, y para la sociedad en general.

En una pandemia como el Covid19, no solo es importante poseer un robusto sistema sanitario que sea capaz de hacer frente a unas necesidades completamente fuera de lo normal. También es importante la estrategia de comunicación, tanto hacia la ciudadanía, como hacia terceros países. A nivel geopolítico se está dirimiendo una batalla por quién es el que mejor maneja esta crisis, y ya no solo en el terreno sanitario, sino en el político, donde los muertos solo cuentan si aparecen en las estadísticas. Y en esa guerra de datos, la transparencia democrática no es una buena aliada. Por lo tanto, quizás sería interesante abrir un debate acerca de si es necesario reducir la transparencia informativa en momentos críticos como el que vivimos, y aceptar que los datos y estadísticas que se ofrezcan al público nacional e internacional contengan, por lo menos, los mismos sesgos e interpretaciones interesadas que nuestros vecinos europeos y de otros países de ultramar.